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(7 DE OCTUBRE DE 2015)
La figura de una Contraferia del Libro hoy es anacrónica. Los espacios de acceso fácil o barato ya existen: el mercado Lanza, la feria 16 de julio, las fotocopiadoras de cada carrera universitaria, las mesitas de saldo de las librerías, las bibliotecas y, obviamente, Internet. Una Contraferia, hoy, máximo termina siendo una Feria en Condiciones Menores. Los participantes de iniciativas como la FLIAAA o Libro Qhatu lo saben. No sé si lo sepan los organizadores que, llenos de buenas intenciones, actúan de forma ingenua. El lector que busca libros objeto acude a otros espacios o merodea la mayor parte de su tiempo en todos. El que quiere leer lo hace sin importar el formato, pero no por ello compra o lee precisamente libros. ¿A qué viene todo lo anterior? La persona con la que hoy compartí mesa, durante la celebración de Libro Qhatu 2015, me sugirió que rebajara los precios de mis libros. No lo hice, obviamente, y apenas vendí un libro (mientras miraba cómo se vendían libros al lado). Pasé mi número de teléfono, eso sí, a cuatro personas interesadas en mis libros. Me sentí como cuando empecé a ejercer el oficio; alguien introduciéndose en un mercado en el que no era conocido; alguien preguntándose: si ya tengo mis clientes, y por ahora no tengo la intención de apropiarme de todo el mercado, ¿qué hago aquí?. Aquéllo, mientras noté la presencia de tres personajes gracias a que, bajo la figura del mercader, me hice invisible para ellos. Leí muy poco porque el viento, en más de una ocasión, intentó llevarse la carpa plegable. Leí casi nada. Recordé mis inicios, pero con algo de dinero ahorrado esta vez, lejos ya de ser aquél que compró sus primeros libros. Llevé parte de mí, allí, a la Feria en Condiciones Menores, quizá para demostrarme lo poco o mucho avanzado, para encontrar los mismos libros expuestos de siempre, para reconocer que las Contraferias ya son anacrónicas o, finalmente, que ya no estoy dispuesto a volver a empezar.

(1 DE NOVIEMBRE DE 2015)
Uno acude al diccionario en fechas como la de hoy y ve tantas palabras muertas, palabras hermosas, pero muertas, que nos conducen al uso de otras más vivas; tanto que, casi sin notarlo, nos hacen usarlas como si fueran locales, no extranjeras. Y uno vuelve de atrás o de adelante, recorre el diccionario y pronuncia palabras como: ebúrneo, desrabotar, lardón, ricafembra, tuátem y colombófila. Y se marea, uno se marea con tantas idas y venidas, y habla como borracho después de haber tomado tantas palabras. Y, necesitado de algo más que repostería, envalentonado, uno acude a la mesa del frente, deleznando nambiras y jupas, cae sobre poyos, y creyéndose plácido comienza a julepear a las mozas que se niegan a aceptar un souper y quitarse luego el leotardo, hasta que, ya sesgado y hecho un estropicio, uno, con suerte, se queda orante frente al miguero, sufriendo no carencia de falerno, sino midriasis... y odia un poquito, a manera de homenaje, a Fernando del Paso y Alejo Carpentier.

(5 DE NOVIEMBRE DE 2015)
—¿Me entregas los libros con moños?
—¿Moños? Jamás.
—Papel regalo no va. Igual sabes que es un libro. Una cinta le va mejor.
—¡Jamás! En esta casa adoramos al libro no forrado y estamos en contra del uso y abuso del papel regalo, el papel higiénico de doble hoja, los moños y las corbatas de gatito.
—Ash. Bien este eres. Ok. Así nomás.
—Pero podría darte una bolsita negra, reutilizada, que diga Gracias por su compra.
—¡Bolsa nylon seguro!
—Unos adoptan gatos o perros. Otros rescatamos bolsas negras de nylon para reutilizarlas y darles un hogar.


(11 DE NOVIEMBRE DE 2015) 
Hoy vino don Heberto Arduz Ruiz, buscaba a un escritor alteño mas no al librero. Le dije que estaba en el lugar correcto si buscaba al librero del mismo nombre. Abrió los ojos, más todavía, para tenderme la mano y luego decirme que leyó Hora boliviana, que le gustó mi crónica, y que hasta le dedicó un comentario en el suplemento Cántaro de El país online. Agradecido, no supe hacer cosa otra que sonrojarme, y lo hice. No contento con eso, don Heberto Arduz Ruiz me pidió que buscara el link del texto, y lo hice, hice tal cosa mientras él me dedicaba un libro suyo, el libro que ahora tengo en manos y lleva por título "Rastrojo de lecturas". Al final se despidió, don Heberto se fue dejándome su tarjeta de presentación y pidiendo que le envíe el catálogo. Eso es lo que haré precisamente ahora.

(20 DE NOVIEMBRE DE 2015)
Quiero creer ya no que la palabra ausente y el espacio blanco entre caracteres nos ciega, porque sabiéndonos importantes en días como hoy es que no prestamos atención a la llegada del día que todavía no es. Mirando el reflejo de lo que queda, dándole la espalda a la ventana, es que presionamos el interruptor, y no miramos cómo las luces de las viviendas colindantes son encendidas por la mano que nunca recorrerá el cuerpo que dice lo hasta aquí expuesto, escribiendo como si hacerlo valiera de algo, mientras la lengua se seca, el estomago reclama, el torso gira, y mi mano toma un libro de la pila de libros que cae, y cae, lo mismo que los días que no son.

