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¿Qué motiva la escritura de esta reseña? Dar vueltas en la Feria 16 de julio. Saber adónde irán todas esas cosas que se regalan con cariño, con apuro. La vida de las cosas y el ruido que producen al caer. Otra nota, sí, otra, sobre el libro citado en la oración anterior. La casa museo, esa que se llena de recuerdos materializados en cosas: libros sobre un estante oculto en el que puede hallarse o una reina de corazones o Asma de Aldo Medinaceli. ¿Qué decir, entonces, comenzado un texto como el presente? ¿Tomar una pausa? ¿Retroceder o ahogarme en el intento? Interrumpirme. Eso puedo hacer. Ceder. Medir lo ya dicho en una videoreseña sobre Asma. Recordar una de las visitas de Aldo Medinaceli: la visita que antecede lo hasta acá dicho.
 “Alexis, fuera ya de facebook y youtube, ¿qué te pareció el libro?”
No me mido. Le digo que tres cuentos me parecen prescindibles: LA PELEA ANTES DEL FIN, CONSTRUCCIÓN CONDENA y SAMIA. ¿He perdido un amigo? Aún no. Aldo me dice que son los cuentos más viejos del libro. No sé si se justifica, pero me dice que LA PELEA ANTES DEL FIN permitió el contacto entre él y Marcelo Paz Soldán, y que, durante la presentación del libro en Santa Cruz, Darwin Pinto leyó fragmentos de ese cuento. ¿Será que todavía hay quienes sienten lástima por los ilustradores?, me pregunto. Reconozco la importancia de los personajes secundarios que validan lo dicho o hecho por antagonistas y protagonistas, pero es que en ese cuento no hallo la importancia de ningún personaje. Reconozco también que me he dado importancia en demasía al traer esos dos nombres, el de Marcelo y el de Darwin, a este escenario; siendo que no me he tomado una copa con ellos como reseñista no cumplo más que un rol, recomendar o no textos, pero lo que quiero es invalidar lo dicho, lo no escuchado.
Hay cuentos que pueden resumirse en una oración. LA PELEA ANTES DEL FIN, toda esa metamorfosis en la que, en el último párrafo, Trevor termina intuyendo o no que es la muerte. Todo. Hasta el encuentro entre esos dos seres, uno hecho de carne y otro de huesos, pueden resumirse en una oración: “Trevor sentía que sus huesos le estaban enviando un mensaje.” Robert Scarpit en el prólogo de El fabricante de nubes, libro que no recomiendo, por cierto, dice que un cuento fantástico en su intento por valerse de hipérboles puede convertirse en un cuento humorístico. ¡Pero ni siquiera eso con LA PELEA ANTES DEL FIN! No es verosímil. Se vale de símbolos fáciles. Está escrito con poco tacto; ¡paradójicamente su narrador-personaje dice que sus “sentidos estaban más despiertos que nunca”! Me dice poco, por no decir que invita a decir nada.
Pero.
Oh esta costumbre de comenzar hablando mal.
No pasa así con seis de los nueve cuentos de Asma. Los otros se valen de lo cotidiano, el fuerte, quizá, de Aldo: lo cotidiano y sus símbolos efímeros. Su dedicatoria es ya una declaración de intenciones: “A quienes fluyen.” Viajeros, migrantes, visitantes, qué se yo. Asma, más que unidad en sí, es una recopilación de lo producido por Aldo Medinaceli desde 2006 hasta 2014; ¿cuántos cuentos quedan para el morbo de las ediciones póstumas o el olvido? Pertenencia, retención, pérdida, fluidez y (des)unión, quizá son esas las palabras que definen a Asma.
EL ACTOR se convierte en el público (en el satélite) de sí mismo, vacila a la hora de desprenderse de los lugares que ha ocupado; más que un cuento en este caso lo que uno halla es un perfil.
SANGRE VOYEUR corre frente a ojos, no del lector, sino del espectador; ese producto del espectáculo. El narrador de este metarelato se confunde describiendo lo ausente y aparentemente inconcluso de escenarios que se suceden y sustituyen a los de la realidad.
CASA MUSEO o, más bien, casa que entre digresiones se convierte en un museo que expone la culminación de una relación y el reinicio de otra. Jan, con la intención de convertirlo en espectador, quiere al narrador-personaje fuera de su casa museo. Johana quiere visitar museos ignorándose uno junto a los otros personajes. Jan hace de guía de turismo y describe lo acontecido en los lugares visitados y, a la vez, anuncia lo por acontecer implícitamente. Algo se rompe en la casa museo. ¿Casa museo? ¡¿Cuál casa?! Un cuento lineal en que las epifanías permiten que prestemos atención a la historia del narrador-personaje, pieza (rota) de museo al fin, y su relación con los otros, con la intimidad ajena. ¡Cuentazo!
INYECTA, imperativo de inyectar, solución, fluido. La Incertidumbre como sensación temporal frente a la Incertidumbre como condición del ser humano. Un laboratorio que todos abandonan para incorporarse a otro. Personajes que se reflejan parcialmente unos a otros amenazando con hacerlo de manera infinita. Imágenes que se superponen mientras el conjunto es contenido en un espacio, un lugar. Nadie, no sólo el narrador-personaje, puede asirse a un dogma por mucho tiempo. Aún así, acá, está el por qué del nombre del libro: “Mi cuerpo llenándose de más y más agua. Y la sensación de asfixia como una droga adormeciéndome. No sentí miedo, dejé que la ansiedad creciera como un orgasmo del que no quería despertar.”
REINA DE CORAZONES es un cuento que invita a mirarnos la nuca o la fracción de nuestro cuello debajo de ella. Una camisa a medio quitar termina siendo quitada por completo. Un pasado a nuestras espaldas, cuando no sobre nuestros hombros. Señales que se suceden: lo expuesto con el desarrollo de la trama como señal. La costumbre del juego, de hablar como se habla en otro país. “He perdido hasta mi propio lenguaje, me digo.” Pero acá nada se pierde, aunque Aldo nos diga que “todas las balas van al cielo.” ¡Cuentazo!
FERIA 16 DE JULIO podría ser el título excusa de un cuento en que la unidad está establecida por la sensación de soledad. Cada personaje cuenta su historia por intermedio del narrador y el último de ellos se acerca a una fogata “para dejar de sentir frío”, eso, mientras la gente rodea al personaje de la primera historia contada, Anselmo, receptor de todas esas cosas que se regalan o se roban con cariño, con apuro. Anselmo que, como todos, dejará el puesto, recogiendo todo lo que en su momento no fue suyo para que media hora después otro vendedor ocupe el lugar vacío. Cada uno de los personajes visita la feria por intermedio de Maritza y Anselmo, igual, el lector, aquel que sostiene objetos que posiblemente también terminen allí. Cuento bien logrado.
¿Queda algo por decir?
Llama mi atención la presencia de los escaparates en el libro de Aldo Medinaceli. También la distancia que toma el escritor, la distancia que se duplica con la lectura del espectador transitorio. Pienso en libros como El sistema de los objetos de Jean Baudrillard, libros como La poética del espacio de Gastón Bachelard durante esa búsqueda de una casa o al menos un rincón al que aferrarse y del cual partir. Pienso en ese “medio de condiciones desiguales bajo límites que los artistas comparten con quienes no lo son” del que habla Néstor García Canclini en La sociedad sin relato. Noto que, igualmente, en Asma, se repite la presencia confusa de los sueños y la “de los que niegan haber soñado siquiera”.
Hallo luces en Asma: la dubitación de un narrador que a ratos me recuerda a Beckett y la figura del boliviano cosmopolita que trató de reflejar Jorge M. Rico Vargas en Cuentos Internacionales.
Retrocedo en el marco de lo poco que puedo hacer: Invitarlos a leer el libro.

