Mostrando entradas con la etiqueta Fragmentos de libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fragmentos de libros. Mostrar todas las entradas

Cuando llamaban a la puerta, normalmente eran vendedores ambulantes o mendigos. Si eran vendedores ambulantes, mamá no descorría la cadena, sino que compraba alguna chuchería, lo bastante pequeña para que pasara por la rendija de la puerta, las más de las veces cordones de zapato o postales de Artis mutis; mamá decía que le partía el corazón que hubiera personas que tenían que pintar postales con los pies o con la boca, pero Wasa decía: las compra mitad por compasión, mitad por miedo a que si no compra algo, el vendedor vaya a regresar y nos hunda la puerta. Con los mendigos la cosa resultaba más difícil que con los vendedores ambulantes porque mamá no quería darles dinero por nada del mundo, aunque habría sido lo único que hubiera pasado por la rendija de la puerta, pero mamá nos explicaba que no quería dar dinero a ningún mendigo para que no lo gastara en alcohol. Lo que pasa es que eso no quitaba que quisiera darles algo, por compasión o para que no nos hundieran la puerta, tanto da, y a ésos mamá los engañaba con un truco. Primero echaba un vistazo con la puerta entreabierta y si veía que era un mendigo joven, entonces a través de la rendija le decía: bueno, joven, tiene usted un aspecto fuerte y sano, me parece que no me equivoco si lo que usted necesita es un empleo. Sí, decía entonces el mendigo, así era, pero por desgracia no tenía ningún empleo, por eso mismo era mendigo y venía a pedir una limosna por el amor de Dios; y ya está: ya había caído en la trampa, pues mamá no se chupaba el dedo y sabía muy bien que el que busca trabajo lo encuentra, al fin y al cabo las cosas ya no son como cuando la inflación, decía mamá; hoy en día cualquier persona joven y fuerte que disponga de dos brazos y dos piernas sanos puede encontrar trabajo, basta con que arrime usted el hombro; y entonces mamá, sin darse con rodeos, le proponía arrimar un poco el hombro y poner orden en la parte del sótano comunitario que nos correspondía y que estaba patas arriba porque a ninguno le apetecía poner orden allí. En nuestro compartimiento del sótano había un montón de trastos viejos traídos del Este, no había luz y estaba lleno de telarañas, ninguno de nosotros se atrevía a entrar allí. Y cuando haya usted terminado con el sótano, entonces tendrá lo que se merece, decía mamá, y había ganado la partida, porque el mendigo no sabía qué responder a eso y por lo general se largaba rezongando entre dientes; después de todo era un mendigo y no tenía por qué arrimar el hombro. Ahora bien, si resultaba que el que estaba en la puerta no era un mendigo joven y de aspecto sano, entonces solía ser uno que no tenía dos buenos brazos ni dos buenas piernas para ganarse el pan, porque había perdido por lo menos un brazo o una pierna en la guerra, y mamá ya veía que no era cuestión de hacerle arrimar el hombro y ponerlo a limpiar el sótano, sino que lo consideraba completamente inofensivo. Pero por si las moscas a éstos tampoco les daba dinero, y es que mamá ya había visto a más de uno sin las cuatro extremidades al completo, tomándose una cerveza o una copita de aguardiente en un puesto de bebidas, lo que pasa es que como los mendigos de este tipo eran inofensivos y no había que temer, mamá le decía: espere un momento; cerraba la puerta para descorrer la cadena y dejaba entrar al mendigo al interior del piso y una vez en la cocina le daba una rebanada de pan con mantequilla y un vaso de leche, o un plato de alubias que había sobrado a mediodía a causa de nuestro apetito y de los grumos de grasa, y porque de las judías verdes colgaban unos hilillos o gusanillos que siempre se nos quedaban atravesados la garganta y nos impedían tragar.
                A nosotras no nos entraba en la cabeza que esta clase de mendigos pudiera pasar a la cocina. Si alguien pierde un brazo o una pierna en la guerra, lo más probable es que haya sido soldado, nos decíamos, y entonces lo más probable es que haya matado a unas cuantas personas o quizá incluso a un montón de personas, y nos parecía un poco absurdo que mamá precisamente no dejara entrar en casa a los mendigos que probablemente aún no habían matado a mucha gente o que, bien mirado, aún no habían matado a nadie, mientras que los que probablemente ya habían matado a un montón de gente, a ésos los dejaba entrar después de descorrer la cadena, y encima podían pasar a la cocina, y eso que mamá tenía un miedo atroz a que pudieran violarnos y asesinarnos. Una vez le preguntamos a mamá: pero, ¿por qué lo haces?, y dijo que eran lisiados de guerra, pero nosotras nos quedamos igual durante mucho tiempo. Nos daba mala espina.




Mi oficio es escribir, y yo lo conozco bien y desde hace mucho tiempo. Confío en que no se me entenderá mal: no sé nada sobre el valor de lo que puedo escribir. Sé que escribir es mi oficio. Cuando me pongo a escribir me siento extraordinariamente a gusto y me muevo en un elemento que me parece conocer extraordinariamente bien: utilizo instrumentos que me son conocidos y familiares y los siento bien firmes en mis manos. Si hago cualquier cosa, si estudio una lengua extranjera, si intento aprender historia, o geografía, o taquigrafía, o si pruebo a hablar en público, o a hacer punto, o a viajar, sufro y me pregunto continuamente cómo hacen los otros estas mismas cosas, me parece siempre que debe haber una forma buena de hacer estas mismas cosas que los demás conocen y es desconocida para mí. Y me parece que soy sorda y ciega, y siento como una náusea en el fondo de mí. Cuando escribo, por el contrario, no pienso nunca que quizá hay una forma mejor de la que se sirven los otros escritores. Entendámonos: yo sólo puedo escribir historias. Si intento escribir un ensayo de crítica o un artículo para un periódico, de encargo, me va bastante mal. Lo que entonces escribo lo tengo que buscar fatigosamente como fuera de mí. Puedo hacerlo un poco mejor que estudiar una lengua extranjera o hablar en público, pero sólo un poco mejor. Y tengo siempre la sensación de estafar al prójimo con palabras que tomo prestadas o que robo aquí y allá. Y sufro y me siento exiliada. Por el contrario, cuando escribo historias soy como alguien que está en su tierra, por caminos que conoce desde la infancia y entre los muros y los árboles que son suyos. Mi oficio es escribir historias, cosas inventadas o cosas que recuerdo de mi vida, pero, en cualquier caso, historias, cosas en las que no entra la cultura, sino sólo la memoria y la fantasía. Éste es mi oficio, y lo haré hasta que muera. Estoy muy contenta de este oficio y no lo cambiaría por nada del mundo. Comprendí que era mi oficio hace mucho tiempo. Entre los cinco y los diez años aún dudaba, y un poco imaginaba que podría pintar, otro poco que conquistaría países a caballo y otro poco aún que inventaría nuevas máquinas muy importantes. Pero desde los diez años lo he sabido ya siempre, y estaba atareada a todas horas haciendo novelas y poesías. Todavía tengo aquellas poesías. Las primeras son toscas y con versos equivocados, pero bastante divertidas; y, sin embargo, a medida que pasaba el tiempo iba haciendo poesías cada vez menos toscas, pero cada vez más aburridas y estúpidas. Yo no lo sabía, sin embargo, y me avergonzaba de las poesías torpes, pero las que no eran tan torpes e idiotas me parecían más bonitas, siempre pensaba que un día u otro algún famoso poeta las descubriría y haría que las publicaran, y que escribiría largos artículos sobre mí; imaginaba palabras y frases de estos artículos y, en mi interior, los escribía yo enteros. Pensaba que ganaría el Premio Fracchia. Había oído decir que era un premio para escritores. Como no podía publicar en volumen mis poesías, dado que no conocía entonces a ningún poeta famoso, las volvía a copiar cuidadosamente en un cuaderno y dibujaba una florecita en la portada, y hacía el índice y todo. Me resultaba ya muy fácil escribir poesías. Escribía casi una al día. Me había dado cuenta de que si no tenía ganas de escribir bastaba que leyera poesías de Pascoli, o de Gozzano, o de Corazzini, para que inmediatamente me entraran ganas. Me salían pascolianas, gozzanianas o corazzinianas, y luego, al final, muy dannunzianas, cuando descubrí que existía también este poeta. No obstante, no pensaba nunca que escribiría poesías toda la vida: quería escribir novelas más pronto o más tarde. En aquellos años escribí tres o cuatro. Una se titulaba Märion o La Gitanilla, otra Molly y Dolly (humorística y policíaca) y otra Una mujer (dannunziana, escrita en segunda persona: la historia de una mujer abandonada por el marido; me acuerdo de que había también una cocinera negra), y, más tarde, otra muy larga y complicada con historias terribles de muchachas raptadas y de carrozas, que me daba miedo hasta de escribirlo cuando estaba sola en casa: no recuerdo nada, sólo recuerdo que había una frase que me gustaba muchísimo y que hizo que se me saltaran las lágrimas al escribirla: «Él dijo: ¡Ah! ¡Isabel se va!». El capítulo terminaba con esta frase, que era muy importante, pues la pronunciaba el hombre que estaba enamorado de Isabel, pero que no lo sabía, pues todavía no se lo había confesado a sí mismo. No recuerdo nada de este hombre, me parece que tenía una barba rubia: Isabel tenía largos cabellos negros con reflejos azules, no sé nada más; sólo sé que durante mucho tiempo me daba un escalofrío de alegría cuando repetía para mí la frase: «¡Ah! ¡Isabel se va!» También repetía a menudo una frase que había encontrado en una novela del apéndice del diario «Stampa», frase que decía así: «Asesino de Gilonne, ¿dónde has metido a mi hijo?». Pero de mis novelas no me sentía tan segura como de mis poesías. Al releerlas descubría en ellas siempre un aspecto débil, algo equivocado que lo estropeaba todo y que me era imposible modificar. Entre tanto, mezclaba un poco lo moderno y lo antiguo, sin lograr situarlas bien en el tiempo: había conventos y carrozas, y un aire de Revolución francesa, y también un poco de policías con porras; y, de pronto, aparecía una pequeña burguesía gris con máquinas de coser y gatos, como se ve en los libros de Carola Prosperi, que no pegaba con las carrozas y los conventos. Vacilaba entre Carola Prosperi y Víctor Hugo y las historias de Nick Carter: no sabía muy bien lo que quería hacer. Me gustaba muchísimo también Annie Vivanti. Hay una frase en los Devoradores, cuando ella escribe al desconocido y le dice: «Mi vestido es marrón». También ésta es una frase que he repetido mucho tiempo para mí. Durante el día murmuraba para mí estas frases que me gustaban tanto: «Asesino de Gilonne», «Isabel se va», «mi vestido es marrón», y me sentía inmensamente feliz.

Escribir poesías era fácil. Mis poesías me gustaban mucho, me parecían casi perfectas. No comprendía qué diferencia había entre ellas y las poesías verdaderas, ya publicadas, de los verdaderos poetas. No comprendía por qué cuando se las daba a leer a mis hermanos, soltaban la carcajada y me decían que sería mejor que me pusiera a estudiar griego. Pensaba que quizá mis hermanos no entendían nada de poesía. Y, mientras, tenía que ir a la escuela, y estudiar griego, latín, matemáticas, historia, y sufría mucho y me sentía en exilio. Me pasaba los días escribiendo mis poesías y copiándolas en los cuadernos, y no estudiaba las lecciones, y entonces ponía el despertador a las cinco de la mañana. El despertador sonaba, pero yo no me despertaba. Me despertaba a las siete, cuando ya no tenía tiempo para estudiar y tenía que vestirme para ir a la escuela. No estaba contenta, tenía siempre un miedo tremendo y una sensación de desorden y de culpa. Estudiaba en la escuela: la historia, en la hora del latín; el griego, en la hora de historia, y así siempre, de modo que no aprendía nada. Durante bastante tiempo pensé que valía la pena, porque mis poesías eran muy bonitas, pero un buen día me entró la duda de que no fueran tan bonitas, y empecé a aburrirme al escribirlas, a buscar los temas con esfuerzo, y me parecía que había acabado ya todos los temas posibles, que había usado ya todas las palabras y las rimas: esperanza-lontananza, pensamiento-viento, misterio-cementerio, añoranza-esperanza. No encontraba ya nada que decir. Entonces comenzó un período muy malo para mí, y me pasaba las tardes manoseando palabras que no me daban ya ningún placer, con una sensación de culpa y de vergüenza respecto a la escuela; jamás me pasaba por la cabeza que me hubiera equivocado de oficio: escribir, quería escribir, sólo que no comprendía por qué de pronto los días se me habían hecho tan áridos y pobres de palabras.

