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Publicado por Alexis Argüello Sandoval
Mi oficio es escribir, y yo lo conozco bien y desde hace mucho tiempo. Confío en que no se me entenderá mal: no sé nada sobre el valor de lo que puedo escribir. Sé que escribir es mi oficio. Cuando me pongo a escribir me siento extraordinariamente a gusto y me muevo en un elemento que me parece conocer extraordinariamente bien: utilizo instrumentos que me son conocidos y familiares y los siento bien firmes en mis manos. Si hago cualquier cosa, si estudio una lengua extranjera, si intento aprender historia, o geografía, o taquigrafía, o si pruebo a hablar en público, o a hacer punto, o a viajar, sufro y me pregunto continuamente cómo hacen los otros estas mismas cosas, me parece siempre que debe haber una forma buena de hacer estas mismas cosas que los demás conocen y es desconocida para mí. Y me parece que soy sorda y ciega, y siento como una náusea en el fondo de mí. Cuando escribo, por el contrario, no pienso nunca que quizá hay una forma mejor de la que se sirven los otros escritores. Entendámonos: yo sólo puedo escribir historias. Si intento escribir un ensayo de crítica o un artículo para un periódico, de encargo, me va bastante mal. Lo que entonces escribo lo tengo que buscar fatigosamente como fuera de mí. Puedo hacerlo un poco mejor que estudiar una lengua extranjera o hablar en público, pero sólo un poco mejor. Y tengo siempre la sensación de estafar al prójimo con palabras que tomo prestadas o que robo aquí y allá. Y sufro y me siento exiliada. Por el contrario, cuando escribo historias soy como alguien que está en su tierra, por caminos que conoce desde la infancia y entre los muros y los árboles que son suyos. Mi oficio es escribir historias, cosas inventadas o cosas que recuerdo de mi vida, pero, en cualquier caso, historias, cosas en las que no entra la cultura, sino sólo la memoria y la fantasía. Éste es mi oficio, y lo haré hasta que muera. Estoy muy contenta de este oficio y no lo cambiaría por nada del mundo. Comprendí que era mi oficio hace mucho tiempo. Entre los cinco y los diez años aún dudaba, y un poco imaginaba que podría pintar, otro poco que conquistaría países a caballo y otro poco aún que inventaría nuevas máquinas muy importantes. Pero desde los diez años lo he sabido ya siempre, y estaba atareada a todas horas haciendo novelas y poesías. Todavía tengo aquellas poesías. Las primeras son toscas y con versos equivocados, pero bastante divertidas; y, sin embargo, a medida que pasaba el tiempo iba haciendo poesías cada vez menos toscas, pero cada vez más aburridas y estúpidas. Yo no lo sabía, sin embargo, y me avergonzaba de las poesías torpes, pero las que no eran tan torpes e idiotas me parecían más bonitas, siempre pensaba que un día u otro algún famoso poeta las descubriría y haría que las publicaran, y que escribiría largos artículos sobre mí; imaginaba palabras y frases de estos artículos y, en mi interior, los escribía yo enteros. Pensaba que ganaría el Premio Fracchia. Había oído decir que era un premio para escritores. Como no podía publicar en volumen mis poesías, dado que no conocía entonces a ningún poeta famoso, las volvía a copiar cuidadosamente en un cuaderno y dibujaba una florecita en la portada, y hacía el índice y todo. Me resultaba ya muy fácil escribir poesías. Escribía casi una al día. Me había dado cuenta de que si no tenía ganas de escribir bastaba que leyera poesías de Pascoli, o de Gozzano, o de Corazzini, para que inmediatamente me entraran ganas. Me salían pascolianas, gozzanianas o corazzinianas, y luego, al final, muy dannunzianas, cuando descubrí que existía también este poeta. No obstante, no pensaba nunca que escribiría poesías toda la vida: quería escribir novelas más pronto o más tarde. En aquellos años escribí tres o cuatro. Una se titulaba Märion o La Gitanilla, otra Molly y Dolly (humorística y policíaca) y otra Una mujer (dannunziana, escrita en segunda persona: la historia de una mujer abandonada por el marido; me acuerdo de que había también una cocinera negra), y, más tarde, otra muy larga y complicada con historias terribles de muchachas raptadas y de carrozas, que me daba miedo hasta de escribirlo cuando estaba sola en casa: no recuerdo nada, sólo recuerdo que había una frase que me gustaba muchísimo y que hizo que se me saltaran las lágrimas al escribirla: «Él dijo: ¡Ah! ¡Isabel se va!». El capítulo terminaba con esta frase, que era muy importante, pues la pronunciaba el hombre que estaba enamorado de Isabel, pero que no lo sabía, pues todavía no se lo había confesado a sí mismo. No recuerdo nada de este hombre, me parece que tenía una barba rubia: Isabel tenía largos cabellos negros con reflejos azules, no sé nada más; sólo sé que durante mucho tiempo me daba un escalofrío de alegría cuando repetía para mí la frase: «¡Ah! ¡Isabel se va!» También repetía a menudo una frase que había encontrado en una novela del apéndice del diario «Stampa», frase que decía así: «Asesino de Gilonne, ¿dónde has metido a mi hijo?». Pero de mis novelas no me sentía tan segura como de mis poesías. Al releerlas descubría en ellas siempre un aspecto débil, algo equivocado que lo estropeaba todo y que me era imposible modificar. Entre tanto, mezclaba un poco lo moderno y lo antiguo, sin lograr situarlas bien en el tiempo: había conventos y carrozas, y un aire de Revolución francesa, y también un poco de policías con porras; y, de pronto, aparecía una pequeña burguesía gris con máquinas de coser y gatos, como se ve en los libros de Carola Prosperi, que no pegaba con las carrozas y los conventos. Vacilaba entre Carola Prosperi y Víctor Hugo y las historias de Nick Carter: no sabía muy bien lo que quería hacer. Me gustaba muchísimo también Annie Vivanti. Hay una frase en los Devoradores, cuando ella escribe al desconocido y le dice: «Mi vestido es marrón». También ésta es una frase que he repetido mucho tiempo para mí. Durante el día murmuraba para mí estas frases que me gustaban tanto: «Asesino de Gilonne», «Isabel se va», «mi vestido es marrón», y me sentía inmensamente feliz.
Escribir poesías era fácil. Mis poesías me gustaban mucho, me parecían casi perfectas. No comprendía qué diferencia había entre ellas y las poesías verdaderas, ya publicadas, de los verdaderos poetas. No comprendía por qué cuando se las daba a leer a mis hermanos, soltaban la carcajada y me decían que sería mejor que me pusiera a estudiar griego. Pensaba que quizá mis hermanos no entendían nada de poesía. Y, mientras, tenía que ir a la escuela, y estudiar griego, latín, matemáticas, historia, y sufría mucho y me sentía en exilio. Me pasaba los días escribiendo mis poesías y copiándolas en los cuadernos, y no estudiaba las lecciones, y entonces ponía el despertador a las cinco de la mañana. El despertador sonaba, pero yo no me despertaba. Me despertaba a las siete, cuando ya no tenía tiempo para estudiar y tenía que vestirme para ir a la escuela. No estaba contenta, tenía siempre un miedo tremendo y una sensación de desorden y de culpa. Estudiaba en la escuela: la historia, en la hora del latín; el griego, en la hora de historia, y así siempre, de modo que no aprendía nada. Durante bastante tiempo pensé que valía la pena, porque mis poesías eran muy bonitas, pero un buen día me entró la duda de que no fueran tan bonitas, y empecé a aburrirme al escribirlas, a buscar los temas con esfuerzo, y me parecía que había acabado ya todos los temas posibles, que había usado ya todas las palabras y las rimas: esperanza-lontananza, pensamiento-viento, misterio-cementerio, añoranza-esperanza. No encontraba ya nada que decir. Entonces comenzó un período muy malo para mí, y me pasaba las tardes manoseando palabras que no me daban ya ningún placer, con una sensación de culpa y de vergüenza respecto a la escuela; jamás me pasaba por la cabeza que me hubiera equivocado de oficio: escribir, quería escribir, sólo que no comprendía por qué de pronto los días se me habían hecho tan áridos y pobres de palabras.
La primera cosa seria que escribí fue un relato. Un relato breve, de cinco o seis páginas: me salió como por milagro, en una noche, y cuando me fui a dormir estaba cansada, aturdida, estupefacta. Tenía la impresión de que era algo serio, lo primero que había hecho hasta entonces: las poesías y las novelas con muchachas y carrozas me parecían de repente muy lejanas, de una época desaparecida para siempre, criaturas ingenuas y ridículas de otra edad. En este nuevo relato había personajes. Isabel y el hombre con la barba rubia no eran personajes: yo no sabía nada de ellos salvo las frases y palabras de que yo me había servido respecto a ellos, y estaban confiados al azar y al capricho de mi voluntad. Las palabras y las frases de que me había servido, con ellos las había cogido casualmente: era como si hubiese tenido un saco y hubiera sacado de él, ahora una barba, luego una cocinera negra o cualquier otra cosa que se pudiera usar. Esta vez, por el contrario, no había sido un juego. Esta vez había inventado personas con nombres que no me habría sido posible cambiar: nada de ellos habría podido cambiar, y sabía una cantidad de detalles suyos, sabía cómo había sido su vida hasta el día de mi relato, aunque en mi relato no había hablado de ella porque no había sido necesario. Y lo sabía todo sobre la casa, sobre el puente, sobre la luna, sobre el río. Tenía diecisiete años entonces, y me habían suspendido en latín, en griego y en matemáticas. Había llorado mucho al saberlo. Pero ahora que había escrito el cuento, sentía un poco menos de vergüenza. Era verano, una noche de verano. La ventana estaba abierta al jardín y volaban mariposas oscuras en torno a la lámpara. Había escrito mi cuento en papel cuadriculado, y me había sentido más feliz que nunca en toda mi vida y rica de pensamientos y de palabras. El hombre se llamaba Maurizio; la mujer, Anna; y el niño se llamaba Villi, y también estaban el puente, la luna y el río. Estas cosas existían en mí. Y el hombre y la mujer no eran ni buenos ni malos, sino cómicos y un poco miserables, y me parecía entonces descubrir que así debía ser siempre la gente en los libros, cómica y miserable a la vez. Aquel cuento me parecía bello lo mirara por donde lo mirara: no había ningún error, todo sucedía a su tiempo, en el momento oportuno. Me parecía ya que podría escribir millones de cuentos.
