Doce meses después, trece libros se han ganado un espacio en mi biblioteca personal; rincón hacinado que cada año se hace menor. Libros que han hecho algo más que ganar polvo, que se han llenado de post-its, que espero releer, porque desesperan, porque esperan pacientes, porque recibieron atención y todavía piden más.
Doce meses después, trece libros se han ganado un espacio en mi biblioteca personal; rincón hacinado que cada año se hace menor. Libros que han hecho algo más que ganar polvo, que se han llenado de post-its, que espero releer, porque desesperan, porque esperan pacientes, porque recibieron atención y todavía piden más.

VIII
EL ENGAÑO DE LAS CRISIS
Cada vez que cae un Gobierno, yo experimento un sentimiento de liberación. El aire me parece más puro; las mujeres, más guapas; los manjares, más sabrosos.
—Trabajillo ha costado—exclamo—; pero, al fin, somos libres. Ya no tenemos Gobierno. Hemos realizado nuestro ideal...
Desgraciadamente, está en nuestra naturaleza el no poder nunca darnos cuenta de la felicidad presente. Por esto, la felicidad es inasequible, y por esto, acaban resolviéndose todas las crisis ministeriales. Al cabo de dos o tres días, el Gobierno caído es siempre sustituido por otro, y de nuevo hay que dedicarse a la tarea de demolerlo. Totalizando las diferentes crisis que, poco a poco, logramos obtener, apenas si España llegará a vivir al año un mes entero sin Gobierno. ¡Un mes entre doce! No vale la pena.
Por mi parte, yo no ayudaré ya nunca a echar abajo a ningún Gobierno, como no me garanticen que luego no van a sustituirlo con otro. Mucho más cuando al otro es seguro que ya habíamos tenido también que echarlo abajo anteriormente. No veo en qué puede convenirle a un hombre soltero, que ejerce una profesión liberal, el que le gobiernen el Sr. Dato o el señor Maura, el Sr. García Prieto o el Sr. Sánchez de Toca. Probablemente, les interesa mucho más a estos señores gobernarme a mí de lo que pueda nunca interesarme a mí el que me gobiernen ellos.
Y si un pueblo no puede vivir sin Gobierno—premisa a la que no le concederé ningún valor mientras, como ocurre ahora, tampoco pueda vivir con él—; si un pueblo no puede vivir sin Gobierno, y si los gobiernos constituyen «un mal necesario», entonces, por lo menos, debemos exigir que las crisis duren un poco más. Una crisis de tres o cuatro días no compensa el esfuerzo necesario para arrancar del banco azul a estos ministros que parecen lapas.
(...)
IV
EL BOLCHEVISMO, ENFERMEDAD INFECCIOSA
Cuando los primeros poilus penetraron en territorio alemán, muchos franceses se alarmaron.
—Alemania—decían—está apestada de bolchevismo. A ver si nuestros soldados lo cogen y lo extienden luego por aquí...
Y es que para la inmensa mayoría de las gentes, el bolchevismo no pasa de ser una enfermedad infecciosa. Los Gobiernos más serios lo tratan como una nueva forma de gripe. Creen que se propaga por contagio, igual que la gripe española, y, a fin de combatirlo, forman cordones sanitarios en las fronteras. A los casos reconocidos los aíslan cuidadosamente, metiéndolos en las cárceles, y, dentro de poco, prohibirán el derecho de reunión, para evitar los hacinamientos.
A mí, esto de combatir el bolchevismo con medidas sanitarias me parece algo así como si se hubiera pretendido combatir la gripe reformando la Constitución. No creo que las medidas sanitarias hayan sido nunca muy útiles contra las epidemias, y, desde luego, creo que serán perfectamente inútiles contra el bolchevismo.
Porque, para mí, el bolchevismo no es un problema sanitario, sino un problema social, y, en el estado actual de la Ciencia, me parece absurdo pretender que nadie cambie de religión o de política sometiéndolo a un tratamiento médico. Acaso el agua bendita haya resuelto algunos problemas sociales; pero, probablemente, el agua oxigenada no resolverá ninguno. Y la prueba de que el bolchevismo no es una enfermedad, es que mientras las enfermedades sólo ponen en peligro a los enfermos, el bolchevismo constituye un peligro únicamente para aquellos que no son bolchevikis.
Pero si, a pesar de todo, seguimos considerando el bolchevismo como una enfermedad, ¿qué vamos a hacer con los otros sistemas políticos? ¿Con qué curaremos el maurismo, pongo por caso? El bolchevismo vendría a ser algo así como un enorme trastorno gástrico, mientras la mayoría de las sectas políticas representarían deficiencias mentales imposibles de combatir.
(...)
IX
UNA POLICÍA FILOSÓFICA
Si la Policía no encuentra nunca a los autores materiales de los atentados contra los patronos, ¿cómo va a encontrar a los autores morales? Si no descubre, ni por casualidad, la mano que mata, ¿cómo va a descubrir el cerebro que sugiere la idea de matar? Habría que crear una Policía filosófica que fichase las ideas y fuera siguiéndoles la pista de libro en libro, porque yo creo que a la Policía actual esta labor le resultaría demasiado molesta. El camino de una idea, desde que nace hasta que se convierte en cinco tiros de pistola, es largo y sinuoso. Claro que en España hay muy pocas ideas. Generalmente, los hombres que tienen alguna están fichados ya; pero, de todos modos, la tarea del nuevo organismo policíaco tropezaría con dificultades insuperables.
Yo estoy de acuerdo con la prensa conservadora en creer que los autores materiales de los atentados contra los patronos no son más que instrumentos; pero ¿instrumentos de quién? Probablemente, la prensa conservadora cree que de Pestaña, del Noy del Sucre, de Indalecio Prieto o de Marcelino Domingo. Yo creo que de Platón. Marcelino Domingo, Indalecio Prieto, el Noy del Sucre y Pestaña hablan, escriben, agitan y crean contra los patronos un estado de opinión sin el cual tal vez no se cometiesen tantos atentados; pero de aquí a suponer que esos señores son responsables, hay una gran diferencia. Esos señores no son responsables. Esos señores son instrumentos.
¿Por qué vamos a suponer que el hombre que habla es más consciente de lo que hace que el hombre que tira tiros? Si Carlos Marx no hubiese escrito El Capital, los oradores socialistas, o no dirían nada, o dirían unas cosas muy distintas de las que dicen. Los oradores socialistas no son más que autores materiales de sus discursos, y Carlos Marx es uno de los autores morales; pero, aquí se nos vuelve a presentar el mismo problema, ¿hasta qué punto se puede hacer a Carlos Marx responsable de El Capital? Si otros hombres no hubiesen trabajado con anterioridad en el mismo orden de ideas, ¿dónde hubiese encontrado el ilustre economista alemán los materiales necesarios para construir su obra?