La primera cosa seria que escribí fue un relato. Un relato breve, de cinco o seis páginas: me salió como por milagro, en una noche, y cuando me fui a dormir estaba cansada, aturdida, estupefacta. Tenía la impresión de que era algo serio, lo primero que había hecho hasta entonces: las poesías y las novelas con muchachas y carrozas me parecían de repente muy lejanas, de una época desaparecida para siempre, criaturas ingenuas y ridículas de otra edad. En este nuevo relato había personajes. Isabel y el hombre con la barba rubia no eran personajes: yo no sabía nada de ellos salvo las frases y palabras de que yo me había servido respecto a ellos, y estaban confiados al azar y al capricho de mi voluntad. Las palabras y las frases de que me había servido, con ellos las había cogido casualmente: era como si hubiese tenido un saco y hubiera sacado de él, ahora una barba, luego una cocinera negra o cualquier otra cosa que se pudiera usar. Esta vez, por el contrario, no había sido un juego. Esta vez había inventado personas con nombres que no me habría sido posible cambiar: nada de ellos habría podido cambiar, y sabía una cantidad de detalles suyos, sabía cómo había sido su vida hasta el día de mi relato, aunque en mi relato no había hablado de ella porque no había sido necesario. Y lo sabía todo sobre la casa, sobre el puente, sobre la luna, sobre el río. Tenía diecisiete años entonces, y me habían suspendido en latín, en griego y en matemáticas. Había llorado mucho al saberlo. Pero ahora que había escrito el cuento, sentía un poco menos de vergüenza. Era verano, una noche de verano. La ventana estaba abierta al jardín y volaban mariposas oscuras en torno a la lámpara. Había escrito mi cuento en papel cuadriculado, y me había sentido más feliz que nunca en toda mi vida y rica de pensamientos y de palabras. El hombre se llamaba Maurizio; la mujer, Anna; y el niño se llamaba Villi, y también estaban el puente, la luna y el río. Estas cosas existían en mí. Y el hombre y la mujer no eran ni buenos ni malos, sino cómicos y un poco miserables, y me parecía entonces descubrir que así debía ser siempre la gente en los libros, cómica y miserable a la vez. Aquel cuento me parecía bello lo mirara por donde lo mirara: no había ningún error, todo sucedía a su tiempo, en el momento oportuno. Me parecía ya que podría escribir millones de cuentos.

Y, verdaderamente, he escrito un cierto número de cuentos, a intervalos de uno o dos meses, alguno bastante bello y otros no. Y he descubierto que uno se cansa cuando escribe algo en serio. Es mala señal si uno no se cansa. Uno no puede esperar escribir algo en serio así a la ligera, como con una mano solo, alegremente, sin molestarse apenas. No se puede salir del paso como si tal cosa. Uno, cuando escribe algo serio, se mete dentro de ello, se hunde en ello hasta los ojos; y si tiene sentimientos muy fuertes que inquietan su corazón, si es muy feliz o muy infeliz por alguna razón, digamos terrestre, que no tiene nada que ver con lo que está escribiendo, entonces, si lo que escribe vale y es digno de vivir, cualquier otro sentimiento se adormece en él. No puede esperar conservar intacta y fresca su cara felicidad, o su cara infelicidad; todo se aleja y se desvanece, y se queda sólo con su página, ninguna felicidad y ninguna infelicidad puede subsistir en él que no esté estrictamente ligada con esta página suya: no posee otra cosa y no pertenece a nada más, y si no le sucede así, entonces es señal de que su página no vale nada.

He escrito, pues, breves cuentos durante un cierto período, un período que ha durado aproximadamente seis años. Como había descubierto que existían los personajes, me parecía que tener un personaje bastaba para hacer un cuento. Así, siempre estaba a la caza de personajes, estudiaba a la gente en el tranvía y por la calle, y cuando encontraba una cara que me parecía apropiada para entrar en un cuento, tejía en torno a ella particularidades morales y una pequeña historia. Estaba a la caza también de detalles del vestir y del aspecto de las personas, o de los interiores de las casas, o de los lugares; si entraba en una habitación por primera vez, me esforzaba por describirla mentalmente y me esforzaba por encontrar algún menudo detalle que fuera bien en un cuento. Tenía un cuadernito en el que escribía ciertos detalles que había descubierto o leves comparaciones o episodios que me prometía poner en los cuentos. En el cuadernito, por ejemplo, escribía: «Él salía del baño arrastrando detrás, como una larga cola, el cordón del albornoz»; «¡Cómo apesta el retrete en esta casa! ―le dijo la niña―. Cuando vengo, nunca respiro ―añadió tristemente»; «Sus rizos como racimos de uvas»; «Mantas rojas y negras sobre la cama deshecha»; «Cara pálida como una patata pelada». Sin embargo, he descubierto que difícilmente estas frases me servían cuando escribía un cuento. El cuadernito se convertía en una especie de museo de frases, todas cristalizadas y embalsamadas, muy difícilmente utilizables. He tratado infinitas veces de meter en algún cuento las mantas rojas y negras o los rizos como racimos de uvas, pero no lo he logrado. El cuadernito, pues, no podía servir. Comprendí, entonces, que en este oficio no existe el ahorro. Si uno piensa: «Este detalle es bonito y no quiero estropearlo en el cuento que estoy escribiendo ahora: aquí ya hay muchas cosas buenas; me lo guardaré para otro cuento que voy a escribir», entonces, ese detalle, se cristaliza en su interior y ya lo puede utilizar. Cuando uno escribe un cuento, debe poner en él lo mejor de lo que posee y de lo que ha visto, lo mejor de todo lo que ha recogido en su vida. Y los detalles se gastan, se deterioran si se llevan con uno sin utilizarlos durante mucho tiempo. No sólo los detalles, sino todo, todos los hallazgos y las ideas. En la época en que escribía mis cuentos breves, con la afición a los personajes bien captados y a los detalles minuciosos, en aquella época vi pasar una vez por la calle un carro que llevaba un espejo, un gran espejo con marco dorado. Se reflejaba en él el cielo verde del atardecer, y yo me paré a mirarlo mientras pasaba, con una gran felicidad y la sensación de que ocurría algo importante. Me sentía muy feliz incluso antes de ver el espejo, y de pronto me pareció que pasaba la imagen de mi propia felicidad, el espejo verde y brillante en su marco dorado. Durante mucho tiempo pensé que lo metería en cualquier cuento, durante mucho tiempo recordar el carro con el espejo encima despertaba en mí ganas de escribir. Pero jamás he logrado meterlo en nada y, en cierto momento, me di cuenta de que había muerto dentro de mí. Y, sin embargo, ha sido muy importante. Porque en la época en que escribía mis cuentos breves me detenía siempre en personas y cosas grises y tristes, buscaba una realidad despreciable y sin gloria. En ese gusto que entonces tenía de rebuscar menudos detalles había una malignidad por parte mía, un interés ávido y mezquino por las cosas pequeñas, pequeñas como pulgas, había una obstinada y chismosa búsqueda de pulgas por parte mía. El espejo sobre el carro me pareció que me ofrecía nuevas posibilidades, quizá la facultad de mirar una realidad más gloriosa y brillante, una realidad más feliz, que no exigía minuciosas descripciones y hallazgos astutos, sino que podía realizarse en una imagen resplandeciente y feliz.

En esos breves cuentos que escribía entonces había personajes a los que, en el fondo, yo despreciaba. Como había descubierto que es bonito que un personaje sea miserable y cómico, a fuerza de comicidad y de conmiseración los convertía en seres tan despreciables y carentes de gloria que ni siquiera yo podía amarlos. Aquellos personajes míos tenían siempre tics o manías o una deformidad física o un vicio un poco grotesco, tenían un brazo roto y colgado del cuello en un vendaje negro, o tenían orzuelos, o eran balbucientes, o se rascaban el culo al hablar, o cojeaban un poco. Siempre necesitaba caracterizarlos de alguna forma. Era para mí un medio de salvarme del temor de que resultaran inciertos, un medio de captar su humanidad, de la que, inconscientemente, dudaba. Porque entonces no comprendía ―pero en la época del espejo sobre el carro empezaba a comprenderlo confusamente― que no se trataba de personajes, sino de marionetas, bastante bien pintadas y parecidas a los hombres de verdad, pero marionetas. Al inventarlos, los caracterizaba inmediatamente, los marcaba con un detalle grotesco, y en esto había algo un tanto malvado, había en mí entonces como un resentimiento maligno respecto a la realidad. No era un resentimiento basado en algo vivo, porque yo era entonces una muchacha feliz, sino que nacía como reacción a la ingenuidad, se trataba de ese particular resentimiento que es la defensa de la persona ingenua, siempre inclinada a creer que le toman el pelo, ese resentimiento del campesino que acaba de llegar a la ciudad y ve ladrones por todas partes. Al principio me sentía orgullosa de él, porque me parecía un gran triunfo de la ironía sobre la ingenuidad y sobre esos abandonos patéticos de la adolescencia que tanto se veían en mis poesías. La ironía y la perversidad me parecían armas muy importantes en mis manos; me parecía que me servían para escribir como un hombre, tenía horror de que se comprendiera que era una mujer por las cosas que escribía. Creaba siempre personajes masculinos, para que estuvieran lo más lejanos y separados de mí que fuera posible.

Había llegado a ser bastante hábil en plantear un cuento, en eliminar de él todas las cosas inútiles, en hacer que los detalles y las conversaciones surgieran en el momento más oportuno. Hacía cuentos secos y lúcidos, bien llevados hasta el final, sin hinchar nada, sin errores de tono. Pero ocurrió que, en un cierto momento, me sentí harta. Las caras de las personas por la calle no me decían ya nada interesante. Unos tenían orzuelos, otros llevaban el sombrero echado hacia atrás, otros llevaban una bufanda en lugar de camisa, pero ya no me importaba nada de todo esto. Estaba harta de mirar a las cosas y a la gente y de describirlas mentalmente. El mundo callaba para mí. No encontraba ya palabras para describirlo, no tenía ya palabras que me produjeran gran placer. No poseía ya nada. Probaba a recordar el espejo, pero hasta esto estaba muerto en mí. Llevaba dentro de mí una carga de cosas embalsamadas, de rostros mudos y palabras de ceniza, de países y voces y gestos que no vibraban, que pesaban, muertos, sobre mi corazón. Y, luego, me nacieron hijos, y, al principio, cuando eran muy pequeños, no lograba comprender cómo se podía hacer para escribir teniendo hijos. No comprendía cómo podría separarme de ellos para seguir a un personaje dentro de un cuento. Había empezado a despreciar mi oficio. De vez en cuando sentía una desesperada nostalgia de él, me sentía exiliada, pero me esforzaba por despreciarlo y ridiculizarlo para ocuparme sólo de los niños. Creía que era esto lo que debía hacer. Me preocupaba de la papilla de arroz, de la papilla de cebada, de si había o no había sol, de si hacía o no hacía viento para llevar a los niños de paseo. Los niños me parecían demasiado importantes para que una se pudiera perder detrás de estúpidas historias, de estúpidos personajes embalsamados. Pero sentía una feroz nostalgia y algunas veces, de noche, casi lloraba recordando lo bonito que era mi oficio. Pensaba que volvería a él algún día, pero no sabía cuándo; pensaba que tendría que esperar a que mis hijos llegaran a hombres y se separaran de mí. Porque el que tenía entonces por mis hijos era un sentimiento que aún no había aprendido a dominar. Pero luego lo aprendí poco a poco. Y no tardé tanto como creía. Todavía preparaba el zumo de tomate y la sémola, pero mientras pensaba en las cosas que iba a escribir. Vivíamos entonces en un pueblo muy bonito, en el sur. Recordaba las calles de mi ciudad, y las colinas, aquellas calles y aquellas colinas se unían a las calles y a las colinas y a los campos del pueblo donde estábamos, y de todo ello nacía una naturaleza nueva, algo que yo podía amar de nuevo. Tenía nostalgia de mi ciudad, y la amaba mucho en el recuerdo, la amaba y comprendía su sentido como quizá no me había ocurrido cuando vivía en ella, y amaba también el pueblo donde estábamos, un pueblo polvoriento y blanco bajo el sol del sur, vastos prados de hierba áspera y seca se extendían bajo mis ventanas, y en el corazón soplaba con fuerza el recuerdo de los paseos de mi ciudad, de los plátanos y de las casas altas, y todo esto empezaba a arder alegremente en mi interior y sentía muchas ganas de escribir. Escribí un relato largo, el más largo de todos los que había escrito. Empezaba a escribir de nuevo como quien no ha escrito nunca, porque ya hacía mucho tiempo que no escribía, y las palabras estaban como lavadas y frescas, todo era de nuevo como intacto y lleno de sabor y de olor. Escribía por la tarde, cuando mis hijos estaban de paseo con una muchacha del pueblo; escribía con avidez y con alegría, y era un otoño bellísimo y yo me sentía cada día igualmente feliz. En el relato metía algunas personas inventadas y otras reales, del pueblo; y me salían ciertas palabras que allí decían siempre y que yo no sabía antes, ciertas imprecaciones y ciertos modos de decir: y estas nuevas palabras crecían y fermentaban y daban vida también a todas las demás viejas palabras. El personaje principal era una mujer, pero muy, muy diferente de mí. No deseaba ya tanto escribir como un hombre, pues había tenido niños, y me parecía que sabía muchas cosas sobre el jugo de tomate, y también que aunque no las pusiera en el relato, era útil de todas formas para mi oficio el que yo las supiera: de un modo misterioso y remoto hasta esto era útil para mi oficio. Me parecía que las mujeres sabían sobre sus hijos cosas que un hombre no puede saber jamás. Escribía mi relato muy deprisa, como con miedo a que se me escapase. Yo lo llamaba novela, pero quizá no era una novela. Por lo demás, hasta ahora siempre he escrito deprisa y cosas más bien breves: y creo que he llegado a comprender por qué. Porque tengo hermanos mucho mayores que yo y cuando era pequeña, si hablaba en la mesa, siempre me decían que me callara. De esta forma me había acostumbrado a decir siempre las cosas a toda prisa, precipitadamente y con el menor número posible de palabras, siempre con el temor de que los otros empezaran de nuevo a hablar entre sí y dejaran de escucharme. Puede que parezca una explicación un poco estúpida, pero seguramente ha sido así.