Y, verdaderamente, he escrito un cierto número de cuentos, a intervalos de uno o dos meses, alguno bastante bello y otros no. Y he descubierto que uno se cansa cuando escribe algo en serio. Es mala señal si uno no se cansa. Uno no puede esperar escribir algo en serio así a la ligera, como con una mano solo, alegremente, sin molestarse apenas. No se puede salir del paso como si tal cosa. Uno, cuando escribe algo serio, se mete dentro de ello, se hunde en ello hasta los ojos; y si tiene sentimientos muy fuertes que inquietan su corazón, si es muy feliz o muy infeliz por alguna razón, digamos terrestre, que no tiene nada que ver con lo que está escribiendo, entonces, si lo que escribe vale y es digno de vivir, cualquier otro sentimiento se adormece en él. No puede esperar conservar intacta y fresca su cara felicidad, o su cara infelicidad; todo se aleja y se desvanece, y se queda sólo con su página, ninguna felicidad y ninguna infelicidad puede subsistir en él que no esté estrictamente ligada con esta página suya: no posee otra cosa y no pertenece a nada más, y si no le sucede así, entonces es señal de que su página no vale nada.
He escrito, pues, breves cuentos durante un cierto período, un período que ha durado aproximadamente seis años. Como había descubierto que existían los personajes, me parecía que tener un personaje bastaba para hacer un cuento. Así, siempre estaba a la caza de personajes, estudiaba a la gente en el tranvía y por la calle, y cuando encontraba una cara que me parecía apropiada para entrar en un cuento, tejía en torno a ella particularidades morales y una pequeña historia. Estaba a la caza también de detalles del vestir y del aspecto de las personas, o de los interiores de las casas, o de los lugares; si entraba en una habitación por primera vez, me esforzaba por describirla mentalmente y me esforzaba por encontrar algún menudo detalle que fuera bien en un cuento. Tenía un cuadernito en el que escribía ciertos detalles que había descubierto o leves comparaciones o episodios que me prometía poner en los cuentos. En el cuadernito, por ejemplo, escribía: «Él salía del baño arrastrando detrás, como una larga cola, el cordón del albornoz»; «¡Cómo apesta el retrete en esta casa! ―le dijo la niña―. Cuando vengo, nunca respiro ―añadió tristemente»; «Sus rizos como racimos de uvas»; «Mantas rojas y negras sobre la cama deshecha»; «Cara pálida como una patata pelada». Sin embargo, he descubierto que difícilmente estas frases me servían cuando escribía un cuento. El cuadernito se convertía en una especie de museo de frases, todas cristalizadas y embalsamadas, muy difícilmente utilizables. He tratado infinitas veces de meter en algún cuento las mantas rojas y negras o los rizos como racimos de uvas, pero no lo he logrado. El cuadernito, pues, no podía servir. Comprendí, entonces, que en este oficio no existe el ahorro. Si uno piensa: «Este detalle es bonito y no quiero estropearlo en el cuento que estoy escribiendo ahora: aquí ya hay muchas cosas buenas; me lo guardaré para otro cuento que voy a escribir», entonces, ese detalle, se cristaliza en su interior y ya lo puede utilizar. Cuando uno escribe un cuento, debe poner en él lo mejor de lo que posee y de lo que ha visto, lo mejor de todo lo que ha recogido en su vida. Y los detalles se gastan, se deterioran si se llevan con uno sin utilizarlos durante mucho tiempo. No sólo los detalles, sino todo, todos los hallazgos y las ideas. En la época en que escribía mis cuentos breves, con la afición a los personajes bien captados y a los detalles minuciosos, en aquella época vi pasar una vez por la calle un carro que llevaba un espejo, un gran espejo con marco dorado. Se reflejaba en él el cielo verde del atardecer, y yo me paré a mirarlo mientras pasaba, con una gran felicidad y la sensación de que ocurría algo importante. Me sentía muy feliz incluso antes de ver el espejo, y de pronto me pareció que pasaba la imagen de mi propia felicidad, el espejo verde y brillante en su marco dorado. Durante mucho tiempo pensé que lo metería en cualquier cuento, durante mucho tiempo recordar el carro con el espejo encima despertaba en mí ganas de escribir. Pero jamás he logrado meterlo en nada y, en cierto momento, me di cuenta de que había muerto dentro de mí. Y, sin embargo, ha sido muy importante. Porque en la época en que escribía mis cuentos breves me detenía siempre en personas y cosas grises y tristes, buscaba una realidad despreciable y sin gloria. En ese gusto que entonces tenía de rebuscar menudos detalles había una malignidad por parte mía, un interés ávido y mezquino por las cosas pequeñas, pequeñas como pulgas, había una obstinada y chismosa búsqueda de pulgas por parte mía. El espejo sobre el carro me pareció que me ofrecía nuevas posibilidades, quizá la facultad de mirar una realidad más gloriosa y brillante, una realidad más feliz, que no exigía minuciosas descripciones y hallazgos astutos, sino que podía realizarse en una imagen resplandeciente y feliz.
En esos breves cuentos que escribía entonces había personajes a los que, en el fondo, yo despreciaba. Como había descubierto que es bonito que un personaje sea miserable y cómico, a fuerza de comicidad y de conmiseración los convertía en seres tan despreciables y carentes de gloria que ni siquiera yo podía amarlos. Aquellos personajes míos tenían siempre tics o manías o una deformidad física o un vicio un poco grotesco, tenían un brazo roto y colgado del cuello en un vendaje negro, o tenían orzuelos, o eran balbucientes, o se rascaban el culo al hablar, o cojeaban un poco. Siempre necesitaba caracterizarlos de alguna forma. Era para mí un medio de salvarme del temor de que resultaran inciertos, un medio de captar su humanidad, de la que, inconscientemente, dudaba. Porque entonces no comprendía ―pero en la época del espejo sobre el carro empezaba a comprenderlo confusamente― que no se trataba de personajes, sino de marionetas, bastante bien pintadas y parecidas a los hombres de verdad, pero marionetas. Al inventarlos, los caracterizaba inmediatamente, los marcaba con un detalle grotesco, y en esto había algo un tanto malvado, había en mí entonces como un resentimiento maligno respecto a la realidad. No era un resentimiento basado en algo vivo, porque yo era entonces una muchacha feliz, sino que nacía como reacción a la ingenuidad, se trataba de ese particular resentimiento que es la defensa de la persona ingenua, siempre inclinada a creer que le toman el pelo, ese resentimiento del campesino que acaba de llegar a la ciudad y ve ladrones por todas partes. Al principio me sentía orgullosa de él, porque me parecía un gran triunfo de la ironía sobre la ingenuidad y sobre esos abandonos patéticos de la adolescencia que tanto se veían en mis poesías. La ironía y la perversidad me parecían armas muy importantes en mis manos; me parecía que me servían para escribir como un hombre, tenía horror de que se comprendiera que era una mujer por las cosas que escribía. Creaba siempre personajes masculinos, para que estuvieran lo más lejanos y separados de mí que fuera posible.