Indudablemente, Carlos Marx no tiene culpa ninguna de lo que ocurra en Barcelona ni en Bilbao. La culpa, como digo, es de Platón, a quien le comunicó las malas ideas el señor Sócrates.
Y como el señor Sócrates ya se tomó la cicuta, resulta que ya están castigados, no sólo todos los asesinatos de patronos que van perpetrados hasta la fecha, sino los que puedan perpetrarse en el corto porvenir que le queda a la clase patronal.
(...)
X
ASESINOS MANUALES Y ASESINOS INTELECTUALES
El otro día he recibido la visita de un joven que tenía el rostro asimétrico, la frente huida y la mandíbula prognata.
—Perdone usted—me dijo este hombre extraño, con voz cavernosa—. Vengo a verle porque me han dicho que es usted un intelectual.
—Exageraciones, calumnias de mis enemigos, que tienen, sin duda, ganas de verme en la Cárcel Modelo—le contesté—. ¿Es usted de la Policía?
—No. De momento, no—dijo el hombre con una sonrisa helada—. Soy un modesto asesino, para servir a usted...
Il n'y à pas de sot métier, como dicen los franceses. La profesión de asesino, desde que ha entrado en vigor esta ley de las ocho horas, puede, con poco esfuerzo, producir ingresos suficientes para cubrir todas las necesidades de un buen padre de familia.
—¿Conque asesino?—exclamé yo, con una amabilidad que quizá no fuese completamente espontánea—. Muy interesante. Ustedes matan a algunos hombres; pero le dan de vivir a muchos más. Siéntese usted y dígame en qué puedo serle útil. ¿Quiere usted, quizá, que le recomiende algunos amigos? Lo haré con mucho gusto...
Mi visitante se dejó caer en una butaca.
—Yo venía en busca de un intelectual—exclamó—y usted niega serlo. Esto me contraría considerablemente. Necesito un intelectual a todo trance...
—Si es para asesinarlo—le dije—me parece absurdo. Aunque llevara usted luego su pelleja al Ministerio de la Gobernación, no creo que el asesinato de un intelectual pudiese producirle siquiera lo necesario para cubrir gastos. Los intelectuales, en este país, se cotizan a menos que los conejos.
—Pero, en fin—repuso el hombre, que parecía dominado por una idea fija—. Aunque usted no sea completamente un intelectual, por lo menos tendrá usted un cerebro...
Yo me rasqué instintivamente el cráneo.
—¡Hombre! ¡Un cerebro! ¿Quién no tiene un cerebro? Claro que son muy pocas las personas que lo usan; pero todo el mundo tiene un cerebro. Usted mismo tiene uno de esos magníficos cerebros de criminal nato que ha estudiado minuciosamente, en Italia, el profesor Lombroso.
—Yo carezco de cerebro, señor mío—respondió el asesino—. ¿Es que no lee usted la prensa conservadora? Los asesinos no somos más que brazos, instrumentos que ejecutan las ideas de otros hombres. En tiempos del señor Lombroso teníamos, en efecto, unos cerebros especiales, y cuando queríamos trabajar, buscábamos, de acuerdo con nuestros gustos particulares o según la inspiración del momento, un hacha, un cuchillo, un revólver o una maza. Hoy, en cambio, buscamos un cerebro. El cerebro es nuestra herramienta. ¿Comprende usted mi situación? Yo quiero asesinar a un frutero de los Cuatro Caminos; pero, antes de ponerme a la obra, necesito un cerebro que me sugiera la idea de este asesinato. Por eso venía a verle a usted...
Yo me disculpé como pude; pero el asesino no se convenció.
—Usted me engaña—me dijo—. Usted podría perfectamente sugerirme la idea que yo le pido. Mil veces, de seguro, habrá tenido usted en su vida intenciones asesinas. Lo que ocurre es que no quiere usted complacerme. Es usted un Tartufo.
—¡Caballero!
—Un Tartufo, sí, señor. ¡Ah! ¡Si alguien pudiera sugerirme la idea de asesinarle a usted!... ¡Cómo me vengaría yo entonces de su hipocresía! Pero yo soy un pobre asesino, incapacitado por mi profesión para matar a nadie, y por eso usted se permite abusar de mí. ¡Adiós, señor mío! Voy a revisar unas colecciones de periódicos a ver si algún artículo de un adversario suyo me inspira la intención de estrangularlo a usted. Hasta la vista.
Y el extraño visitante se fue por donde había venido.


Segundos después de haber leído la novela más vendida en la historia de la literatura chilena, crucé los brazos sobre mi pecho y no se me ocurrió otra cosa que decir «¿Cuál será la novela más vendida en la historia de la literatura boliviana?».
Lo sé, comunicar públicamente “tan memorable suceso” puede causar:
A. Que usted ponga en duda mis conocimientos literarios.
B. Que usted solicite la asignación de otra persona para la elaboración de reseñas en este espacio.
C. Que llene el espacio punteado con su opinión ………………..........................
D. Todas las anteriores.
Conversando con algunos amigos me enteré de que acá en Bolivia contadísimos son los novelistas que en vida lograron vender poco más de veinte mil ejemplares de alguno de sus libros. ¿Cuán cierto será?
Continúo.
Revisando en la biblioteca familiar tropecé con una novela corta que hace años superó el millón de ejemplares vendidos en el país vecino; Palomita blanca de Enrique Lafourcade.
Tal vez y solo tal vez, el éxito de Palomita Blanca —llevada incluso al cine— se deba a la problemática a la que se ven expuestos sus protagonistas, dos adolescentes —Maria y Juan Carlos— poco antes de los comicios electorales de 1970 y durante los primeros meses de la presidencia de Salvador Allende. Aunque quién sabe… tal vez y sólo tal vez, el éxito se debe a su lectura obligada en los colegios de Chile.
- Este es Bob Dylan - me explicó.
- ¡Ah! - le dije.
- ¡Y este es Jimmy Hendrix! ¡El descueve!
Yo no conocía a nadie.
Y me mostró a otros, la Joan Báez y la Judy Collins, pero volvió a decirme que Hendrix era la muerte.
- ¿No tienes a Manzanero?
- No.
- ¿No te gusta?
- No lo conozco.
Yo me reí, contenta. Había algo que Juan Carlos no conocía. Yo iba a tratar de que conociera a Manzanero. Estaba segura de que apenas lo escuchara...
- Es como romántico - le dije-. No sé si te va a gustar.