He dicho que, entonces, cuando escribía lo que yo llamaba una novela, era una época muy feliz para mí. No había ocurrido nunca nada grave en mi vida, ignoraba la enfermedad, la traición, la soledad, la muerte. Nada se había derrumbado en mi vida, a no ser cosas fútiles, nada caro a mi corazón me había sido arrancado. Había sufrido sólo las ociosas melancolías de la adolescencia y la contrariedad de no saber cómo escribir. Era feliz entonces de un modo pleno y tranquilo, sin miedo y sin ansia, y con una total confianza en la estabilidad y en la consistencia de la felicidad en el mundo. Cuando somos felices, nos sentimos más fríos, más lúcidos y distanciados de nuestra realidad. Cuando somos felices, tendemos a crear personajes muy distintos de nosotros, a verlos a la helada luz de las cosas ajenas, apartamos los ojos de nuestra alma feliz y satisfecha y los fijamos sin caridad en los otros seres, sin caridad, con un juicio burlón y cruel, irónico y soberbio, mientras la fantasía y la energía inventiva actúan con fuerza en nosotros. Con facilidad logramos hacer personajes, muchos personajes, fundamentalmente diversos de nosotros, y logramos hacer historias sólidamente construidas y como secadas a una luz clara y fría. Lo que nos falta entonces, cuando somos felices con esa especial felicidad sin lágrimas, sin ansia y sin miedo, lo que nos falta entonces es una relación íntima y afectuosa con nuestros personajes, con los lugares y las cosas que contamos. Lo que nos falta es la caridad. Aparentemente, somos mucho más generosos, en el sentido de que encontramos siempre la fuerza para interesarnos por los demás, para prodigar a los demás nuestros cuidados, no nos ocupamos tanto de nosotros mismos porque no tenemos necesidad de nada. Pero ese interés nuestro por los otros tan carente de afectuosidad no capta sino unos pocos aspectos bastante exteriores de su persona. El mundo tiene una sola dimensión para nosotros, está privada de secretos y de sombras, el dolor que nos es desconocido logramos adivinarlo y crearlo en virtud de la fuerza fantástica de que estamos animados, pero lo vemos siempre bajo esa luz estéril y fría de las cosas que no nos pertenecen, que no tienen raíces dentro de nosotros.

Nuestra personal felicidad o infelicidad, nuestra condición terrestre, tiene una gran importancia en relación con lo que escribimos. He dicho antes que uno, en el momento en que escribe, es empujado milagrosamente a ignorar las circunstancias presentes de su propia vida. Es así, en efecto. Pero el ser felices o infelices nos lleva a escribir de una u otra forma. Cuando somos felices, nuestra fantasía tiene más fuerza; cuando somos infelices, actúa de modo más vivaz nuestra memoria. El sufrimiento hace a la fantasía débil y perezosa; funciona, pero desganadamente y con languidez, con los débiles movimientos de los enfermos, con el cansancio y la cautela de los miembros dolientes y febriles; nos es difícil apartar la mirada de nuestra vida y de nuestra alma, de la sed y de la inquietud que nos llenan. En las cosas que escribimos afloran entonces continuamente recuerdos de nuestro pasado, nuestra propia voz resuena de continuo y no logramos imponerle silencio. Entre nosotros y los personajes que entonces inventamos, que nuestra fantasía languideciente logra a pesar de todo inventar, nace una relación especial, afectuosa y casi maternal, una relación cálida y húmeda de lágrimas, de una intimidad carnal y sofocante. Tenemos raíces profundas y dolientes en todos los seres y en todas las cosas del mundo, del mundo, que se ha vuelto lleno de ecos y de sobresaltos y de sombras, y nos liga a ellas una devota y apasionada compasión. Nuestro riesgo, entonces, es naufragar en un oscuro lago de agua muerta y estancada y arrastrar con nosotros a las criaturas de nuestro pensamiento, dejarlas perecer con nosotros en el remolino tibio y oscuro, entre ratones muertos y flores putrefactas. Hay un peligro en el dolor, así como hay un peligro en la felicidad, respecto a las cosas que escribimos. Porque la belleza poética es un conjunto de crueldad, de soberbia, de ironía, de ternura carnal, de fantasía y de memoria, de claridad y de oscuridad, y si no logramos obtener todo este conjunto, nuestro resultado es pobre, precario y escasamente vital.

Pero, cuidado: no es que uno pueda esperar consuelo de su tristeza escribiendo. Uno puede hacerse ilusiones de que el propio oficio le acaricie y le acune. Ha habido en mi vida interminables domingos desolados y vacíos, en los que deseaba ardientemente escribir algo para consolarme de la soledad y del aburrimiento, para ser acariciada y acunada por frases y palabras. Pero no ha habido medio de que me saliera una sola línea. Mi oficio, entonces, siempre me ha rechazado, no ha querido saber nada de mí. Porque este oficio no es nunca un consuelo o una distracción. No es una compañía. Este oficio es un amo, un amo capaz de darnos de latigazos hasta que nos salga sangre, un amo que grita y nos condena. Nosotros tenemos que tragarnos saliva y lágrimas, y apretar los dientes, y limpiarnos la sangre de nuestras heridas, y servirle. Servirle cuando él nos lo pide. Entonces, nos ayuda también a mantenernos de pie, a mantener los pies bien firmes en la tierra, nos ayuda a vencer la locura y el delirio, la desesperación y la fiebre. Pero quiere ser él el que mande, y se niega siempre a oírnos cuando le necesitamos.

Me ha sucedido conocer bien el dolor después de aquella época en que estaba en el sur, un dolor auténtico, irremediable, incurable, que ha destrozado toda mi vida, y cuando he probado a recomponerla de algún modo, he visto que mi vida y yo nos habíamos convertido en algo irreconocible respecto al tiempo anterior. Lo único que no había cambiado era mi oficio, pero es profundamente falso decir que él no había cambiado: los instrumentos seguían siendo los mismos, pero el modo en que los usaba era otro. Al principio lo detestaba, me producía horror, pero sabía muy bien que acabaría por volver a servirle y que me salvaría. Así, he llegado a pensar a veces que, al fin y al cabo, no he sido tan desgraciada en mi vida, y soy injusta cuando acuso al destino y le niego toda benevolencia para conmigo, pues me ha dado tres hijos y mi oficio. Por lo demás, no podría ni siquiera imaginar mi vida sin este oficio. Ha estado siempre ahí, ni por un momento me ha dejado jamás, y cuando lo creía dormido, su mirada vigilante y brillante seguía puesta en mí.

Así es mi oficio. Dinero, ya veis que no produce mucho; más aún, siempre hace falta trabajar al mismo tiempo en otro oficio para vivir. A veces también produce un poco, y obtener dinero gracias a él es una cosa muy dulce, es como recibir dinero y regalos de manos del ser amado. Así es mi oficio. Ya he dicho que no sé mucho sobre el valor de los resultados que me ha dado y que podrá darme; o, mejor, de los resultados ya obtenidos conozco su valor relativo, no absoluto, desde luego. Cuando escribo algo, en general pienso que es muy importante y que yo soy un gran escritor. Creo que les pasa a todos. Pero hay un rincón de mi espíritu en el que sé muy bien y siempre lo que soy, es decir, un pequeño, pequeño escritor. Juro que lo sé. Pero no me importa mucho. Sólo que no quiero pensar en nombres: he comprobado que si me pregunto: «un pequeño escritor, ¿como quién?», me entristece pensar en nombres de otros pequeños escritores. Prefiero creer que ninguno ha sido jamás como yo, por muy pequeño escritor que yo sea, aunque sea una pulga o un mosquito entre los escritores. Lo que es importante, sin embargo, es tener la convicción de que es precisamente un oficio, una profesión, algo que se hará por toda la vida. Pero, como oficio, no es una broma. Hay en él innumerables peligros además de los que he dicho. Estamos continuamente amenazados por graves peligros hasta en el acto mismo de redactar nuestra página. Hay el peligro de ponerse de pronto a coquetear y a cantar. Yo tengo siempre unas ganas locas de ponerme a cantar, y debo mantenerme muy atenta para no hacerlo. Y hay el peligro de estafar con palabras que no existen verdaderamente en nosotros, que hemos encontrado aquí y allá, al azar, fuera de nosotros y que reunimos con habilidad porque hemos llegado a ser bastante vivos. Hay el peligro de ser demasiado vivos y estafar. Es un oficio bastante difícil, ya lo veis, pero es el más bonito que existe en el mundo. Los días y las cosas de nuestra vida, los días y las cosas de la vida de los demás a que nosotros asistimos, lecturas, imágenes, pensamientos y conversaciones: se alimenta de todo esto y crece en nuestro interior. Es un oficio que se nutre también de cosas horribles, come lo mejor y lo peor de nuestra vida, a su sangre afluyen lo mismo nuestros sentimientos buenos que los malos. Se nutre de nosotros y crece en nosotros.



Las tesis del biografismo nuevo pueden sintetizarse a través de las seis conferencias de André Maurois, publicadas en su libro "Aspects de la Biographie", en pocas recetas, que enumeraré en forma de otras tantas tesis:
                “1º Nadie nace héroe, sino que deviene héroe;
                “2º Sin embargo de devenir héroe, la vida de un héroe sigue un ritmo idéntico al que no lo es;
                “3º El ritmo de una vida — y de una biografía — es cronológico;
                “4º No hay momentos señeros, ni instantes cumbres, sino simples resultantes de procesos o explosiones de una personalidad reprimida, por lo cual el biógrafo debe ser un buen observador de la vida cotidiana, un buen historiógrafo y un no despreciable psicólogo;
                “5º No hay detalle perdido. Todo, lo más insignificante, lo más apreciable, lo antipoético, debe ser utilizado;
                “6º Cada vida tiene uno o varios leitmotivs. En “Disraeli”, Maurois destaca las flores, como Ludwig, en “Guillermo II”, la decoración fastuosa, como yo en mi “Don Manuel, las madreselvas, etc.;
                “7º El biógrafo debe agotar la documentación para olvidarla en el momento de producir, situándose, él, personalmente, en el papel del personaje, y haciéndole hablar como él mismo hubiera hablado en semejantes circunstancias, con idéntica ascendencia y en un medio igual”.
                Con estos sencillos preceptos — reductibles al primero— surge la biografía actual, que es más novela que historia, y por eso mismo es mucho más historia que la llamada historia.