Publicado en Ramona, junio de 2015

Encuentro que durante el 2014 dejé que se llevaran libros que formaron parte de las listas que hice en años pasados. No sé si llamar a esto Madurar, siendo que cada cosa, creo, debiera ser llamada por su nombre. Tengo una impresión: de poco hubiese servido un diccionario (de sinónimos) siendo que todavía no he terminado de leer el que tengo esperando al lado de mi almohada. Miro a mis espaldas y el librero sigue allí, aguardando al día en que será reemplazado, llevado al basurero municipal, o trasladado a un depósito de chatarra hasta que llegue alguien más para desmembrarlo porque, creo, cada cosa debiera ser llamada por su nombre.
            Mejor, pero, que pensar en lo que vendrá y se irá, es hacer digestión, caminando o no y estableciendo un nuevo orden (si tal cosa puede hacerse). Hay libros que, si bien no forman parte de esta lista, me han dejado algo más que un título memorizado: Las diez y media de una noche de verano de Marguerite Duras, Relatos de Samuel Beckett, Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas, Instrucciones para vivir en México de Jorge Ibargüengoitia, Ficción súbita de Robert Shapard y James Thomas, Trabajos del reino de Yuri Herrera, Historias del atardecer de Dino Buzzati, Cutimuncu de Luis Toro Ramallo, En la corte de mi padre de Isaac Bashevis Singer, El profundo sur de Andrés Rivera, Cuarteles de invierno de Osvaldo Soriano, La región prohibida de Fabiola Morales y La justicia del Inca de Tristán Marof. Hay también escritores a los que sigo leyendo, Buzzati y Bashevis Singer son la prueba de lo anterior dicho. Finalmente están Rubem Fonseca y Andrés Rivera que vuelven a formar parte de esta lista y espero suceda lo mismo el siguiente año:

13. La ciudad prometida:
Pobladores y organizaciones sociales en El Alto
Godofredo Sandoval Z. y M. Fernanda Sostres
Systema

12. La máscara de piedra:
Simbolismo y personalidad aymaras en la historia
Fernando Montes Ruiz
Quipus

11. El hombre que ya no tenía nada que hacer
Peter Bichsel
Traducción de José A. Santiago Tagle
SM

10. Elefante
Federico Falco
El Cuervo

09. El pájaro pintado
Jerzy Kosinski
Traducción de Eduardo Goligorski
Círculo de Lectores

08. ¿Qué le parece América, paisano?
William Saroyan
Traducción de Juan Rodriguez Chicano
Siglo Veinte

07. Razón de Ser
Alejo Carpentier
Letras Cubanas

06. El mundo el texto y el crítico
Edward W. Said
Traducción de Ricardo García Pérez
DEBOLSILLO

05. El bosque de la noche
Djuna Barnes
Traducción de Ana M.ª de la Fuente
Seix Barral

04. Para una tumba sin nombre
Juan Carlos Onetti
Seix Barral

03. La forma del mal
Julio Durán
Edición del autor

02. El gran arte
Rubem Fonseca
Traducción de Miriam Lopes Moura
Oveja Negra

01. Cuentos escogidos
Andrés Rivera
Alfaguara


El juez le preguntó al hombre que tenía sentado frente a él, de qué se ocupaba. El hombre estuvo a punto de contestar de nada, porque detestaba l mentira y las verdades a medias, pero temió que sus palabras fuesen interpretadas como una insolencia. Y el hombre sentado frente al juez detestaba la insolencia y la impuntualidad. Respondió que vivía de su campo. Y se dijo que no mintió. Se dijo que el campo estaba ahí, que las vacas estaban ahí, el molino y la pileta en la que se conservaban cerca de tres mil litro de agua estaban ahí, la casa de material que levantó su bisabuelo y que su abuelo refaccionó estaba ahí. Y eso era todo. El cielo y el aire, los silencios, las tardes de verano, las lluvias y los días que pasaron y vendrían, y los retratos borrosos de su bisabuelo, del abuelo de sus padres y de sus hermanos, de bailes y mujeres que fueron, estaban ahí. Sí: también las armas de los suyos que se batieron en la guerra de la independencia y en las guerras civiles estaban ahí. Y él nunca cuidó nada de eso. No quiso, no le interesó cuidar nada de eso. ¿Para qué?

¿POR QUÉ Cuentos escogidos ENCABEZA ESTA LISTA?

Borges, refiriéndose a Fervor en Buenos Aires, dijo en su Autobiografía: “mirándolo ahora en perspectiva, creo que nunca me aparté mucho de ese libro. Siento que todos mis textos siguientes simplemente han desarrollado temas que estaban inicialmente allí; siento que durante toda mi vida he estado reescribiendo ese único libro.” Quizá, reconociendo la influencia que ejerció Borges en él, cosa similar diría Andrés Rivera refiriéndose al uso repetitivo de palabras, calificativos (des)acreditadores, que al sonar melódicas se modifican y cobran mayor importancia en el desarrollo de relatos tan llenos de personajes empáticos no vacíos de preguntas, relatos en que temas como el lento y duro aprendizaje, la violencia, el acontecimiento histórico, el erotismo y su relación con el poder género-generacional, la provocación y la expectativa, ambientaciones y retratos que se superponen, también se repiten. Por ello, quizá, vuelvo a Borges refriéndose esta vez a El Zahir: “Mi punto de partida fue una palabra, una palabra que usamos casi todos los días sin darnos cuenta de lo misterioso que hay en ella (salvo que todas las palabras son misteriosas): pensé en la palabra inolvidable, unforgetable en inglés. Me detuve, no sé por qué, ya que había oído esa palabra miles de veces, casi no pasa un día en que no la oiga; pensé qué raro sería si hubiera algo que realmente no pudiéramos olvidar. Qué raro sería si hubiera, en lo que llamamos realidad, una cosa, un objeto -¿por qué, no?- que fuera realmente inolvidable […] Es una consideración bastante pobre, como ustedes han visto. Enseguida pensé que si hay algo inolvidable, ese algo debe ser común […] no habría ninguna gracia en un cuento con un minotauro, con una quimera, con un unicornio inolvidable; no, tenía que ser algo muy común. Al pensar en ese algo común pensé, creo que inmediatamente, en una moneda”.
Vuelvo a llenarme de preguntas al leer cuentos como El país de los ganados y las mieses, Un tiempo muy corto, un largo silencio, Campo en silencio, Willy, La lenta velocidad del coraje, Un largo pasillo iluminado, Lento, Apetitos, Visa para ningún lado. Leo el prólogo del libro y me entero de que varios cuentos fueron reescritos, me pica la curiosidad de conocer las primeras versiones de varios de ellos, eso, mientras releo por tercera vez este libro y por octava vez un fragmento de La paz que conquistamos: “Y la boca. Ah, la boca. Se sabe: es la memoria de los desastres. Consigna general: callar. Porque la realidad es irreproducible y la literatura miente como una puta vieja, o como una dama que escamotea sus arrugas frente al espejo. Algo, sin embargo, es cierto: aprendimos a sobrevivir. Cada uno de nosotros conoce el precio que pagó.” Cierro el libro y guardo silencio (¿por cuánto?) al reproducir las palabras de Willy: “El oído es tan selectivo como la memoria.”
Hombre leído, Andrés Rivera, hombre que alejándose (¿apenas?) de la novela histórica escribe grandes cuentos… “gira sobre sí mismo y abandona el escenario. Y eso, creo, es lo que mira […] desde el lugar al que llegó.”