(28 DE NOVIEMBRE DE 2015)
Hoy de madrugada, un estudiante de derecho borracho, con el torso frente a mi rostro, me despertó y lo hizo en el minibús en que dormía lo no dormido. "¡Devuélveme mi billetera!", dijo. Eran las 00:40. No entendía lo que pasaba; él o yo; ambos (?). Preguntó, casi gritando, por el retén policial más cercano. La vecina de asiento, usando el tono de quien no quiere tal cosa, le pedía que se calme. Me negué, primero, acepté, después, y, cerca ya del barrio, a unos pasos de la plaza que colinda con el retén policial, le dije "Bajemos". Pagué mi pasaje y, molesto, lo invité a salir. Él quería que todos bajen, que la exvecina de asiento baje, mientras el chofer lo único que quería era que paguemos el pasaje. Me puse frente al retén policial, su acompañante golpeó la puerta. El minibús se fue y quedamos los tres, que luego fuimos cinco, puesto que, cuatro intentos después, dos policías salieron. Hizo su reclamo y yo, interrumpido a ratos por el estudiante de derecho borracho, aclaré mi situación. "Usted puede retirarse", oí. Lo hice, me fui, mientras el estudiante intentaba sonar lógico a la hora de reclamar mi partida. Me iba, molesto aún, y me dio por pensar en la billetera y en su contenido, en los paranoicos, en la exvecina de asiento, en el número de placa del minibús, en lo dado por perdido y, ya calmado y hasta empático, en las monedas que sobraban en mis bolsillos... pero luego recordé que su acompañante dijo, mientras me iba, "Ni siquiera sabe dónde está su chamarra" y, entonces, ya en casa, yo me dije: ¡Que se joda!
 
(7 DE DICIEMBRE DE 2015)
Recibo una llamada de madre, me pide un favor, quiere que le ayude en el armado de las tarimas que, tanto ella como padre, junto a la Federación Departamental de Libreros, montarán y desmontarán durante una semana de feria. De Facto, no ciudad, me golpea. Dos jóvenes ebrios, mientras sostengo una llave inglesa, son interrogados por dos guardias municipales y por dos policías que revisan sus mochilas; los jóvenes no llevan más que trajes de danzas folclóricas y algo que parece más una cuchara que un cuchillo. Ajusto más pernos con la llave. Cubro la tarima con tela impermeable. Miro que los demás expositores ya están instalados en sus tarimas. Estamos cerca de la plaza del Benemérito... Estábamos. Los jóvenes desaparecen, igual los guardias municipales y los recolectores de basura, también yo. Sólo quedan los policías que saludan al conocido que viste una gorra de béisbol, sólo ellos, armados, rodeados por parte de la población que no mira lo que yo tampoco. Yo, que ya no estoy, que voy más bien camino a comprar una lámina de venesta y espero sobre avenida, no sobre acera. Los minibuses y los buses, a bocinazos, gritan. Dos choferes impiden el paso cedido por el semáforo; el trabajo de cebra, pienso, es ideal para pedófilos en la no ciudad, que imita mal todo lo que la otra no ciudad hace. Los ciruelos ruedan por este piso empolvado que huele a orín, una niña corre, intenta recogerlos, no sabe por dónde empezar, mientras su madre, que sí sabe, grita y tira de la trenza de la niña que ahora llora y, de cuclillas, avanza, recoge los ciruelos que se salieron de la caja de manzanas... de la que también salieron los libros que se mojaron al caer... lo recuerdo... ahí está mi padre atendiendo a otro señor que también viste chamarra de cuero, el señor que no compró nada, quién sabe si porque padre comenzó a gritarme ni bien vio que yo recogía los libros mojados... entonces tenía ocho años, casi la edad de la niña, y ahora tengo veintinueve bajo este cielo nublado. Dejo la lámina de venesta partida en tres; hago tal cosa treinta minutos después de inaugurada la feria de la Federación Departamental de Libreros, sesenta minutos después de haberme ido para volver en un vehículo empolvado... ir y venir, lo mismo que padre, nacido en 1957, que vino del campo a esta no ciudad a los quince años... cincuenta y ocho... ¿Será ese el tiempo que me llevó escribir esto?

(10 DE DICIEMBRE DE 2015)
Me interrumpo de vez en vez porque al alcance de mi mano siempre hay libros o vasos o una portátil o un control remoto o un teléfono móvil o cualquier cosa que pueda coger con las manos. Si soy parte del público es peor. ¿Qué hago aquí?, me pregunto, mas no hago nada para evitar que la persona que sostiene un micrófono se detenga, me detenga. No contento con escribirla, envío la frase en silencio: "Periodistas... esos escritores frustrados que maquillan, la mayor de las veces a la rápida, a los perdedores." Llegan las repercusiones; aquello que motiva la risa de unos no funciona en otros. A, molesta, me invita a compartir lo dicho con mis compañeros de mesa que, no habiendo terminado de desayunar, van en busca de otra ronda de masitas. Intento robarle una sonrisa, pero sólo logro que A se moleste más. ¿Qué hago aquí? Bien podría pararme y abandonar el salón, pero no puedo. Me comprometí a estar y estoy aquí para, una vez terminada la charla, llevar al tipo del micrófono a mi qhatu librero. Tecleo en el teléfono móvil otra respuesta y se la envío. ¿Qué hago aquí? Sostengo en mi estómago lo que todavía queda del desayuno gratuito, también lo dicho sobre los periodistas pues no me refiero a una persona en específico. Hago el intento pobre y silencioso de hacerme valer como público. Hago el ridículo, lo sé, pero eso no quita la poca capacidad que todos tenemos de reírnos de nosotros mismos. No hubiese servido de nada compartir lo dicho con la gente que compartió mesa conmigo, tampoco con todo el auditorio, es más, ni siquiera hubiese servido de algo decirlo a la directiva de la Asociación de Periodistas de La Paz o, si existe tal, al ente que representa a los periodistas a nivel mundial. ¿Quién sería el interlocutor en este caso?, me pregunto, y no hallo respuesta y, trece horas después, una vez terminada la charla, me hallo inútil porque me hicieron esperar en vano al tipo del micrófono, porque voy camino hacia el lugar que no es mi casa.