La señorita Willerton siempre quitaba las migas de la mesa. Era su hazaña doméstica especial y lo hacía con gran esmero. Lucía y Bertha fregaban los platos y Garner se iba a la sala a hacer el crucigrama delMorning Press. Así dejaban sola en el comedor a la señorita Willerton y a ella ya le iba bien. ¡Uf! En aquella casa el desayuno era siempre un suplicio. Lucía insistía en seguir siempre el mismo horario en el desayuno y las demás comidas. Lucía decía que desayunar a la misma hora contribuía a adquirir otras prácticas regulares, y, con lo propenso que era Garner a sufrir molestias, era fundamental que estableciesen algún método en las comidas. De esa manera, también se aseguraba de que él le pusiera agaragar a las gachas de harina de trigo. «Como si después de llevar cincuenta años haciéndolo —pensó la señorita Willerton—, fuese capaz de hacer otra cosa.» La polémica del desayuno empezaba siempre con las gachas de harina de trigo de Garner y terminaba con las tres cucharadas de piña triturada de la señorita Willerton. «Ya sabes lo de tu acidez, Willie —le decía siempre la señorita Lucía—, ya sabes lo de tu acidez», y entonces Garner ponía los ojos en blanco y soltaba algún comentario desagradable, y Bertha pegaba un salto y Lucía se mostraba afligida y la señorita Willerton saboreaba la piña triturada que acababa de tragarse.
Era un alivio quitar las migas de la mesa. Quitar las migas de la mesa le daba tiempo para pensar, y, si la señorita Willerton debía escribir un relato, antes tenía que pensarlo. Casi siempre pensaba mejor sentada delante de la máquina de escribir, pero por el momento tendría que conformarse con lo que había. En primer lugar, debía pensar un tema para el relato que iba a escribir. Eran tantos los temas sobre los que se podía escribir un cuento que a la señorita Willerton nunca se le ocurría ninguno. Era siempre la parte más difícil de escribir un cuento, ella siempre lo decía. Dedicaba más tiempo a pensar en algo sobre lo que escribir que a la escritura en sí. A veces descartaba un tema tras otro y, a menudo, tardaba una o dos semanas en decidirse por alguno. La señorita Willerton sacó el recogedor y la escobilla de plata y se puso a limpiar la mesa. «¿Y un panadero —se preguntó—, será un buen tema?» «Los panaderos extranjeros eran muy pintorescos», pensó. La tía Myrtile Filmer había dejado sus cuatricromías de panaderos franceses estampadas en sombreros con forma de hongo. Eran hombres magníficos, altos... rubios y...
—¡Willie! —gritó la señorita Lucía, entrando en el comedor con los saleros—. Por el amor de Dios, pon el recogedor debajo de la escobilla o echarás todas las migas sobre la alfombra. En lo que va de la semana le he pasado la aspiradora cuatro veces y no pienso volver a pasarla.
—Si le has pasado la aspiradora no sería por las migas que se me caen a mí —le contestó la señorita Willerton, lacónica—. Siempre recojo las migas que se me caen. —Y aclaró—: Y a mí se me caen bien pocas.
—A ver si esta vez lavas el recogedor antes de guardarlo —le soltó la señorita Lucía.
La señorita Willerton se echó las migas en la mano y las arrojó por la ventana. Llevó el recogedor y la escobilla a la cocina y los metió debajo de un chorro de agua fría. Los secó y los volvió a guardar en el cajón. Misión cumplida. Ahora podía ponerse delante de la máquina de escribir. Y estarse allí hasta la hora del almuerzo.
La señorita Willerton se sentó delante de la máquina de escribir y lanzó un suspiro. ¡A ver! ¿En qué había estado pensando? Ah, sí. En los panaderos. Ummm. Los panaderos. No, los panaderos, mejor no. Tenían poco de originales. Los panaderos no producían tensión social. La señorita Willerton clavó la vista en la máquina de escribir. A S D F G... sus ojos recorrieron las teclas. Ummm. «¿Y los maestros?», se preguntó la señorita Willerton. No. Por Dios, no. Los maestros siempre hacían que la señorita Willerton se sintiera rara. Sus maestras del Seminario Femenino Willowpool estaban bien, pero eran todas mujeres. El Seminario Femenino de Willowpool, recordó la señorita Willerton. La frase no le gustaba nada: Seminario Femenino de Willowpool... sonaba a biología. Ella se limitaba a decir que se había graduado de Willowpool. Los maestros hacían que la señorita Willerton se sintiera como si estuviera a punto de pronunciar algo mal. Además, los maestros no eran oportunos. Ni siquiera representaban un problema social.
Problema social. Problema social. Ummm. ¡Los aparceros!  La señorita Willerton nunca había intimado con ningún aparcero pero, reflexionó, como tema tendría tanto arte como cualquier otro, ¡y le permitirían conseguir ese aire de trascendencia social que tan útil resultaba en los círculos que esperaba conocer en sus viajes! «Siempre puedo sacarle partido—refunfuñó—, al tema de la lombriz intestinal.» ¡Ya le iba saliendo! ¡Sin duda! Movió los dedos con nerviosismo sobre las teclas sin tocarlas. Después, de repente, empezó a escribir a gran velocidad.
«Lot Motun —registró la máquina— llamó a su perro.» Una pausa abrupta siguió a la palabra «perro». La señorita Willerton siempre se esmeraba en la primera oración. «La primera oración —decía siempre—, le venía como... ¡como un chispazo! ¡Tal cual! —decía, y chasqueaba los dedos—, ¡como un chispazo!» Y sobre la primera oración construía su relato. «Lot Motun llamó a su perro», le había salido automáticamente a la señorita Willerton, y al releer la frase, decidió no solo que «Lot Motun» era un nombre adecuado para un aparcero, sino que hacer que llamara a su perro era lo mejor que se podía esperar de un aparcero. «El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a Lot.» La señorita Willerton había escrito la frase antes de que le diera tiempo a advertir su error: dos «Lot» en un mismo párrafo. Resultaba desagradable al oído. La máquina de escribir retrocedió chirriando y la señorita Willerton escribió tres X sobre «Lot». Entre líneas anotó a lápiz: «Su amo». Ahora ya estaba lista para continuar. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo.» «Y también tengo dos perros —pensó la señorita Willerton—. Ummm.» Pero decidió que eso no molestaría tanto al oído como los dos «Lot».
La señorita Willerton era muy partidaria de lo que denominaba «arte fonético». Según ella, el oído era tan lector como el ojo. Le gustaba expresarlo de ese modo. «El ojo forma un cuadro —le había dicho a un grupo en las Hijas Unidas de las Colonias— que puede pintarse en abstracto, y el éxito de la empresa literaria— a la señorita Willerton le gustaba la expresión empresa literaria- depende de esos elementos abstractos creados en la mente y de la naturaleza tonal —a la señorita Willerton también le gustaba eso de naturaleza tonal—, que registra el oído.» La oración «Lot Motun llamó a su perro» tenía un toque cáustico y seco que, seguido de «el perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo», le daba al párrafo la salida que precisaba.
«Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.» A lo mejor, reflexionó la señorita Willerton, eso era un poco exagerado. Pero, según le constaba, el que un aparcero se revolcara en el barro entraba dentro de lo razonablemente posible. En cierta ocasión había leído una novela que trataba de ese tipo de personas, en la que se había hecho algo tan feo como aquello y, a lo largo de tres cuartas partes de la narración, cosas mucho peores. Lucía la encontró mientras limpiaba uno de los cajones del escritorio de la señorita Willerton, y, después de hojear unas cuantas páginas al azar, sujetó el libro entre el pulgar y el índice, lo llevó hasta el horno y lo echó al fuego.
—Willie, esta mañana cuando limpiaba tu escritorio, me encontré un libro que Garner debió de dejar allí para hacerte una broma —le dijo la señorita Lucía más tarde—. Fue horrible, pero ya sabes cómo las gasta Garner. Lo he quemado. —Y luego, con una risita ahogada, añadió—: Estaba segura de que no podía ser tuyo.
La señorita Willerton estaba segura de que no podía ser de nadie más que de ella, pero no se atrevió a aclararlo. Lo había encargado directamente a la editorial porque no quería pedirlo en la biblioteca. Le había costado tres dólares con setenta y cinco centavos, envío postal incluido, y no había terminado los últimos cuatro capítulos. Eso sí, había leído lo suficiente para poder afirmar que era razonablemente posible que Lot Motun se revolcara en el barro con su perro. Al hacerle hacer tal cosa, lo de las lombrices intestinales tendría más sentido, decidió. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»
La señorita Willerton se apoyó en el respaldo. Era un buen comienzo. Ahora planificaría la acción. Había que incluir una mujer, claro. A lo mejor Lot podía matarla. Ese tipo de mujeres siempre sembraba cizaña. Incluso podía provocarlo para que acabara matándola por libertina y, después, quizá a él lo perseguiría la mala conciencia.
Si debía tomar ese rumbo, sería necesario dotarlo de principios, aunque no sería demasiado difícil dárselos. Se preguntó de qué manera introduciría ese aspecto, en vista de toda la atención que en el relato debía dedicarle al amor. Tendría que poner algunas escenas bastante violentas y naturalistas; el tipo de detalles sádicos que una leía en relación con esa clase de gente. Era un problema. Sin embargo, la señorita Willerton disfrutaba con esos problemas. Lo que más le gustaba era planificar las escenas pasionales, pero, cuando llegaba el momento de escribirlas, siempre empezaba a sentirse rara y a preguntarse qué diría su familia cuando las leyeran. Garner chasquearía los dedos y le haría un guiño a la menor oportunidad; Bertha la consideraría una persona horrible; y Lucía diría con esa vocecita tonta que la caracterizaba: «¿Qué nos has estado ocultando, Willie? ¿Qué nos has estado ocultando?», y lanzaría su risita ahogada, como hacía siempre. Pero la señorita Willerton no podía pensar en eso ahora; debía darle forma a sus personajes.
Lot sería alto, encorvado y desaliñado, pero sus ojos serían tristes y lo harían parecerse a un caballero pese a tener el cuello enrojecido y las manos enormes y torpes. Tendría los dientes rectos y, para indicar que era dueño de cierto espíritu, sería pelirrojo. Las prendas le colgarían sin gracia, pero las luciría con desenfado, como si fuesen una segunda piel; tal vez, reflexionó la señorita Willerton, sería mejor, después de todo, que no se revolcara con el perro. La mujer sería más o menos guapa, con el pelo rubio, los tobillos gruesos, los ojos turbios.
La mujer le serviría la cena en la cabaña y él comería la sémola llena de grumos a la que ella ni siquiera se habría molestado en ponerle sal y, allí sentado, pensaría en cosas grandiosas, lejos, muy lejos... en otra vaca, una casa pintada, un pozo limpio, incluso una granja propia. La mujer empezaría a dar alaridos porque él no había cortado suficiente leña para la cocina y se quejaría del dolor de espalda. Ella se sentaría a verlo comer la sémola rancia y le diría que no tenía suficientes agallas para robar comida.
—¡Eres un asqueroso pordiosero! —le diría con sorna. Y él la mandaría callar.
—¡Cierra la boca! —gritaría.
—Me tienes harta, más que harta. —Pondría los ojos en blanco y, burlándose y riéndose de él, le diría—: Los desgraciados como tú no me dan miedo.
Entonces él echaría la silla hacia atrás e iría hacia ella. Ella agarraría un cuchillo de la mesa —la señorita Willerton se preguntó cómo era posible que aquella mujer fuera tan corta—, y retrocedería manteniendo el cuchillo en alto. Él daría un salto hacia delante y ella se apartaría veloz, como un caballo salvaje. Luego volverían a estar cara a cara, los ojos rebosantes de odio, y avanzarían y retrocederían. La señorita Willerton alcanzó a oír cómo los segundos iban golpeando contra el tejado de lata. Él se abalanzaría otra vez sobre la mujer y ella, con el cuchillo dispuesto, se lo hincaría de un momento a otro... La señorita Willerton no pudo aguantar más. Golpeó a la mujer con fuerza en la cabeza, por detrás. La mujer soltó el cuchillo y una niebla la envolvió y se la llevó del cuarto. La señorita Willerton se volvió hacia Lot.
—Deja que te sirva un poco de sémola caliente —le dijo.
Se acercó a la cocina, en un plato limpio sirvió una ración de sémola blanca y tersa y un trozo de mantequilla.
—Caray, gracias —dijo Lot, y le sonrió con esos bonitos dientes-. Tú sí sabes cómo prepararla. Verás —le dijo—, estuve pensando... Podríamos marcharnos de esta granja arrendada y tener un lugar decente. Si este año conseguimos ganar algo, podríamos comprarnos una vaca y empezar a construirnos una casita. Imagínatelo, Willie, imagínate lo que sería.
Ella se sentó a su lado y le puso la mano en el hombro.
—Lo conseguiremos —aseguró—. Nos irá mejor que ningún otro año y en primavera tendremos esa vaca.
—Tú siempre sabes cómo me siento, Willie. Tú siempre lo has sabido.
Se quedaron sentados largo rato, pensando en lo bien que se entendían.
—Termina de comer— dijo ella al fin.
Cuando él hubo cenado, la ayudó a quitar la ceniza de la cocina y después, en el caluroso atardecer de julio, dieron un paseo por el prado, en dirección al arroyo, y hablaron de la casita de la que algún día serían dueños.
A finales de marzo, cuando la época de lluvias estaba cerca, habían conseguido más de lo esperado. A lo largo del mes anterior, Lot se había levantado a las cinco de la mañana, y Willie, una hora antes, para tratar de adelantar todo el trabajo posible aprovechando el buen tiempo. A la semana siguiente, comentó Lot, empezaría a llover y, si antes no levantaban la cosecha, la perderían... y con ella, cuanto habían ganado en los últimos meses. Sabían lo que aquello supondría, otro año de ir tirando sin mucho más de lo que habían tenido el anterior. Además, al año siguiente, en lugar de la vaca, llegaría un crío. Lot se había empeñado en comprar la vaca pese a todo.
—Alimentar a un crío tampoco cuesta tanto -había razonado-, y la vaca nos ayudaría a darle de comer...
Pero Willie se había mostrado firme, comprarían la vaca más adelante, el crío debía empezar con buen pie.
—A lo mejor —había concluido Lot—, vamos a tener suficiente para las dos cosas. —Y se había marchado a ver el campo recién arado como si pudiera calcular la cosecha por los surcos.
Pese a las estrecheces, había sido un buen año. Willie había limpiado la casucha y Lot había arreglado la chimenea. En la puerta había profusión de petunias, y en la ventana, una colonia de dragoncillos. Había sido un año pacífico. Pero ahora comenzaban a inquietarse por la cosecha. Debían recogerla antes de que llegaran las lluvias.
—Nos falta una semana más —rezongó Lot al regresar esa noche—. Una semana más y lo vamos a conseguir. ¿Tienes ganas de cosechar? No está bien que debas salir —suspiró—, pero no podemos pagar a nadie para que nos ayude.
—Me encuentro bien —dijo ella, y ocultó las manos temblorosas a su espalda—. Cosecharé.
—Esta noche está nublado —dijo Lot, sombrío.
Al día siguiente trabajaron hasta el anochecer, trabajaron hasta reventar, y después regresaron a trompicones a la cabaña y cayeron en la cama.
Willie se despertó por la noche, notando un dolor. Era un dolor suave y verde, recorrido de luces moradas. Se preguntó si estaría despierta. Movió la cabeza de lado a lado y dentro de ella notó unas siluetas que zumbaban y picaban piedras.
Lot se incorporó.
—¿Te sientes mal? —le preguntó temblando.
Ella se apoyó sobre el codo y luego se dejó caer otra vez.
—Ve al arroyo y trae a Anna —jadeó. El zumbido se hizo más intenso y las siluetas más grises. Al principio, el dolor se entremezcló con aquellas siluetas durante unos segundos; luego, de forma ininterrumpida. Llegaba a ella una y otra vez. El zumbido se hizo más nítido y, a eso del alba, se dio cuenta de que estaba lloviendo. Más tarde preguntó con voz ronca:
—¿Cuánto hace que llueve?
—Dos días enteros —contestó Lot.
—Entonces hemos perdido. —Willie miró con desgana los árboles empapados—. Se acabó.
—No, no se acabó —dijo él en voz baja—. Tenemos una niña.
—Tú querías un niño.