En la lista del 2013, como ya es habitual, decenas de libros no lograron ingresar. Esta es la cuarta vez que elaboro una lista. ¿Llevo ya experiencia en ello? No lo sé. Noto que incluso un año no basta para hacerme de una impresión de aquello que aun voy asimilando. Los libros como las personas para el librero: dejas ir algunos, luego te arrepientes. Dejé partir, por ejemplo, el 2012, a La senda del perdedor de Charles Bukowski, pero lo extraño. Extraño aquel ejemplar lleno de post-its y algunas anotaciones a las que no debo llamar mías, porque ya no lo son. La senda del perdedor no figura en la lista de aquel año y momentos en que escribo ésto, ¡horror!, pienso que aquella lista podría prescindir más bien de La dama del perrito de Antón Chéjov.
Por ello no quiero dejar de nombrar algunos títulos que, por razones cuestionables, no entraron en la lista del 2013. Libros como: La vida de mi padre y otros ensayos de Raymond Carver (que tampoco tengo en manos por lo aquí expuesto), El Maestro y Margarita de Mijaíl Bulkgákov, Representaciones del intelectual de Edward W. Said, Olga de Chiara Zocchi, Lecturas para minutos de Hermann Hesse, Historias de mujeres de Rosa Montero, Apócrifos de Karel Čapek, El Derrumbe de Dino Buzzati, El pentágono de Antonio Di Benedetto, Del relámpago de Gonzalo Rojas, Viaje al rededor de mi cuarto de Xavier de Maistre, La Sirena y otros relatos de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa, Secretos del Estado Mayor de Ricardo M. Setaro, El indio en la novela de América de Aida Cometta Manzoni y La isla de los pingüinos de Anatole France, entre tantos.
A continuación, dejo mi frágil lista: la lista de los trece títulos que se incorporaron el 2013 a mi biblioteca personal:

13. Problemas Filosóficos de la Teoría de la Memoria

M. S. Rogovin

Suramericana
Traducción de Ala de Caneva
12. Evocación de Augusto Céspedes
Mariano Baptista Gumucio
N.L.E. Caraspas
11. El sistema de los objetos
Jean Baudrillard
Traducción de Francisco Gonzáles Aramburu
Siglo veintiuno editores
10. Con los tiernos infantes terribles
Edmundo Valadés (selección)
García Valadés editores
09. Confesiones filosóficas
José González Ríos
Quadrata
08. Ser joven en El Alto
Germán Guaygua, Ángela Riveros y Máximo Quisbert
PIEB
07. Tierra firme anticipada
Fernando Flores Morador
Ediciones de la Banda Oriental
06. Secreciones, excreciones y desatinos
Rubem Fonseca
Traducción de Basilio Losada
Seix Barral
05. La caza sutil y otros textos
Julio Ramón Ribeyro
Ediciones Universidad Diego Portales
04. La marrana negra de la literatura rosa
Carlos Velázquez
Sexto Piso
03. El loro de Flaubert
Julian Barnes
Traducción de Antonio Mauri
Anagrama
02. El cero y el infinito
Arthur Koestler 
Traducción de G. Nicholson
EMECÉ
01. Matadero Cinco
Kurt Vonnegut, Jr. 
Traducción de Margarita García
Bruguera
 

¿Por qué Matadero Cinco encabeza esta lista? 
            
—¿Por qué yo?
—Esa es una pregunta muy terrenal, señor Pilgrim. ¿Por qué nosotros?, podríamos decir. ¿Por qué cualquier cosa? Simplemente, porque este momento es. ¿Ha visto usted alguna vez insectos atrapados en ámbar?
—Si —respondió Billy, que recordó el pisapapeles que tenía en su oficina: era un bloque de ámbar pulido, con tres insectos hembras aprisionadas dentro.
 —Bien, aquí estamos, señor Pilgrim, atrapados en el ámbar de este momento. No hay ningún porqué.

Cuando uno se sabe parte de algo que siempre estuvo lejos del principio y que más bien está cerca del final: corrige, en su imaginación, lo que hecho está. Siente, en el mejor de los casos, entre el 51% y el 99% de lo que en su momento vivió. Nota que las perspectivas de un futuro mejor fueron eso; que nada es como se deseaba. Finalmente, esboza una sonrisa, o no.
           Pocos libros te dicen, con la llegada de la última página, que si lo leíste es porque tenías que hacerlo, porque debías hacerlo. Matadero Cinco lo hace de forma literal. Repara lo acontecido (en todo aquello que mal llamamos Holocausto) proyectando la película para atrás. Hace apología de lo que sí merece. Nos recuerda, simplemente, que no hay paso que no sea antecesor de otro; que es inevitable intercalar entre asombro y aburrimiento, entre sufrimiento y felicidad; que el tiempo como concepto es uno sólo, es palabra que, ilusoriamente, hemos fragmentado por la necesidad de (pasado, presente y futuro) tres conceptos más.
Billy Pilgrim es sólo el testigo de una vida a la que llamó suya, antes, durante y después del bombardeo en Dresde; antes durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Pero no es ésto lo que cambió su vida, o al menos no radicalmente, sino su encuentro con los habitantes de Tralfamadore, eso, y su encuentro con Howard W. Campbell, escritor de ciencia ficción que influyó en Pilgrim (?); frontera difusa entre lo soñado, lo leído y lo vivido.
La lectura de este libro (Faulkner de lado) me llevó a encontrar uno entre tantos intentos de solución que se puede dar al problema de la representación de la simultaneidad de los acontecimientos (identificado por Julio Ramón Ribeyro en su ensayo Problemas del novelista actual). En Matadero Cinco el tiempo, y lo acontecido en él, se entiende como un conjunto indivisible e inevitable, y no como presente y futuro construíble. Me explico: Pilgrim, incluso antes de contactar con los tralfamadorianos, rememora futuro y pasado; todo lo por vivir él lo ha vivido. Parpadea y viaja por el tiempo. Narra una historia ya narrada y lo hace en tiempos que no son lineales; salta de pasado a futuro, y viceversa, porque dice tener la capacidad de hacerlo, y la tiene (?). Máximo ve al presente (presente que el lector no sabe cuál es) como el momento a ser disfrutado si es que uno, claro, se sabe feliz. El cuerpo de Pilgrim yace muerto, aparentemente, pero en en muchos otros momentos está vivo y estúpidamente feliz. Así es. Es así. El problema de la simultaneidad ya no es del narrador, entonces, es del lector que se ve obligado a vivir la realidad mientras, libro en manos, lee; mientras interrumpe su lectura para hacer introspección; mientras algo sucede fuera de lo que miran los demás.
Dos soldados cansados y mal equipados se miran, el uno pertenece al bando opuesto del otro. El pájaro, más no su canto, cesó. Así fue.
Llega el momento, entonces, en que el lector se convierte (si no es que recién llega a saberse) en estatua de sal; sufre un cambio. "La gente no debe mirar hacia atrás", nos dice Vonnegut... Si no es para volver, a causa de un malentendido, como los niños que fueron enviados de vuelta a casa en La cruzada de los inocentes: No, definitivamente no.