(21 DE DICIEMBRE DE 2015)
Ella revisa los cubiertos y, mientras esperamos la llegada de algo más que una ensalada, me muestra un cuchillo mal lavado y hace un comentario al respecto. Sugiero: "Llamemos a la mesera para que nos cambie tu cuchillo." "¿Qué te hace creer que es mi cuchillo?" Sonrío, le hablo del carácter de apropiación manifiesto en todo aquello a lo que se nombra por primera vez. Ella, nuevamente a la defensiva, me hace notar que no hizo uso del posesivo "mi" cuando lanzó el primer comentario. Pido a la mesera que traiga otro cuchillo mientras pienso en cómo responder. Ella, la mesera, actúa de inmediato. Cojo el cuchillo recién llegado y hago el ademán de lamerlo mientras ella, no, la mesera no, me mira sonriendo también. Me apropio del cuchillo, lo uso para tomar parte de las guarniciones y llevarlas a mi plato; hago lo mismo con más de un corte de carne; ¿disonancia cognitiva? La sonrisa se desdibuja en ambos. Comemos. Bebemos. Comemos nuevamente y escuchamos escuchar la radio cada que no la interrumpimos. Salimos. Nos despedimos.
¿Sobre qué plato estará ahora mi cuchillo?


(29 DE DICIEMBRE DE 2015)
No hay mejor incentivo que ver a tu enemigo caminando por la calle, en dirección opuesta a la tuya, el suéter demasiado grande, los hombros caídos, lo mismo que la montura de plástico negro de sus lentes, vacilando al verte, paso derecho en lugar de izquierdo. Escucho un "Huevon" quedito, apenas audible. Sonríe el lado irónico de mi rostro. 

(8 DE MARZO DE 2016)
Sobre la esquina, exactamente hace una semana, la veo entrar y decirme Ya hemos tenido esta conversación. Me veo tentado a tocar el abrigo viejo y empolvado que hace lo que puede para cubrir al maniquí sin cabeza, relleno, forrado de tela guinda, sostenido por una palo y una base metálica. ¿Está en venta su abrigo, case?, escucho. No, es sólo de muestra, escucho que responden. ¿Ves?, me dicen. Sobre aquel mostrador de vidrio veo recipientes de plástico llenos de caramelos y bolsas de frituras y pipocas, y, apenas, apenas, parte del anuncio impreso sobre un pedazo rectangular de lona: "SASTRERÍA". Más a mi izquierda, un rollo de papel higiénico es recibido junto a algunas monedas que no sé por cuánto tiempo quedarán en aquel bolsillo. Todavía más a la izquierda, detrás de aquellas manos que hacen aquel intercambio, hay algo que parece un planchador olvidado, apenas iluminado, igual que la plancha eléctrica que ya no sé si estuvo encima suyo; ojalá, junto a la tiza y la cinta métrica. Aparentemente, lo que alguna vez pareció ser la sastrería del barrio, aparenta ser ahora una tienda de barrio, local hecho a la medida de quienes la visitan para comprar al menudeo; a la medida del sitio por el que ya no pasa la gente que necesita trajes o abrigos a medida que no están de moda; a la medida de aquello que, lentamente, se resigna a perecer; a la medida de una necesidad compartida hecha pregunta y respuesta tímida... por ahora

(28 DE MARZO DE 2016)
Vengo de haber entrevistado a mi padre, de recordar, entre otras cosas, a la biblioteca privada de acceso público que ya no está en el barrio al que llamo mío, la biblioteca a la que conocí con el nombre de "cuarto de libros". Son ya 30 años de la trayectoria de un comerciante ("informal") de libros venido del pueblo de Yaco, provincia Ramón Loayza; 30 años reducidos en 45 minutos de grabación y 4 hojas de apuntes tomados a mano. Padre, quien en diciembre del presente cumplirá 60 años, reconoce que no fue el primer comerciante de libros de la feria 16 de Julio, quizá sí el segundo de El Alto. Cómo no reconocer a mi padre si el reconoce, brumosamente al menos, a quienes estuvieron antes que nosotros. Queda pendiente una segunda entrevista con él y una primera con aquellos expositores de libros asociados en Tupac Katari, Rincón Cultural, Chasquis, Kollasuyo, Antonio Paredes Candia, Mariscal Santa Cruz y otros a los que ya conozco o debería(mos re)conocer.


(17 DE MAYO DE 2015)
 Dos amigos me hicieron cerrar el qhatu librero so pretexto de ir por unas cervezas, luego luego cada uno se puso a contar su versión de por qué sufre por el amor de una mujer. En el vano intento de mostrarme empático me puse a pensar, onda Karl Kraus, en la desdicha del fetichista, que en la eterna búsqueda del zapato de una mujer, tiene que conformarse con la mujer entera. Oh, sí.

(18 DE MAYO DE 2015)
"Ese precio no viene subvencionado según veo" es lo más lindo que m̶e̶ ̶h̶a̶n̶ ̶d̶i̶c̶h̶o̶ han dicho sobre mis libros en años...

(19 DE MAYO DE 2015)
Frente a la puerta de una de las librerías de la ciudad vi tres anuncios que restringieron mi entrada: (1) "CLAUSURADO", (2) "reabrimos el 30 de mayo". Dos de ellos repetían diseño. El otro, escrito a mano por completo, sintetizaba y reiteraba la fecha en que concluiría tal clausura. Un susurro, el de algo más que una remera, me invitó a ingresar clandestinamente. Curioso, aunque sin algo más que monedas en los bolsillos, atravesé un pequeño pasillo, caminé y vi por vez primera la puerta, ADMINISTRACIÓN, que en el vano intento de retener algunos gritos se mantuvo cerrada. Avancé en busca de novedades. Encontré algunas. Me dirigí a la primera y última página. Dejé las secciones FILOSOFÍA, SOCIOLOGÍA, CIENCIAS POLÍTICAS, ENSAYO, POESÍA, NARRATIVA. Escuché el bostezo de uno de los subordinados y el reclamo de un superior: "¡Por lo menos deberías estar leyendo!". Cumplí esa orden. Leo y corrijo lo hasta aquí dicho mientras se enciende la luz de la sección en que dejé libros que ya no tengo en manos. Salgo, agradezco, pero alguien ingresa, ignorando a decenas de ejemplares apilados de "La vida, instrucciones de uso", ahí, pegados a la pared, frente a la puerta que, en el vano intento de retener algunos gritos, lleva fijado aquel cartel: ADMINISTRACIÓN. Yo salgo. Alguien más ingresa.