Novela corta que rescata la jerga criolla y popular de aquel entonces. Novela de encuentros y desencuentros entre «momios» —descalificativo aplicado a los miembros de la derecha— y «upelientos» —descalificativo aplicado a los que apoyaban a Allende. Libro en que el lector encontrará amores adolescentes, hippismo, religiones y sectas, diferencia de clases, enfrentamientos político-partidarios, incomprensión entre padres e hijos, desilusiones, drogas; un retrato de la sociedad chilena de finales de los 60 e inicios de los 70.
…salió la vieja, mi mamá, más curada que nunca, cochina, como si se hubiera caído al barro, y nos empezó a insultar y no quiso dejar entrar ni al doctor, y la meica estaba en la puerta, con una lata llena de hierbas que echaban humo, y mi mamá gritaba: ¡Un angelito! ¡Un angelito! ¡Para Allende, momios culiados! ¡Alessandristas culiados! - gritaba.
Yo no paré de llorar hasta la casa. Al día siguiente traté de ir de nuevo y no me dejaron. En la Posta, donde pidieron el certificado, el doctor Briceño nos contó... parece que el niño había comido muchos tallarines crudos... Yo ni siquiera supe dónde lo enterraron. Porotito era tan lindo. Tenía un caballo que le había regalado para la Pascua, un palo de escoba con una cabeza de caballo.
Personalmente noté altibajos durante su lectura. Pero no por eso voy a ignorar algunos detalles. Palomita blanca curiosamente fue escrita con el objetivo de demostrarle a Octavio —uno de los hijos de Enrique Lafourcade— lo equivocado que estaba cuando aseguraba que su padre no lo entendía; a decir de su autor Palomita blanca «fue escrita en dos semanas». Lo que más llamó mi atención en la novela de Lafourcade fue el manejo de un recurso paratextual que, para ser sincero, no había visto anteriormente; cada uno de sus capítulos lleva un epígrafe a manera de título. Epígrafes que respetan el orden de la letra de una canción, que respetan la letra de la vidalita “A una paloma” de Daniel Viglietti.
Pero, al día siguiente, que era diecinueve de Octubre, no llegó. Lo esperé todo el día, me pasé, afuera, en la puerta, y estuve hasta, más de las diez de la noche, que mi madrina estaba furiosa, y pasaba rezando porque decía que yo me iba a perder, que no podía llegar tan tarde como anoche que había llegado como a las tres de la mañana, que ya no iba al colegio y que ahora, que parecía que se iba a acabar el mundo con todas las concentraciones y bombas y la radio que parecía que iba a estallar la revolución, y que cualquier noche, le traían muerta a su niña, me decía, y yo no podía explicarle nada, lo único que le dije es que tuviera confianza en mí, que todo se iba a arreglar le dije, me abracé a ella y dije que me creyera, que yo ahora era tan feliz, y anduve todo el día cantando esa canción de Manzanero que decía "Cuando estoy contigo, no siento el fracaso" y que decía "todo lo que tengo, lo encuentro en tus brazos" y la iba repitiendo una vez y otra mientras planchaba los pantalones, los bluyines y corría afuera a ver si Juan Carlos aparecía y volvía a pensar cuando me dijo que quería casarse conmigo, que no había nadie como yo, que yo era de él (…).
Pero, Juan Carlos no vino.
La historia del amor inocente e ingenuo, la de las promesas que se hacen las parejas jóvenes e inexpertas.
¿La calificación? Tres eÑes sobre cinco, tomando en cuenta el argumento, personajes, los diálogos, el estilo y la originalidad del recurso paratextual. Algunas cosas llegan a destiempo, como Palomita blanca, leerla de adolescente de seguro me hubiese encantado.

En el afán de continuar seleccionando libros que se hagan de un espacio en mi biblioteca personal y para demostrarle que entre otras cosas también puedo ser consecuente, comparto con usted, sí, usted, esta segunda entrega de la "Lista: (número) libros que me marcaron el (año en que fueron leídos)". Sirva pues de antecedente la primera entrega, "Lista: 10 libros que me marcaron el 2010", la cual está a su disposición para que haga con ella lo que le venga en gana (leerla, por ejemplo).
No voy a advertirle nada esta vez, ya que en estos tiempos las advertencia sirven para la maldita cosa. Así que, nada, al grano.
El 2011 fue un año de reafirmaciones y descubrimientos (más lo segundo que lo primero). Los escritores que vuelven a aparecer en esta lista son: Herman Melville y Pitigrilli. Asimismo, libros muy buenos no ingresaron en esta lista debido, a que si bien me alimentaron con geniales fragmentos, no lo hicieron así con una obra; libros que releería, pero no en su integridad, libros como Estrella distante de Roberto Bolaño, La rueda de los ocios de Camilo José Cela, La lucha contra el demonio de Stefan Zweig, La letra e de Augusto Monterroso, Tierras de Cristal de Alessandro Baricco, y Mi reino por este mundo de Jotamario.
Los trece títulos:
13. "El libro negro""Giovanni Papini
Compañía Editorial Continental S. A.
Traducción de Carlos Juan Vega
12. "El barrio latino""Henri Murger
Editorial Poseidón - Buenos Aires
Traducción de Agustin Natal
11. "La paloma""Patrick Süskind
Editorial Seix Barral
Traducción de Pilar Giralt
H. G. Wells
Editorial Librería Hachette S. A.
Traducción de Alfonso Hernández Catá
Pitigrilli
Ediciones Apia
Traducción de H. F. M.
Herman Melville
Editorial Oveja Negra
07. "No mires debajo de la cama""Juan José Millás
Alfaguara
06. "Tiempo Cero""Italo Calvino
Minotauro
Traducción de Aurora Bernárdez
05. "El extranjero""Albert Camus
Alianza Editorial
Traducción de Bonifacio del Carril
04. "Las grandes entrevistas de la historia""Edicion de Christopher Silvester
Editorial Aguilar
Traducción de Herminia Bevia y Antonio Resines
03. "Desde la ciudad nerviosa""Enrique Vila- Matas.
Editorial Alfaguara
02. "El entenado""Juan José Saer.
Folios ediciones
01. "Viaje al fin de la noche""Louis-Ferdinand Céline
Editorial Planeta
Traducción de Carmen Kurtz
¿Por qué "Viaje al fin de la noche" encabeza esta lista?
Viaje al fin de la noche de Céline es un monumento a la misántropia y a la vanalidad de los que luchan contra un destino distópico. No en vano ha sido canonizada por una gran cantidad de escritores y la academia. Un libro que debe ser leído en estos tiempos ridículos de héroes de escaparate. Eso sí, se lo advierto, la lectura de este novela no se acaba después de haber recorrido la última de sus oraciones, después de haber cerrado el libro; la lectura de Viaje al fin de la noche no se acaba nunca. Ciertamente, hablamos de un obús que nos impacta de frente, que nos deja en la condición de la que nunca debímos haber salido: la muerte o, mejor aún, la inexistencia.