El pueblo tiene memoria. Memoria a corto plazo.

Cincuenta mil muertos. Veinticinco mil prisioneros. Ochenta años. Cuarenta grados centígrados. Treinta beneméritos vivos. Veinte jóvenes hablando sobre «aquella guerra». Diez los que tienen en su biblioteca: Chaco de Luis Toro-Ramallo. Y así…

Chaco. Llegué a la novela porque Jaime Nisttahuz me la recomendó, porque me dijo «Es la mejor novela que se ha escrito sobre la Guerra del Chaco… Es la mejor novela que se ha escrito en Bolivia… Monseñor Juan Quirós, mi amigo, decía: Así es Jaime, la mejor novela que se ha escrito sobre la Guerra del Chaco ha sido escrita por alguien que jamás estuvo en la guerra.».

Chaco. Ni Guzmán ni Diez de Medina le dieron mucho crédito e importancia. Augusto Guzmán —en La novela en Bolivia— creyendo que los radicados en el extranjero no tienen la autoridad suficiente para tratar lo acontecido en nuestro territorio. Fernando Diez de Medina —en Literatura boliviana— limitándose decir: «El sentido paisajil, la angustia psicológica, la visión subjetiva, el estilo elegante se pierden en el exceso de paisajes procaces. (…) ¿Novela? En el sentido cabal del término se diría que no la hay».

Chaco. Menos mal que adquirí la novela antes de leer los comentarios de Augusto Guzmán y Fernando Diez de Medina. Menos mal que leí el libro días después de que Ronal Rodriguez Barradas repita una de las frases que lo caracterizan: «¡Es poderoso!» —eso, apenas oyó salir de mis labios: Chaco.
¿Por qué será que esto está tan lejos de todo? Aquí parece que no existe ni el tiempo ni la distancia. Se camina y siempre es igual. Así debe ser el mar
Revisando en mi biblioteca personal, encontré un par de libros que le dedican más de un párrafo. Enrique Finot —en Historia de la literatura boliviana— dice: «ha sido reputada como la mejor novela de la guerra con el Paraguay. ¡Y fué escrita por un hombre que no estuvo en la guerra!». Juan Quirós dedicó cuatro hermosas páginas —en La raíz y las hojas— a un libro que rescata parte de la vida y obra de Luis Toro-Ramallo —Gente de mi tiempo de Luis Durand—, páginas en las que, ayudándose de citas, dice, lo siguiente:

«A propósito de CHACO, escribe Durand:

—Luis Toro aseguraba que había tomado parte directa en la guerra, en calidad de sargento… Contaba innumerables episodios de la guerra, en los que casi siempre había tomado parte importante. Sin embargo, el general David Toro, primo suyo y ex Presidente de Bolivia, quien después de ser derribado por Busch vino a vivir a Chile, nos decía riendo:

—Pero si Lucho no ha estado jamás en la guerra. Todo eso que refiere en su libro lo ha oído conversar en Villa Montes, en donde estuvo ocupado en las oficinas del ejército.

Agrega Durand:

—Fuese verdad o invención lo cierto es que los relatos de la novela de Toro, tenían un acento de veracidad tal, que daban una sensación muy directa y patética de los incidentes y entreveros que se desarrollaban en esa guerra de escaramuzas y de asaltos sorpresivos.».
En las estaciones se incorporan muchos indios. Entran al tren como si se tratara de ir al pueblo cercano. Se acurrucan tranquilamente y miran, sin ver, el paisaje.

Alguien comenta la partida de los indios. Van a la guerra lo mismo que a todas partes. Sin despedidas. Sin preparativos. Tercian el poncho, salen del rancho y con paso elástico, llegan a la estación o al cuartel que les han indicado. Cuando reciben uniforme, hacen de su traje típico, un envoltorio y lo dejan en el camino, al cuidado del primero que quiera hacerse cargo de sus cosas. Proceden en la misma forma que procedieron, cuando acudieron al cuartel a cumplir el servicio militar. Parece que pensaran volver al día siguiente.
Yo, ¿qué puedo decir?, no sé que decir, cada que hablo de Chaco de Luis Toro-Ramallo recuerdo pasajes que con anterioridad había olvidado… Aún así, permítanme intentarlo.

Los libros que valen son aquellos que generan la necesidad de consultar otros libros —como ya se habrán dado cuenta, esto, más que una reseña es el resultado de los libros que he podido consultar, el resultado de la lectura y relectura de una novela que fue rechazada y aceptada en tiempos de su publicación. Sí, los libros que valen son aquellos en que los relatos se interrelacionan a pesar del tiempo en que se desarrollan, son los que tratan temas universales —incluso desde lo vernacular—generando sentimientos desencontrados. Chaco es de esos libros. En Chaco el protagonista es el paisaje, un personaje prosopopéyico que moldea a los hombres: esos contendientes que ignoran porque están luchando.
Se podría llamar a esto una guerra? Hay soldados veteranos, que no han visto nunca al enemigo.

Se dispara al bosque y el bosque parece que respondiera el fuego. Es una lucha entre fantasmas. Salen del bosque los obuses como bólidos de acero y tronchan ramas y troncos. Del bosque sale el rosario de muerte de las ametralladoras y nunca vemos a nadie. Apenas si a veces una silueta borrosa, verde gris, como las hojas, se muestra un segundo.

Ya obsesiona la selva preñada de peligros. Sólo se divisan unos cuantos metros a los costados de nuestras propias líneas. De más allá sólo llega el fragor de la lucha y no sabemos lo que pasa.

De improviso, de un momento a otro, puede surgir, casi a nuestro mismo lado, el enemigo, como una aparición. ¿Qué pasa? Nunca se sabe lo que pasa, ni se ve nada, ni se siente otra cosa, que la presencia del bosque contra el que se dispara, porque en realidad es el único enemigo a la vista.
¿Por qué no existen resentimientos con nuestros hermanos paraguayos? ¿Hubo un culpable o hubo culpables? ¿Qué nos lleva a aborrecer a nuestros gobernantes del ayer, hoy y mañana? ¿Qué sentimiento llevó a que se produzcan revoluciones como la del 52? ¿Cuánto sabíamos y cuánto sabremos sobre nuestro país y su gente?... Son algunas de las preguntas y emociones que despierta esta novela. Preguntas y emociones que despiertan pocas novelas, esas, que no sólo amenazan con perdurar en el tiempo.

Calificación: Cinco eÑes sobre cinco.


A mitad del siglo XX, según Tom Wolfe, los nuevos ricos buscaban nuevas formas de expresión cultural para comunicarse entre ellos, finalmente, al verse incapaces de crear un lenguaje propio, rescataron algunas expresiones populares y las «convirtieron» en expresiones artísticas, en expresiones que se consolidaron gracias a toda una generación que se apropió de ellas. Aquel entonces, las bandas underground eran «buscadas y rescatadas» por las discográficas; no como en el presente, las discográficas ya sólo se molestan en la producción de enlatados comerciales. Eran tiempos en que la música pop y rock no estaba tan venida a menos. Lastimosamente hoy, más de un critico musical asegura que «el rock ha muerto».

La movida musical y artística de Europa y Estdos Unidos, respondía con algo más que la asistencia a conciertos, las grabaciones en estudio, o el escuchar la discografía completa de una banda. Se celebraban conciertos que respondían a consignas y que duraban semanas. Entre todas aquellas presentaciones, repentinamente emergió, de entre todas las fans —quién sabe si uno de los tantos síntomas de la decadencia del rock como forma de expresión—, una figura, la Groupie: la adolescente que se relaciona con integrantes de bandas musicales de rock o pop, ello para ganar un prestigio acorde al prestigio del músico con el que establecía una relación entre lo sexual y lo afectivo maternal.