(26 DE MAYO DE 2015)
Acaban de llevarse, ¡y sin pedir rebaja!, un libro al que sinceramente no le tenía mucha fe puesto que llevaba ya más de un año conmigo a pesar de su precio bajo, bajito. Tal fue escrito por Johann Baptist Metz y titula, o titulaba: La fe, en la historia y la sociedad. El libro, lo mismo que su comprador, se fue. Ojalá no vuelvan. 

(2 DE JUNIO DE 2015)
Con la atención puesta en la pantalla del ordenador respondo a una pregunta que no ha sido formulada por completo: "¿Sobre electricidad?" Levanto la vista y respondo: "Sólo sociales y humanas, señor."
Quien se va, agradeciendo, es Jaime Solares. Se va sonriendo. Creo haber captado el motivo de su sonrisa.

(22 DE JUNIO DE 2015)
Toda visita es un acto de colonización, y más si quienes esperan la llegada del visitante quieren (de)mostrar que somos lo que 800 personas respondieron (SÍ/NO). Tristemente algo queda cuando se juntan cifras y religión (bajo el maquillaje de una investigación cuantitativa). Queda una postura, en desmedro del intercambio de criterios, queda la desinformación. ¿Qué o quién es peor? ¿El visitante o el visitado? Sí, yo también sé hacer pregunta dicotómicas y sesgadas, señora.

(30 DE JUNIO DE 2015)
—Pero rebajame alguito más... A ver, llamaré y veremos —marca un número en el teléfono que suena y suena hasta que:
—Cómo es hermanito, ¿estás arriba?
—No. Estoy abajo.
—¿Pero vas a subir?
—Sí, más tarde(s).
—Quería pedirte pues un favor. Ya que estás abajo. Quería que me salves para comprar un librito.
—Uhhh. Pero cuánto necesitas. Tengo... Apenas 10 tengo. Y eeeso.
—Prestame pues cincuenta. No seas malo.
—Uta. Nooo. Dieeez no más tengo como te d...
—Ya ya ya —sonriendo y poniendo los glóbulos oculares en blanco—. Gracias. Ni modo. Hablamos luego —cuelga, me mira, me habla—. No se ha de poder parece que —me dice, trata de justificarse todavía más, y yo le explico que dejándome un adelanto simbólico por el libro sí se podría, y él saca dos monedas de cinco, y yo las recibo, y le pido que vuelva entre la semana, por las tardes, de 15:00 a 21:00, pues en ese horario puede hallarme, aquí, todavía, compartiendo Intimidades... si es que Intimidad pude llamarse la relación que tengo con mis clientes.


(20 DE AGOSTO DE 2015)
Emma Richter me mira por primera vez primera. No le doy mi nombre. Simplemente, acompañado de Iris Kiya, pregunto por el estado de Emma Villazón Richter, su hija, la que, transportados al 2013, se lleva Rayo y simiente, poemario de Alcira Cardona, y semanas después me pregunta por David S. Villazón. Dos años hacen la distancia que se acorta con cada intercambio de palabras, con el envío que le hago meses atrás a Emma Richter, Emma madre, que hoy, martes 18 de agosto, me mira por primera vez primera. Es mayo, Emma madre recibe de manos del cartero: Arturo Borda Historia desconocida de un artista boliviano. Emma hija, Emma Villazón Richter, desde Chile, sin haber palpado el libro nombrado, me envía dos libros por intermedio de Iris Kiya. Están acá. Conmigo: Memorias prematuras de Rafael Gumucio y Animales domésticos de Alejandra Costamagna. Todavía no los he leído. Tampoco sé, Emma, si comenzaste el libro sobre Arturo Borda, si el libro aquel está en Santiago o en Santa Cruz de la Sierra, si Albanella Chávez Turello te dijo que mi primer acercamiento a tu obra se lo debo a ella y a Escritoras bolivianas de hoy de Mara Lucy García. Queda no saberte no sabiéndolo.
Pero volvamos al 2013, omitiendo, Emma, que acordamos pasear por Elepé (La Paz) y De Facto (El Alto), y quemar algunos libros de la mesita de saldos del qhatu librero, eso, durante la pasada versión de la Feria Internacional del Libro, la XX, en la que apenas pudimos vernos. Volvamos al 2013, al día siguiente de la presentación de Lumbre de Ciervos, presentación a la que no fui, como no iré al entierro de tu cuerpo, al entierro que me recordaría la distancia que se acorta con cada intercambio de palabras, emitiendo comentario por alguien más, fungiendo de intérpretes, tratando incluso al vivo como si estuviese muerto.
Kilómetros me separan del hospital, y de aquel encuentro producido en el hospital. Releo "Parlamento", poema tuyo compartido al día siguiente por Liliana Colanzi. Releo. Una vez más. He perdido práctica. Quizá nunca la tuve. Lo mismo que la poesía boliviana, si es que hay tal, que llegada esta noticia no ha asimilado la noticia.

(19 DE SEPTIEMBRE DE 2015)
Nadie me ha roto el corazón como ella. Se contactó conmigo para que vea un lote de libros, intercambiamos un par de emails, quedamos en vernos a tal hora, en tal lugar, y fui, pero la dirección es inexistente. La llamo, por cuarta vez, no contesta.

 

(5 DE NOVIEMBRE DE 2014)

Yo: Dalo, pregunta.
Ella: No hay pregunta inocente.
Yo: Mejor pecar de ignorante una vez que toda la vida.
Ella: ¿Tienes cambio de doscientos?
Yo: En monedas de a cinco.
Ella: Déjame ver, creo que tengo sueltos.
Yo: Mirá que luego has de necesitar monedas.
Ella: Para decidir si vuelvo y te llevo otro libro más... Aquí tienes.
Yo: Gracias.
Ella: A vos, por quedarte con las monedas.
Yo: Si no te gusta el libro puedes traerlo y vemos por qué otro te lo cambio.
Ella: No hay necesidad. Si no me gusta no vuelvo y lo regalo.