Ferdinand Bardamu, álter ego de Céline, no podrá gozar de un minuto de paz, sufrirá las consecuencias de una guerra que no terminará sino es en la hora de su muerte.
Mmmm...
!Ah, sí! Respecto a los otros libros. Por favor, encuentre justificativos por su cuenta.

Si bien aún no he terminado de leerlo, he disfrutado hasta toparme con "El enemigo de la naturaleza", relato que me deleitó al punto de animarme a terminar la lectura del libro de Papini. "El enemigo de la naturaleza", es uno de los tantos relatos que conforman una especie de diario que comenzó con "Gog" y terminan en "El libro negro"; relato de redacción hermosa en el que se ataca a los amantes de la vegetación y la naturaleza en el afán de mostrar el lado menos desagradable de los rebeldes. Si Giovanni Papini destaca por algo es por sus observaciones incisivas y su escepticismo (antes de convertirse en un ferviente católico).
Sin más preámbulos es un gusto facilitar la traducción de Carlos Juan Vega:
El enemigo de la naturaleza
New Parthenon, 18 de abril.
Pocos días hace, mientras paseaba por el jardín de mi villa marítima, advertí con el estupor consiguiente, que el más bello de mis cerezos, que el día anterior estaba cubierto por una nube de flores, no era más que un desnudo esqueleto de ramas, como si estuviéramos en enero. Las flores y las hojas que lo adornaran hasta el día anterior, yacían por tierra como sucia hojarasca.
No había habido torbellinos ni golpes de viento durante la noche. Aquel delito había sido hecho por una mano humana. ¿Quién podía haber realizado aquella sacrílega devastación?, ¿un loco o un enemigo?
Al día siguiente experimenté otra sorpresa: todos mis tendales de narcisos, todas mis espalderas de glicinas no tenían ni una flor; los setos de siempreverdes, laureles y boj, estaban transformados en un entrelazamiento miserable de vástagos sin hojas. Llamé a Harry, el capataz de los jardines, quien ya había advertido aquellas depredaciones y estaba más aterrorizado que yo. Me dijo que también la huerta, donde hago cultivar legumbres y verduras de toda clase, estaba devastada, pisoteada, con las plantas desenraizadas o cortadas a flor de tierra. Aquello era demasiado grave. En seguida hablé por teléfono con el comisario quien poco después estaba en la villa y quedó asombrado, lo mismo que yo, ante la comprobación de aquel insensato estrago. Me dijo
- Esta noche mandaré aquí dos vigilantes que harán guardia durante toda la noche, y en caso de que vuelva el malhechor, lo sorprenderán.
Pero aquella noche y la subsiguiente los policías no vieron ni oyeron absolutamente nada. Al amanecer del tercer día fui despertado por el ruido de armas de fuego y por gritos. Descendí al jardín y vi venir hacia mí a un joven palidísimo, que era arrastrado violentamente por los dos policías hacia la entrada de la casa. Cuando el joven estuvo encerrado en un cuarto de la planta baja, con buena custodia, quise interrogarlo.
Al principio permaneció mudo e inmóvil, como si las preguntas no fueran dirigidas a él. Pude entonces observarlo bien: era rubio y de aspecto delicado, tenía un rostro ascético de intelectual y soñador, vestía pulcramente de color gris oscuro, sus manos eran mórbidas y finas, manos de artista o de mujer. Me miraba con dos bellísimos ojos celestes, luminosos como los de un piadoso novicio.
El comisario, advertido telefónicamente, llegó pocos minutos después e interrogó también al desconocido, siendo más afortunado que yo, pues le respondió con voz dulce
- Me llamo David Bayton, tengo veinticinco años de edad y soy pintor. No tengo familia, vivo en el Hotel Sanderson, en Fire Street. He estudiado en Boston y he expuesto obras en Filadelfia. ¿Quiere saber alguna otra cosa?
- Sí. Queremos saber lo más importante, ¿fue usted quien destruyó repetidas veces las flores y plantas del jardín de míster Gog?
- Sí, he sido yo.
-¿Y por qué lo hizo? ¿Tiene algún motivo personal de resentimiento contra míster Gog?
- Ningún motivo. Pocos minutos hace, y por primera vez, he visto a míster Gog.
- Pues entonces, ¿cómo explica su alocada acción?
- Será algo difícil que ustedes puedan comprender las razones que me han inducido a hacer lo que he hecho.
- Esto no le compete a usted, señor Bayton. Diga todo cuanto pueda y pondremos nuestra mejor voluntad a fin de comprenderle.
-¿Lograrán comprender que yo odie, desde mi niñez, a los poetas, a los que mienten en rima, a los estafadores laureados? ¿Podrán comprender que los odie principalmente a causa de sus insulsos lugares comunes acerca de la primavera? La verdadera primavera, la que conocí en mi miseria, está hecha de lodo sucio, de viento áspero, de olor a estiércol. Vuestra primavera es una estafa insultante de los literatos y de los jardineros.
- Sin embargo, usted mismo ha dicho que es pintor, ¿puede un artista blasfemar como usted lo hace de las obras del Señor?
- Soy pintor, pero de los que se han liberado, y espero que para siempre, de la humillante fidelidad a lo verdadero, a la naturaleza, a la belleza. Queremos representar un mundo nuestro, un mundo nuevo, arbitrario y metafísico, que sea obra de nuestra mente y no creación de ese Dios vuestro de las escuelas dominicales.
- No estoy aquí para discutir sobre las teorías de las bellas artes. ¿Tiene alguna otra declaración que hacer?
- Sí. Deseo añadir que la vegetación es, ante mis ojos, una forma inferior de la vida terrestre, una forma parasitaria, pasiva, inmóvil, muda. No puedo soportar el verla, y si me es posible la ataco.
- Bien, ¿y qué más?
- Puesto que me escuchan, quiero decirles que odio con especial intensidad a las flores, desde que he sabido que son desvergonzadas exhibiciones sexuales hechas por las plantas para inducir a los insectos a que actúen como intermediarios en la diseminación del polen. Esas poéticas flores que vosotros, personas sabias y virtuosas, oléis con tanta dedicación y ofrecéis galantemente a las castas doncellas, no son más que obscenos órganos genitales carnosos y viscosos.
- Hemos comprendido, ¿qué más?
- Declaro también que detesto y vomito con sinceras náuseas a vuestra bella naturaleza, que incluso en el reino vegetal se reduce a una lucha atroz por la supervivencia, o sea a una perenne guerra y a una mutua destrucción. Se admite por doquier que un hombre culto, civil, bien educado, debe admirar a la santa, a la divina naturaleza. Siempre me he rebelado contra ese hipócrita lugar común. Para mí la naturaleza es un caos sospechoso y misterioso, del que no puedo huir pero que aprisiona y amenaza mi existencia, mi personalidad. Es algo impuesto y enemigo, de lo que sólo puedo sustraerme con la revuelta y la destrucción. Pero no soy un loco, un insano, como vosotros lo creéis, y puesto que no puedo desenraizar los montes o asesinar a las ballenas, me desahogo contra los vivientes más frágiles e inermes, contra los vegetales.