A Octavio Paz

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.


Miré a mi alrededor y no me asusté. Escuché aullar, afuera, la tormenta. La tormenta de nieve. Era como un aullido: no se me ocurrió otra cosa. Aullido de lo que fuese. Y yo no me asusté. La ra­dio dijo que la temperatura había des­cendido a 12° bajo cero. Y después se cortó la transmisión. Por la tormenta. Pero la luz de la cabaña o la casa o co­mo se llame a esto, era buena. Y era bueno mirar el fuego en el hogar de la chimenea. Y era bueno saber que me sobraba leña para todo el tiempo que durara la tormenta. Y que tenía cebo­llas, lentejas, porotos, jamón, café, que­so y leche en polvo. Y galletas. Y una buena cocina de fierro, que prendí ape­nas escuché lo que dijo la radio antes que la tormenta la enmudeciera. Dios: no pude imaginar a nadie, allí, afuera, paseándose, como si mirara vidrieras por la calle Florida.
Me comí dos platos de lentejas con pe­dazos de chorizo y jamón crudo, y me sobró, todavía, para el almuerzo y la cena del día siguiente. Aquí, en El Bol­són, hay que ser precavido. Y austero. Eran como las diez de la noche, y me dije, Willy, acostate, y leé. El secuestro de la señorita Blandish, aunque leí tantas veces ese libro que, casi, me lo sé de me­moria. O cualquiera de las tres o cuatro novelas de Chase que se apilan en un estante de la cabaña o casa o como lla­men a esto. Las leí no sé cuántas veces, pero aquí, en El Bolsón, nadie se entre­tiene con Kant. Yo estaba calentito, des­pués de haber comido las lentejas con pedazos de chorizo y jamón, y después de haber tomado medio litro de vino blanco, seco y, tal vez, algo ácido. Me dije: Willy, meté uno o dos troncos en el hogar de la chimenea, apagá los sol de noche, y acostate. Y acostate vestido, Willy. Estás en El Bolsón, Willy. En comu­nión con la naturaleza.
Me saqué, despacio, los borceguíes. Y moví, dentro de las medias de lana, los dedos de los pies. Fue cuando me pare­ció oir unos golpes en la puerta de la cabaña o casa o como llamen a esto. Me quedé sentado en la cama y esperé. En El Bolsón vive gente que desprecia a Bue­nos Aires y su suciedad, su estrépito, su impiedad; gente que dice que no soporta a los que la habitan, y la medianía de sus proyectos, su obsesión por el dinero, la po­breza de sus mitos. En El Bolsón vive gente que no deja de hablar de la vuelta a la tie­rra, y que la vuelta a la tierra ennoblece al ser humano, pero yo descolgué la escopeta de una de las paredes de la cabaña o casa o como se llame esto, y la cargué.
En puntas de pie, y con la escopeta entre las manos, me acerqué a la puer­ta donde alguien —estaba seguro—, des­de afuera, golpeó y, donde alguien, desde afuera, desde donde aullaba la tor­menta, levantaba, de a ratos, el timbre de su voz. Pregunté quién era. Dos veces, pre­gunté: Quién es. La cabaña o casa o como se llame esto es sólida —de eso, también, estoy seguro—, pero, a mí, me pareció que se movía cuando escuché que Graciela gri­taba soy yo, Graciela. Abrime, Willy. Conozco un chiste judío sobre unos judíos que, para escapar a una tormenta de nieve, se refugian en una cabaña. Pero yo no soy judío. Y los chistes judíos, sea por lo que sea, no me causan ninguna gracia.
Tampoco entendí por qué Graciela gri­taba, con 12° bajo cero, la boca pegada a los gruesos maderos de la puerta de mi cabaña o casa o como se llame a esto. Sin soltar la escopeta, le pregunté qué hacía allí, afuera, a esa hora. iOh —gritó ella—, abrime, que me muero de frío. Ella, como siempre, exageraba. Empujé otro tronco al hogar de la chimenea, y tomé un trago de vino. Fuerte ese vino blanco: tosí. Recuerdo que tosí, y que me puse a pensar. Para ser exacto: ter­miné de toser, tomé un poco más de vi­no y me puse a pensar.
Mi relación con Graciela comenzó y creció en unos cursos de literatura, a car­go de un tipo que decía, de sí mismo, que era el Céline argentino. Y el tipo que decía, de sí mismo, que era el Céline argentino, cobraba las clases como si hubiese recibido el premio Nobel. Tardé un rato en averiguar que Céline, el fran­cés, me aburría: aguanté el libro que lo llevó a la fama hasta la mitad. Me hartó su filosofía de maestro provinciano, amar­gado y cornudo. Eso le dije a Graciela a los dos meses de asistir a las clases del Céline argentino. Le dije: Disculpá, Gra­ciela, pero vayamos, mejor, al cine. Ve­mos Cumbres borrascosas o Lo que el viento se llevó, y ganamos plata. Graciela me confesó que ella también se aburría.
A las clases del Céline argentino con­currían un montón de mujeres maduras, que se extasiaban cuando el Céline ar­gentino aludía a la semiótica del arte y la cultura, o soltaba nombres imposi­bles como Puig o Deleuze. Y las mujeres maduras, que fumaban cigarrillos ne­gros, le pagaban la cena y algo más a quien tuviera el coraje de metérseles en­tre las piernas. Y para viejas —suspiró Graciela—, ya tenemos bastante con las del trabajo. Los dos nos reímos. Éramos empleados en una oficina que atiende reclamos de jubilados. Y ese trabajo nos deprimía. Uno tragaba, cinco días a la semana, el podrido aliento de los viejos; les soportaba las arrugas, los ojos llo­rosos, los desvaríos de sus esclerosis; el temblequeo, en sus bocas, de los dientes postizos; y cómo tropezaban, en esas bocas, las palabras.
Todo eso se me agolpó, de pronto, en la cabeza: la cara del Céline argentino y las de las mujeres maduras que asistían a su taller literario, el olor de la oficina y la flacura de Graciela. Y la vez que la vi, el verano pasado, con las manos en la panza desnuda de otra loca, que exhibía su monstruoso embarazo al sol. Estaban las dos en la granja del latin lover, y Graciela gritaba, las manos sobre la pan­za desnuda de la otra. Y Graciela se reía como si se fuese a terminar el mundo.
Por un minuto, dejé de pensar. Pegué el oído a la puerta de la cabaña o casa o como se llame a esto, y precavido —en El Bolsón hay que ser precavido, austero y cauteloso—, le pregunté por su pareja. Juan José, dijo ella, y la voz se le quebró. Eso, grité yo. Juan José: ¿qué pasa con Juan José? Graciela, que lloraba, dijo: Me echó. Y lloró tan desesperadamente que no dudé de lo que dijo.
Hará dos años, quizás, unos amigos le escribieron a Graciela. Desde El Bolsón le escribieron. Y Graciela me dio a leer esas cartas. Y Graciela, que sabía que yo tenía unos miles de dólares a interés, en un banco, no paró de preguntar qué esperaba para sacarlos del banco, com­prar un poco de tierra en El Bolsón —co­mo sugerían sus amigos—, y trabajar esa tierra de El Bolsón, y vivir de los dones de la tierra, respirar aire puro, bañarme en riachos de aguas cristalinas, endure­cer el cuerpo en largas caminatas por senderos de montaña, y contemplar el silencio del mundo en la primera hora de la mañana. A Graciela, flaca como es, no le cae mal la lírica.
No espero nada, le contesté. Conozco a mi hermano, y prefiero que me arran­quen el alma a hablar, con él, de esos miles de dólares heredados de papi y mami. Porque si hay un hijo de perra, duro como el hierro, para manejar un negocio, ése es mi hermano. Dueño de un taller mecánico, trabaja dieciséis ho­ras por día. Nunca se cansa. Yo lo visita­ba una vez al año: para la fiesta de Na­vidad. Y él, después de los saludos, me preguntaba qué pensaba hacer con mi vida. Yo le respondía que, en la oficina, era tan feliz como Rockefeller al frente de su imperio. Mi hermano me llenaba el vaso de sidra y, el resto de la noche, yo, para él, dejaba de existir.
Willy, abrí.
Arrimé una silla a la puerta, me senté y, sin soltar la escopeta, le pregunté: ¿Es­tás sola? Ella contestó que estaba sola, pero yo aprendí, en comunión con la na­turaleza, a ser precavido y cauteloso, y me levanté de la silla, y miré el reloj, y eran las diez y media pasadas, y pensé que la temperatura, allí, afuera, debía estar, por lo menos, en los 13 o 14° bajo cero. ¿No me mentís?, le pregunté, cuidadoso en la elección de las palabras. Estoy sola, creéme, dijo Graciela. Y me pareció que gemía. No te escucho, dije yo, sentado en la silla, las piernas estiradas hacia el ho­gar de la chimenea. Ella golpeó en la puer­ta de la cabaña o casa o como quiera que se llame esto. Madera dura la de la puerta, Me echó. Juan José me echó, gritó Gra­ciela. En ese momento, sentí hambre. Me levanté, abrí la puerta de la fiambrera, saqué un pedazo de queso, y me lo llevé a la mesa. Corté, sobre una tabla, parejos, tres o cuatro cuadraditos de queso. Pican­tito, el queso. Y seco y fuerte el vino. Gra­ciela, qué pena, dije, la boca cerca de la puerta de la cabaña o casa o como llamen a esto. Volvé, Gracielita, le aconsejé. Lo de Juan José es un enojo pasajero. Volvé. Ella murmuró, puedo asegurarlo: Vive con Aída. Yo, pese al aullido de la tormenta de nieve, la escuché. El oído es tan selectivo como la memoria.
Willy, abrime. Abrííí, Willy.
            El caso es que entre Graciela, dale y dale con la vida sencilla y pura del hombre que labra su tierra, toma la leche de su vaca, y come el pan amasado con sus manos, y mi hermano, elegí El Bolsón. Mi hermano me dio un par de miles de dólares, sin pronunciar una sola palabra. Como si escupiera en mi cara.
Compré un pedazo de tierra, más cerca del lago Puelo que de ningún otro maldito lugar del universo, y pagué a unos tipos para que me ayudaran a levantar la cabaña o casa o lo que sea esto que, Graciela y yo, usamos para vivir y protegernos del frío, y alabar, exhaustos, cuando nos hablábamos en los meses de otoño e invierno, la fruga­lidad de la existencia campesina. Compré, sin embargo, una vaca Holando Argentina, y conseguí que la cubriera un toro de lujo. Compré gallinas Leghorn. Planté tomate y no sé qué otros frutos que la tierra brinda a quienes son atentos con ella. Envié fotos de la cabaña o casa o como llamen a esto, de los tomates, de la vaca, de las galli­nas, de los huevos de las gallinas, a mi her­mano. No me puedo convencer, escribió mi hermano. Y fue el mensaje más dulce que jamás recibí de él.
Wi-i-i-lly, abrí.
Pero Graciela dejó de exaltar el retor­no a la vida primitiva y la belleza de la nutrición elemental. No se movía de la cama: pretextaba dolores vaginales. Perdí una cosecha de tomates, y algunas gallinas padecieron una peste misteriosa. Una noche, me reprochó que yo hubiera dado mi voto al PPR. Exageraba, como tantas otras veces: ella votó por los pero­nistas. Hoy, todavía, no veo la diferencia. Otra noche, dejó que se apagara el fuego del hogar de la chimenea. Y, otra noche, encontré vacía la cabaña o casa o como se llame a esto. Y un papel sobre la me­sa. Leí, en el papel que escribió Graciela, que ella se iba a vivir con Juan José, que no se fijaba en gastos y regalaba bondad y alegría. No perdí la calma. Simple­mente, me pregunté: yo, ¿qué soy? ¿El hombre de la Biblia que carga con los pecados del mundo? No. Soy, me dije, esto que descubrí que soy: un hombre que se levanta a las tres de la mañana para darle una mamadera de leche a un cordero recién nacido.
Willy, dejame entrar.
Comí otro cuadradito de queso. Te es­cucho, Gracielita, dije.
Silencio del otro lado de la puerta. No por mucho tiempo. La tormenta aullaba. Oh, Willy, lloriqueó Graciela. Sonaba manso su lloriqueo. Yo esperé: ella no era mi hermano. Willy, dijo Graciela, yo no me porté bien con vos.
Le contesté que no era hora de recor­dar el pasado. Gracias a Dios, le dije, tengo lo que necesito. Eso sí, Gracielita: el pan que como me lo gano honrada­mente.
Willy, abrime... Me muero, Willy.
Tiré otro leño al hogar de la chimenea: la leña es cara por estos lugares, pero no me importó. Mis medias de lana humea­ban.
Miré los cuadraditos de queso, la bote­lla de vino y la escopeta en la mesa. To­do limpio y a mano.
Willy, por favor... Abrime, por favor.
Eso está mejor, Gracielita... Quiero que me comprendas: yo no soy un latin lover, alegre, que no se fija en gastos y, tampoco, soy promiscuo ni arrogante. Soy un hombre que trabaja dura, dura­mente, que paga sus impuestos, cuida su huerta y aceita los maderos de su casa. ¿Comprendés lo que quiero decir, Gra­cielita?
Instante de reflexión. Al rato escuché: Willy, hago cualquier cosa que me pidas.
Esa noche abusé del queso, el vino y los diminutivos. En lo demás, fui empe­ñoso y tenaz como lo es un pequeño pro­pietario con su tierra y sus animales.