Había llegado a ser bastante hábil en plantear un cuento, en eliminar de él todas las cosas inútiles, en hacer que los detalles y las conversaciones surgieran en el momento más oportuno. Hacía cuentos secos y lúcidos, bien llevados hasta el final, sin hinchar nada, sin errores de tono. Pero ocurrió que, en un cierto momento, me sentí harta. Las caras de las personas por la calle no me decían ya nada interesante. Unos tenían orzuelos, otros llevaban el sombrero echado hacia atrás, otros llevaban una bufanda en lugar de camisa, pero ya no me importaba nada de todo esto. Estaba harta de mirar a las cosas y a la gente y de describirlas mentalmente. El mundo callaba para mí. No encontraba ya palabras para describirlo, no tenía ya palabras que me produjeran gran placer. No poseía ya nada. Probaba a recordar el espejo, pero hasta esto estaba muerto en mí. Llevaba dentro de mí una carga de cosas embalsamadas, de rostros mudos y palabras de ceniza, de países y voces y gestos que no vibraban, que pesaban, muertos, sobre mi corazón. Y, luego, me nacieron hijos, y, al principio, cuando eran muy pequeños, no lograba comprender cómo se podía hacer para escribir teniendo hijos. No comprendía cómo podría separarme de ellos para seguir a un personaje dentro de un cuento. Había empezado a despreciar mi oficio. De vez en cuando sentía una desesperada nostalgia de él, me sentía exiliada, pero me esforzaba por despreciarlo y ridiculizarlo para ocuparme sólo de los niños. Creía que era esto lo que debía hacer. Me preocupaba de la papilla de arroz, de la papilla de cebada, de si había o no había sol, de si hacía o no hacía viento para llevar a los niños de paseo. Los niños me parecían demasiado importantes para que una se pudiera perder detrás de estúpidas historias, de estúpidos personajes embalsamados. Pero sentía una feroz nostalgia y algunas veces, de noche, casi lloraba recordando lo bonito que era mi oficio. Pensaba que volvería a él algún día, pero no sabía cuándo; pensaba que tendría que esperar a que mis hijos llegaran a hombres y se separaran de mí. Porque el que tenía entonces por mis hijos era un sentimiento que aún no había aprendido a dominar. Pero luego lo aprendí poco a poco. Y no tardé tanto como creía. Todavía preparaba el zumo de tomate y la sémola, pero mientras pensaba en las cosas que iba a escribir. Vivíamos entonces en un pueblo muy bonito, en el sur. Recordaba las calles de mi ciudad, y las colinas, aquellas calles y aquellas colinas se unían a las calles y a las colinas y a los campos del pueblo donde estábamos, y de todo ello nacía una naturaleza nueva, algo que yo podía amar de nuevo. Tenía nostalgia de mi ciudad, y la amaba mucho en el recuerdo, la amaba y comprendía su sentido como quizá no me había ocurrido cuando vivía en ella, y amaba también el pueblo donde estábamos, un pueblo polvoriento y blanco bajo el sol del sur, vastos prados de hierba áspera y seca se extendían bajo mis ventanas, y en el corazón soplaba con fuerza el recuerdo de los paseos de mi ciudad, de los plátanos y de las casas altas, y todo esto empezaba a arder alegremente en mi interior y sentía muchas ganas de escribir. Escribí un relato largo, el más largo de todos los que había escrito. Empezaba a escribir de nuevo como quien no ha escrito nunca, porque ya hacía mucho tiempo que no escribía, y las palabras estaban como lavadas y frescas, todo era de nuevo como intacto y lleno de sabor y de olor. Escribía por la tarde, cuando mis hijos estaban de paseo con una muchacha del pueblo; escribía con avidez y con alegría, y era un otoño bellísimo y yo me sentía cada día igualmente feliz. En el relato metía algunas personas inventadas y otras reales, del pueblo; y me salían ciertas palabras que allí decían siempre y que yo no sabía antes, ciertas imprecaciones y ciertos modos de decir: y estas nuevas palabras crecían y fermentaban y daban vida también a todas las demás viejas palabras. El personaje principal era una mujer, pero muy, muy diferente de mí. No deseaba ya tanto escribir como un hombre, pues había tenido niños, y me parecía que sabía muchas cosas sobre el jugo de tomate, y también que aunque no las pusiera en el relato, era útil de todas formas para mi oficio el que yo las supiera: de un modo misterioso y remoto hasta esto era útil para mi oficio. Me parecía que las mujeres sabían sobre sus hijos cosas que un hombre no puede saber jamás. Escribía mi relato muy deprisa, como con miedo a que se me escapase. Yo lo llamaba novela, pero quizá no era una novela. Por lo demás, hasta ahora siempre he escrito deprisa y cosas más bien breves: y creo que he llegado a comprender por qué. Porque tengo hermanos mucho mayores que yo y cuando era pequeña, si hablaba en la mesa, siempre me decían que me callara. De esta forma me había acostumbrado a decir siempre las cosas a toda prisa, precipitadamente y con el menor número posible de palabras, siempre con el temor de que los otros empezaran de nuevo a hablar entre sí y dejaran de escucharme. Puede que parezca una explicación un poco estúpida, pero seguramente ha sido así.
He dicho que, entonces, cuando escribía lo que yo llamaba una novela, era una época muy feliz para mí. No había ocurrido nunca nada grave en mi vida, ignoraba la enfermedad, la traición, la soledad, la muerte. Nada se había derrumbado en mi vida, a no ser cosas fútiles, nada caro a mi corazón me había sido arrancado. Había sufrido sólo las ociosas melancolías de la adolescencia y la contrariedad de no saber cómo escribir. Era feliz entonces de un modo pleno y tranquilo, sin miedo y sin ansia, y con una total confianza en la estabilidad y en la consistencia de la felicidad en el mundo. Cuando somos felices, nos sentimos más fríos, más lúcidos y distanciados de nuestra realidad. Cuando somos felices, tendemos a crear personajes muy distintos de nosotros, a verlos a la helada luz de las cosas ajenas, apartamos los ojos de nuestra alma feliz y satisfecha y los fijamos sin caridad en los otros seres, sin caridad, con un juicio burlón y cruel, irónico y soberbio, mientras la fantasía y la energía inventiva actúan con fuerza en nosotros. Con facilidad logramos hacer personajes, muchos personajes, fundamentalmente diversos de nosotros, y logramos hacer historias sólidamente construidas y como secadas a una luz clara y fría. Lo que nos falta entonces, cuando somos felices con esa especial felicidad sin lágrimas, sin ansia y sin miedo, lo que nos falta entonces es una relación íntima y afectuosa con nuestros personajes, con los lugares y las cosas que contamos. Lo que nos falta es la caridad. Aparentemente, somos mucho más generosos, en el sentido de que encontramos siempre la fuerza para interesarnos por los demás, para prodigar a los demás nuestros cuidados, no nos ocupamos tanto de nosotros mismos porque no tenemos necesidad de nada. Pero ese interés nuestro por los otros tan carente de afectuosidad no capta sino unos pocos aspectos bastante exteriores de su persona. El mundo tiene una sola dimensión para nosotros, está privada de secretos y de sombras, el dolor que nos es desconocido logramos adivinarlo y crearlo en virtud de la fuerza fantástica de que estamos animados, pero lo vemos siempre bajo esa luz estéril y fría de las cosas que no nos pertenecen, que no tienen raíces dentro de nosotros.
Nuestra personal felicidad o infelicidad, nuestra condición terrestre, tiene una gran importancia en relación con lo que escribimos. He dicho antes que uno, en el momento en que escribe, es empujado milagrosamente a ignorar las circunstancias presentes de su propia vida. Es así, en efecto. Pero el ser felices o infelices nos lleva a escribir de una u otra forma. Cuando somos felices, nuestra fantasía tiene más fuerza; cuando somos infelices, actúa de modo más vivaz nuestra memoria. El sufrimiento hace a la fantasía débil y perezosa; funciona, pero desganadamente y con languidez, con los débiles movimientos de los enfermos, con el cansancio y la cautela de los miembros dolientes y febriles; nos es difícil apartar la mirada de nuestra vida y de nuestra alma, de la sed y de la inquietud que nos llenan. En las cosas que escribimos afloran entonces continuamente recuerdos de nuestro pasado, nuestra propia voz resuena de continuo y no logramos imponerle silencio. Entre nosotros y los personajes que entonces inventamos, que nuestra fantasía languideciente logra a pesar de todo inventar, nace una relación especial, afectuosa y casi maternal, una relación cálida y húmeda de lágrimas, de una intimidad carnal y sofocante. Tenemos raíces profundas y dolientes en todos los seres y en todas las cosas del mundo, del mundo, que se ha vuelto lleno de ecos y de sobresaltos y de sombras, y nos liga a ellas una devota y apasionada compasión. Nuestro riesgo, entonces, es naufragar en un oscuro lago de agua muerta y estancada y arrastrar con nosotros a las criaturas de nuestro pensamiento, dejarlas perecer con nosotros en el remolino tibio y oscuro, entre ratones muertos y flores putrefactas. Hay un peligro en el dolor, así como hay un peligro en la felicidad, respecto a las cosas que escribimos. Porque la belleza poética es un conjunto de crueldad, de soberbia, de ironía, de ternura carnal, de fantasía y de memoria, de claridad y de oscuridad, y si no logramos obtener todo este conjunto, nuestro resultado es pobre, precario y escasamente vital.
Pero, cuidado: no es que uno pueda esperar consuelo de su tristeza escribiendo. Uno puede hacerse ilusiones de que el propio oficio le acaricie y le acune. Ha habido en mi vida interminables domingos desolados y vacíos, en los que deseaba ardientemente escribir algo para consolarme de la soledad y del aburrimiento, para ser acariciada y acunada por frases y palabras. Pero no ha habido medio de que me saliera una sola línea. Mi oficio, entonces, siempre me ha rechazado, no ha querido saber nada de mí. Porque este oficio no es nunca un consuelo o una distracción. No es una compañía. Este oficio es un amo, un amo capaz de darnos de latigazos hasta que nos salga sangre, un amo que grita y nos condena. Nosotros tenemos que tragarnos saliva y lágrimas, y apretar los dientes, y limpiarnos la sangre de nuestras heridas, y servirle. Servirle cuando él nos lo pide. Entonces, nos ayuda también a mantenernos de pie, a mantener los pies bien firmes en la tierra, nos ayuda a vencer la locura y el delirio, la desesperación y la fiebre. Pero quiere ser él el que mande, y se niega siempre a oírnos cuando le necesitamos.
Me ha sucedido conocer bien el dolor después de aquella época en que estaba en el sur, un dolor auténtico, irremediable, incurable, que ha destrozado toda mi vida, y cuando he probado a recomponerla de algún modo, he visto que mi vida y yo nos habíamos convertido en algo irreconocible respecto al tiempo anterior. Lo único que no había cambiado era mi oficio, pero es profundamente falso decir que él no había cambiado: los instrumentos seguían siendo los mismos, pero el modo en que los usaba era otro. Al principio lo detestaba, me producía horror, pero sabía muy bien que acabaría por volver a servirle y que me salvaría. Así, he llegado a pensar a veces que, al fin y al cabo, no he sido tan desgraciada en mi vida, y soy injusta cuando acuso al destino y le niego toda benevolencia para conmigo, pues me ha dado tres hijos y mi oficio. Por lo demás, no podría ni siquiera imaginar mi vida sin este oficio. Ha estado siempre ahí, ni por un momento me ha dejado jamás, y cuando lo creía dormido, su mirada vigilante y brillante seguía puesta en mí.