-¿Ha concluido ya?
- Hay otra razón que me induce a todo esto, pero es demasiado íntima y personal. Jamás la conoceréis.
- Prescindiremos de ella. Para mí, el único problema es éste: ¿debo meterle en una cárcel o acompañarle a un manicomio?
- Entre un lugar y otro no hay mucha diferencia - replicó David Bayton, sonriendo. Lléveme al lugar que esté más cercano.
El comisario y sus hombres hicieron que el joven subiera a un automóvil y se alejaron de la villa. Al quedarme solo comencé a pensar en lo que había oído.
Ese pintor maniático, en el fondo no me desagrada. Querría hacer algo a fin de que lo pongan en libertad.

Advertencia: La presente lista puede provocar sentimientos de animadversión para con Alexis Argüello, de 24 años, quien gusta de la literatura al igual que de las mujeres y por eso mismo teme comprometerse de lleno. Puede incluso que su molestia le recuerde a la experimentada por "GOG" de Giovanni Papini en el capítulo: "Las obras maestras de la literatura".
Ahora que me he sincerado con usted prosiga bajo su propio riesgo.
El pasado año 2010 me di cuenta, cada vez mayor es el tiempo que dedico a hacer tan solo una cosa, leer. A la fecha en promedio leo alrededor de ocho libros al mes, ¿se imagina todo lo que podría hacer en ese tiempo?, tal vez leer más, tal vez dedicar más tiempo a otros proyectos que tengo en mente y no tienen que ver con mi negocio de libros originales a uso en el pasaje Marina Nuñez del Prado.
El anterior párrafo, muestra de un espíritu divagante, fue desarrollado por culpa de una hipótesis: para poder leer libros buenos uno debe perder su tiempo y su dinero leyendo libros malos. Pocos, muy pocos son capaces de explicarle por qué un libro es bueno, y no faltará el que desacredite tales gustos al comunicarle lo malísimo que es ese libro. Entonces, dadas las probabilidades de equivocarse, mejor sentir que nada tiene que perder como lector, porque si hay alguien que tiene mucho que perder dándose medios para ver publicada su obra es el escritor.
La presente lista es muy subjetiva, de seguro hará las delicias de toda aquella dama empeñada en psiconalizarme, se me vienen dos o tres a la cabeza. ¿Habrá otro objeto para que está lista mantenga su valor en el tiempo?
Algunos de estos 10 libros ya pueden ser adquiridos en La Paz, Bolivia, desde el 8 de enero del 2011 revisando el catálogo de "libros que desesperan" disponible en facebook.
El Todo depende del prisma con que se mire, el humor fino e inteligente, el tener algo que decir y saber cómo decirlo es la característica de estos ocho libros que se enmarcan en el cuento, la novela y el ensayo. Ocho libros seleccionados de entre cosa de cien libros leídos (y no escritos) el año 2010. Disfrútelos o entréguelos en calidad de regalo a uno de sus enemigos, por si acaso.
John Kennedy Toole
Editorial Anagrama
Traducido por J. M. Alvarez y Angela Pérez
Enrique Dussel
Fundación editorial el perro y la rana
André Gide
Editorial Lumen
Traducido por Blanca Torrents
Herman Melville
Editorial MONDADORI
Traducido por Jorge Luis Borges
Denis Diderot
Editorial Alfaguara
Traducido por Félix de Azúa
Pitigrilli
Ediciones ercilla
J. M. Machado de Assis
Club del libro A.L.A.
Traducido por Francisco José Bolla
Rubem Fonseca
Editorial Cal y Arena
Traducido por Rodolfo Mata. y Regina Crespo
Alessandro Baricco
Editorial Anagrama
Traducido por Xavier González Rovira
Lin Yutang
Editorial Sudamericana
Traducido por Román A. Jiménez

Si bien aún no he terminado de leer esta selección de cuentos, lo he disfrutado hasta toparme con "El breve debút de Tildy", cuento que robó mi atención. "El breve debút de Tildy, es uno de esos cuentos que con redacción sencilla pero hermosa, aborda los temas de la envidia, la inexperiencia, la mala interpretación y el consuelo. Si O. Henry destaca por algo, además de por ser uno de los referentes para quienes formaron el movimiento del realismo sucio, es por los finales en sus cuentos, por atacar a la fragilidad del discurso.
Sin más preámbulos es un gusto facilitar, si bien no la traducción de León Mirias, acceso a la traducción que encontré en: leemp3.com.
El breve debut de Tildy (The Brief Début Of Tildy)
Si no conoce el “Bogle’s Chop House and Family Restaurant”, usted es el que pierde, pues si es usted uno de los felices mortales que comen en restaurantes caros debiera interesarse en saber cómo consume alimentos la otra mitad de la población. Y, si pertenece usted a la mitad de la población para la cual las fichas del mozo constituyen cosas del momento, debería usted conocer el restaurante de Bogle, pues allí, por su dinero, le dan a usted el verdadero valor de su dinero... en cantidad por lo menos.
El restaurante de Bogle está situado en esa carretera de la bourgeoisie, en ese boulevard de los Brown Jones y Robinson: la Octava avenida. En el salón se eslabonan dos hileras de mesas, seis de ellas en cada una. En cada una de las mesas hay una aceitera que contiene frascos de condimentos. Del frasco de la pimienta puede usted extraer, sacudiéndolo, una nube de algo insulso y melancólico, como tierra de un volcán. Del salero no puede usted esperar obtener nada. Aunque un hombre logre extraer una corriente sanguinaria del descolorido nabo, su proeza será obstaculizada cuando desee arrancar un grano de sal a los saleros de Bogle. Hay también sobre cada una de las mesas una imitación de la benigna salsa hecha ‘‘ según la receta de un noble de la India”.
En la caja se sienta Bogle, frío, sórdido, lento, latente, y recibe el dinero. Detrás de una montaña de mondadientes, le da a usted el cambio, llena las adiciones y le expele a usted, como un sapo, una palabra acerca del tiempo. Es mejor que usted no se aventure más allá de una corroboración de su observación meteorológica, pues usted no es amigo de Bogle; es un comensal, un cliente transitorio, y usted y él pueden no volver a encontrarse hasta que suene la trompeta de Gabriel de la cena. Por consiguiente, reciba usted el cambio y váyase... al diablo si quiere. Tales son los sentimientos de Bogle.
