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EL SOL despuntaba por detrás del Illimani. Bonetes blancos adornaban las clásicas crestas andinas. Luciendo su capa roja y montado en Holofernes el Capitán del Siglo daba instrucciones con su bronca voz de mando. El paisaje de los tres mil soldados de tropa era desconcertante porque no llevaban sus armas de guerra sino herramientas de cantero, cavadoras, picos, barretas y azadas. Las bandas del Batallón Segundo y Colorados de Bolivia interpretaban chuecas, pasacalles y bailecitos. Habían desaparecido los rostros ceñudos de héroes profesionales. El Gran Capitán ordenó la salida y las bandas con redoble de tambores y cornetas comenzaron a ejecutar la Marcha Presidencial, coreado por los soldados:

Viva el héroe inmortal de la gloria
De civismo y valor ejemplar
Cuyo nombre jamás en la historia
Con ninguno se pudo igualar.

Banderas y estandartes ondeaban en mástiles como clavados en el cuerpo de una enorme serpiente que reptaba. Ascendiendo por la calle de la Catedral de Santo Domingo no se detuvo hasta llegar al cerro Santa Bárbara, desde cuya cumbre se divisaba la hoya paceña: ciudad tradicional con edificios coloniales en el centro, residencias solariegas en los barrios aristocráticos de San Jorge y Sopocachi y caseríos en San Pedro y Chocata, San Sebastián, Recoleta y Garita de Lima. Y detrás del desnudo posterior de Potopoto el valle de las mieses. Sembrados apretados y espesos...
Simón Bolívar en ocasión del terremoto sufrido en Caracas, manifestó que si la naturaleza se oponía a los designios de libertad lucharía contra aquella hasta doblegarla y el Capitán del Siglo, leal al pensamiento y la acción del Libertador, derribaría la muralla que se oponía al engrandecimiento y progreso de la ciudad de La Paz.
El Ejército ascendió a la cima. El numeroso público quería vivir el acontecimiento. Holofernes conocedor del camino abrupto, acesando había escalado el promontorio que le permitiría a su amo dirigirse a las formaciones de soldados que esperaban sus instrucciones. En efecto, sin bajar de la cabalgadura, expresó:
–Soldados míos, hermanos al servicio de la Patria. Habéis guardado vuestras armas defensivas, porque la Patria en este instante no necesita el sacrificio de vuestra sangre honrosa. La que habéis ya vertido con tanta generosidad ha fecundado el terreno y la paz que en consecuencia disfrutamos abre una nueva etapa en las conquistas apacibles de la industria y los progresos materiales del país. Como el caso de Coroico que, siguiendo la planificación del canónigo Fernández Guachalla, afrontaremos el desafío. Abriendo picadas y bordeando precipicios construiremos un camino moderno que salga de la Cumbre de Unduavi y llegue a Coroico victorioso. Y hallaremos el paraíso… En los tiempos del Rey la gran ocupación de las autoridades en vez de hacer escuelas y caminos había sido clamar por obispos con muchos canónigos y buenos cantores.
Anunció que la hermosa y querida ciudad de Nuestra Señora de La Paz, para que extienda como la ova en una laguna ante la caída de una piedra, se agrandará horizontalmente. Y para cumplir tal anhelo, el ejército invencible ha despertado como el gigante dormido de la leyenda. Un ejército encerrado en las cuatro paredes del cuartel, como convento de clausura, es un colosal desperdicio de fuerzas. La cuantiosa mano de obra del Ejército transformada en una vasta masa laboral, se pondrá al servicio de las construcciones públicas. Derribada la muralla de Santa Bárbara, la región de Potopoto podrá albergar hospitales, cuarteles, institutos de enseñanza, campos deportivos, conventos, plazas, calles, avenidas modernas, balnearios y, si se quiere también y hay voluntad, un reloj inglés como el de la torre de Londres. De lo imposible siempre emerge lo posible…
–Trabajemos con tesón en obsequio de esta amada tierra nuestra. Mejoraremos la situación de esta ciudad imaginaria cuyo vecindario se está amontonando sobre un estrecho radio, con perjuicio de la comodidad doméstica, del aseo y limpieza, de la salubridad y ornato público. Soldados míos, hermanos al servicio de la Patria: Echad abajo esa muralla que separa la ciudad de la ancha meseta de Potopoto, hermoso y pintoresco valle, que en breve será asiento de una nueva, alegre y progresiva zona urbana.