Así es mi oficio. Dinero, ya veis que no produce mucho; más aún, siempre hace falta trabajar al mismo tiempo en otro oficio para vivir. A veces también produce un poco, y obtener dinero gracias a él es una cosa muy dulce, es como recibir dinero y regalos de manos del ser amado. Así es mi oficio. Ya he dicho que no sé mucho sobre el valor de los resultados que me ha dado y que podrá darme; o, mejor, de los resultados ya obtenidos conozco su valor relativo, no absoluto, desde luego. Cuando escribo algo, en general pienso que es muy importante y que yo soy un gran escritor. Creo que les pasa a todos. Pero hay un rincón de mi espíritu en el que sé muy bien y siempre lo que soy, es decir, un pequeño, pequeño escritor. Juro que lo sé. Pero no me importa mucho. Sólo que no quiero pensar en nombres: he comprobado que si me pregunto: «un pequeño escritor, ¿como quién?», me entristece pensar en nombres de otros pequeños escritores. Prefiero creer que ninguno ha sido jamás como yo, por muy pequeño escritor que yo sea, aunque sea una pulga o un mosquito entre los escritores. Lo que es importante, sin embargo, es tener la convicción de que es precisamente un oficio, una profesión, algo que se hará por toda la vida. Pero, como oficio, no es una broma. Hay en él innumerables peligros además de los que he dicho. Estamos continuamente amenazados por graves peligros hasta en el acto mismo de redactar nuestra página. Hay el peligro de ponerse de pronto a coquetear y a cantar. Yo tengo siempre unas ganas locas de ponerme a cantar, y debo mantenerme muy atenta para no hacerlo. Y hay el peligro de estafar con palabras que no existen verdaderamente en nosotros, que hemos encontrado aquí y allá, al azar, fuera de nosotros y que reunimos con habilidad porque hemos llegado a ser bastante vivos. Hay el peligro de ser demasiado vivos y estafar. Es un oficio bastante difícil, ya lo veis, pero es el más bonito que existe en el mundo. Los días y las cosas de nuestra vida, los días y las cosas de la vida de los demás a que nosotros asistimos, lecturas, imágenes, pensamientos y conversaciones: se alimenta de todo esto y crece en nuestro interior. Es un oficio que se nutre también de cosas horribles, come lo mejor y lo peor de nuestra vida, a su sangre afluyen lo mismo nuestros sentimientos buenos que los malos. Se nutre de nosotros y crece en nosotros.

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Publicado por Alexis Argüello Sandoval
Las tesis del biografismo nuevo pueden sintetizarse a
través de las seis conferencias de André Maurois, publicadas en su libro
"Aspects de la Biographie", en pocas recetas, que enumeraré en forma
de otras tantas tesis:
“1º
Nadie nace héroe, sino que deviene héroe;
“2º
Sin embargo de devenir héroe, la vida de un héroe sigue un ritmo idéntico al
que no lo es;
“3º
El ritmo de una vida — y de una biografía — es cronológico;
“4º
No hay momentos señeros, ni instantes cumbres, sino simples resultantes de
procesos o explosiones de una personalidad reprimida, por lo cual el biógrafo
debe ser un buen observador de la vida cotidiana, un buen historiógrafo y un no
despreciable psicólogo;
“5º No
hay detalle perdido. Todo, lo más insignificante, lo más apreciable, lo
antipoético, debe ser utilizado;
“6º
Cada vida tiene uno o varios leitmotivs. En “Disraeli”, Maurois destaca las
flores, como Ludwig, en “Guillermo II”, la decoración fastuosa, como yo en mi “Don
Manuel, las madreselvas, etc.;
“7º
El biógrafo debe agotar la documentación para olvidarla en el momento de
producir, situándose, él, personalmente, en el papel del personaje, y
haciéndole hablar como él mismo hubiera hablado en semejantes circunstancias,
con idéntica ascendencia y en un medio igual”.
Con
estos sencillos preceptos — reductibles al primero— surge la biografía actual,
que es más novela que historia, y por eso mismo es mucho más historia que la
llamada historia.

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Publicado por Alexis Argüello Sandoval
No
leímos la Biblioteca
del Sesquicentenario, compuesta por apenas veinte títulos, 54000 ejemplares
impresos, algunos aún hallables. ¡¿Qué les hace pensar que leerémos 200
libros?!... Vale. Está bien. Me pongo del lado que más me conviene y cito a
Pitigrilli: «La sinceridad es un chaleco de fantasía con colores insolentes e
impúdicos, que los mal llamados sinceros ostentan en presencia de aquellos ante
los cuales no tienen nada que perder; pero cuando pueden llegar a ganar algo,
se abrochan la chaqueta con doble hilera de botones sobre el orgulloso chaleco
de fantasía de la sinceridad.» Confieso, entonces, que he leído Cántico traspasado de Oscar Cerruto y,
por ahora, señor Banzer, no diré más respecto de la Biblioteca del
Sesquicentenario, no escribiré más al respecto.
Si le ves el lado bueno, al menos
las primeras ediciones de esos libros habrán de costar más caro, me dice un
cliente. Y sonrío. Reviso los estantes del qhatu librero y encuentro títulos
que incluiría en la
Biblioteca del Bicentenario. Abro el navegador, reviso
algunos periódicos, hallo apenas un par de notas que hacen referencia a la
lista, no a su presentación. Sobre los
libros del Bicentenario (Página
Siete, 13 de diciembre): hago click en Cerrar. Envían carta sugiriendo incluir 14 títulos en la Biblioteca del
Bicentenario (Los Tiempos, 4 de
diciembre): click en siguiente pestaña. Las
20 obras que faltan en la
Biblioteca del Bicentenario (Página Siete, 21 de diciembre):
coincido con José Luis Saavedra sobre la inclusión de La máscara de piedra de Fernando Montes Ruiz y me hubiese encantado
que María Galindo sugiriese libros escritos por bolivianas, temáticos o no,
como los ensayos de Rosario Aquim Chávez, Virginia Ayllón o diarios como La Guerra del Chaco: Mi visita a las zanjas del Velo
de Laura Graciela de la Rosa Torres.
¿Queda algo por decir en el siguiente párrafo? Jorge Ibargüengoitia responde lo
siguiente: «Cada uno de nosotros deja tras de sí una estela de algo, que le
parece lo más natural, […] y que para los demás es mugre.»
No voy a hablar del número de obras por departamento.
De eso ya se ocuparon otros que, espero, no se hayan de ocupar en el
presente texto y más bien promuevan iniciativas similares en departamentos
y municipios, secciones y capitales de secciones de los que yo, como bien
suponen, no me puedo ocupar. En el caso de los libros escritos en lengua
originaria, lo mismo, casi no tengo qué decir (total, está la Antología de Literatura quechua/aymara/de tierras bajas), pero lo digo: El
premio Guamán Poma de Ayala, en su tercera versión ya, puede que con algo de
suerte, algo de trabajo, y algo de continuidad incida en darle la vuelta a la
situación actual, dejando no sólo escritores (previo registro y transcripción
de la tradición oral), sino también lectores de libros escritos en lengua
originaria (cosa que diría más de los avances en descolonización que la
publicación de libros sobre culturas milenarias escritos en castellano).
La lista me parece oportuna, pero también
oportunista, forzada. Faltando 10 años para el Bicentenario, ¿quién nos asegura
que lleguemos, quién asegura que vaya a llegar usted o yo? Siete de las
15 Novelas Fundamentales, parte de la Biblioteca del Bicentenario, ya son accesibles para
todo el que pase por el Ministerio de Culturas y Turismo; llegan ya, con
dificultades eso sí, pero llegan. Yo hubiese reunido a las 15 en un libro que
llevase por titulo Quince novelas
fundamentales (incluyendo, a manera de prólogo, los dos tomos de Historia Crítica de la Literatura Boliviana),
ya que de esta forma hubiese sido posible publicar 15 o 16 libros no fusionados
o, mejor aún, tendríamos EL-LI-BRO fusionado y, lejos de susceptibilidades,
hasta disminuiríamos el número de antologías a cargo de lecto(escrito)res que,
como todos, tienen deudas pendientes con colegas que les escribieron prólogos y
reseñas.
Repito: La lista me parece oportuna, pero también
oportunista, forzada. Refuerza más allá de buenas intenciones el estereotipo del
que «nuevos lectores entre 15 y 30 años de edad» (público objetivo de la
colección) quiere deshacerse. No sé ustedes, pero yo quiero creer que si bien
es imposible librarnos de estereotipos al menos podemos ampliar los horizontes
de tales, dejando de leernos entre los mismos, dejando de leer lo mismo,
alimentando el imaginario, enriqueciéndolo, no repitiéndolo, ya que en gran
parte son las lecturas desordenadas las que permitieron el florecimiento de
nuevas disciplinas y ramas del conocimiento.
Extraño en la lista la publicación
de la obra de bibliógrafos como Werner Guttentag, Arturo Costa de la Torre, Juan Siles Guevara, José
Rosendo Gutiérrez, Gunnar Mendoza (Gabriel René Moreno e Ismael Sotomayor
están), pero ese no es motivo suficiente para estrellarme contra el Comité de
Selección. Me pongo en su lugar, en el lugar del proscriptor, y confieso que
también me ha pasado. He recibido la visita de clientes que me piden les
sugiera un libro de determinadas características, y, lo pienso, lo pienso hasta
que encuentro que la respuesta ha llegado tarde, luego de haber dicho No se me
ocurre nada, perdiendo la oportunidad de decir algo más.