(12 DE NOVIEMBRE DE 2014)
Nadya, amiga limeña, pregunta, como antropóloga que trabaja en temas de investigación de mercado, dónde buscar trabajo en Bolivia. Me pone por ejemplo Bumeran.com. Me pone en aprietos. Yo no sé que decirle. La última vez que trabajé para alguien más, la, quizá, última vez que trabajé como "profesional en turismo", lo hice por invitación. Se me ocurre sugerirle sicoes.gob.bo, pero temo que se ría en mi cara, no hoy, quizá mañana. Entonces escribo esto, más que una confesión un llamado de auxilio... Tengo en manos Origen de las profesiones de Spencer. No me es de ayuda.

(19 DE NOVIEMBRE DE 2014)
Hace más o menos un mes, Fernando Barrientos me comentó que había liquidación en DISMO (revistería de la calle Comercio; en su momento librería). Ayer, Oscar Martínez subió un par de fotos al respecto. Hoy fui, restregué y encontré un par de títulos que llamaron mi atención: Las ciencias ocultas de Estela Canto, Silvina Ocampo y Ernesto Sabato entre otros, La guerra de los mundos de H.G. Wells, Nunquam de Lawrence Durrell, El primitivo de Chester Himes y... y... no hallando más que Bs 30 en mis bolsillos, apenas para un libro, me llevé el libro de Chester Himes.
Pregunté hasta cuándo duraría la liquidación.
—Hasta el sábado, posiblemente. Ojalá. Estamos tratando de quedarnos lo más que podemos.
—Gracias. Trataré de volver antes, entonces.
No sé si vuelva, pero sugiero que vayan. No sé si notaron que en abril cerró Escaparate Cultural, pero sugiero que vayan. No sé si recuerden que en DISMO, hace cuatro o cinco años, hallé títulos de la Biblioteca de la Literatura Universal del periódico el Clarín, pero vayan. Vayan, restrieguen y encuentren dos, tres libros, quizá.

(20 DE NOVIEMBRE DE 2014)
Noto con tristeza que, llegado el momento, todo se estanca. Los libreros terminan exponiendo lo mismo en sus escaparates; títulos demasiado parecidos a los de la "competencia". Los escritores se copian a sí mismos, repiten la fórmula a la que mal llaman estilo. Los editores tiemblan a la hora de ampliar su catálogo, prefieren, la mayor de las veces, no apostar por un desconocido. Los cafés culturales cierran si no se expenden bebidas alcohólicas, cierran o funcionan, jueves, viernes o sábado; misma playlist. Pocos se saben, desde sus limitaciones, gestores culturales. Se cierran, se sierran. Y yo abro a la hora que quiero, porque a veces prefiero leer en casa, prefiero visitar librerías, saludar y hasta llevarme algo muy de vez en cuando. Y prefiriendo no comparar mi situación con la de otros, lo hago, me comparo. Esculco mis bolsillos, tomo lo poco o mucho ganado y dejo de leer. Y deseo tiempos mejores. No sólo para mí, porque, siendo algo afortunado, no me puedo saber alegre cuando estoy solo.

(26 DE NOVIEMBRE DE 2014)
Entrando al cajero automático, no hoy, sino hace dos o tres años, encontré un libro sobre la papelera empotrada en la cabina. Revisé su interior para ver si el dueño había escrito algún nombre. No hallé billetes o flores secas ni retazos de tela ni subrayados; apenas algún doblez, algún ajado. La impresión era mala, una página se soltó. Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva. La impresión era mala, era mala, y el pegado peor. Y me dije que sí, que el libro no entraba en la papelera de boca pequeña, que yo no iba llevármelo para meterlo en un basurero de boca más ancha y me fui, dejándolo. Más tarde volví, llevando conmigo esta vez la tarjeta de débito. ¿Y el libro? Ya no estaba. Le pedí una segunda oportunidad. Me la dio. Le falle.

(5 DE ENERO DE 2015)
Me llama la atención la forma en que se acercan las personas que por vez primera pasan por acá. Se detienen, ven o no la pizarra que sugiere títulos, dan dos pasos, casi saltando, como palomas. Dirigen un ojo a la mesita de saldos. Retoman camino (apenas ya veo un fragmento de sus nucas y espaldas). Giran. Regresan. Bajo la vista, ellos la levantan. Dan otro paso, acercan el torso. Escudriñan la mesita de saldos. Ululan, no gruñen. Apuntan en alguna dirección, pero apenas noto que baten las alas. Me pongo de pie. Retroceden. Se van, las más de las veces caminando. Y yo me quedo, dubitando, con lo que queda de mí, sintiéndome grano de maíz, miguita de pan.

(17 DE ENERO DE 2015)
Los lectores de un sólo autor son, quizá, más pesados y perseverantes que los m̶o̶r̶m̶o̶n̶e̶s̶ vendedores puerta a puerta. Acabo de librarme de uno. Me preguntó si leí El Alquimista u otro libro de Coelho, para luego pedirme que le recomiende algo. Lo intenté sin éxito. Lo malo de algunos escritores es que quieren que leas sus libros y los de nadie más, no te invitan a leer otros autores, le dije. No me convencen, me dijo devolviéndome los libros. Se fue, lo mismo que el sonido de sus tacones. Algo me dice que no volverá.