El público aplaudió las palabras del Capitán del Siglo. Se apeó y las bandas dieron una atmósfera de fiesta al acontecimiento.

No hay un lecho en la historia del mundo
Cual tus hechos de heroico civismo
No hay hombre de más patriotismo
Como tú: ¡Melgarejo inmortal!

Tomó en sus manos una pesada barreta, golpeó con fuerza y con una auspiciosa respuesta desprendió un trozo de roca. Y nuevamente los vítores y los aplausos. ¡Melgarejo es un caballo!
Prestamente lo imitaron los ministros y altos funcionarios de Estado. Pasada la ceremonia inaugural, se dejó escuchar la voz del Comandante en Jefe del Ejército, ordenando a los soldados romper filas y atacar la muralla dirigidos por sus mandos naturales. Los nuevos trabajadores al toque batiente de cornetas y tambores ocuparon sus puestos. Desde los cerros vecinos y el mismo valle de las mieses, los vecinos observaban a los diligentes obreros que se movían como hormigas. De cuando en cuando un trueno de rocas desprendidas saludaba la hazaña. Día tras día, infatigables, colaborados por voluntarios civiles en un ambiente de gesta, esparcida de polvo y sudor, derribaban palmo a palmo la montaña. El protagonismo del nuevo y poderoso Ejército precursor. El Gran Capitán era el principio.
La inauguración del paso fue señal del cambio para los estantes y habitantes de la ciudad fundada por el capitán Alonso de Mendoza. La quebrada adornada como una novia con arcos de triunfo y saludada por dianas del alba, conjuntos folclóricos nativos, juegos populares y verbenas.
Napoleón al tratar de hacer una perforación por los Pirineos había expresado: ¡Si es posible, hágase! Y el Gran Capitán: ¡Es más que probable nivelar una montaña, pues la nivelo! Y se lanzó alma, vida y corazón a la obra señera. La libertad y La Situación aseguraban equivalente a las Pirámides de Egipto. La Naumaquia Romana y el Istmo de Suez. La mayor y trascendental acción cívica de Melgarejo en La Paz.
Poquito a poco, pasito a paso, ten con ten, nacía la ciudad del futuro, hermosamente ensanchada con flores, chacarismos y bastante riego. Las vacas con ubres a punto de reventar andaban triscando los verdes pastos seguidos por sus terneros. Y los indios estrechos y puros con sus indias al lado atendiendo las sementeras. Y el Capitán del Siglo acompañado de la Primera Dama de la Nación en medio de arcos de triunfo, mixtura y serpentinas, expresó aquí se levantará la mejor zona urbana de La Paz. El vecindario modernizará la ciudad, aumentará el número de habitantes y realzará con una espléndida floración artística. Veía el farallón de Santa Bárbara impertinentemente erguido frente al palacio y me sentía oprimido, como si fuese la claustrofobia que no soporto. Hay que derribar este cerro cuanto antes, me decía, y respirar el oxígeno que viene de Yungas.
Ideas venturosas. El trascendental paso del designio transformador. ¿Qué tal si nos pusiéramos a construir caminos, como el proyectado a Coroico, esta vez al Oriente? ¿O el ferrocarril de Cobija a Potosí, con diez mil soldados de primera línea? Por Dios, cómo temblaría el mundo.