1


La primera vez, después de la mudanza, lo acompañó su madre. En teoría para examinar al barbero. Como si la frase “corto por detrás y a los lados, y rebaje un poquito en la coronilla” pudiese significar algo distinto en aquel nuevo barrio. Él lo había puesto en duda. Todo lo demás parecía igual: el sillón de tortura, los olores quirúrgicos, el suavizador y la navaja plegada, no como una garantía, sino como una amenaza. Sobre todo, el torturador jefe era el mismo, un chiflado con las manos grandes que te empujaba la cabeza hacia abajo hasta que casi te partía la tráquea, y que te apretaba la oreja con un dedo de bambú. “¿Inspección general, señora?”, dijo, untuoso, cuando hubo terminado. Su madre se había sacudido los efectos de la revista que estaba leyendo y se había levantado. “Muy bien”, dijo vagamente, inclinándose sobre él, que olía a cosas. “La próxima vez vendrá él solo.” En la calle, le había frotado la mejilla, mirado con ojos perezosos y murmurado: “Pobre cordero esquilado.”
Ahora él iba a la barbería solo. Al pasar por delante de la inmobiliaria, la tienda de deportes y el banco con entramado de madera, se ejercitaba diciendo: “Corto por detrás y a los lados y rebaje un poquito en la coronilla.” Lo decía muy deprisa, sin la coma; había que recitar bien las palabras, como una plegaria. Llevaba un chelín y tres peniques en el bolsillo; encajó el pañuelo más adentro para que no se salieran las monedas. Le disgustaba que no se le permitiese tener miedo. En el dentista era más sencillo: tu madre te acompañaba siempre y el dentista siempre te hacía daño, pero después te daba un caramelo de fruta por haber sido un buen chico, y al volver a la sala de espera fingías delante de los otros pacientes que estabas hecho de una pasta dura. Tus padres estaban orgullosos de ti. “¿Has estado en la guerra, compadre?”, le preguntaba su padre. El dolor te introducía en el mundo de las expresiones adultas. El dentista decía: “Dile a tu padre que vales para ultramar. Él lo entenderá.” Así que volvía a casa y su padre decía: “¿Has estado en la guerra, compadre?”, y él respondía: “El señor Gordon dice que valgo para ultramar.”
Se sintió casi importante al entrar empujando la puerta con energía de adulto. Pero el barbero se limitó a saludar con la cabeza, a señalar con el peine la hilera de sillas de respaldo alto y a reanudar sus manipulaciones encorvado sobre un vejete de pelo blanco. Gregory se sentó. La silla crujió. Le entraron ganas de hacer pis. Había a su lado un cubo de revistas que no se atrevió a explorar. Miró los mechones en el suelo, como nidos de hámster.
Cuando le llegó su turno, el barbero deslizó un grueso cojín de caucho en el asiento. El acto pareció insultante: Gregory llevaba pantalones largos desde hacía ya diez meses y medio. Pero aquello era típico: nunca estabas seguro de las normas, nunca sabías si torturaban a todo el mundo de la misma manera o si sólo era a ti. Como ahora: el barbero estaba intentando estrangularlo con la sábana, se la apretaba fuerte contra el cuello y luego le metía un paño dentro del cuello de la camisa. “¿Qué se le ofrece hoy, joven?” El tono insinuaba que un insecto ignominioso e impostor como Gregory se había colado en el local por una serie imprecisa de motivos distintos.
Tras una pausa, Gregory dijo:
–Un corte de pelo, por favor.
–Bueno, me parece que has venido al sitio apropiado, ¿no?
El barbero le dio un golpecito con el peine en la coronilla; no un golpe doloroso, pero tampoco suave.
–Corto–por–detrás–y–a–los–lados–y–rebaje–un–poquito–en–la–coronilla.
–Marchando –dijo el barbero.
Sólo atendían a chicos a ciertas horas de la semana. Había un anuncio que decía “Chicos: sábado por la mañana no”. De todos modos, como el sábado por la tarde estaba cerrado, habría podido decir que no admitían a chicos los sábados. Los chicos tenían que ir cuando no iban los hombres. Por lo menos, los hombres con un trabajo. Él iba a veces cuando los demás clientes eran jubilados. Había tres peluqueros, todos de mediana edad, con batas blancas, que dividían su tiempo entre jóvenes y viejos. Untaban de brillantina a los vejetes carrasposos, entablaban con ellos conversaciones misteriosas y alardeaban de su habilidad con las tijeras. Los vejestorios llevaban abrigo y bufanda incluso en verano, y dejaban propina al marcharse. Gregory observaba la transacción con el rabillo del ojo. Un hombre le daba dinero a otro, y en el apretón de manos secreto los dos fingían que no había habido un intercambio.
Los chicos no daban propina. Quizá por eso los barberos los odiaban. Pagaban menos y no daban propina. Tampoco se estaban quietos. O, al menos, lo estaban si sus madres les decían que se estuviesen quietos, pero esto no impedía que el barbero les aporrease la cabeza con una palma tan sólida como la cara plana de una hacha, murmurando: “Estáte quieto” Corrían rumores de que había chicos a los que les habían rebanado la punta de las orejas porque no se estaban quietos. A las navajas las llamaban degolladoras. Todos los barberos estaban chiflados.
–Novato, ¿no?
Gregory tardó un rato en comprender que se dirigía a él. Luego no supo si mantener la cabeza, gacha o mirar al barbero en el espejo. Al final mantuvo la cabeza gacha y dijo:
–No.
–¿Ya eres boy scout?
–No.
–¿Cruzado?
Gregory no sabía lo que significaba. Empezó a levantar la cabeza, pero el barbero le dio un golpe con el peine en la coronilla. “Estáte quieto, te he dicho.” Gregory tenía tanto miedo del chiflado que no pudo responder, lo que el barbero interpretó como una negativa.
–Una gran organización, los cruzados. Piénsatelo.
Gregory pensó en que lo cortaban curvas espadas sarracenas, en que lo ataban a un poste en el desierto y lo comían vivo las hormigas y los buitres. Entretanto, se sometió a la fría tersura de las tijeras, siempre frías aunque no lo estuvieran. Con los ojos bien cerrados, sobrellevó el tormento de los pelos picajosos que le caían sobre la cara. Sentado en el sillón, sin mirar, estaba convencido de que el barbero debería haber dejado de cortar hacía siglos, pero como estaba tan chiflado era probable que siguiera rapándolo hasta dejar a Gregory pelado. Todavía faltaba pasar la navaja por el cuero para suavizarla, lo cual quería decir que iban a rebanarte la garganta: la sensación seca y rasposa de la hoja junto a las orejas y la nuca; el matamoscas que te metían en los ojos y la nariz para barrer los pelos.
Éstos eran los toques que te estremecían cada vez. Pero había siempre algo más espeluznante. Él sospechaba que era algo vulgar. Las cosas que no conoces o que están hechas para que no las conozcas suelen resultar vulgares. Como el poste del barbero: vulgar, a todas luces. La barbería adonde iba antes sólo tenía una tabla vieja de madera pintada, con colores todo alrededor. El de aquí funcionaba con electricidad y no paraba de dar vueltas, como un remolino. Algo todavía más vulgar, pensó. Luego estaba el cubo lleno de revistas. Seguro que algunas de ellas eran vulgares. Todo era vulgar si querías que lo fuese. Era la gran verdad sobre la vida que él acababa de descubrir. Tampoco le importaba. A Gregory le gustaban las cosas vulgares.
Sin mover la cabeza., miró en el espejo contiguo al jubilado que estaba dos sillones más allá. Había estado cotorreando con esa voz alta que siempre tenían los vejetes. Ahora el barbero, encorvado sobre él, le estaba cortando pelos de las cejas con un par de tijeras pequeñas de punta redonda. Hizo lo mismo con los orificios nasales y luego con las orejas. Le extraía de ellas grandes hebras. Qué asquerosidad. Por último, el barbero empezó a untar de polvos con un cepillo la nuca del vejestorio. ¿Para qué eran los polvos?
El torturador jefe sacaba ahora la maquinita. Era otra de las cosas que a Gregory no le gustaban. A veces utilizaban maquinitas manuales, como abrelatas, que chirrían y rechinan alrededor del cráneo hasta que te abren los sesos. Pero aquélla era eléctrica, todavía peor, porque te podían electrocutar con ella. Se lo había imaginado centenares de veces. El barbero se distrae parloteando, no se entera de lo que está haciendo, te odia, de todos modos, porque eres un chico, te corta un cacho de oreja, la sangre fluye sobre la maquinita, se produce un cortocircuito y te quedas electrocutado allí mismo. Debe de haber sucedido millones de veces. Y el barbero siempre sobrevivía porque llevaba zapatos con suela de goma.
En la escuela nadaban desnudos. El señor Lofthouse llevaba un taparrabos y no se le veía la pinchila. Los chicos se quitaban toda la ropa, se duchaban por si tenían piojos o verrugas o cosas así, o porque olían mal, como en el caso de Wood, y se lanzaban a la piscina. Dabas un gran salto hacia arriba y al aterrizar el agua te daba en las pelotas. Como era algo vulgar, procurabas que el profe no te viera hacer esto. El agua te ponía las pelotas muy duras, con lo cual la pinga sobresalía más, y después todos se secaban con una toalla y se miraban unos a otros sin mirar, como de reojo, como en el espejo de la barbería. Todos los alumnos de la clase tenían la misma edad, pero algunos seguían siendo pelados ahí abajo; algunos, como Gregory, tenían una especie de franja de vello en la parte de arriba, pero nada en los huevos; y algunos, como Hopkinson y Shapiro, eran ya tan velludos como un hombre, y con un vello de un tono más oscuro, más more no, como el de papá una vez que había fisgado desde el mingitorio de al lado. Por lo menos él tenía algo de vello, no como Hall y Wood y el lampiño de Bristowe. Pero ¿de dónde lo habían sacado Hopkinson y Shapiro? Todo el mundo tenía pinchila, pero ellos dos tenían ya un pedazo.
Tenía ganas de mear. No podía. Tenía que pensar en otra cosa. Podía aguantar hasta que llegase a casa. Los cruzados combatieron contra los sarracenos y liberaron del infiel la Tierra Santa. ¿Como el infidel Castro, señor? Era uno de los chistes de Wood. Llevaban cruces en la tela sobre la armadura. La cota de malla debía de dar calor en Israel. Tenía que dejar de pensar en que ganaría una medalla de oro en un torneo de a ver quién meaba más alto contra una pared.
–¿Vives aquí? –dijo de pronto el barbero. Por primera vez, Gregory lo miró como es debido en el espejo. Cara roja, bigotito, gafas, pelo del mismo color amarillento que una regla del colé. Quis custodiet ipsos custodes, les habían enseñado en clase. Entonces, ¿quién corta el pelo a los peluqueros? Se veía a la legua que aquél, aparte de chiflado, era un pervertido. Todo el mundo sabía que había millones de pervertidos sueltos. El instructor de natación era uno de ellos. Después de clase, cuando todos estaban tiritando con la toalla encima y las pelotas tiesas y las pinchilas y los dos pedazos que sobresalían, Lofthouse recorría andando toda la longitud de la piscina, se subía al trampolín, hacía una pausa hasta que todos k prestaban atención, con sus músculos enormes y el tatuaje y los brazos extendidos, y el taparrabos atado con cuerdas alrededor de las nalgas, respiraba hondo, se zambullía y buceaba un largo entero. Veinticinco metros buceando. Tocaba la pared, emergía y todos aplaudían –aunque lo hiciesen sin ganas–, pero él no se inmutaba y practicaba diferentes estilos. Era un pervertido. Probablemente lo eran la mayoría de los profesores. Había uno que llevaba anillo de boda. Eso demostraba que lo era.
Y éste también. “¿Vives en el barrio?”, estaba diciendo otra vez. Gregory no iba a picar el anzuelo. El barbero iría a verlo para que se alistase en los scouts o los cruzados. Luego le preguntaría a mamá si podía llevarse a Gregory a una acampada en el bosque; sólo que habría una sola tienda y le contaría a Gregory historias de osos, y aunque en clase habían estudiado geografía y sabía que los osos se habían extinguido en Gran Bretaña, allá por la época de las cruzadas, si el pervertido le decía que había un oso él casi se lo creería.
–No por mucho tiempo –contestó Gregory. Al instante se dio cuenta de que no era una respuesta muy sagaz. Acababan de mudarse al barrio. El barbero le haría bromas cuando él siguiese yendo a la barbería durante años y años. Gregory lanzó una mirada al espejo, pero el pervertido no delataba nada. Estaba dando un último tijeretazo distraído. Luego hundió las manos en el cuello de Gregory y lo sacudió para asegurarse de que le cayese la mayor cantidad de pelo posible dentro de la camisa.
–Piensa en los cruzados –dijo, cuando empezaba a quitarle la sábana–. Podría interesarte.
Gregory se vio renacer debajo del sudario, sin más cambios que en las orejas, ahora más salientes. Empezó a deslizarse hacia delante sobre el cojín de caucho. El peine le golpeó la coronilla, más recio ahora que tenía menos pelo.
–No tan deprisa, jovencito.
El barbero recorrió de un lado a otro la estrecha barbería y volvió con un espejo oval como una bandeja. Lo bajó para que Gregory se viese la nuca. Él miró al primer espejo, vio el reflejo en el segundo, volvió a mirar el primero. No era su nuca. La suya no era así. Notó que se sonrojaba. Tenía ganas de mear. El pervertido le estaba enseñando la nuca de otra persona. Magia negra. Gregory miró y remiró, cada vez más colorado, la nuca de otra persona, toda afeitada y esculpida, hasta que comprendió que la única manera de volver a casa era seguirle el juego al barbero, y entonces echó una última ojeada a aquel cráneo ajeno, alzó una mirada intrépida hacia la parte superior del espejo, hacia las gafas indiferentes del barbero y dijo, en voz baja: “Sí.”