Dos muchachas y una Voz atendían las necesidades de los clientes de Bogle. Una de las jóvenes se llamaba Aileen; era alta, bonita, vivaz, graciosa y burlona. ¿Su apellido? En el restaurante de Bogle no se necesitaba más el apellido que lo que se requería el bowl para lavarse las manos.
La otra muchacha se llamaba Tildy. ¿Por qué sugiere usted Matilde? Por favor, escuche bien esta vez: Tildy... Tildy. Tildy era regordeta, de rostro franco y demasiado ansiosa de agradar para agradar. Repita usted para sí la última cláusula una o dos veces y conozca el duplicado infinito.
En lo de Bogle, la Voz era invisible. Provenía de la cocina y no brillaba por su originalidad. Era una Voz pagana y se contentaba con la vana repetición de las exclamaciones emitidas por las mozas, concernientes a la comida.
¿Se cansaría usted si le dijera de nuevo que Aileen era bonita? Si ella hubiera gastado algunos cientos de dólares en ropas, se hubiese unido al desfile de Pascua Florida y usted la hubiera visto, se habría apresurado a decirlo.
Los clientes de Bogle eran sus esclavos. Le era posible atender seis mesas al mismo tiempo. Las personas que estaban apuradas reprimían su impaciencia por la simple alegría de contemplar su figura graciosa y de ágiles movimientos. Las que terminaban de comer, agregaban algún otro plato a su menú con el objeto de continuar a la luz de sus sonrisas.
Aileen podía cambiar airosamente ironías con una docena de personas al mismo tiempo. Y cada sonrisa que lanzaba, alojábase, como perdigones surgidos de una escopeta, en muchos corazones. Y, mientras tanto, realizaba sorprendentes hazañas con pedidos de cerdo y habas, asaderas con carne, jamón, salchichas y sopas, y cualquier cantidad de cosas en utensilios y cacerolas, hacia arriba y hacia un lado. Con todas estas suntuosidades, este coqueteo y el alegre intercambio de agudezas, el restaurante de Bogle estaba muy cerca de ser un salón en el que Aileen hacía las veces de madame Récamier.
Si los que frecuentaban ocasionalmente el restaurante sentíanse fascinados por Aileen, los que lo hacían con regularidad eran sus adoradores, y entre muchos de éstos existía verdadera rivalidad. Aileen habría podido tener un compromiso por la noche. Dos veces por semana, por lo menos, alguno la llevaba a un teatro o a un baile. Un fornido caballero, a quien ella y Tildy habían bautizado con el apodo de “El cerdo”, le obsequió un anillo de turquesa. Otro, llamado “Descocado” y que manejaba el carro de reparaciones de la Traction Company, le regalaría un perro de lanas en cuanto su hermano consiguiera el contrato de acarreo en la Novena avenida. Y el hombre que comía siempre costillas de cerdo y espinaca, y decía que era bolsista, la invitó a Parsifal.
-No sé dónde queda ese sitio -le contestó Aileen mientras conversaba con Tildy-, pero tendré que tener el anillo de compromiso antes de dar una puntada en un traje de viaje, ¿no te parece ? Bueno, ¡ así lo creo!
Pero, ¡Tildy!...
En el restaurante de Bogle, lleno de vapor, charlas y olor a repollo, se desarrollaba por lo menos una tragedia sentimental. Tildy, con su nariz roma, su cabello color paja, su cutis pecoso, su figura de bolsa de papas, nunca había tenido un admirador. Ningún hombre la seguía con la mirada mientras ella iba y venía en el restaurante, y, cuando lo hacían, sus ojos chispeaban por la comida como bestias hambrientas. Ninguno le hablaba alegremente, con coquetos intercambios de agudezas. Ninguno la bromeaba en voz alta, como lo hacían con Aileen, acusándola cuando los huevos tardaban en llegar, de haberse demorado en compañía de envidiados cortejadores. Nadie le había regalado jamás un anillo de turquesa ni la había invitado a efectuar un viaje al misterioso y lejano Parsifal.
Pero Tildy servía bien, de manera que los clientes la toleraban. Los que se sentaban a su mesa le hablaban lacónicamente, haciendo breves citas extraídas de la lista del menú, y luego levantaban sus voces con acentos almibarados, y también condimentados, de manera elocuente a la agradable Aileen. Se retorcían en sus sillas para buscar en derredor la inminente figura de Tildy, que la pulcritud de Aileen podría sazonar y convertir en ambrosía el tocino y los huevos.
Sin embargo, Tildy sentíase contenta de ser la fregona no cortejada, si Aileen podía recibir las lisonjas y los homenajes. La nariz roma era leal para con la griega. Era amiga de Aileen y experimentaba satisfacción al verla dominar corazones y distraer la atención de los hombres del humeante pastel de carne y del merengue de limón. Pero profundamente debajo de nuestras pecas y nuestros cabellos color paja, el más mal parecido de nosotros sueña con un príncipe o una princesa, no como sustituto, sino para nosotros especialmente.
Cierto día, Aileen fue a trabajar con los ojos ligeramente magullados, y la solicitud de Tildy era casi suficiente para curar cualquier ojo.
-La otra noche -explicó Aileen-, mientras iba para casa, al llegar a la calle Veintitrés y la Sexta avenida, un tipo fresco, que caminaba aprisa, se detuvo y me hizo una invitación. Lo rechacé fríamente y se fue, pero me siguió hasta la Dieciocho y volvió a insinuarse. ¡Caramba!, pero le di una buena en la mejilla. Entonces él me la contestó en el ojo. ¿Se nota mucho, Til? No me agradaría que me viera Mr. Nicholson, cuando venga a las diez a tomar el té con tostadas.
Tildy escuchaba con suspensa admiración el relato de la aventura, pues nunca hombre alguno había tratado de seguirla. A cualquier hora del día le era posible salir sin correr riesgo alguno. ¡Qué felicidad debía ser la de que un hombre la siguiera y le pusiese un ojo negro por amor!
Entre los clientes del restaurante de Bogle se hallaba un joven llamado Seeders, que trabajaba en un lavadero. El hombre era delgado, de cabello claro, y parecía recién lavado y almidonado. Era demasiado tímido para aspirar a que Aileen lo advirtiese, de manera que con frecuencia sentábase a una de las mesas atendidas por Tildy, donde se consagraba a la merluza silenciosa y hervida.
Un día, Mr. Seeders llegó a cenar y había bebido cerveza. En el restaurante, se hallaban tan sólo dos o tres parroquianos. Al terminar de comer su merluza, se puso de pie, abrazó a Tildy, la besó ruidosa y descaradamente, salió a la calle, castañeteó los dedos en dirección al lavadero y marchó aprisa para echar unos centavos en la máquina automática del Amusement Arcade.