(27 DE FEBRERO DE 2015)
Contados son los clientes que vienen con sus libros y los traen para trocarlos. El trueque es una modalidad a la que estoy abierto, pero no todos lo saben. A veces es un libro por otro y a veces no. Lo más común es que no me quede de otra que aceptar dos o tres libros, de entre todos los que me trajeron, como parte de pago. Hoy me trajeron una copia pirata de Confianza de Francis Fukuyama y agradecí a quien me lo trajo mas no lo acepté. No tengo clientela para este libro y, sinceramente, dudo que yo vaya a leerlo, dije. Deberías, respondió. Es un libro que tiene que ver con lo innecesario de la burocracia y cómo es que en Inglaterra no hay tanto papeleo, cosa que no ocurre en Italia, España y en este país, me dijo. Suena interesante, pero no es tema que quiero profundizar por ahora, aunque quizá le interese a alguien más y, si lo deja en consignación, podría exponerlo y cobrarle el 25% de comisión por venta, dije. No, eso de ir y volver para ver qué pasa no me gusta, dijo. Bueno, ya que me hablaba de "Confianza" yo pensé que podría confiármelo y dejarlo, dije sonriendo. Tres o cuatro palabras después se fue . ¿Y yo? Yo me quedé confiando en lo último dicho. Dijo que volverá.

(11 DE MARZO DE 2015
Le comuniqué a un cliente, vía SMS, que conseguí los libros de Hendrik Willem van Loon que él andaba buscando. Minutos después marcó mi número. Recibí una llamada suya. Me pidió que los separe, a los libros de van Loon, pero que sea paciente y espere hasta la próxima semana. Yo le dije que sí, que no hay problema. Y, antes de despedirse, él dijo "¡Meta cumbia!"... No puede ser. He creado un monstruo.

(23 DE ABRIL DE 2015)
En lo que va del 23 de abril he recibido más felicitaciones que el día de mi cumpleaños. Sé que mis amigos no son mis clientes y, por otro lado, tengo cada vez menos amigos (sumo conocidos a diario, eso sí). Son casi cinco años los que pasaron desde que decidí cambiar de oficio. Lo siguiente fue confundir costumbre con pereza, quizá. No sé, entonces, si tenga derecho a reclamar que las ferias del libro (no las ferias de editoriales y librerías) vuelvan. Yo, sinceramente, no saldría con cada convocatoria que me hagan. Llevar, ¡además de libros!, tarima, lona, silla y mesa... No sé, no sé (¿pereza?). Estoy dentro de un anaquel que no llega a los cuatro metros cuadrados de superficie, pero es acá que me siento cómodo. Los impuestos municipales no son altos, la gente deja su email para recibir el catálogo, ¡y expongo los libros que he leído o quisiera leer! (¿costumbre?) ¿De qué serviría exponer mis libros en una plaza si la subalcaldía o la universidad no generan condiciones? Montón de libros están en Internet. Aquel que quiere leer no tiene excusa, no en esta ciudad; ni en esta ni en cualquier otra... Por el día mundial de BookCrossing, anteayer, una vez liberado el lote de libros, dos niños que limpian parabrisas se llevaron dos títulos. Minutos después  pude ver cómo jugaban con uno de los libros y, literalmente, lo hacían pelota. Eso fue poético, más que sus palabras de agradecimiento, más que mi "Deseo que lean" (¿costumbre o pereza?). Pregunto: ¿Leer es acaso acción que depende estrictamente de un objeto llamado Libro? Pago, bien o mal, mas no respondo. Sostengo en manos los libros que ya no están en el librero. Sostengo: (1) El que quiere leer a un escritor en específico puede reemplazarlo por otro que, quién sabe, hasta termina siendo mejor. (2) Todo aquel que quiere una sugerencia me busca o no, y, si no quiere gastar mucho, tiene allí a la mesita de saldos. (3) ¡Al carajo con el día del libro!


(01 DE JULIO DE 2014)
Son cuatro las secciones en que se divide este espacio, un sector de narrativa (el más amplio), otro de poesía (menos amplio), otro de ensayo (más amplio que el de poesía pero menos que el de narrativa), otro de ciencias sociales (más amplio que el de ensayo); cuatro que se hicieron seis, siete, ocho; cuatro de los que quedó una mescolanza con la anterior visita.
Es difícil mostrarse ordenado en un anaquel que apenas soporta la exposición de poco más de mil títulos (y se hace menos fácil todavía cuando son los visitantes que menos saben lo que quieren los que desordenan más). No siempre los libreros sabemos dónde está aquel libro que figura en nuestra base de datos, tampoco registramos todos los ingresos y salidas. Así es. Acepto que somos algo descuidados, pero la poca delicadeza que nos queda se hace manifiesta cada que tratamos de poner un libro en su lugar. Tomamos el libro con cuidado, levantamos la cabeza y, si la tentación no nos vence, dejamos el libro allí donde creemos que debe estar. No, no lo hacemos para aparentar un orden que no es tal. Sí, sí lo hacemos para abrirnos espacio y evitar tropezar con otro título que demande, sin pero que valga, atención y lectura inmediata.


(09 DE JULIO DE 2014)
Una pareja deja caer gotas de sopa sobre la mesa mientras intercala lo contenido en sus platos. Quieren enfriarla, me digo, pero no, lo que quieren hacer es restarle el picante a uno de los platos que deja caer gotas de sopa sobre la mesa. Todo esto sucede mientras yo, que acabo de ponerle una cuchara de ají a mi plato, levanto el brazo que sostiene el libro de Onetti y pido con urgencia un vaso de refresco.

(29 DE JULIO DE 2014)
Daniel Averanga me pregunta, entre otras cosas, por qué escribo. Y yo le respondo cualquier cosa. Él se va y es entonces que escribo esto para decir lo que callo: escribo para corregirme y retractarme en el recuerdo porque, lejos de preguntas, soy de los que tienen qué decir cuando ya no importa, soy de los que piensan su respuesta estando solos. Luego me recrimino y me llamo idiota por no hallar más que este párrafo que me toma por sorpresa, pero es párrafo al fin y, eso, eso ya es algo.

(02 DE AGOSTO DE 2014)
(en la 19ª Feria Internacional del Libro La Paz)
Ella: ¿Eres el editor de la editorial?
Yo: Sólo soy librero.
Ella: ¿No querrás leer mi novela y recomendársela si te gusta?
Yo: La verdad no laburo acá, apenas estoy cuidando el lugar mientras traen mi cambio.
Ella (yéndose): ¡Bah!
 