2


El peluquero echó un vistazo, con un desprecio cortés, y pasó un cepillo exploratorio por el pelo de Gregory: como si, en el fondo de aquella maleza, pudiese haber una raya perdida hacía mucho tiempo, como una senda de peregrinos medievales. Un displicente floreo del cepillo desplazó la masa de pelo sobre los ojos de Gregory y hasta la barbilla. Por debajo de aquella cortina súbita, pensó: Qué viejo de mierda. Estaba allí únicamente porque Allie ya no le cortaba el pelo. Bueno, por el momento, en todo caso. Evocó de ella un recuerdo apasionado: él en la bañera, ella le lavaba el pelo y luego se lo cortaba mientras él estaba sentado. El quitaba el tapón y ella le cepillaba los pelos cortados con el duchador, jugando con el chorro, y cuando él se levantaba ella, la mayoría de las veces, le chupaba la pija, así, como si nada, al mismo tiempo que le sacudía los últimos pelos. Sí.
–¿Algún sitio... en especial..., señor?
El tipo fingía que se daba por vencido en su búsqueda de una raya.
–Córtelo hacia atrás.
Gregory dio un cabezazo vengativo para que el pelo volviera a su sitio sobre la coronilla. Sacó las manos de la fina sábana de nailon, se peinó con los dedos como estaba antes y luego se ahuecó el pelo. Igual que lo tenía cuando entró en el local.
–¿Cómo de largo..., señor?
–Un palmo más abajo del cuello. En los costados hasta el hueso, hasta aquí.
Señaló la línea con los dedos.       
–¿Y quiere un afeitado, ya que estamos?
Un puto descaro. Eso es lo que es un afeitado en estos tiempos. Sólo los abogados, los ingenieros y los guardas forestales hurgaban en sus neceseres todas las mañanas y se abrían tajos en el rastrojo de barba, como calvinistas. Gregory se colocó de costado ante el espejo y se examinó con los ojos entornados.
–A ella le gusta así –dijo, a la ligera.
–Casado, ¿eh?
Ojo, cabronazo. No me tomes el pelo. No ensayes conmigo el juego de la complicidad. A menos que seas marica. No es que yo tenga nada contra ellos. Estoy a favor de la libertad de elección.
–¿O está ahorrando para ese suplicio? Gregory no se molestó en contestar.
–Veintisiete años de casado, servidor –dijo el tipo, al dar los primeros cortes–. La cosa tiene altibajos, como todo.
Gregory gruñó de un modo más o menos expresivo, como en el dentista cuando tienes la boca llena de hierros y el mecánico insiste en contarte un chiste.
–Dos hijos. Bueno, el chico ya es mayor. La chica todavía vive en casa. Crecerá y se irá antes de que nos demos cuenta. Al final todos ahuecan el ala.
Gregory miró al espejo, pero el tipo no le estaba buscando la mirada: sólo cortaba, con la cabeza gacha. Quizá no fuese un mal tipo. Aparte de ser un idiota. Y, por supuesto, su psicología sufría la deformación terminal causada por decenios de complicidad en el nexo de la explotación entre amo y siervo.
–Pero quizá usted no sea de los que se casan, señor.
Ésta sí que es buena. ¿Quién acusa a quién de ser marica? Siempre había aborrecido a los peluqueros, y aquél no era una excepción. Puto marido provinciano con dos–coma–cuatro hijos, paga la hipoteca, lava el coche y lo guarda en el garaje. Una bonita parcela de jardín al lado de la vía del tren, mujer con cara de perro chato tendiendo la ropa en uno de esos tendederos de metal, sí, sí, ya veo. Seguro que él juega de arbitro los sábados por la tarde en alguna liga de mierda. No, ni siquiera de árbitro, sólo de juez de línea.
Gregory se percató de que el tipo hacía una pausa, como si aguardase una respuesta. ¿Quería una respuesta? ¿Qué derecho tenía a pedirla? Vale, vamos a tratarlo con respeto.
–El matrimonio es la única aventura accesible a los cobardes.
–Sí, bueno, seguro que usted es más inteligente que yo, señor –contestó el peluquero, en un tono que obviamente no era afable–. Por haber ido a la universidad.
Gregory se limitó a gruñir de nuevo.
–No soy quién para juzgar, claro, pero me parece que las universidades enseñan a los estudiantes a despreciar más cosas de las que debieran. Al fin y al cabo, las pagamos con nuestro dinero. Pero me alegro de que mi chico fuera a la politécnica. No le ha venido mal. Ahora gana buena plata.
Sí, sí, suficiente para mantener a los siguientes dos–coma–cuatro hijos y para tener una lavadora un poco más grande y una mujer un poco menos perruna. Bueno, había gente así. Puta Inglaterra. Pero todo aquello iba a ser erradicado. Y los primeros en desaparecer serían estos locales retrógrados de amo y siervo, conversación forzada, conciencia de clase y propinas. Gregory no era partidario de dejar propina. Lo consideraba un refuerzo de la sociedad respetuosa, tan degradante para quien la da como para quien la recibe. Degradaba las relaciones sociales. De todas formas, el no se la podía permitir. Y, además, qué mierda iba a darle propina a un tijeras que lo acusaba de ser un chupapijas.
Estos idiotas eran una especie en extinción. Había sitios en Londres diseñados por arquitectos, donde ponían los últimos éxitos en un equipo de sonido funky, mientras un esquilador te rebajaba el pelo y lo adaptaba a tu personalidad. Costaba un riñón, por lo visto, pero era mejor que esto. No era de extrañar que el local estuviese vacío. Una radio de baquelita rajada en una estantería alta estaba emitiendo música de té. Deberían vender bragueros, corsés ortopédicos y suspensorios. Acaparar el mercado de prótesis. Piernas de madera, ganchos de acero para manos cercenadas. Y pelucas, por supuesto. ¿Por qué los peluqueros no vendían pelucas? Al fin y al cabo, los dentistas vendían dientes postizos.
¿Qué edad tendría aquel tipo? Gregory lo miró: huesudo, con ojos despavoridos, un corte de pelo absurdamente corto y alisado con gomina. ¿Ciento cuarenta años? Probó a calcularla. Veintisiete años de casado. ¿Cincuenta, entonces? Cuarenta y cinco si la dejó embarazada en cuanto se la ganó. Si es que alguna vez fue tan intrépido. El pelo ya entrecano. Seguramente también el vello púbico. ¿Encanecía el vello púbico?
El peluquero terminó la fase de poda, dejó caer las tijeras, de un modo insultante, en un vaso de desinfectante, y sacó otro par más pequeño y grueso. Chic, chic. Pelo, piel, carne, sangre, todo tan cerca, mierda. Barberos–sangradores es lo que habían sido en los viejos tiempos, cuando la cirugía significaba una carnicería. La cinta roja alrededor del poste tradicional de los barberos indicaba la tira de tela que te enrollaban en el brazo cuando te sangraban. En su enseña comercial había también un cuenco, el cuenco donde caía la sangre. Ahora han abandonado todo aquello y se han hecho peluqueros. Propietarios de un huerto, que sangran la tierra en lugar de un antebrazo extendido.
Todavía no lograba comprender por qué Allie lo había plantado. Dijo que era demasiado posesivo, que no la dejaba respirar, que estar con él era como estar casada. No me hagas reír, dijo él: estar con ella era como estar con alguien que salía con otra media docena de tipos al mismo tiempo. Justo a eso me refiero, dijo ella. Te quiero, dijo él, con súbita desesperación. Era la primera vez que se lo decía a alguien, y supo que era un error. Uno lo decía cuando se sentía fuerte, no débil. Si me quisieras me comprenderías, contestó ella. Bueno, entonces respira tranquila y vete a que te rompan el culo, había dicho él. Sólo fue una pelea, nada más que una estúpida y puta pelea. No tenía importancia. Excepto que habían terminado.
–¿Le pongo algo en el pelo, señor?
–¿Qué?
–¿Algo en el pelo?
–No. No hay que alterar la naturaleza.
El peluquero suspiró, como si en los últimos veinte minutos la hubiese estado contaminando, y como si en el caso de Gregory aquella injerencia absolutamente necesaria hubiera acabado en una derrota.
El fin de semana por delante. Corte de pelo, camisa limpia. Dos fiestas. Esta noche, compra comunitaria de un barril de cerveza. Ponerse ciego y a ver qué pasa: es la idea que tengo de no alterar la naturaleza. Ay. No. Allie. Allie, Allie, Allie. Átame el brazo. Te extiendo las muñecas, Allie. Donde tú quieras. No con propósitos médicos, pero clava la lanceta. Adelante, si lo necesitas. Sángrame.
–¿Qué ha dicho del matrimonio hace un momento?
–¿Eh? Ah, que es la única aventura accesible a los cobardes.
–Pues si permite que le diga algo, señor, a mí el matrimonio siempre me ha ido muy bien. Aunque claro que usted, como ha estado en la universidad, es más inteligente que yo.
–Era una cita –dijo Gregory–. Pero lo tranquilizará saber que la autoridad que dijo eso era un hombre más inteligente que nosotros dos.
–Tanto que no creía en Dios, me figuro.
Sí, tanto, quiso decir Gregory, tan inteligente como eso. Pero algo lo contuvo. Sólo se atrevía a negar la existencia de Dios cuando estaba entre escépticos como él.
–Y, si me permite preguntar, señor, ¿era de los que no se casan?
Uf. Gregory lo pensó. No había habido una esposa, ¿verdad? Exclusivamente amantes, estaba seguro.
–No, creo que no era de los que se casan, como usted dice.
–Entonces, señor, ¿quizá no fuese un experto?
En los viejos tiempos, reflexionó Gregory, las barberías habían sido lugares de mala fama, donde individuos ociosos se reunían para contarse las últimas noticias, y donde tocaban el laúd y la viola para esparcimiento de los clientes. Todo aquello volvía ahora, por lo menos en Londres. Lugares llenos de chismes y de música, regentados por estilistas cuyo nombre salía en las páginas mundanas. Primero unas chicas con suéter negro te lavaban el pelo. Guau. No tener que lavarte el pelo antes de ir a que te lo corten. Al entrar saludabas con la mano y te sentabas con una revista.
El experto en el matrimonio sacó un espejo y le mostró dos vistas gemelas de su obra. No estaba mal, tuvo que admitir, corto en los costados, largo por detrás. No como algunos tipos de la facultad, que se dejaban crecer el pelo por todas partes a la vez, barbas que parecían broza de una ciénaga, antiguas patillas de boca de hacha, a la usanza inglesa, cascadas grasientas cayendo por detrás, lo que se te ocurra. No, el lema de Gregory era alterar la naturaleza sólo un poquito. La tirantez constante entre la naturaleza y la civilización era lo que nos mantenía alerta. Aunque, por supuesto, así no se hacía nada más que eludir la cuestión de cómo defines la naturaleza y cómo la civilización. No era tan sencillo como elegir entre la vida de un animal y la de un burgués. Tenía que ver más bien con..., bueno, toda clase de cosas. Sintió una aguda añoranza de Allie. Sángrame, y luego átame. Si la recuperaba sería menos posesivo. Aunque para él, cuando vivían juntos, aquello había sido como ser una pareja. Al principio a ella le había gustado. Bueno, no había puesto objeciones.
Se percató de que el peluquero seguía sosteniendo el espejo.
–Sí –dijo, con desgana.
El espejo fue depositado sobre su cara reflectante y desatada la fina sábana de nailon. Un cepillo le barrió de parte a parte el cuello. A él le hizo pensar en un baterista de jazz con la muñeca floja. Pishh, pishh. Quedaba cantidad de vida por delante, ¿no?
La peluquería estaba vacía y de la radio seguía saliendo un quejido pegajoso, pero aun así fue una voz baja, cerca de su oreja, la que sugirió:
–¿Algo para el fin de semana, señor?
Tuvo ganas de decir que sí, un billete de tren a Londres, una cita con Vidal Sassoon, un paquete de salchichas para una barbacoa, una caja de cervezas, unos cuantos cigarrillos de hierba, música que te adormezca la mente y una mujer a la que yo le guste de verdad. Pero bajó la voz y respondió:
–Un paquete de condones, por favor.
En paz por fin con el peluquero, salió al día radiante reclamando que empezara el fin de semana.