Durante algunos instantes, Tildy quedó petrificada. Luego cobró conciencia de que Aileen agitaba hacia ella un arqueado dedo índice y le decía:
-¡Caramba, Til, qué muchacha picara! ¡Te estás poniendo terrible, miss Picarona! Me parece que me vas a robar alguno» de mis tipos. Tendré que tener cuidado con usted, señora.
Pero surgió otra cosa más en los sentidos recuperados de Tildy. En un instante, se convirtió, de desesperada y humilde admiradora, en .colega de la potente Aileen. Ahora era una encantadora de hombres, un blanco para Cupido, una Sabina que debía ser recatada cuando los romanos asistieran a sus banquetes. El hombre había hallado alcanzable su cintura y sus labios deseables. El precipitado y erótico Seeders había realizado para ella, por así decirlo, una milagrosa obra de un día de trabajo del lavadero. Había tomado la arpillera de la falta de gracia de la muchacha, la había lavado, secado, almidonado y planchado, devolviéndosela a su linón bordado: el manto de la propia Venus.
Las pecas del rostro de Tildy se mezclaron con un rosado sonrojo. Ahora, Circe y Psique atisbaban desde sus avivados ojos. Ni siquiera Aileen había sido abrazada y besada públicamente en un restaurante.
Tildy no podía mantener el delicioso secreto. Cuando mermó el trabajo, se dirigió al escritorio de Bogle. Le brillaban los ojos y trató de que sus palabras no tuvieran acento de orgullo y jactancia.
-Un caballero me ha insultado hoy -dijo la muchacha-. Me abrazó y besó.
-¿Es cierto? -interrogó Bogle, abriendo de un golpe su armadura comercial-. Desde la semana próxima ganará usted un dólar más.
A la hora de la próxima comida, cuando Tildy apareció ante los clientes con quienes tenía relación, les dijo modestamente a cada uno de ellos, como alguien cuyos méritos no requieren alardes:
-Hoy me insultó un caballero en el restaurante. Me abrazó y besó.
Los comensales recibían la revelación en diferentes formas: unos, con incredulidad; otros, felicitándola, y otros, por fin, dirigieron hacia ella la corriente de chanzas que hasta entonces habían encauzado en dirección a Aileen. A Tildy se le hinchó el corazón en el pecho, pues, al fin, veía elevarse las torres del Romance desde el horizonte de la gris planicie por la cual ella había transitado durante tanto tiempo.
Por dos días, Mr. Seeders no volvió al restaurante. Durante ese lapso, la moza se estableció con firmeza como una mujer a la que se podía cortejar. Compróse unas cintas y se arregló el cabello como lo hacía Aileen, apretándose la cintura tres centímetros. Abrigaba un conmovedor aunque delicioso temor de que Mr. Seeders irrumpiera en el negocio y le disparase un tiro. Pues debía haberla amado en forma desesperada, y los amantes impulsivos son ciegamente celosos.
Ni siquiera Aileen había sido herida con una pistola. Y entonces Tildy deseó que el hombre no la hiriera, pues ella era siempre leal y no deseaba eclipsar a su amiga.
Mr. Seeders se presentó al tercer día, a las 16. Las mesas no estaban ocupadas todavía. En el fondo del comercio, Tildy llenaba los frascos de mostaza y Aileen cortaba pasteles. Mr. Seeders se dirigió hacia donde estaban las mujeres.
Tildy levantó la vista y lo vio; tragó saliva y presionó la cuchara de la mostaza contra su corazón. Tenía una cinta roja en sus cabellos; usaba la divisa de las Venus de la Octava avenida: el collar de cuentas azules con el simbólico corazón de plata colgando.
Mr. Seeders hallábase sonrojado y aturdido. Hundió una mano en el bolsillo del saco y la otra en un pastel recién hecho.
-Miss Tildy -dijo-, quiero disculparme por lo que hice la otra noche. Le diré la pura verdad: estaba bebido, pues de otro modo no lo habría hecho. Si hubiera estado sobrio no habría cometido semejante acto con una dama. Espero, pues, miss Tildy, que acepte mis disculpas, y le aseguro que no habría hecho lo que hice si hubiese tenido conciencia de mis actos y no hubiera estado bebido.
Luego de haber presentado esa cortés disculpa, Mr. Seeders dio media vuelta y se alejó con la certidumbre de haber ofrecido satisfacciones.
Pero, detrás de un tabique conveniente, Tildy se lanzó sobre una mesa entre restos de manteca y tazas de café, sollozando amargamente, regresando de nuevo a la gran, planicie gris, donde transitan las mujeres de nariz roma y cabello color paja. Rompió la vincha roja con que sujetaba sus cabellos y la tiró al suelo. Despreciaba absolutamente a Seeders; había recibido su beso como el de un príncipe explorador y profético que podría haber hecho funcionar los relojes y los pajes en la tierra de las hadas. Pero el beso había sido dado por un beodo y sin intención; la corte no se había agitado ante la falsa alarma; ella debía permanecer por siempre siendo la Bella Durmiente.
Sin embargo, no estaba todo perdido. Aileen la rodeó con sus brazos y la mano roja de Tildy permaneció crispada entre los restos de manteca, hasta que sintió el cálido apretón de la de su amiga.
-No te lamentes, Til -dijo Aileen, que no entendía del todo la situación-. Ese cara de nabo, broche de ropa, de Seeders, no lo merece. No tiene nada de caballero, pues de otro modo no se habría disculpado nunca.

Novela:
"La puerta estrecha" André Gide
"Diario de un seductor" Sören Kierkergard
"Las frutas de Oro" de Nathalie Sarraute
"País de Nieve" Yasunari Kawabata
"Novecento" Alessandro Baricco***
Cuento:
"Cuentos" Mario Benedetti*
"Cuentos de mujeres solas" varios autores
"Gritos demenciales" antologia de cuentos bolivianos de terror*
"El misterio del estido" William J. Camacho Sanjinés*
"Luminoso amarillo y otros cuentos" Mempo Giardinelli
"El padrino" Ramon Rocha Monroy
"Cuentos breves y extraordinarios (Antología)" Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares
"El Aleph" Jorge Luis Borges
Poesia:
"Antología poética" Miguel Hernandez
Técnicos:
"Marketing turísticos" Robert Lanquar
"Manual de ventas al por menor "mercandising" Mc Graw Hill
Septiembre, si no me equivoco, fue el mes en que menos leí (en lo que va de este año 2010). La siguiente la lista de los libros que leí en dicho mes:
Novela:
"Los nombres del aire" Alberto Ruy Sánchez
Diario:
"Aventuras de una peseta" Julio Camba
Cuento:
"Palabras y sangre" Giovanni Papini***
"Luminoso amarillo y otros cuentos" Mempo Giardinelli
"Bartleby el escribiente" Herman Melville**
Poesía:
"Las flores del mal" Charles Baudelaire*
"Sinfonía del tiempo inmóvil" Jorge Suárez
"Poesía" Jorge Manrique*
Técnicos:
"Introducción al marketing de servicios turísticos" Eduardo Villarroel Améstegui
"Marketing para eventos" Rosario Jijena Sanchez, Gerardo Woscoboinik*
Notas
* A la fecha todavía no he terminado su lectura porque otro libro se interpuso en nuestro camino.