            Los escolares y las educandas de los liceos ya no gozarían de las excursiones al barrio periférico de San Pedro sino a la nueva ciudadela. El Capitán del Siglo, valluno del paisaje y sentimiento, contento de librar al servicio público la quebrada que unía a otra realidad, cuando le solicitaron bautizar a la nueva zona con un nombre, respondió se llamará Miraflores, en honor a Juanita Sánchez que ha mostrado su contentamiento al divisar el valle cubierto de las flores más hermosas del mundo

Dirigiendo nuestra atención sobre el estereotipo lo reforzamos y con ello establecemos un límite del que es cada vez más difícil salir. De Facto es algo más que un grito como: El Alto d̶e̶ ̶a pie nunca de rodillas (con nuestros transportistas no queda de otra que ir a pie). También es pollo frito en cada barrio hasta altas horas de la noche, alguien orinando en las paredes, volanteros que visten terno, pasarelas que tiemblan, oficinas de menos de tres metros cuadrados situadas en edificios construidos a medias, hileras de casetas que amenazan con no acabarse nunca, dulce de nuez, gorras de béisbol, gente caminando con paso apresurado y empujando a los demás, es una feria en cada barrio y canchas de fútbol enmalladas en las que los niños ya no juegan, son fábricas y galpones a los que llegan señores con más de sesenta años en bicicleta, espacios públicos tomados por la noche por comerciantes y comideras que comen en Patios de comida, es una No Terminal de Buses, un No Paseo Cultural Peatonal, una Sociedad de No Escritores de El Alto, un nevado al que pocos de su habitantes han ascendido, el taller familiar y los hijos que no llegan a casa hasta altas horas de la noche, es el smartphone manipulado por alguien que viste la misma ropa de ayer, la chola que ya no usa sombrero Borsalino, el abuelo que no entiende a su hijo y entiende menos a su nieto, el colegio al que mandamos a los hijos en primaria, la universidad a la que nadie quiere entrar y los institutos ilegales a los que ingresamos todos, son los perros durmiendo fuera de casa y los que ladran al ladrón que está por ingresar a una vivienda, los loteadores que suponen que los únicos que pueden tener un terreno son ellos, los dirigentes sindicales y dirigentes de federaciones o juntas vecinales que hacen uso y abuso de poder, los salones de fiesta dentro de un cholet pagado con dinero falsificado o no. Hay algo de cierto en eso de la autogestión y lo que ha conseguido De Facto por ingenio e iniciativa de sus habitantes antes que por obra de la administración pública (y es que "a los alteños nada se nos ha regalado", cierto es que hemos tenido que arrebatarlo todo), hay también algo de verdad en lo siguiente: Los alcaldes que hemos tenido nos han dejado gestiones olvidables. Ni propuestas ni gestiones ni jingles aplaudibles. De Facto sigue siendo no más el patio trasero de sus candidatas(os) a la alcaldía, algo así como el inconsciente de Elepé, cuyos habitantes suben a De Facto los jueves o domingos; suben en teleférico a trabajar por mandato de algún organismo internacional u organismo no gubernamental; suben para tomar un avión; suben, cual habitante promedio en De Facto, de madrugada o por la noche para visitar prostíbulos en busca de la hija de alguien más. De Facto es lo anterior dicho y es alguien escribiendo este párrafo, maldiciendo, molesto consigo mismo y su generación más que con los habitantes de la ciudad a la que, cambiándole de nombre, llama suya.


Invitados a la Feria del Libro de Sucre el 2003, participamos con Manfred Kemph Suárez, Edmundo Paz Soldán y yo como peces gordos, asediados por un mundo de lectores y curiosos y con compromisos de amistad. Hospedado en el hostal “Sucre” en las primeras horas de una mañana pasó a buscarme en un vehículo el arquitecto chuquisaqueño Jaime Loayza para que conozca la biblioteca marginal que había montado. Consideré aquel acto como un secuestro. ¡Ver una biblioteca en ayunas es como para hacer odiar las bibliotecas del mundo! El arquitecto a tiempo de disculparse justificó que era la única manera para que conociera la Biblioteca “Salvador Espriu” del Complejo Cultural “José Agustín Goytisolo”. Me sorprendieron estos dos nombres españoles porque eran conocidos míos.
Lentamente se fue despejando el misterio. Durante el gobierno deliberadamente trágico del general Hugo Banzer, dictador de origen alemán cooperado por el capitán nazi Klaus Barbie Altmann, Carnicero de Lyon radicado en Bolivia desde 1951, se había consumado una desaforada represión selectiva con duración de siete años. En nombre del Frente Popular Nacionalista (MNR-FSB y FF.AA.) quemaron libros en la Plaza “14 de Septiembre” de Cochabamba en 1972, Año Internacional del Libro determinado por la UNESCO. Perdí mi biblioteca saqueada primero y después quemada. Cancelaron la Autonomía Universitaria y dejaron de trabajar las universidades del país. Yo cumplía funciones de director de Extensión Cultural de la UMSS. Se intentó cortarle las manos al muralista Walter Solón Romero y murieron en el exilio dos personalidades, el pintor Miguel Alandia Pantoja y el poeta Eliodoro Aillón Terán. En el campo de concentración del cuartel de Viacha murió el Rector de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca, Walter Alvarado. Por aquel tiempo también el arquitecto Jaime Loayza había sido expulsado del país.