No faltarán los que hayan leído los 200 libros, o al
menos lo presuman. Yo no. Yo apenas puedo valerme del chisme (deporte
nacional). Decir que en el proceso de selección hubo la intención de eliminar a
la Comisión
de Literatura y Arte, y quizá con ello a 71 libros que son parte de la lista; que
los operadores de imprenta y los contables del Ministerio de Cultura y Turismo,
algunos recordarán lo que sucedió en la
FIL 2014, entregaron y distribuyeron dos títulos de la Biblioteca
Plurinacional mal compaginados; que, si no se ceden derechos,
algunos libros de la lista serán reemplazados por otros; que los libros por escribirse,
al no estar escritos, responderán en alguna medida a intereses revisionistas
del partido de gobierno en turno; que
aún no conocemos la metodología del proceso de selección de los libros, a cargo
de José Roberto Arze, pero nos gustaría
conocerla; que los lectores en formato digital esperan que los libros salgan en
formatos .mobi y .azw, y no sólo en .pdf; que exigen Apps para la
geolocalización de lectores de determinado título y el intercambio de notas; que
no hay libro inocente y, por ende, no hay lista de libros inocentes, pero así y
todo podemos estar de acuerdo con Raymond Williams en lo siguiente: «por
dominante que sea un sistema social, el verdadero sentido de su dominación
lleva consigo una limitación o selección de las actividades que abarca, de modo
que por definición no puede agotar toda la experiencia social, la cual, por
tanto, siempre deja sitio potencialmente para acciones e intenciones
alternativas que todavía no están articuladas como institución social o
siquiera como proyecto», o con Copi que, valiéndose de una errata de
nombre Gouri, nos dejó escrito lo siguiente: «era perdonable que los humanos
prácticamente no tuvieran memoria, dado el número de ellos que se ocupa de
escribir, pintar, esculpir, fotocopiar y grabar sus voces, hechos y actitudes,
mientras que la falta de memoria entre nosotras acarrearía inexorablemente la
extinción de nuestra especie. La
Reina era de la opinión de que los humanos desaparecerían de
la superficie de la tierra una vez hubiesen terminado de reproducirse
totalmente en objetos de arte que nosotras guardaríamos como recuerdo, como les
pasó a tantas bestias del terciario de las que no conservamos más que el molde;
Rakä, más optimista, les deseaba una vida en el mundo tan larga como la
nuestra, aunque, dado el estado de torpeza al que los conduce la falta de
memoria, dudo mucho que eso sea posible.»
Como todo comentarista eventual, lo sé, con el fin
del presente texto me olvidaré del asunto esperando, como máximo, esmero en la
impresión y distribución de los libros que, quiérase o no, terminarán cayendo
en nuestras manos con el pasar de los años y el valor dado a todo lo que un día
fue motivo de rabieta y hoy no es más que asunto archivado.

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Publicado por Alexis Argüello Sandoval
En los últimos tiempos llegaba a su oficina un poco tarde, más bien bastante tarde, pero dentro de los límites según él tolerados por el sistema, que lo había puesto allí precisamente para que no trabajara, para que no estorbara, para que se presentara tarde; porque, como él reflexionaba, lo importante era no faltar, llegar, estar. Entonces el mozo le ofrecía una taza de café, que él aceptaba agradecido, ya que era bueno sentir que uno hacía algo, que uno tenía algo que esperar durante lo próximos tres minutos, aunque sólo fuera un café mal hecho y oloroso a rata vieja, viejísima. Cuando las secretarias le informaban de que nadie lo había buscado («nadie» era lo contrario de nadie; "nadie" quería decir por supuesto algún jefe, alguien superior en la jerarquía de la oficina) se sentía tranquilo y seguro. La mañana podía, pues, transcurrir sin mayores angustias y ahora todo era cuestión de aguardar con paciencia el mediodía y posteriormente la una y las dos y media. Mas esto siempre era una ilusión. Las horas son duras de roer y es mejor, como hace la boa con sus víctimas, salivar sosegadamente cada una, largamente, para poder tragarla minuto a minuto, a pesar de que en las oficinas, observabas agudo en cierta ocasión, después de cada hora viene otra, y luego otra y otra, y todavía te quedan treinta minutos a manera de postre, que por fin despachas en la forma que sea y a la carrera. Naturalmente que de cualquier modo cuentas con el recurso del periódico. Sin embargo, conoces tus reservas y estás seguro de que alguno, el gran Alguno, estará allí sin falta para conversar contigo. Alguno escucha siempre con interés, o por lo menos lo finge, que no es poco, tus problemas, y te dice que sí cuando necesitas que te digan que sí, y que no, que eso no está bien, cuando hace falta que alguien desapruebe la conducta de tu mujer hacia el dinero, o hacia tus hijos, o hacia los papeles y libro que a cada paso dejas por ahí y por allá -con este famoso desorden tuyo tan característico que te permite en cualquier momento saber en dónde está cada cosa con tal de que no te arreglen el maldito escritorio; o quizá de cine, no; de deportes, menos; de literatura tal vez, pero no muy a fondo, pues si bien estás enterado de la mayoría de las novelas que se han escrito últimamente, sobre todo en Hispanoamérica que es la moda, en realidad no las has leído, aunque sabes que es, bueno, aunque crees que es de tu deber en calidad de escritor; pero en fin, puedes hablar de ellas como si lo hubieras hecho, ya que te basta tu instinto o una ojeada para darte cuenta de por dónde van Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez o Lezama Lima, sin necesidad de tomarte el trabajo, máxime ahora que no pasa un día sin que aparezca algo nuevo y ya no queda tiempo para leerlo todo, menos esos largos novelones a veces enredados deliberadamente por los autores para demostrar que conocen la técnica. ¿Te fijas? ¿Tú ya leíste Paradiso? Yo no he podido. No has terminado una cuando aparece otra. ¿Tú ya leíste? No, dices chistoso, yo todavía voy por el Quijote, a sabiendas de que jamás has leído ni leerás nunca el Quijote, que te revienta, como por fortuna decía de Dante el gran Lope de Vega en su lecho de muerte. Pero sin bromas, no, lo que pasa es que no has tenido tiempo. Entonces piensas resuelto que dentro de media hora, al salir, te vas a poner rápidamente al día en novela hispanoamericana, y ves un mundo perfecto, una especie de Jardín de las Delicias, en el cual llegas a tu casa y todo está listo y tu mujer con su lindo delantal rosado y su sonrisa, esa sonrisa que nunca desaparece de su rostro toda vez que ella no tiene problemas, te sirve de comer sin tardanza y tus hijos están bien sentados alrededor de la mesa, tranquilos y con dieces en conducta, y en un santiamén terminas tu postre y te vas a tu cuarto y agarras Paradiso y, como esos nadadores con grandes aletas tipo batracio en los pies y tubos de oxígeno en los hombros que a quién sabe cuántos metros bajo el agua contemplan en cámara lenta y en colores lo que antes nadie ha visto jamás, te sumerges en una lectura profunda, maravillosa, interrumpido tan sólo por tus propios impulsos, como son, por ejemplo, ir a orinar, o rascarte la espalda, o bajar por un vaso de agua, o poner un disco, o cortarte las uñas, o encender un cigarro, o buscar una camisa para el cóctel de esta tarde, o llamar por teléfono, o pedir un café, o asomarte a la ventana, o peinarte, o mirarte los zapatos, en fin, todo ese tipo de cosas que hacen agradable una buena lectura, la vida.

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Publicado por Alexis Argüello Sandoval
PLAY: Podemos partir de lo conocido, sujetarnos de aquello. Esperar con temor el momento de ruptura, valiéndonos de un coro, de aquel coro que todos sabemos y cantamos minutos después de haberlo escuchado. Luego, o sentimos que estamos allí donde queremos estar, o intentamos incorporarnos creyendo ingenuamente que con ello podemos sacar algo, o simplemente nos sentimos ridículos y lo callamos (o lo decimos) creyendo ingenuamente que con ello podemos sacar algo.
FORWARD:
Escuchas la voz del presentador que, micrófono en mano, nos presenta al
que no es. Ya ni es ese alguien interpretando a alguien más. Ya no es
aquel que, temiendo ser descubierto, aparenta ser algo. Es aquel que
quiere ser descubierto escondiéndose en aquello que no es. ¿Por qué? Es
una interrogante que nace de la curiosidad, pero que, al repetirse, se
transforma en la molestia que produce hacérsela a diario; cada que
llegas a casa y ves el televisor encendido, recibiendo, igual que ayer,
la señal del canal VHF en Prime Time. Otro escenario en que se sigue
presentando a la imitación como el único acto que nos puede salvar de
ser lo que somos, que te empuja a creer que sólo necesitas ser como
alguien más. Pero llega el sueño y con ello el descanso de aquel
escenario paródico, que es sustituido por otro escenario paródico hasta
el ridículo. Alguien se presenta, ya no como imitador, sino como el
“doble perfecto” de cierto intérprete de música popular… El intérprete
del intérprete musical. El que creyendo suplantar es suplantado.
REWIND: Ya no son sólo los fines de semana: La voz de Mexico, Parodiando. Son, además, cuatro días hábiles con la llegada de Yo me llamo.
Por lo que hablamos de seis días de exposición a imitadores, seis días
para hacer (todavía) más conocidos a los que ya son conocidos. La
televisión se vale de aquellos anónimos que quieren no serlo,
presentándoles “una oportunidad irrepetible”. Ganan los mismos, pero te
hacen creer que puedes ser el próximo ganador. Entonces, prefieres no
hablar de los herederos de un estereotipo que se repite, de personas que
limitan su lenguaje, limitan sus conocimientos y capacidades,
valiéndose apenas de un vocabulario empobrecido: el de la publicidad,
aquel lenguaje que no hace más que reducir todo a (falsos) sinónimos.
Bienvenido a la eterna búsqueda de la comodidad, que ya ni es búsqueda
sino sólo comodidad.