** Tengo que releerlos, ¡tengo que!
*** Los he releído y los volvería a releer las veces que sean.
Leo en el bus, en casa o en el negocio los sábados y domingos. Es muy raro que termine la lectura de un libro en un solo día, pero me ha pasado con "Novecento", "La puerta estrecha", "Bartleby el escribiente" y "Los nombres del aire". Por lo general administro mi tiempo frente a un libro, pero hay veces en que nada se puede hacer, ya saben, esas veces en que el libro es quién administra el tiempo de uno.
No leo en la cama a no ser que tenga como objetivo: dormir pasado unos minutos, curar mi insomnio, producirme un insomnio.
No puedo leer poesía entre el bullicio, necesito paz y un ambiente acogedor para hacerlo.
No voy a hacer otra lista sino es hasta fin de año o comienzos del siguiente, una lista conformada por los libros leídos durante el año 2010 y que de seguro serán de mi culto para el 2011.
Esta lista es para mi bella y bien querida amiga Jowii Loayza, quién se tomó la molestia de elaborar una lista similar para responder a una pregunta que le hice: ¿Cuantes libros leíste este mes?.

Mi habitáculo de trabajo de a diario esta rodeado por historias que en algún momento generan histerias, más para unas/os que para otras/os. Seres "inanimados" que llegaron por decisión ajena, por acción de quienes hoy reniegan del fetichismo que ejercieron en el pasado, la mayoría de las veces, por quienes se vieron en la necesidad de subvencionar necesidades.
No, no hablo de un bar, o de cualquier otro lugar que haya venido a tu imaginación. Hablo de un modesto negocio de libros ubicado en el pasaje Marina Nuñez del Prado, caseta #27, La Paz, Bolivia. Es aquí donde, hasta la fecha, paso gran parte de mis horas desde octubre del 2008.
Acá realizo conversaciones y transacciones modestas y hasta a veces extraordinarias, aunque claro, primero habría que ver si coincidimos en el concepto de lo que es extraordinario. Una de las cosas extraordinarias para mi, es el que en determinado momento haya establecido lazos de amistad y transacciones comerciales para poseer o desligarme de libros de Antonio di Benedetto, Giovanni Pappini, Milan Kundera, Cesare Pavese, J. M. Machado de Assis, Italo Calvino, Jorge Luis Borges, Macedonio Fernandez, Woody Allen, F. Scott Fitzgerald, Roald Dahl, Roland Barthes, Ángeles Mastretta, entre otros.
Bolivia no es uno de los paises que goza de producción y consumo masivo de literatura, a nivel sudamericano Paraguay es quién nos salva de estar últimos en el listado. Sin embargo debido a mi tan peculiar situación he leído más que nunca, como mínimo cuatro libros al mes. Alguna vez lo dije, el marketing junto al turismo e internet, son mis grandes pasiones, pero me es imposible negar que además de las tres anteriores está la literatura. Me he enamorado de personajes extraídos de la imaginación de genios que le dieron vida a la palabra, he ampliado mi vocabulario, he digerido conceptos, me he interesado por algunas disciplinas, he recogido argumentos para establecer mi posición ante las situaciones de a diario, he realizado intentos escribiendo que me satisfacen y me avergüenzan. En sí, los libros han despertado mi curiosidad como nada o nadie, me han convertido en un observador inquieto, un observador que a veces es confundido con un morboso.
Tengo tanto por leer, ya que además del negocio cuento con una biblioteca familiar compuesta por alrededor de veinte mil libros. Confieso que mis decisiones durante los fines de semana son difíciles, ya que generalmente este es el tiempo que le dedico a la literatura como arte (en días ordinarios reviso más información técnica afín al marketing y turismo). Pero estoy infinitamente agradecido por tal suceso. Mis padres se dedicaron desde antes de mi nacimiento a la comercialización de libros de todo tipo, cosa que agradezco. De otra forma no me vería en tales problemas los fines de semanas, problemas que hacen de mi fortuna de a diario.
No estoy de acuerdo con las profecías respecto de los libros, los fanáticos con aires de profetas me desesperan, no miran más allá de lo que quieren ver. Nadie puede predecir el futuro de los libros. Si bien se vienen tiempos en que el soporte de los mismos será otro debido a la era digital, considero que mis ojos no verán la muerte del encuadernado de las obras literarias, además es difícil quitarle este fetiche. No en vano reviso las bibliotecas de mis amigos para hacerme una idea de su calidad como persona. Aunque al final sea cual sea el soporte celebro la inmortalidad del libro.
Los libros como negocio no me dan para tener una vida llena de comunidades, más aún cuando los clientes siempre esperan una rebaja en el precio; pero si te dan la oportunidad de hacerte más sensible. Si de algo puedo culpar a los libros es de llevarme a procrastinar algunos de mis proyectos, pero de más no. Por eso agradezco la posibilidad de gritar a los cuatro vientos. ¡Pero libros y música nunca me han de faltar!
PD: Si la música se metió al final del texto es porque una cosa lleva a la otra y porque a pesar de que cada vez lo hago menos, siempre me voy por las ramas.

Mujeres
Nicanor Parra
La mujer imposible,
La mujer de dos metros de estatura,
La señora de mármol de Carrara,
Que no fuma ni bebe,
La mujer que no quiere desnudarse
Por temor a quedar embarazada,
La vestal intocable
Que no quiere ser madre de familia,
La mujer que respira por la boca,
La mujer que camina
Virgen hacia la cámera nupcial
Pero que reacciona como hombre,
La que se desnudo por simpatía
(Porque le encanta la música clásica),
La pelirroja que se fue de bruces,
La que se sólo se entrega por amor,
La doncella que mira por un ojo,
La que solo se deja poseer
En el diván, al borde del abismo,
La que odia los organos sexuales,
La que se une solo con su perro,
La mujer que se hace la dormida
(El marido la alumbra con un fósforo)
La mujer que se entrega por que si
Por que la soledad porque el olvido...
La que llego doncella a la vejez,
La profesora miope,
La secretaria de gafas oscuras,
La señorita pálida de lentes
(ella no quiere nada con el falo),
Todas estas walkirias
Todas estas matronas respetables
Con sus labios mayores y menores
Terminarán sacandome de quicio
De antipoemas