En el exilio de Barcelona Loayza no estuvo con los brazos cruzados, dirigía la Fundación Pachamama y la Casa de Bolivia y proyectó para el futuro de su ciudad natal una ambiciosa biblioteca catalana con todos los adelantos técnicos, llevaría el nombre del destacado intelectual Salvador Espriu dentro del proyecto del Complejo Cultural José Agustín Goytisolo.

LOS TRES DE ORO DE LA CULTURA CATALANA
Años después pasada la pesadilla de la dictadura nacionalista y residiendo yo en Barcelona una buena temporada, el fabuloso amigo Joan Queralt Domenech, me había puesto al tanto de tres de los grandes de la cultura catalana. El escritor clásico y fundacional valenciano Joanot Martorell autor de Tirant lo Blanc, que le hiciera decir a Miguel de Cervantes Saavedra: “Es este el mejor libro del mundo”. Mario Vargas Llosa desde 1969 se ocupó de aquel portentoso libro. Después vendría el poeta Salvador Espriu (1913-1985), autor de La pell de brau (La piel de toro), publicado en 1960 y popularizado por el extraordinario músico Raimon. Tengo aquel libro clásico en edición bilingüe, catalán y español, traducido por José Agustín Goytisolo. Se ha dicho que Espriu recibió la influencia de Ramón del Valle Inclán y Gabriel Miró, oscilando entre lo lírico y lo esperpéntico el escritor cultivó casi todos los géneros literarios. Y la tercera personalidad fue Manuel Vázquez Montalbán (1927), el escritor más leído en España especialmente por su Serie Carballo, autor de un centenar de libros en el que se destaca Yo maté a Kennedy y cuya dilecta amistad fue cortada por su muerte súbita en el aeropuerto de Bangkok. Una muerte similar a la de Guayasamín esperando en el aeropuerto de Nueva York el avión que lo traslade a su país. Y los aviones trasladarían solamente sus restos mortales. La Universidad de Barcelona le tributó su sincero homenaje y asistimos yo con mi esposa Alcira, Joan Queralt y Angelis. En aquella ocasión conocimos al músico Raimon, a la escritora Rosa Regás y al Premio Nobel de Literatura José Saramago.
En lo que se refiere a José Agustín Goytisolo no le conocí personalmente sino a su hermano Juan Goytisolo en la Habana, Cuba, por los años 60, tiempo en el que escribió una serie de tres artículos sobre la realidad cubana, igual que Jean Paul Sartre, que me inspiraron para trabajar en lo mío. Mi punto de vista boliviano sobre la revolución cubana, de acuerdo con los enunciados de la Segunda Declaración de la Habana. Y de esa suerte nació mi crónica de viaje Cuba paloma de vuelo popular. Un escritor boliviano en la Cuba de Fidel Castro. Los Goytisolo constituyen una estirpe de tres hermanos escritores, especialmente novelistas: José Agustín (1928), Juan (1931) y Luis (1935). El año pasado, por el mes de octubre, hallándome en Madrid pude ver a Juan Goytisolo en la recepción del nuevo Académico de la Lengua, Excmo. Don José Manuel Sánchez Ron, que en su discurso de ingreso se ocupó de Elogio del mestizaje. Historia, lenguaje y ciencia. Juan Goytisolo es miembro de la Real Academia Española.

UN APÓSTOL DE LA CULTURA
Se me recompuso el ánimo. Aquella mañana del recuerdo comencé a ver al arquitecto Jaime Loayza con otros ojos, como un pionero excepcional, un creador cultural. Hombre de pensamiento y acción. Un guerrero sin derrota posible. Casado con la catalana Neus Conesa tiene cuatro hijos nacidos en tierra española y de nombres compuestos de catalán y quechua: Berta, Anna-Surumi, Wayra-Pau y Arawi-Andrea. Organizador de la Fundación Pachamama y fundador de la Casa de Bolivia en Catalunya, su labor rebasó la representación diplomática y cultural acreditada en Barcelona y Madrid.