RECORD:
Si con Internet las opciones se hicieron mayores, son menores las
intenciones de darlas a conocer. Con el quiebre aparecieron nuevos
intermediarios, pero no desaparecieron los viejos. Cosa de
reforzamiento, cosa de limitación. No todos acceden a las innovaciones
tecnológicas al mismo tiempo, y si acceden es de forma gradual; o quedan
los viejos medios de comunicación o llegan los nuevos medios para ser
usados como viejos. En la ley del más fuerte, tirando para abajo, se
busca llegar a un punto de equilibrio. Con la anulación del YO como
requisito para el acceso a una carrera musical, lo implícito se hace
explicito, estamos convocados a la declaración pública de una
incapacidad: la de producir. Y es esa la declaración que necesitan
aquellos que reproducen una estructura de comercialización de productos
culturales que, viendo que a diario su público se reduce, insisten en
llegar a públicos más jóvenes por intermedio de la transmisión oral.
Pero ni siquiera tales intenciones pueden reproducirse en su totalidad,
es por ello que, partiendo de lo reconocible, se dan modificaciones en
los programas televisivos.
STOP:
Somos incapaces, y no sólo los bolivianos, de copiar algo, de
reproducirlo en su totalidad. Máximo podemos reinterpretar, recrear o
reconstruir aquello que al perder parte de su esencia gana algo de la
nuestra. Entonces, hacernos creer que en programas como Yo me llamo,
el jurado trabajará para encontrar al “doble perfecto” es aprovecharse
de la poca fe que nos queda, pero de la que siempre quedará algo.
Hablamos del que te miente presentándose como alguien que nunca llegará a
ser, hablamos, también, de aquellos que le mienten a aquel que se
presenta como alguien que nunca llegará a ser, de aquellos que ni son
profesionales ni desean serlo, de aquellos que buscan mantener quince
minutos más de fama y atención. Hablas de los que se mienten y se
desilusionan a sí mismos, tú incluido.
PLAY:
En El Alto, de donde vienes, el televisor está encendido todo el día,
más que un compañero silencioso, es aquel que recibe más atención. Está
en la casa o en el puesto de venta. Hay, además, karaokes en los que
llevas tiempo entrenando, acompañado de amigos, café o refrescos. Antes
no entrenabas, y si cantabas lo hacías para divertirte, lo hacías con
irreverencia y burla, porque más que una imitación hacías un remake, más
que el cover escuchabas el playback. Y hasta creías que había algo de
cierto en lo dicho por Calle 13: “Adidas no me usa, yo estoy usando
Adidas”.
PAUSE:
Caminando por la feria 16 de julio, fuiste víctima de lo hiper-trucho,
fuiste víctima de la comercialización de aquel producto trabajado desde
lo engañoso y que partiendo de una promesa te llevó a comprar discos que
no existen oficialmente, pero que son esperados (Happy Feet bailando Tinku, La era del hielo 5).
Caíste y celebraste el haberlo hecho porque, al final, tuviste en manos
algo más que la reproducción de un contenido, algo que fue producido
por gente que pensó que así podría dar a conocer su trabajo y, en cierta
medida, lo hizo. Lo trucho, en cambio, te ha dejado mucho que desear,
dejando visto que ya no se desea (casi) nada.
EJECT:
Trabajas tu texto partiendo de lo reconocible y lo habitado, desde
aquel acto introductorio que anuncia la llegada de algo más:
Incorporación y renuncia. Pero en Yo me lamo
queda eso, sólo lo introductorio, lo habitado y reconocible. El
siguiente paso es el anterior, no interesan ni nudo ni desenlace. No
cuenta lo nuevo y por venir, cuenta lo que es y quiere seguir siendo.
Partimos textualmente de lo que ya existe para llegar a lo que ya
existe.
PLAY:
Se dice que Bolivia es un país desolado, tomando como referencia a los
Andes. Hablar de un lugar “inhóspito” es una invitación a habitarlo y a
no dejar, más bien, que sea utilizado como vertedero. Ni bien se
disminuyen las libertades colectivas, se genera un ambiente propicio
para nuevas formas de transgresión, por eso, el lenguaje limitado, el
lenguaje que se adopta, también permite el (re)descubrimiento de
verdades que en su momento no recibieron la atención debida. La nada es
el punto de partida para trabajar un imaginario y comunicarlo. Eres
capaz de crear desde aquel vacío, partiendo si se quiere de lo
hiper-trucho. Desde lo inhóspito también es posible hacer
descubrimientos (o redescubrimientos), como el presente, porque incluso
no tener nada que decir es ya algo.
FORWARD:
Se dan países en los que, por ley, se limita y se reduce la compra de
series y programas extranjeros. Se dan países en los que, para ver
películas nacionales, ingresar al cine es más barato que subir al bus.
Ya que hablamos de imitar, ¿por qué no imitamos esto? (Aunque, hasta
para eso, tal vez ya sea tarde) No puedes dejar a la mano invisible del
mercado la producción y comercialización de productos culturales, porque
haciendo tal abandonas aquella búsqueda de un nacionalismo ficticio
(toda nacionalidad lo es). Pero ya ves, hasta la neocolonización nos ha
llegado tarde, y no por eso sacamos provecho de ello. ¿Es lo que nos
merecemos por ni siquiera haber establecido un (discutible) canon
nacional?, ¿por no saber qué es lo boliviano, sabiendo que tal cosa
nacerá el día en que nos hagamos tal pregunta? Ya para qué la Guerra del
Chaco. Tal parece, hay otras cosas que te preocupan, y, con el perdón
de Maslow, ni siquiera son tus necesidades fisiológicas.
SHUFFLE:
La mujer es el primer contacto de todo aquel que llega al mundo para
reproducirlo, reinterpretarlo, reconstruirlo y reestructurarlo. El
televisor haciendo el papel de niñera, ya ni siquiera el padre, es el
segundo contacto. Tiempo después llegan un tercero y quinto, todos
disputando por algo de atención, desplazando al que le antecede. Eso,
hasta que cuatro de los cinco declinen y sólo uno se quede con casi toda
tu atención. Entonces, reducido a un solo lenguaje, el mundo sólo se
reproduce, no se reinterpreta ni se reconstruye ni se reestrucura. El
uno se sublima al otro: La mujer al hombre, el indígena al mestizo, el
obrero al patrón, y así…
REPEAT:
Los programas de televisión pasan (lo que es sano), pero aquellos que vieron tales programas de televisión durarán un poco más, (lo que no es tan sano); hablamos de una generación que, como todas, no romperá por completo sus lazos con la generación anterior. Por ello es que los programas de televisión siguen reforzando ese discurso que suena familiar (por no decir agotándolo), valiéndose del recuerdo de los viejos “ídolos” olvidables, de uno o dos temas musicales que seguirán reproduciéndose y difundiéndose por otros canales; canales que no son los de televisión; canales que se reproducen como una pista, siempre al alcance de aquellos que no harán nada, pero, micrófono en mano, dirán que sí, dirán: “Probando, probando. Sí. Sí.”.

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Publicado por Alexis Argüello Sandoval
Yo, señor mío, escribo con la sangre de
mi corazón, no con tinta neutra, mis pensamientos, muchas veces contradictorios
entre sí, mis dudas, mis anhelos, mis sedes y hambres del espíritu; no redacto
conclusiones, como cualquier secretario de cualquier comisión.
Yo,
señor mío, como no hago oposiciones a ministro de la Corona, no tengo por qué
medir mis palabras para no comprometer mi porvenir, que jamás hipoteco, ni
necesito decir frases prometedoras de actos porque mis frases sn ellas de por sí
actos, y actos de hoy, del momento, de ahora y de siempre, aparte de sus
consecuencias.
Porque
el que escribe con la sangre de su corazón escribe para siempre . “para siempre”,
dijo Tucídes, gracias al cual vive todavía Pericles. Y no olvido la otra frase
del poeta Keats, de “que una cosa de belleza es un goce para siempre”
“A thing of beaty is a joy for ever”
Y sé que todo pensamiento escrito con sangre del corazón es una cosa de
belleza, digan lo que quieran los artistas de la forma.
¿Y
qué es la forma, señor mío? ¿Sabría usted decirme lo qué es la forma? Yo creo
que no me sabría usted decir.
Aristóteles
–y sigo pedante a Dios gracias-, dijo que el alma es la forma sustancial del
cuerpo, su entelequia. Y, en efecto, la forma sustancial de algo, de un
pensamiento, es su alma, no su vestido. Y yo, señor mío, quiero encarnar
pensamientos y no vestirlos. Cuanto más desnudos me salga, mejor. Porque sé que
esos supuestos pensamientos vestidos de hopalandas y túnicas retóricas no son más
que esqueletos de pensamiento, cosas muertas, sin carne palpitante y dolorosa. Y
pensamiento que no nos duele, no es más que pensamiento muerto, un esqueleto de
tal. No hay vida sino donde hay dolor. Y a mí, señor mío, me duelen las ideas y
por eso me retuercen y se me encrespan en las contorsiones del conceptismo.
[…]
Y si
a uno le está doliendo siempre, siempre, si su conciencia consiste en el sordo
dolor de un trágico pensamiento inquieto, ¿a cuánto ha de aguardar para
desahogarse y cumplir así su destino, haciendo llorar a sus hermanos, aunque sólo
sea por dentro?
[…]
Tu
vas, lector, por el mundo como los vencejos por el aire; volando con la boca
abierta a la caza de los mosquitos que te salgan al paso. Y las ideas que así
cazas, se te indigestan. Y entonces te duelen. Pero no es ese el dolor que
salva, el dolor que hace vivir.