De lo dicho líneas arriba, yo prácticamente no sabía nada, eso, hasta que a mediados del 2011 compré un libro al que le faltaban páginas, Los profetas del «Underground» (Groupie) de Jenny Fabian y Johnny Byrne, libro que volví a adquirir en marzo de 2012 a Jaime Nisttahuz, eso sí, al libro esta vez no le faltaban páginas. Su lectura y relectura valió la pena. ¿Por qué tal cosa? Por el hecho de que me llevó a repensar en el porque de la proliferación de la «Generación Ni-Ni» —a finales del siglo XX y principios del siglo XXI—, más conocida como: «la generación sin esperanzas».

—Me estás mintiendo. ¿Por qué las chicas no admiten la verdad? Tú deseas hacer cosas que ordinariamente no haces con los chicos amigos. Tú necesitas que te despojen de la ropa, y te golpeen en la cara. Tú deseas que yo te arranque tus sentimientos, porque los sentimientos son un fastidio. Y son un fastidio porque interfieren en las sensaciones, ya que en el interior de las chicas todo es sensación. Por tanto, ¿por qué no eres honrada y lo admites?

Wank estaba ya descompuesto; le temblaba todo el cuerpo, y se iba acercando más a mí. «Está loco», pensé.

—Fuera de aquí —exclamé.

Me dirigió una mirada siniestra.

—Yo podría tenerte. Podría hacer contigo lo que quiera porque a nadie le preocupa, ni a Joe, ni a los otros, ni siquiera a ti misma.

—Veremos lo que dice Joe a esto, cuando regrese —repliqué tratando de ser fría.

—De todos modos —dijo en tono decidido—, realmente no me interesas. Me resulta «groovy» hablar de ello, y observar tus reacciones.

Groupie es una novela que, sin moralejas o puratinismos, nos describe el escenario menos amable de la generación de los ideales, la de los 60 y 70; tiempos de drogas, sexo, ego, cálculo, apariencias, lucha de intereses y de desengaño tras desengaño. El argumento es el siguiente: Katie, una joven independiente de 19 años busca ingresar a la escena, aspira ser la groupie más groovy de Londres, para ello no escatimará acciones; pero sus «conquistas» la llevarán replantear sus objetivos y —entre otras cosas— a conocer y establecer una relación sentimental complementaria con un psicópata llamado Grant.

—Tienes razón. Por supuesto yo amo a mi patria; lo que pasa es que ya no creo que sea mi patria. Y no soy sólo yo el que piensa así, sino tanto las personas hippies como las personas más rectas. Son los negros, los judíos, los protestantes y los católicos. Son los padres y los hijos. Somos nosotros y ellos. Son todas esas personas que creen que América ya no les pertenece. Hemos olvidado la forma de vivir, ¿comprendes?, y ninguno de nosotros sabe qué pensar. Es el seguir al jefe y no exteriorizar la individualidad. Han sido rasgadas las entrañas de mi país, y cuando yo sea demasiado viejo para preocuparme más estaremos viviendo en una concha cerrada física y moralmente. Por eso me dejo crecer el peo y toco mi música particular. Pero no toco justamente por el dinero y el poder. Los auténticos auditorios hippies en los Estados Unidos nos aprecian, pero eso no es bastante, porque se trata justamente de convertir al convertido, y nosotros salimos dispuestos a convertir a alguien. No predicamos, más bien somos el espejo que recoge todo el odio que nos rodea, y lo aumenta y lo refleja aún más cargado. La gente con mando no nos entiende, están resentidos contra nosotros, y esto les hace violentos y tratan de echarnos las manos encima. Tan sólo estamos a salvo tocando a los «groovers» o en la televisión, aunque no todos los canales de televisión se ocupan de nosotros, porque eso les supondría la pérdida de todos sus patrocinadores.

Decir que la novela vale por su estilo o por el manejo de tiempos no sería groovy de mi parte, sería engañarle querido lector; el texto vale más por las descripciones psicológicas de los personajes, por la generación de imágenes cinematográficas, por su crueldad, porque nos lleva a ver que hay detrás del backstage, por diálogos puntuales que destacan, pero además, por nombrar muy, muy de pasada a The Beatles, Rolling Stones, Jimi Hendrix, Bob Dylan y Jim Morrison —entre otros.

Recomendaría la lectura de este libro, incluso más que mirar Almost Famous. Ahora que si usted insiste en que no tengo la autoridad suficiente para hacerle recomendaciones, sepa que el domingo 18 de junio de 2006, Groupie, fue incluida en la lista The 50 greatest music books ever del periódico The Observer. ¿Y ahora? Ahora la calificación: Tres eÑes sobre cinco.


Más temprano que tarde me he resignado a la idea de ser un tipo redundantemente emocional, regido por banales insistencias. Y sí… y si esto, aquello y lo demás. Los límites del control. Ya quisiera seguir rígidamente un algoritmo y ser lógicamente feliz, pero lógicamente eso está lejos de suceder. Al menos tengo un consuelo, el saber de la existencia de un diagrama que en el fondo nos une a usted y a mí; un diagrama de flujo en que «El origen es la meta» —cosa que podría haber dicho Karl Kraus parafraseando a El Papirri, ¿no?.

El párrafo anterior —lo crea o no— tiene por objeto introducirlo a usted en la vida y obra de un escritor, y en lo personal encontrar un justificativo para la relectura de una novela sobre la que existe muy poca información.

The limits of control es el nombre de la película que me llevó a adquirir un libro. No voy a elogiar tácitamente a la película, de eso ya se han encargado otros. Utilizo tal como referencia ya que en ella se habla de Escenas de la vida bohemia de Henri Murger, libro que dio origen al término bohemio; por fin, por fin encontré al culpable de que —durante un tiempo— algunos amigos me tildasen de “bohemio”. Así una cosa llevó a la otra. Busqué el libro sin resultado alguno, semanas después me olvidé del asunto, eso hasta que tuve en mis manos El barrio latino o Claude et Marianne de Henri Murger, traducido por Agustín Natal, no lo pensé dos veces —algo es algo—, compré el libro.

Llegar a la página 15 y encontrarse con personajes que recuerdan a los carneros de Panurgo es una invitación a seguir leyendo muy difícil de rechazar. El barrio latino gira en torno a la parábola de Rabelais, a la cita de Karl Kraus compartida líneas arriba, al mito de la caverna de Platón, a los cuentos La verdad de Henry Troyat y El otro de Jorge Luis Borges, a «Vanitas vanitatum omnia vanitas» pasaje de Eclesiastés y en torno a la deplorable condición humana de acostumbrarnos a todo tarde o temprano.

Al cuidarte ha sabido tu amor por otra y te ha adorado; todo esto es muy sencillo y natural; y como su corazón ama por primera vez, es posible que al salir de aquí se vaya a tirar al río. Y si ella no va, intento del que trataré, por cierto de disuadirla, dado caso de que tal pensara, llegará el día en que los demás se tiren a él por causa suya.