La prensa española no se ha portado indiferente con la labor de Jaime Loayza. El diario El Periódico de Catalunya de abril del 2000, informó: “El periplo le ha convertido en un apóstol de la cultura en Sucre, también le ha desgastado las suelas y la cartera. Doscientas mil obras, ni más ni menos, ha recogido y facturado rumbo a Bolivia para levantar de la nada una biblioteca que honra a sus generosos donantes: la Salvador Espriu. “Todo era de valor, desde una novela desconocida hasta libros de formación”, relata el hombre que también ha forjado a ultramar la fiesta anual del libro”.
El Periódico califica la historia del arquitecto Loayza de una heroicidad tranquila, de una valentía sin decoración ni condecoración. Ha remitido 200.000 ejemplares, que equivale a 92 toneladas de peso, “casi 9 millones de pesetas en transporte marítimo que Loayza ha muñido de su bolsillo. Nadie le ha dado dinero, ni la Generalitat, ni el Ayuntamiento, ni el Gobierno boliviano, ni las ONG. Las instituciones deberían sentirse abochornadas por este desapego.”

PENSAMIENTO Y ESPÍRITU
Cuando aquella mañana del “secuestro” conocí las instalaciones del Complejo Cultural JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO ya todo estaba dispuesto correctamente. Todavía se advertía el olor a pintura de las paredes, estaba luchando contra el tiempo. Los 200.000 libros distribuidos en estantes especializados en todas las ramas del conocimiento. La venganza con creces de los pueblos a los déspotas que queman libros. Se adivinaba la intención ambiciosa del arquitecto. Refulgían sus pequeños ojos chuquisaqueños. El público después de franquear los controles de entrada dispone del libro que desea. Sin ninguna traba bajo el sistema de Estantería Abierta, es decir sin barreras, con el nuevo estilo democrático de difusión cultural.
El 23 de abril del año pasado inauguraron actividades en homenaje a Sant Jordi (San Jorge), Patrón de Catalunya y Día Mundial del Libro, también determinado por la UNESCO. Ya no se trata de una biblioteca de 92 toneladas de peso sino de 105 toneladas. La noche quedó atrás, han dejado las arcaicas instalaciones de la vieja estación ferroviaria llena de duendes que nos han dado los chilenos de 1904 con la complicidad de los políticos y también los mismos en 1999 nos han quitado. Ahora
lo que tiene y puede exhibir victoriosamente la Fundación Pachamama es un moderno edificio construido sobre un área de 5.000 metros cuadrados de superficie. Dependencias en planta alta y planta baja con bastante luz y aire. Un salón de exposiciones de pintura, escultura y dibujo. Un auditorio con capacidad para 300 personas en las que se den conferencias, se realicen simposios y actividades musicales, teatro y cine. Un ambiente excepcional para los niños “La Casa del Cuento”. En el semisótano un taller de trabajos manuales de encuadernación, carpintería, electricidad, mecánica y afines. No se olvidó en ningún momento las enseñanzas del gran precursor Simón Rodríguez, Maestro del Libertador, el abanderado de la Escuela Activa sobre la base del trabajo manual.
El Complejo Cultural de la Fundación Pachamama con gran poder de convocatoria presta servicios a más de 6.000 personas al mes. El nostálgico arquitecto Jaime Loayza esta vez siente saudades por la bendita tierra catalana y exclama íntimamente igual que Don Quijote: “Barcelona, archivo de la cortesía, abrigo de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos, y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única.”
En Barcelona Jaime Loayza ha sido calificado de un Loco sensible y nostálgico, el primer eslabón de una larga cadena de constancia y esfuerzo que tiene su finalidad en Sucre, Capital de la República de Bolivia.
Después del edificio del Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia, la Fundación Pachamama constituye la mayor inversión económica realizada en labores que tienden a la difusión cultural y educativa en la bellísima ciudad de Sucre. La Capital del país, la culta Charcas se merecía aquellos homenajes de gratitud de sus hijos.
En la visita que hizo al Complejo Cultural el Presidente de la República Carlos Mesa, advirtió la falta de libros nacionales. Como hombre de la cultura se comprometió a dar el apoyo que precisa el Complejo Cultural para salvar aquella falencia.