3


Antes de salir, entró en el cuarto de baño, sacó el espejo de afeitar del brazo extensible, lo colocó en el lado del maquillaje y sacó el cortaúñas del neceser. Primero se recortó unos pelos largos y espesos de las cejas, después se ladeó ligeramente para verse las orejas a la luz y dio un par de tijeretazos. Algo deprimido, levantó la nariz y examinó las aberturas del túnel. No había nada de una longitud exuberante; no por el momento. Humedeció una punta de la toalla y se restregó detrás de las orejas, rastrilló con un movimiento circular los conductos cartilaginosos y dio un toque final a las grutas cerosas. Al mirarse en el espejo, tenía las orejas de un color rosa vivo, a causa de la presión, como si fuera un chico asustado o una estudiante que tiene miedo de besar.
¿Cómo se llamaba la excrescencia que blanquea tu toalla mojada? Costra de la oreja, la llamaba él. Quizá los médicos tuviesen un término técnico. ¿Había infecciones de hongos detrás de las orejas, el equivalente auricular del pie de atleta? No era muy probable: era una zona demasiado seca. Quizá costra, por lo tanto, valía; y quizá todo el mundo tenía un nombre particular para ella y no hacía falta un término común.
Qué extraño que nadie hubiese inventado un nombre nuevo para los podadores y los esquiladores. Primero barberos, después peluqueros. Pero ¿cuándo fue la última vez que llevaste una peluca al peluquero? ¿Estilistas? Suena cheto. ¿Un tijeras? Chistoso. También lo era la expresión que ahora empleaba con Allie. “Me voy al Barnet”, anunciaba él.
–Tengo cita a las tres con Kelly.
Una uña azul descendió por una lista de mayúsculas a lápiz. “Sí. ¿Gregory?”
Él asintió. La primera vez que reservó por teléfono y le preguntaron su nombre respondió: “Cartwright.” Como ahora hubo una pausa, dijo: “Cartwright”, antes de comprender el motivo de la pausa. Ahora vio su nombre boca abajo en el libro: GREGGORY.
–Kelly lo atenderá dentro de un minuto. Le lavamos ahora mismo.
Al cabo de todos aquellos años, todavía no se acomodaba bien a la postura. Quizá le estaba menguando la columna vertebral. Con los ojos entornados, tanteaba con la nuca el borde de la palangana. Era como nadar de espaldas sin saber dónde estaba el borde de la piscina. Y allí estabas, con el cuello apoyado en la fría porcelana y la garganta al aire. La cabeza hacia atrás, aguardando el filo de la guillotina.
Una chica gorda, con manos indiferentes, le dio la charla habitual –”¿Demasiado caliente?” “¿Ha estado de vacaciones?” “¿Acondicionador?”–, al tiempo que intentaba impedir,  con la palma ahuecada y sin muchas ganas,  que entrase agua en los oídos de Gregory. Al cabo de los años, él había adoptado en el Barnet una pasividad divertida a medias. La primera vez que una de las aprendizas de cara colorada le había preguntado “¿Quiere acondicionador?”, él había respondido:   “¿Qué  opina  usted?”, creyendo que la visión superior que ella tenía de su cuero cabelludo le otorgaba un juicio más objetivo sobre la cuestión. Una lógica fría sugería que algo llamado “acondicionador” sólo podía mejorar el estado de tu pelo; por otra parte, ¿por qué le preguntaban si no existía una respuesta válida? Pero pedir consejo sólo servía para confundir y suscitar la cautelosa respuesta: “Es cosa suya.” Así que se contentaba con decir “Sí” o “Hoy no, gracias”, según se le antojase. Y según también lo buena o mala que fuese la chica en evitar que le entrara agua en los oídos.
Ella, vigilante, casi lo guió hasta el sillón, como si la vejez fuese un estado parecido a la ceguera.
–¿Quiere un té, un café?
–Nada, gracias.
La verdad, no es que hubiera laúdes y violas y una parroquia de paisanos ociosos contándose las últimas noticias. Pero sí había una música ensordecedora, una bebida a elegir y un buen surtido de revistas. ¿Qué habría sido de Reveille y Tit–Bits, que los vejetes leían en los tiempos en que él se moría de vergüenza sobre el cojín de caucho? Tomó un número de Marie Claire, una de las revistas femeninas que estaba bien visto que leyera un tipo.
–Hola, Gregory, ¿cómo te va?
–Bien. ¿Y a ti?
–No me quejo.
–Kelly, me gusta tu corte.
–Sí. Ya ves, estaba aburrida.
–Me gusta. Es bonito, te queda bien. ¿A ti te gusta?
–No sé decirte.
–No, es precioso.
Ella sonrió. Él le devolvió la sonrisa. Sabía jugar aquel juego, las bromas de cliente, medio en chanza, medio en serio. Sólo había tardado unos veinticinco años en dar con el tono correcto.
–¿Qué va a ser hoy?
Él levantó la mirada hacia el reflejo de ella en el espejo, una chica alta cuya colita a él, en realidad, no le gustaba; en su opinión, le hacía la cara demasiado angulosa. Pero ¿qué sabía él? A él lo tenía sin cuidado su propio pelo. Kelly era una presencia relajante que había comprendido enseguida que no quería que le preguntasen por sus vacaciones. Como él no respondió de inmediato, ella dijo:
–¿Nos damos un lujo y hacemos lo mismo que la última vez?
–Buena idea.
Lo mismo que la última vez y que la siguiente y que la próxima.
El salón tenía una atmósfera parecida a la de un alegre pabellón de pacientes externos que no sufrían nada grave. Aun así, la soportaba; las aprensiones sociales habían desaparecido hacía mucho tiempo. Los pequeños triunfos de la madurez. “Así pues, Gregory Cartwright, haznos la crónica de tu vida hasta la fecha.” “Bueno, ya no tengo miedo a la religión ni a los barberos.” Nunca se había afiliado a los cruzados, fueran lo que fuesen; en los colegios y en la facultad había eludido a los evangelizadores de ojos ardientes; ahora sabía lo que tenía que hacer cuando sonaba el timbre un domingo por la mañana.
–Será Dios –le decía a Allie–. Yo me ocupo.
Y allí, en el umbral, había una pareja engalanada y educada, uno de ellos a menudo era un negro, a veces acompañados de un niño angelical, y que ofrecía un exordio nada beligerante, como por ejemplo: “Vamos de casa en casa preguntando a la gente si le preocupa el estado del mundo.” El truco estaba en evitar tanto el sí sincero como el no engreído, porque entonces les dejabas un hueco por donde abordarte. Así que les dedicaba una sonrisa hogareña y cortaba en seco: “¿Religión?” Y antes de que ellos pudieran decidir si la respuesta correcta a su brutal intuición era sí o no, Gregory ponía punto final a la entrevista con un enérgico: “Que haya más suerte en la puerta de al lado.”
En realidad, no le desagradaba que le lavasen el pelo. Pero lo demás era un mero proceso. Sólo le procuraba un placer ligero el contacto corporal que es tan frecuente hoy día. Kelly apoyaba una cadera inadvertida contra la región superior del brazo de Gregory, o bien había un roce con alguna otra zona del cuerpo de Kelly; y ella no llevaba mucha ropa, que digamos. Tiempo atrás, habría pensado que aquello sólo le ocurría a él, y habría agradecido la sábana que le cubría las rodillas. Hoy ni siquiera le distraía del Mane Claire.
Kelly le estaba contando que había solicitado un empleo en Miami. En los cruceros. Navegabas cinco días, una semana, diez días, y luego te dejaban desembarcar para gastarte el dinero que habías ganado. Tenía una amiga trabajando allí en aquel momento. Parecía divertido.
–Estupendo –dijo él–. ¿Cuándo te vas?
Pensó: Miami es violento. Tiroteos. Cubanos. Vicio. Lee Harvey Oswald. ¿No será peligroso para ella? ¿Y el acoso sexual en los transatlánticos? Era una chica de buen ver. Lo siento, Marie Claire, quería decir mujer. Pero chica en un sentido, porque despertaba pensamientos cuasi paternales en alguien como él: alguien que se quedaba en casa, iba al trabajo y a cortarse el pelo. Reconocía que su vida había sido una larga aventura cobarde.
–¿Qué edad tienes?
–Veintisiete –dijo Kelly, como si fuera el páramo final de la juventud. Si no tomaba medidas de inmediato, su vida estaría comprometida para siempre; un par de semanas más la convertirían en un vejestorio como aquel con rulos de la otra punta del salón.
–Tengo una hija casi de tu edad. Bueno, tiene veinticinco. Es decir, tenemos otro. Tenemos dos hijos. No parecía que lo expresase bien.
–Entonces, ¿cuántos años llevas casado? –preguntó Kelly, con un asombro cuasi matemático.
Gregory alzó la mirada para verla en el espejo.
–Veintiocho años.
Ella esbozó una sonrisa jubilosa ante la idea de que alguien hubiera podido estar casado durante el enorme período transcurrido desde que ella había llegado al mundo.
–El mayor ya se ha ido de casa, por supuesto –dijo–. Pero Jenny vive todavía con nosotros.
–Qué bien –dijo Kelly, pero él vio que estaba aburrida. Aburrida de él, concretamente. No era más que otro viejo de pelo cada vez más fino y escaso que pronto tendría que peinarse con mayor cuidado. A mí dame Miami, y deprisa.
A Gregory lo asustaba el sexo. Esa era la verdad. No había llegado a saber de qué iba. Lo disfrutaba cuando ocurría. Se figuraba que con el paso del tiempo lo practicaría cada vez menos, y luego, al llegar a cierto punto, nada en absoluto. Pero no era esto lo que lo asustaba. Tampoco era algo relacionado con la explicitud abrumadora con que las revistas hablaban del tema. Cuando eran más jóvenes habían conocido su propia explicitud abrumadora. En aquel tiempo todo parecía perfectamente claro e intrépido, cuando él se levantaba en la bañera y ella se metía la pija en la boca. Todo aquello había sido normal y de una autenticidad imperativa. Ahora se preguntaba si no lo habría entendido siempre mal. No sabía de qué iba el sexo. Pensaba que nadie lo sabía, lo cual no arreglaba las cosas. Tuvo ganas de aullar. De aullarle al espejo y de verse aullar.
Kelly tenía ahora la cadera contra el bíceps de Gregory: no el borde, sino la curva interior de la cadera. Al menos conocía la respuesta a una de sus preguntas juveniles: sí, el vello púbico encanece.
No le preocupaba la cuestión de la propina. Tenía un billete de veinte libras. Diecisiete para el corte, una para la chica que le había lavado el pelo y dos para Kelly. Y por si acaso habían subido el precio, siempre se acordaba de llevar una libra de más. Comprendió que él era de esas personas. El hombre con una libra de más en el bolsillo.
Kelly había terminado y se había colocado directamente detrás. Sus pechos aparecían a ambos lados de la cabeza de Gregory. Le tomó sendas patillas entre el pulgar y el índice y miró a otro lado. Era una argucia suya. Como todo el mundo tiene la cara un poco ladeada, le había dicho a Gregory, si juzgas con los ojos acabas equivocándote. Ella juzgaba por medio del tacto, mirando hacia la caja y la calle. Hacia Miami.
Satisfecha, tomó el secador y, toqueteando con los dedos, fue forjando un efecto de soufflé que duraría hasta la noche. Ahora trabajaba con piloto automático, y probablemente se preguntaba si tendría tiempo de salir fuera a fumarse un pucho antes de que le confiasen la siguiente cabeza mojada. Así que todas las veces se olvidaba y tomaba el espejo.
Había sido una audacia de Gregory, años atrás. Rebelarse contra la tiranía del puto espejo. Este lado, el otro. En los más de cuarenta años que llevaba yendo a la barbería, la peluquería y el estilista, reconociese o no su nuca, siempre había asentido dócilmente. Asentía con una sonrisa, veía su conformidad reproducida en el espejo escorado, y la expresaba verbalmente con un “Muy bien”, o “Mucho mejor”, “Un corte perfecto” o “Gracias”. Si le hubieran tallado una esvástica en la nuca seguramente habría fingido que lo aprobaba. Un buen día pensó: No, no quiero ver la nuca. Si por delante está bien, por detrás lo estará también. No era pretencioso, ¿no? No, era lógico. Estaba bastante orgulloso de su iniciativa. Claro que Kelly siempre se olvidaba, pero daba igual. De hecho, era mejor así, porque significaba que su tímida victoria se repetía cada vez. Cuando ella se le acercó con el espejo colgando y el pensamiento en Miami, él levantó una mano, esbozó su sonrisa indulgente de costumbre y dijo:
–No.