El barrio latino es una novela romántica cuyo argumento es el siguiente: Claudio, un joven provinciano es enviado por su tutor a París para estudiar medicina y una vez graduado regresar y casarse con su prometida, sin embargo en París termina reencontrándose con una amiga de infancia, Mariana, que ha sobrevivido a los desengaños de la vida y del amor, misma que se sirve de Claudio para justificar sus actos para con todos los hombres y sin proponérselo hace dudar a Claudio de sus aspiraciones y sentimientos —al punto de dejarle en claro que los discursos se agotan para dar paso a los hechos, de recordarle que tantos preludios solo sirven para tomar un respiro y que los finales memorables no existen.

—Hija mía, “siempre” es la divisa de los amantes y “jamás” la de los borrachos. “¡Siempre!” es una mentira eterna que todos decimos con la mayor sinceridad. “Siempre”, es una letra firmada por el entusiasmo y protestada por el olvido.

El barrio latino o Claude et Marianne es a la fecha una de mis novelas favoritas. Siento que comprarla, leerla y releerla no ha sido una pérdida de tiempo, espero decir lo mismo de Escenas de la vida bohemia —que por cierto ya tengo en manos gracias a Daniel Averanga.

¿La calificación? Cinco eÑes sobre cinco, tomando en cuenta las imágenes hechas símbolos, los cambios en las voces narrativas que destacan por su sutileza, lo mismo las elipsis en los últimos capítulos, los detalles de estilo, los diálogos ásperamente románticos, el hacer de un argumento desgastado algo memorable, el juego con los pronombres y la creación de un personaje como Mariana o Marietta. Dicen por allí que lo malo de los artistas es cuando son masoquistas. No sé usted, a mí no me cabe duda alguna.


Segundos después de haber leído la novela más vendida en la historia de la literatura chilena, crucé los brazos sobre mi pecho y no se me ocurrió otra cosa que decir «¿Cuál será la novela más vendida en la historia de la literatura boliviana?».

Lo sé, comunicar públicamente “tan memorable suceso” puede causar:

A. Que usted ponga en duda mis conocimientos literarios.
B. Que usted solicite la asignación de otra persona para la elaboración de reseñas en este espacio.
C. Que llene el espacio punteado con su opinión ………………..........................
D. Todas las anteriores.

Conversando con algunos amigos me enteré de que acá en Bolivia contadísimos son los novelistas que en vida lograron vender poco más de veinte mil ejemplares de alguno de sus libros. ¿Cuán cierto será?

Continúo.

Revisando en la biblioteca familiar tropecé con una novela corta que hace años superó el millón de ejemplares vendidos en el país vecino; Palomita blanca de Enrique Lafourcade.

Tal vez y solo tal vez, el éxito de Palomita Blanca —llevada incluso al cine— se deba a la problemática a la que se ven expuestos sus protagonistas, dos adolescentes —Maria y Juan Carlos— poco antes de los comicios electorales de 1970 y durante los primeros meses de la presidencia de Salvador Allende. Aunque quién sabe… tal vez y sólo tal vez, el éxito se debe a su lectura obligada en los colegios de Chile.

- Este es Bob Dylan - me explicó.
- ¡Ah! - le dije.
- ¡Y este es Jimmy Hendrix! ¡El descueve!
Yo no conocía a nadie.
Y me mostró a otros, la Joan Báez y la Judy Collins, pero volvió a decirme que Hendrix era la muerte.
- ¿No tienes a Manzanero?
- No.
- ¿No te gusta?
- No lo conozco.
Yo me reí, contenta. Había algo que Juan Carlos no conocía. Yo iba a tratar de que conociera a Manzanero. Estaba segura de que apenas lo escuchara...
- Es como romántico - le dije-. No sé si te va a gustar.

Novela corta que rescata la jerga criolla y popular de aquel entonces. Novela de encuentros y desencuentros entre «momios» —descalificativo aplicado a los miembros de la derecha— y «upelientos» —descalificativo aplicado a los que apoyaban a Allende. Libro en que el lector encontrará amores adolescentes, hippismo, religiones y sectas, diferencia de clases, enfrentamientos político-partidarios, incomprensión entre padres e hijos, desilusiones, drogas; un retrato de la sociedad chilena de finales de los 60 e inicios de los 70.

…salió la vieja, mi mamá, más curada que nunca, cochina, como si se hubiera caído al barro, y nos empezó a insultar y no quiso dejar entrar ni al doctor, y la meica estaba en la puerta, con una lata llena de hierbas que echaban humo, y mi mamá gritaba: ¡Un angelito! ¡Un angelito! ¡Para Allende, momios culiados! ¡Alessandristas culiados! - gritaba.

Yo no paré de llorar hasta la casa. Al día siguiente traté de ir de nuevo y no me dejaron. En la Posta, donde pidieron el certificado, el doctor Briceño nos contó... parece que el niño había comido muchos tallarines crudos... Yo ni siquiera supe dónde lo enterraron. Porotito era tan lindo. Tenía un caballo que le había regalado para la Pascua, un palo de escoba con una cabeza de caballo.

Personalmente noté altibajos durante su lectura. Pero no por eso voy a ignorar algunos detalles. Palomita blanca curiosamente fue escrita con el objetivo de demostrarle a Octavio —uno de los hijos de Enrique Lafourcade— lo equivocado que estaba cuando aseguraba que su padre no lo entendía; a decir de su autor Palomita blanca «fue escrita en dos semanas». Lo que más llamó mi atención en la novela de Lafourcade fue el manejo de un recurso paratextual que, para ser sincero, no había visto anteriormente; cada uno de sus capítulos lleva un epígrafe a manera de título. Epígrafes que respetan el orden de la letra de una canción, que respetan la letra de la vidalita “A una paloma” de Daniel Viglietti.

Pero, al día siguiente, que era diecinueve de Octubre, no llegó. Lo esperé todo el día, me pasé, afuera, en la puerta, y estuve hasta, más de las diez de la noche, que mi madrina estaba furiosa, y pasaba rezando porque decía que yo me iba a perder, que no podía llegar tan tarde como anoche que había llegado como a las tres de la mañana, que ya no iba al colegio y que ahora, que parecía que se iba a acabar el mundo con todas las concentraciones y bombas y la radio que parecía que iba a estallar la revolución, y que cualquier noche, le traían muerta a su niña, me decía, y yo no podía explicarle nada, lo único que le dije es que tuviera confianza en mí, que todo se iba a arreglar le dije, me abracé a ella y dije que me creyera, que yo ahora era tan feliz, y anduve todo el día cantando esa canción de Manzanero que decía "Cuando estoy contigo, no siento el fracaso" y que decía "todo lo que tengo, lo encuentro en tus brazos" y la iba repitiendo una vez y otra mientras planchaba los pantalones, los bluyines y corría afuera a ver si Juan Carlos aparecía y volvía a pensar cuando me dijo que quería casarse conmigo, que no había nadie como yo, que yo era de él (…).

Pero, Juan Carlos no vino.

La historia del amor inocente e ingenuo, la de las promesas que se hacen las parejas jóvenes e inexpertas.

¿La calificación? Tres eÑes sobre cinco, tomando en cuenta el argumento, personajes, los diálogos, el estilo y la originalidad del recurso paratextual. Algunas cosas llegan a destiempo, como Palomita blanca, leerla de adolescente de seguro me hubiese encantado.

Días después de su presentación en la decimosexta versión de la Feria Internacional del Libro (de La Paz, Bolivia), compré "Lluvia de piedra", novela que obtuvo Mención de Honor en el XII Premio Nacional Alfaguara de Novela. Fue durante una de las esporádicas visitas de Rodrigo Urquiola Flores a mi qhatu librero, fue después de devolverle el saludo y de disculparme por no haber asistido a la presentación de su libro, fue después de haber leído "Eva y los espejos"; mucho después de haber escrito una reseña en la que dije "ando esperando a su segundo libro".