Sí,
ya sé, señor mío, que hay quien habla del placer de pensar, de la alegría de
pensar. Pero, aparte de que las cuerdas del placer y del dolor están tan juntas
en el fondo del alma, que no cabe herir la una sin que la otra suene, como decía
mi amigo Kierkegaard, lo placentero, lo gozoso en engendrar pensamiento, pero
no criarlos. Y yo los crío, no me limito a engendrarlos. Engendrar un hijo de
carne, simplemente engendrarlo, es placentero sin duda, pero no lo propio de un
padre. Lo propio de un padre es criarlo, y criar un hijo es algo doloroso. Y lo
mismo cabe gozar engendrando, casi inconscientemente, una idea, más bien una
frase, para echarla luego al Hospicio o al arroyo.
[…]
No, señor mío, no; le han engañado a usted. Yo no me
he propuesto nunca ser original y adquirir fama de originalidad. Le digo a
usted que le han engañado. Si no me propusiese más que llamar la atención y que
me tengan por original, a cualquier precio, no sabe usted bien la de atrocidades
estridentes y abracadabrantes que habría escrito. Le habría dado tres y raya a
todos los que alardean de escritores brutales y que no se casan con nadie. Pero
yo me he casado con la sinceridad. Y si alguna vez me contradigo, me contradigo
sinceramente.
¡No,
señor mío, no!; no he tenido nunca prisa de eso que llaman llegar, y me he
pasado años y más años repitiendo unos pocos temas fundamentales y dejando que
los mentecatos motejen de paradojas a los pensamientos dolorosos, que no sólo
he engendrado, sino he parido entre penas de agonía espiritual, y he criado. Yo
no me importa que algunos desgraciados que trepan, a eso que llaman llegar, me
digan que estoy de vuelta, rodando por las cuestas abajo del Olimpo. Sé que
quien piensa con el corazón, dolorosamente, crea pensamientos para siempre,
aunque no lleven luego su nombre, sino el de cualquier otros que los robe y los
bautice y les vista de arlequines para fiesta.
Vivo,
señor mío, gracias a Dios, lejos de cotarros de la feria de vanidades y no
tengo ni que hacer cosquillas a los buenos burgueses para que se rían, ni que
hacer como que les asusto, rugiendo con una careta de bárbaro, para que se rían
también. Yo no te hablo más que a ti, lector, a ti sólo, y cuando más sólo estés,
cuando esté no más que contigo mismo. Yo no quiero ser, lector, sino, el espejo
en que te veas a ti mismo. ¿Qué el espejo es cóncavo o convexo y de tal especie
concavidad o convexidad que no te reconoces y te duele verte así? Pues
conviene que te veas de todos los modos posibles. Es la única manera de que
llegues a conocerte de veras. Si nunca te has visto sino en reflexión normal,
tal como te retratas en la lista sobrehaz de una charca tranquila, donde ni la
más leve brisa riza las aguas, entonces no sabes quién eres. No sabrás quién
eres hasta que, al verte un día de tal modo deformado por el espejo, te
preguntes: “¿Pero este soy yo?”, y empieces a dudar de tu existencia real y
sustancial. Aquél día empezarás a vivir de veras. Y si eso me lo debieras, podría
yo decir, lector, que te habría criado. Lo que es mucho más que haberte
engendrado. ¿Me entiendes?

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Publicado por Alexis Argüello Sandoval
Para King que, actualmente, mueve la
cola desde el jardín.
Son dos los perros que han marcado las páginas de los
libros que he leído. Son más de dos los que han marcado mis piernas, muslos y trasero.
De los que han marcado páginas, uno, pertenece a mi primer acercamiento con la
literatura, pertenece al cuento El león y
el perrito de Tolstoi, otro, que es más bien parte de una jauría, pertenece
a Los perros del destino de Saki. De
los otros, de los más de dos, no tengo mucho que decir, las cicatrices hablan
por sí solas; en veintiséis años de vida, he sido mordido, con mayor y menor
éxito, por los perros de una calle que es y no la mía, la calle sobre la que
situaron una habitación a la que llamo mía.
Vuelvo mis pasos atrás y, en el vano intento de enterrar
la imagen de los dientes que han impedido mi ingreso y salida de aquella casa, resuelvo
incluir a otros perros en la lista de perros que han marcado páginas. Entre
separadores y apuntes, están allí: el que saca de paseo a su ama en La dama del perrito de Chéjov, el que
sufre las crueles atenciones de un acomplejado en Tobias Mindernickel de Mann, el que no es otro que Mefistófeles en Fausto de Goethe, los que han sido
entrenados para oprimir en Rebelión en la
granja de Orwell, los que el padre oyó sin ayuda de su hijo en No oyes ladrar a los perros de Rulfo, los
que sólo han podido ser domesticados después de que les hayan quebrado los
dientes en el País de las sombras de
Ruesch, Los perros héroes de un parapléjico
que se las tomó contra Bellatin y… Allí están, entre páginas que me alejan de la
cachorrita ciega que se acercó a mi amigo, Gonzalo Lecoña, en San Buenaventura.
La que se alejó de su madre a días de haber nacido, la que sólo atendía al
llamado de mi amigo y, al tercer día de haberse presentado en nuestras vidas,
murió, o desapareció, no lo sabemos.
Me queda claro, el perro es el más humano de los
animales. Su misión es sumisión. Gruñe más de lo que ataca o defiende. Saca la
lengua seguido. Babea cuando duerme y más aún cuando sueña. Intercambia fluidos
seminales con toda y todo aquel que, después de cierta insistencia, se lo
permite. Provoca cuando se siente parte de una jauría. Los que pertenecen a
barrios marginales abundan y hasta interactúan con otros perros más, y mejor, que
con su dueño. Algunos tienen más suerte que otros, dependiendo del hogar en que
los alojen, ya que hay lugares en que los llaman hijos y los tratan como a tales.
Reciben, más que educación, entrenamiento. Comen a veces mejor que un vagabundo
y hasta son llamados vagabundos. Domesticarlos se hace difícil cuando han
pasado los años; ya que su patrón de conducta no responde a los caprichos de su
am... Eso sí, a diferencia del hombre, en ciudades capitales, han domesticado a
su amo; un amo que desearía hacer lo mismo con el suyo, desearía tener algo más
de poder pero se conforma con el hecho de tener a un perro como mascota.
Los hombres que manipulan la conducta de sus perros,
no lo sé, no sé si me desilusionan más que los que tienen un perro por mascota…
y meses después lo descuidan. Y es que un animal es lo mejor que le ha pasado a
toda esa gente que sustituye lo que no tiene con un animal.
¡Pobres Animales!
Perros-hombres, hombres-perros. Yo mismo, si no fui
uno, al menos me sentí como tal. De niño corría detrás de los automóviles, de
una calle a otra, tratando de seguirles el ritmo y superarlos; sin ladrar,
claro. En su momento, llamé “¡Perra!” a más de una mujer que no quiso nada
conmigo; ni siquiera darme un bofetón. Propuse y acepté cambiar de postura, “la
del perrito”, siendo que nunca fue de mis favoritas. Dormí sobre el suelo, con
y sin sol de por medio. Hice estupideces por un poco de atención más que por
comida.
Habrá que estudiar a los hombres para entender a los
perros; y viceversa. Habrá que prohibir el ingreso a los dueños de mascotas; no
así a las mascotas. Habrá que considerar que una cosa es el hombre-perro como
individuo (el de Tolstoi) y otra el perro-hombre colectivo (el de Saki). Habrá
que recordar que no sólo al perro se le de muy bien eso de imitar
comportamientos. Habrá que aceptar que todos, animales o no, amos y mascotas,
responden a un instinto de sobrevivencia al mostrarse domesticados y prestos a
seguir el juego. Habrá que señalar con el dedo a los que han perdido el sentido
del olfato. Habrá que leer la entrevista que le hicieron en 1993 a la reina de
Inglaterra que es, además, adiestradora y entrenadora de perros de caza. Habrá
que llevar algo de Pan y Circo en un bolsillo, para seguir modificando conductas
y evitarnos problemas, y habrá que llevar un pote de pomada cicatrizante en el
otro.
Total, a perros y hombres, los han separado el habla,
la escritura, una cola y una coma. Total, “domesticadas” en una casa que no es
la suya, no todas, no todas, como Lassie, reaccionan y se van.
Publicado en PuntoAparte, Nro.7: Perros, en abril de 2013.

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Publicado por Alexis Argüello Sandoval
Para Andrea Callejas Herrera.
Es la espera del abandono que inquieta. Y no se va.
Es la espera, y la espera del abandono, que paciente
se queda. Aquellos clientes chilenos que desordenaron mis estantes y reacomodaron
sus recuerdos; posibilidad y expectativa. Es el recuerdo, y la espera de su
abandono; lo que lleva a bajar la cabeza, desde el mentón hasta el más
llamativo de los cabellos parados; lo que inquieta; lo que lleva a blandir los
puños y, concientes o no, clamar, reclamar Venganza.
El número acumulado de NO(s), el número inflado de SÍ(s).
Recuerdos que van tras de algo más que recuerdos. Recuerdos, siempre en busca
de algo más, entre la espera del abandono que inquieta… Y no se va.
Toda esa gente que olvida rápido su enojo, minutos
después, ya sufre de Alzheimer; de Síndrome de Korsakoff, sufre los efectos
de la Ley de Ribot, sufre por no
sufrir, por haber sufrido un cambio o… mejor dicho, no haber sufrido ninguno…
He sido interrumpido, ocurre a diario. Cobro el
precio convenido; me vendo y no. Sonrío. Suena de fondo Te eché al olvido, de Estanis Mogollón, interpretado por Tony
Rosado. Errven Torrez, cantando el tema, me enseñó a cantarlo, me enseñó a no
perdonar y a decir: “Ese fue tu gran error” y “No me lo digas, demuéstralo”.