(05 DE AGOSTO DE 2014)
(en la 19ª Feria Internacional del Libro La Paz)
Cada que se aproxima un feriado nacional, más de un chofer y más de un coche desaparecen. Abro el libro de turno, pero no paso el primer párrafo, la primera página. Las avenidas principales están intransitables y las calles más próximas han sido cerradas. La gente que viste saco, corbata y escarapela tampoco es complaciente conmigo; cruzo a la vereda del frente mientras puedo y avanzo al ritmo del bombo que marca el paso mío y de los demás. Noto que los estudiantes de la UPEA que desfilan llevan el mismo traje (¿diseñado y hecho por el mismo sastre?). Subo por cuarta vez a un vehículo sabiéndome lejos de una ciudad y cerca de otra. Llego a las 14:00 al campo ferial, hay poca gente circulando mientras Fernando Barrientos espera mi llegada. Tres libros se venden por sí solos. Dos estamos intercambiando anécdotas hasta que un visitante nos interrumpe, pregunta, consulta, quiere que le digamos el significado de la palabra PERDULARIO... Y sí, es cierto, desconocemos el significado de tal hasta abierto el navegador y luego de buscar "definición de perdulario" en google. Contento, pero sin comprarnos nada, el visitante se despide, se va. Nosotros, Fernando y yo, esperamos.

(07 DE AGOSTO DE 2014)
(en la 19ª Feria Internacional del Libro La Paz)
El Campo Ferial tembló mientras miles de bolivianos entraban y otro tanto, asustados, salían. Paola Bacherer fue una de ellas, pero yo no sentí nada hasta llegado el momento de hacer cuentas y entregar el dinero, entonces me preocupé, y lo hice porque la suma de la tabla de excel no coincidía con el monto reunido en mis manos. Minutos antes anuncié que habíamos superado la meta del día, pero ahora yo estaba revisando cajas, libros, bolso y piso hasta que Paola me dijo que revise si hice bien la suma, cosa que hice, cosa que me devolvió la calma. Fernando Barrientos, no pudiendo llorar, reía, Paola reía, yo reía, pero era la risa de aquellos que creyendo haber cumplido una meta se resignan frente al resultado. Camino a casa, Nicolás Goszi buscaba en sus bolsillos un papel, no lo encontraría, no lo encontró. Reconforta saberlo: No soy el único descuidado. 

(26 DE AGOSTO DE 2014)
Cada cierto tiempo se cumplen cincuenta años de la publicación de un libro o el centenario de algún escritor. Es entonces que los libreros se limitan a ser cajeros. Llega la misma pregunta a la que sólo se puede responder con un SÍ o NO. No falta el visitante que, libro en mano, luce como su "escritor favorito", como su "personaje favorito". Y tú luces poco impresionado porque, simplemente, está volviendo a suceder.
Y sucede que los personajes de una novela pueden ser memorables, mas no peligrosos. Peligrosos son los lectores que imitan a ciertos personajes creyendo que así pueden despertar nuestra ternura o admiración, pero lo único que hacen es el ridículo (y tú con ellos, tú con ellos porque, quieras aceptarlo o no, vives de ello).
 


(10 DE SEPTIEMBRE DE 2014) 
Apenas la vi supe que no sería la última vez que me pediría rebaja.

(19 DE SEPTIEMBRE DE 2014)
Le presté dinero a alguien que no conozco (según él: es de Sorata y, en síntesis, lo cogotearon; según yo: interrumpió mi lectura, la lectura del libro "La máscara de piedra" de Fernando Montes Ruiz). Me dijo, sin lágrimas de por medio, que fue en vano a la Tribuna Libre del Pueblo y pensaba ir al Defensor del Pueblo (en un principio me pidió la dirección y, suponiendo que tal siga sobre la Ecuador, se la di).
Sí, ya sé, soy un boludo. Y no, al menos hoy no voy a prestarle dinero a nadie más. 


(25 DE SEPTIEMBRE DE 2014)
No trates como Biblia de Gütenberg a quien te trata como a publicación de Toribio Anyarin Injante.

(11 DE ENERO DE 2014)
Con el tiempo he llegado a creer que mis mejores clientes son las lectoras que vienen acompañadas del amigo o conocido que pretende cortejarlas. Ellas dicen cosas como: "Cuánto quisiera leer ese libro...", "Este es uno de mis autores favoritos", "Presté ese libro, pero no lo volví a ver", "Mira, allá está el libro que no me quieres prestar". Pero cuando el acompañante se ofrece a regalarles un ejemplar, ellas, por lo general, rechazan el ofrecimiento.
La cosa no termina allí.
Pasado un tiempo el susodicho regresa. A veces recuerda el título del libro o siquiera el nombre del autor; por lo general ni eso. Después de regatear un poco, termina llevándose el libro, pero es obvio el destino del mismo, es obvio en qué estante terminará.
Así es. Es así. Ellos compran el libro, ellas son las que lo leen. Mi mejor cliente es ella. Él, es sólo un comprador.

(13 DE ENERO DE 2014)
Acabo de recibir una llamada al teléfono móvil. Del otro lado estaba una voz femenina. Una vez finalizado el intercambio de palabras apunto el encargo que me hicieron, me encomendaron la búsqueda de La soledad del corredor de fondo de Alan Sillitoe. Sumo el título a la lista interminable de pedid... ¡Yo no sé por qué carajos andarán diciendo que soy el único capaz de encontrar los libros que llevan tiempo buscando! Ni siquiera importo libros, ni siquiera he tenido la oportunidad de recorrer las librerías argentinas de las que tanto hablan mis conocidos. No sé, no sé, ¿será porque al menos hago el intento?