"Lluvia de piedra" no es una novela corta que se lee de un tirón. Exige concentración, exije relectura. En lo personal comencé a leerla un fin de semana en la comodidad de mi cama y terminé leyéndola/releyendola en el minibus.

Sus dos partes, conformadas por capítulos de numeración ascendente y descendente, albergan a un montón de joyitas. Por ejemplo: Los cuadros que Esteban pinta con su imaginación. La melancolía de esas aguas marinas tan propias como ajenas. La incredulidad, la indecisión, la resignación de Esteban. La manifestación y el dominio de las personalidades múltiples. El sentimiento de culpa tardío. Lo onírico en la sucesión de los acontecimientos. Esa lluvia que no para, allá, donde solo Esteban decidió regresar.

Quiso saber cómo se veía su propia silueta de espaldas para notar las diferencias que existían en su actual manera de caminar respecto a la de los años juveniles: no pudo imaginarlo sino a través de la misma Rosario. Lo que vio en su imaginación lo desconsoló.

El argumento es simple, Esteban decide volver a La Paz después de cuarenta años viviendo en Antofagasta. Es recibido por Marianela, la novia que murió antes de su partida. Esteban vuelve a la casa de su abuela, a una edificación casi en ruinas, junto a Marianela. Marianela aparece y desaparece, aparece y desaparece y con tales apariciones y desapariciones confunde a Esteban. Esteban no se decide, no sabe si volver a Antofagasta o reconstruir la casa, finalmente opta por lo segundo. Esteban pierde conciencia de sus actos, eso hasta que otro Esteban, uno más seguro de sí mismo toma su lugar. Esteban nota que la casa cobra vida, que la casa es una analogía de su vida, una vida derruida pero decidida a enmendarse. Sin embargo la voluntad de Esteban no basta frente a una lluvia que no se detiene, una lluvia que ha debilitado los cimientos de su casa y de su vida.

El arroz sin embargo, le sabía a lluvia. Los pedazos de pollo también. La ensalada era agua misma. A pesar de esto, el alimento logró satisfacer su hambre.

En “Lluvia de piedra” el lector encontrará realismo fantástico y onirismo, acontecimientos terroríficos asumidos con resignación por Esteban. Esteban, un monstruo patético, un agonizante fantasma de carne y hueso frente al enérgico fantasma de una persona muerta. Esteban, un anciano que llora en sincronía con una lluvia que no quiere parar, un anciano que quiere pagar por sus pecados pero no tiene con qué.

Distraído por estos pensamientos, no vio que una piedra estaba a punto de caer sobre otra donde estaba apoyado un dedo suyo, y cuando cayó, quiso gritar de dolor pero se contuvo con todas las fuerzas de que era capaz, apretó los labios y cerró su garganta. Atrapó el grito que dio miles de vueltas veloces y violentas por su cabeza y fue a enterrarse a sus oídos en forma del llanto de un bebé recién nacido.

Son las últimas páginas las que dan sentido a las más de cien anteriores, como en "La conjura de los necios" de Kennedy Toole. Los sucesos acontecen en una tétrica casa habitada por recuerdos, como en “Aura” de Fuentes.

—Solo quise reconstruir lo que yo mismo destruí —estaba diciendo Esteban—; retroceder como Marianela, en el tiempo de alguna forma, la única en la que puedo pensar. Solo eso. No lo logré.
—Lo sé. Lo sé todo. No te preocupes Ninguna voluntad puede reparar un error cometido. Uno tiene que entender que las cosas imposibles sí existen.

“Lluvia de piedra” me recordó que la indecisión solo prolonga la espera de lo inevitable. Me gustó, sí, pero no en la medida que hubiese deseado. La segunda parte “2. El descenso” está muy bien escrita, pero vaya que cuesta llegar hasta allí. Siento que Rodrigo quiso sorprender al lector con un desenlace a lo O. Henry, pero finalmente abusó de la tensión, al punto de segmentar la atención del lector. Nos presentó un borrador final. Terminó escribiendo un cuento largo con un personaje principal muy bien elaborado pero con personajes secundarios de relleno. Tal vez por la presión de tener que presentar su texto en el plazo establecido por las bases del concurso. O quien sabe, tal vez el del problema soy yo. Aún así, a la fecha, no puedo guardar mi parecer; me quedo con el escritor de cuentos de "Eva y los espejos".

—Por suerte ha dejado de llover —le decía una anciana a una jovencita— la lluvia excesiva siempre perjudica los sembradíos.

Ojalá Rodrigo algún día retome “Lluvia de piedra” y la afine, porque detalles rescatables no le faltan. O sino que simplemente me mande a donde mejor le parezca, allá donde merecen ir los que solo saben escribir reseñas.

Mi calificación, tres eÑes sobre cinco.



El miércoles 17 de noviembre del 2010, se presentó en la Cinemateca Boliviana el libro "Gritos Demenciales", compilación de cuentos de terror realizada por Daniel Averanga y William Camacho. Mi presencia, entre otras cosas, se debió a la invitación de Daniel, quién incluyó en la antología a un cuento mío, "Bajo presión a los veinte años".

Ni bien tuve "Gritos demenciales" terminé sorprendido al ver a Adolfo Cárdenas Franco, Homero Carvalho Oliva, Jaime Nisttahuz, Edmundo Paz Soldán, Guillermo Augusto Ruiz y Manuel Vargas incluidos dentro la antología, esto por la trayectoria a nivel nacional, y en algunos casos mundial de dichos escritores.

Pasando por sus páginas mi estado de ánimo cambió como siempre; aburrido-indiferente-impresionado.

A la fecha, no he leído muchos cuentos de terror, a más algunos de Edgar Allan Poe, Roald Dahl, Anton Chéjov, Carlos Fuentes y Mempo Giardinelli. También he encontrado al terror dentro algunas novelas pero solo como recurso.

En la presentación de "Gritos demenciales" gracias a Mauricio Rodriguez y Daniel Averanga me dí cuenta de lo desdeñada que es la literatura de este tipo en el país, y eso que morbo es lo que menos nos falta, pero nada, es morbo es de otro tipo. En Bolivia, la coyuntura sociopolítica y socioeconómica y los problemas de cada hogar impiden la atención a este tipo de literatura, y peor aún, a la literatura en general.

El libro ha sido dividido, de forma muy acertada, en tres partes. "Primera parte: Lo terrenal", "Segunda parte: El umbral", "Tercera parte: Lo sobrenatural". Dato que sirve para retornar a lo comunicado en el anterior párrafo. ¿Será que el boliviano es tan terrenal? No queda más que inclinarme ante esta posibilidad, y más aún cuando encuentro quince relatos en la "Primera parte: Lo terrenal" de "Gritos Demenciales" y no más de diez en la segunda y ocho en la tercera.

Reacciones histéricas que terminan en actos delictivos, locura descubierta a destiempo, interpretaciones de la realidad, un futuro probable y a la vez incierto; eso es lo que uno puede encontrar en la "Primera Parte: El umbral" de "Gritos demenciales".

Encuentros momentaneos con hechos incomprensibles que transforman vidas, finales abiertos, el mito de Sísifo; eso pude encontrar en la "Segunda Parte: El umbral".