Eco no perdona a Narciso, Apuleyo no perdona a Eco,
Umberto no perdona ni a Apuleyo ni a Narciso ni a Eco. Borges dice: “Yo no
hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único
perdón”. Anónimo dice: “Hay un hombre que no olvida: el olvidado”. Me quedo con
Anónimo y Errven Torrez que, ya lo dije, me enseñó a decir: “Ese fue tu gran
error” y “No me lo digas, demuéstralo”.
El espejo, no hoy, no ayer, me lo ha dicho: Hay casas, casos, cosas que
no se recuperan, que no se olvidan. El televisor, la radio, el periódico y los
libros de texto me dicen lo contrario. Me quedo con el espejo que sólo se
contradice cada que me contradigo… yo. La subjetividad siempre ha sido
colectiva, y es por eso que prefiero callar cada que veo a más de dos personas
vistiendo la misma marca y riendo con los mismos chistes de siempre; prefiero
callar porque supongo que comparten una misma interpretación y que, tal
interpretación, no se presta a interpretaciones… responde a una “verdad”: “la
verdad de todos”. Esa clase de gente, dirán algunos, debería causarme
desprecio, pero no; en estos casos uso la palabra desencanto. El desprecio
llama a la acción y el desencanto sólo a la lástima y apatía. Tal vez, para
hacer algo más que sentir lástima, debería imprimir y repartir tarjetas que
lleven la siguiente frase de Nietzche: "No hay hechos, hay
interpretaciones".
Son tiempos en que, para los lectores de Foucault, las
ciencias humanas se desarrollan para conocer al hombre y dominarlo mejor; la
razón de la opresión y la opresión por la “razón”. Son tiempos de Venganza, o
mejor dicho, tiempos para identificar el momento adecuado, el momento de la Venganza; si es que tal
no ha pasado ya, claro. El paso que antecede al primer paso, es el primer paso;
el más difícil de todos. Identificar el Cuándo. Esperar como el fotógrafo y el
cazador que, llegado el momento, al presionar sobre algo presionan sobre sí
mismos. La Venganza,
lo mismo, requiere de paciencia, de actuar sin apuro y sin demora, exige el
ritmo exacto y la mirada de la “víctima”, requiere su atención y conciencia en
el momento en que se desarrolla; si no, no es Venganza.
Venganza.
Pocos son los Actos de Venganza, contados son los que
no han sido confundidos. El victimario, hoy es casi regla, asume el rol de
víctima, niega el rol y la existencia del contrario, despojándole de todo;
incluso de su condición de víctima. Pocos son los Actos de Venganza y, aunque
es lo que se acostumbra, no, no se puede considerar Acto de Venganza al abuso y
agresión que, socapado en excusas, termina en abandono o asesinato. La Venganza es lo más
cercano a la justicia y se comete de pocos a muchos; sí, en ese orden, siguiendo
la dinámica de cierto superhéroe de cuyo nombre no me quiero acordar. Es
cierto, no devuelve la felicidad pero, ¿quién hoy en día es realmente feliz?,
¿acaso necesariamente venimos a este mundo para ser felices? La Venganza atenta contra lo
reiterativo de uno o más recuerdos que abren la herida; sí, esa herida que
amenaza con no cerrar. Exagera los hechos o, mejor dicho, los toma por primera
vez en serio.
Acto poético cuando se hace en nombre de todos y cada
uno, y cursi cuando se hace en nombre del “amor”. La Venganza es, tal vez, el
único mecanismo de defensa ante lo frustrante de vivir una vida que no quiere
ser vivida por nadie; una vida, la suya, por ejemplo, que dice “Lo quiero todo”
cuando quiere decir “No sé lo quiero, no quiero nada”.
Todos conocemos, o creemos conocer, el etimo de la venganza. El primer Acto de Venganza,
un acto que nos ha llevado a declararnos una guerra tímida, que además se pone
vieja con el pasar de los años; acto que no genera escarmiento, siendo eso,
precisamente eso, lo que se ha esperado, lo que se espera y se sigue esperando.
Esperamos la llegada del último Acto de Venganza, creyendo haberlo identificado
y desengañándonos a diario. Esperamos, la espera del abandono, repantigados en
un cómodo sillón, dentro de un café, con café en mano y, detrás de una ventana,
detrás del vidrio. Esperamos, como espectadores, no como partícipes. Esperamos
el último Acto de Venganza, en vez de cometerlo… O tal vez, prestos a
interpretaciones, simplemente... “No me lo digas, demuéstralo” …esperamos cobardes…
“Ese fue tu gran error” …el último acto de perdón.
Publicado en Apostillas, Nro.1, en abril de 2013.

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Publicado por Alexis Argüello Sandoval
Idealización mediante el ejercicio del recuerdo.
Deleites retrofuturistas, placer, supeditación.
Hacerse de libros memorables, más allá del Canon, se
hace difícil. Hay tanto por leer y tantos prescindibles que siguen escribiendo.
Hay voces que seducen y voces que no. Voces que nos llegan a destiempo y voces
que no deberían habernos llegado nunca. La vida del lector está regida por un
proceso, por una secuencia de sucesos; o por la lectura, si así se quiere.
Antonio Tabucchi, en Un universo en una sílaba, nos recuerda que a diario evocamos
voces, hacemos memoria y, a través nuestras facultades sensoriales, digerimos
recuerdos. Entonces, ya no tengo dudas, comprar un libro es fácil; leerlo es
otra cosa. Leerlo depende de que lo incluya a la sección «Urgentes» de mi
agenda, depende de que al recorrer sus página me olvide de la agenda sin saber,
siquiera, que olvido la agenda… Seducción pura.
Quisiera evocar algo más que libros, quisiera evocar
imágenes que a la fecha no se borran. La del excremento de paloma cayendo sobre
mi cabeza, que finalizaba la lectura del Capítulo I de Teorías de la lectura de Luis H. Antezana J., por ejemplo; pero eso
es otra historia…
La primera impresión es lo que cuenta, entonces, hay
personas a las que no se puede criticar por leer novelas de superación
personal. Cual adolescente, un lector inicial, actúa con ingenuidad y termina
en los brazos de lo que aparenta ser cool;
es el tiempo quien nos demuestra que la lectura de determinado libro implica la
lectura de otro mayor, implica cada una de las lecturas realizadas por el
autor; lecturas que en algunos casos son sugeridas de forma explícita en el
libro de turno. Así una cosa lleva a la otra, lleva a identificar temáticas de
nuestro interés; a pensar que la primera impresión no siempre cuenta; a
renunciar con algunos libros que no merecen mayor esfuerzo que llegar hasta la
página cuarenta; a hacer una lectura rápida —introducción, nudo y desenlace— cuando
revisamos entre los saldos de algún librero; a gratos descubrimientos; a
entender que hay libros que requieren de cierta preparación, requieren de la
lectura de muchos otros libros; a leer los ensayos de nuestro escritor favorito
y descubrir, sólo así, su Canon Personal; a concluir, finalmente, que un
escritor no es más que el intermediario de otro escritor, que hay libros que
releemos porque nos recuerdan a alguien y que los únicos libros que realmente
merecen un espacio en nuestra biblioteca son los que son y serán releídos.
Los Don Juanes se las dan de seductores ignorando que
son ellos los seducidos; ya que es la dama la que elige, no ellos. En la
lectura, cosa similar. La lectura no es un acto pasivo, al contrario, el lector
es quien casi siempre termina ganando más que el que escribe. Roberto
Fontanarrosa, en Puto el que lee esto, lo sabe, sabe que el lector no es su
amigo y que los otros escritores quieren quitarle el pan de la boca a sus
hijos, que la mayor parte de los libros no duran ni un mes en el escaparate y,
sin previo aviso, pasan a la mesita empolvada de saldos. Un libro carece de
vida sin el lector, es el lector quien define su posición frente al mundo desde
sus lecturas, el que hace una lectura intertextual, el que establece relaciones
emotivas; es el lector el que encuentra una voz entre tantas voces. En fin, es
el lector el seductor y no el seducido, él, todo aquel que ha asumio a la
lectura como estilo de vida.
El intermediario es el seductor, el intermediario entre
libro y lectura, el lector y el lecto-escritor. El lector, aquel que salta de
cita en cita, de recomendación en recomendación, aquel que construye un camino
personal, unívoco y único para seducir y pervertir a los que vinieron y a los
que vendrán.
Complementariedad. Borges estaba de acuerdo en que no
existe libro si no existe lector, y viceversa.
Hay días en que uno se encuentra con un libro
vetusto, lleno de separadores de hojas y notas personales, uno de esos libros
que han pasado por más de ocho manos, uno de esos libros que te hacen una
invitación y no aceptan un NO por respuesta, de esos que dan vida nuevamente al
lector y al libro; en ocasiones como esas, se me viene a la mente lo dicho por
John Irving: «Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber
cómo termina la historia».
Es menester aclararlo, no existe una lectura
correcta, ni siquiera la lectura del autor es la correcta; para mí todas las
lecturas son incorrectas; espero estar en lo correcto. Y no sé si Rolf Hochhut,
al decir que «Los marxistas lo único que han hecho ha sido interpretar a Marx
de maneras distintas, pero de lo que realmente se trata es de cambiar su
doctrina» querrá decir lo mismo.
Se me viene a la mente la selección 13 libros que me marcaron en el año, lo
doloroso que se me hace elaborar esa lista. Pienso en lo que debo releer, en
los cien libros que trato de leer al año, en eso de que los libros malos les
pegan a los buenos; pienso en la remota posibilidad de que este texto vaya a
seducir a alguien, en las lecturas que me he perdido por escribir esto y en el
excremento de paloma cayendo sobre mi cabeza, pero eso, eso es otra historia…
Publicado en laletralibre, Año 4, Nº 121, en junio de 2012.

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