(22 DE FEBRERO DE 2014)
—¡Mamá! Quiero que me compres ese diccionario— refiriéndose a un diccionario multilingüe.
—¿Qué piensas leer allí? Sólo está lleno de significados de palabras sin significado.
—Quiero leer todas, todas las palabras

(26 DE FEBRERO DE 2014)
 Un viejo cliente peruano se acerca para hacerme su primera visita, la primera entre tres o cuatro que hace al año. Lleva el brazo enyesado y viene acompañado por su lazarillo.
—¿Qué dice aquí? Esta vez vine sin lentes— dice el cliente.
—La filosofía en el siglo XIX —responde el Lazarillo.
—¿Sabes? Este puesto es el que tiene pocas cosas interesantes por aquí, pero los libros son caros... Sostén ésto —pasándole otro libro que tomó del estante.
—¿En cuánto está Kant, Hegel y Dilthey de Ortega y Gasset —pregunta.
—Bs. 130 —respondo yo.
—Caro, ¿no te dije? ¿Sabes? ¡Eh! —dirigiéndose a mí—, te pagaría lo que pidieses si me consiguieses algo de Scheller, por ejemplo.
—Páseme su lista y su email y veré qué puedo hacer —le respondo.
—Apunta —dice, mientras me facilita el dato.
—Listo. En adelante le llegará mi catálogo la primera semana de cada mes. Llegado el primero me responde y me pasa su lista.
—Recibo muchos catálogos de excelentes librerías de viejo de Argentina y Perú. En Córdoba me consiguieron alguno de los libros que ando buscando, pero últimamente no he estado por allí. No necesito tu catálogo. De toda formas házmelo llegar. Llegado a Lima te envío mi lista.
—Bien.
—Vamos —le ordena a su Lazarillo (es fácil notar que lo hace desde hace sin cuenta años) y se van.

(1 DE ABRIL DE 2014)
Le pedí una segunda oportunidad. Me la dio. Le falle.
—Lo siento, su firma no coincide con la de su carnet de identidad —dijo la responsable de apertura de cuenta del BNB—. Sugiero que practique y vuelva mañana.
—Sepa disculparme, no acostumbro dar autógrafos. Ya ve, la falta de práctica. No soy escritor, sólo soy un librero —dije yo (miento, esto último no sucedió).
Tomé de la mesa mi ejemplar de "El pájaro pintado" de Jerzy Kosinski. Me fui agradeciéndole de todas formas.
¿Debía invitarla a salir o, al menos, pedirle su número de teléfono? No, definitivamente no. Con un rechazo me basta.

(5 DE ABRIL DE 2014)
Lindo texto de despedida el de Escaparate Cultural. Entre libreros, los de verdad, no puede uno alegrarse por el cierre de un qhatu; otro más. Entre libreros somos cómplices y envidiamos, la mayor de las veces, los títulos que forman parte del estante que no es nuestro. Vayan a Escaparate Cultural, llévense un libro. Vayan, así sólo sea por morbo. Vayan. Yo no sé qué hacen perdiendo el tiempo mientras leen ésto. Lo ya dicho por Werner Guttentag: "No leer lo que Bolivia produce, es ignorar lo que Bolivia es".

(16 DE ABRIL DE 2014)
Una señora bastante mayor a la que atendí no me bajaba de "señorita" mientras preguntaba por tal o cual título (buscaba libros de Louise Hay). No pude retener la sonrisa y un "Hasta luego. Prometo desmaquillarme mejor la próxima vez" cuando se fue.

(22 DE ABRIL DE 2014)
Hay gente que bromeando me dice: "Volveré en dos años. Guárdeme ese libro". Y cómplice de tan gracioso conjunto de palabras, sonriendo, yo le digo que "Sí", que "Está bien", que "Es uno de los tantos libros que se quedan esperando"; mas vuelvo a llenar el espacio vacío del que salió. Tiempo después, llega el día, pero no esa persona, o lo hace y se van (porque los objetos esperan como las personas: lo estrictamente necesario).

(12 DE MAYO DE 2014)
Para mí está claro, no hay superficie que no albergue una historia. Hoy, por ejemplo, mientras sostengo sobre mis piernas a Centenario: Tradición de cinco generaciones de Jorge E. Lonsdale y Manfredo Kempff Suárez, me entero: La Casa Rosada (sobre la Nicolás Acosta) antes de ser tal fue la fábrica de Soda Water (que en 1943 compró la franquicia Coca-Cola) para luego llamarse Vascal y finalmente... ¿Qué queda? Retomo lectura y retorno al pasaje Marina Nuñez del Prado que está localizado sobre el río Choqueyapu... río que sigue su curso y seguirá su curso cuando esté librero y sus libros ya no estén.

(25 DE JUNIO DE 2014)
Comunicar que hago trueques de libros me ha traído alegrías y pesares. Alegrías: porque a veces ambos, cliente y yo, hacemos la transacción creyendo que hemos salido ganando; pobres ilusos. Pesares: porque hay quien trae libros que no quiero leer, libros que no se venden; pretenden tomarme por tonto mientras yo trato de hacerles lo mismo.
¿Es que acaso en un trueque puede haber empates?
Alguien saldrá perdiendo. No lo digo por los clientes que me han traído tres o cuatro libros para llevarse uno. No hablo de cantidad porque hay quienes llevan tiempo buscando un título en específico para completar su colección compuesta por miles de libros de distintas editoriales; por cientos que sólo pertenecen a una editorial; por decenas de libros o por apenas cuatro títulos.
Por ello hay quienes vuelven y mejoran su oferta mientras otros desisten.
Vuelve el señor que (todavía) desea llevarse los dos tomos, publicados por editorial Aguilar, de Obras Escogidas de William Faulkner. Saluda y mejora su oferta anterior para luego retractarse. Ayer ofreció las obras completas de Agatha Christie, luego las de Georges Simenon y las de Hermann Hesse; un rechazo tras otro. Hoy vuelve y trae las Obras Completas de Cervantes, Shakespeare y, finalmente, las de Tolstoi... Y si no le digo de forma entusiasta "Puede ser. Tolstoi sí, puede ser.", él no me dirá un "Déjeme pensarlo un poco más, ya que tengo su correo le haré llegar otras ofertas."
Heme aquí esperando.