Mundos paralelos, mitos rurales, recuerdos que atormentan, íncubos, fantasmas, vida en la muerte y canibalismo; eso encontrarás en la "Tercera Parte: Lo sobrenatural".

Estilos para todos los gustos, la más grande limitante para opinar como lector respecto a la antología, variedad también en la capacidad de los escritores para comunicar algo. Sin embargo, eso no fue impedimento para descubrir y redescubrir a escritores, ésto para buscar sus libros y comprarlos o para esperar a por futuras publicaciones.

De los treinta y tres relatos de "Gritos demenciales" me gustaron once.: "Números aleatorios" de Ayda Ruth Carrillo, "Atisbo acusatorio" de Mitsuko Shimose, "Rendez-vous" de Gillermo Augusto Ruiz, "Sobre la comida en el mundo" de Fabricio Callapa, "Hoy Fricasé hoy" de Adolfo Cárdenas, "Sin título" de Ludwing Mamani, "Final de un espejo" de Jaime Nisttahuz, "A quien corresponda" de Willy Camacho, "El valiente" de Manuel Vargas, "Terror Vacui" de Cecilia Romero y "Encrucijada" de Manuel Vargas.

De los once que me gustaron. Me fascinaron -que da miedo- seis cuentos:

"Números aleatorios" de Ayda Ruth Carrillo. Obedecer al pie de la letra el deseo de todo hombre pero con un toque de interpretación personal. Matar al nuevo hombre para dar vida al viejo. Simplemente ¡genial!

"Rendez-vous" de Gillermo Augusto Ruiz. Dejar para el final el hecho de que eres un migrante, que no solo los europeos son perseguidos en Europa por lo diabólico, de que el diablo también es omniprescente.

"Hoy Fricasé hoy" de Adolfo Cárdenas. Un clásico escrito en 1980 que nos recuerda una cosa, la intensidad con la que siente la mujer de pollera, la chola paceña no perdona.

"A quien corresponda" de Willy Camacho. Un cuento que es prácticamente una Cinta de Möebus. Dicen que hay libros malditos, en este caso hablamos de es una carta maldita. Simplemente ¡genial!

"El valiente" de Manuel Vargas. "¡Quiero saber lo que es un alma!". Pero por andar bebido jamás pudo saber si su deseo fue atendido "Ahora voy a saber cómo se come esto". Simplemente ¡genial!

"Terror Vacui" de Cecilia Romero. La delgada línea entre la teoría y la práctica. Simplemente ¡genial!

¿Un puntaje? Cuatro eÑes sobre cinco, tomando en cuenta la combinación escritores noveles y reconocidos, argumentos de cada cuento, el trabajo de edición, estilos y personajes.

Es difícil sonar imparcial, cuando eres parte de algo. Pero igual me arriesgo. ¡Adquiéranlo!

Una crítica proveniente de alguien que no tiene ni la talla, ni los conocimientos metodológicos para hacer tal, puede interpretarse:

- Como un acto desatinado
- Como una provocación fruto del resentimiento.

La presente, querido lector, si, puede ser una acto desatinado, pero no una provocación fruto del resentimiento, no.

A mediados de este año, 2010, compré "Eva y los espejos" a su autor, Rodrigo Urquiola, quien en anteriores ocasiones visitó mi qhatu librero situado en el pasaje Marina Nuñez del Prado en la ciudad de La Paz; pero prometí además a Rodrigo, que después de leerlo, le haría llegar mis impresiones de forma escrita. Ese el leitmotiv del presente texto.

No voy a hacer una sinopsis de cada uno de los cuentos que componen a "Eva y los Espejos", Willmer Urrelo ya se ocupó de tal tarea.

No pude leer "Eva y los espejos" de un tirón, me tomó un sábado y un domingo. Por el orden en que se encuentran los cuentos fácilmente podía haber dejado el libro; por lo general dejo de leer una obra literaria si hasta la página 40 no ha despertado mi interés. Grave error hubiese sido el proceder como acostumbro, ya que con el avanzar de sus páginas mi opinión respecto al libro fue cambiando.

Si hay algo que caracteriza a casi todos personajes en los cuentos de Rodrigo Urquiola son la ausencia de una figura paterna o materna; o no se conoció al padre o la madre, o uno de los dos está muerto, o nunca se derribaron los linderos que impiden el establecimiento de una relación afectiva. Son personajes tristes, decadentes, personajes esperando en el limbo, en espera de una respuesta, en espera de un final. Son personajes con problemas cotidianos, problemas existenciales. Personajes normales en mundos fantásticos. Gente común y corriente en medio de dos espejos que se miran frente a frente, reflejos, un mundo que está dentro de otro, y éste está dentro de otro, y éste está...

De los trece cuentos incluidos en el libro, seis me gustaron, y dos me gustaron mucho. Los seis cuentos que me gustaron fueron "Los caminos cerrados", "Viaje a las penumbras", "La puerta cerrada", "Ahora que estás junto a mi", "La distancia y la nada", "Eva y los espejos". Los cuentos que me gustaron mucho "Eva y los espejos" y "Ahora que estás junto a mi", éste último, debo confesarlo, ¡para mi es hermoso!, es el cuento que llevo años queriendo escribir, pero ya ven Rodrigo me ganó.

La narrativa de los siete cuentos que no me gustaron me sabe a un discurso reiterativo, una proporción de 60% relleno y 40% contenido. Tal vez porque Rodrigo es de esos narradores que se explayan como los clásicos, de manera ceremoniosa, es de aquellos que se toman su tiempo. Tal vez si, tal vez no.

No he podido clasificar a Rodrigo Urquiola, ¡y juro que lo he intentado! Lo que es si, recordé a "El agujero en la pared" de Rubem Fonseca, a "Artificios" y "El libro de arena" de Jorge Luis Borges gracias a los cuentos que me gustaron de "Eva y los espejos".

Los cuentos de Rodrigo Urquiola son como laberintos; por gracia divina se nos ha permitido ser espectadores, cómodamente sentados y a cientos de pies de altura. Eso, hasta que en alguno de sus cuentos el narrador pasa de la tercera a la primera persona.

¿Un puntaje? Tomando en cuenta argumento, estilo y personajes: cuatro eÑes sobre cinco.

¿A qué esperas para leerlo? Yo ya lo hice, y ando esperando a su segundo libro.

"Cuando Sara Chura despierte" de Juan Pablo Piñeiro.

Novela que compré hace casi un año y recién me puse a leer so pretexto de la proximidad del "Gran Poder". Novela producto de la ficción fantástica que invita a asistir a un reencuentro con el pasado panteísta andino, el requisito asumir el papel de un tejedor de pequeñas historias para hacerse del resultado de su conjunto. Una invitación cíclica, sin fin, esto ya que acudieron, acuden y acudirán a su llamado las almas efímeras que mantengan el imaginario de una visión de sociedad, en este caso la paceña.

Respecto a la narración varias veces cae en lo flojo, sin embargo no fue motivo para dejarlo. Está lleno frases geniales cual sus personajes, habitantes del área "rural" que terminan migrando a "la ciudad" de La Paz (un pajpacu cambia pieles, un cadáver postizo, un inventor amante de las causas perdidas, un chiflado postulante a presidente, un suicida filosófico entre otros). Al no ser un relato que sigue el tiempo de manera lineal permite su lectura a manera de un libro de cuentos, sí el lector lo lee en desorden puede quedarse con el final y la historia que mejor le convenga.

Opinión fruto de una lectura rápida, así que no la tomen muy en cuenta.