Alguien ha sido soltado por alguien más; su exesposa, su hija, tal vez. Carga con páginas que nunca le pertenecieron, no hace otra cosa que pensar que todo el mundo lo quiere engañar. Ofrece libros subrayados allí donde ya nadie quiere conocer las ruinas dejadas por todo aquel que ha fracasado en la búsqueda de un tesoro. Lleva en el bolso un libro, La vida de mi padre y otros ensayos, y quién sabe si tal vez algo más. El libro es de Raymond Carver, sin embargo en su momento lo fue de Jaime Nisttahuz. Pero ahora, Ronal Barradas, cree que el libro es de él; cree que no es mío; cree que no es de Carver ni de nadie más. Sin embargo se lo ofrecerá al próximo ingenuo que quiera cargar con él. Pedirá más de lo que uno está dispuesto a pagar, pedirá que se lo devuelvan. Se hará a la víctima si justificas la no compra de un próximo libro. Te dirá “No eres más que un invento mío”. Y no se equivocará, porque muchos de los libros que no has leído y no piensas leer ni vender te los trajo él; porque hubieron semanas, meses y años en los que él dejó de hacer lo que sea que tuviese que hacer para acercarse a ti y recordar(te) que no tiene amigos, que en realidad nunca los tuvo, pero que tú podrías ser uno, el único, quizá. Y se propondrá no volverte a ver más en su vida, y lo dejarás ir, pero volverá. Se disculpará, te dirá que lo único quiere hacer es un cambio, recuperar algunos libros, y le dirás que No, dos, tres, cuatro veces, pero no más. Vendrá con el libro que Jaime Nisttahuz le prestó hace meses y jamás devolvió, y le dirás que sí. Le pagaras lo acordado. Lo volverás a ver. Venido de nuevo le harás saber que ese libro no era suyo, que no le importó venderlo así fuese de un amigo mutuo. Es más, pedirás, exigirás, por enésima vez los libros que le prestaste y nunca devolvió. Entonces te darás cuenta que Ronal (Rodrigez) Barradas no es más que un invento tuyo, es un invento de Jaime y seguramente de alguien más. Y esperarás que la supuesta novela que lleva años corrigiendo, Milton, el perro de Pavlov, sea realmente buena, que su vida valga algo más que la lástima que despierta cada que quiere hacerte creer que tiene otros “libros inencontrables” en su biblioteca; que lleva semanas esperando un cheque; que debe comprar medicamentos para alguien más; su hija, su exesposa, tal vez. Y si bien has perdido un libro, robado bajo el pretexto de la revisión de un fragmento de texto, has soltado a alguien más, que no es ni su esposa o su hija, quizá. Y, a veces, esta vez quizá, perder es ganar.
La desgracia llegó la última semana de 1963, cuando ya hacía rato que Felisberto Hernández la esperaba. Tomó primero la forma de una inocente pereza que se le declaraba por las tardes, mientras paseaba con su novia María Dolores Roselló entre los plátanos de El Prado. Sobre Montevideo se había detenido entonces una marea de calores encarnizados, a los que Felisberto creía culpables de su desgano. Pero a veces aparecían rachas de fresco y el cuerpo seguía desconcertado, sin el placer que había sentido siempre al moverse. Ya no quería sentarse al piano, en el comedor de María Dolores, y entretener los dedos con las danzas españolas de Granados, como había sucedido en los primeros meses de noviazgo. Ahora se despedía de ella temprano e iba a descansar al hotelito de la calle Durazno casi esquina Jackson, donde vivía con la madre.
Ya desde octubre había presentido el calor. Se despertaba en medio de la noche, despavorido por las conversaciones que oía dentro de su cuerpo y que no conseguía silenciar.
—El calor me está llenando de efervescencia y de malos humores —anunciaba en voz alta, para despertar a la madre que dormía en la cama de al lado.
—Entonces tienes que transpirar mucho —decía la madre, y echaba otra frazada sobre Felisberto.
En noviembre se lo notaba más hinchado y cansino, como si le costara arrastrar aquel terrible peso del calor que lo acometía por la noche. Casi ya no iba a trabajar ya a la Imprenta Nacional, donde había conocido a María Dolores en la primavera de 1959 y donde jamás había logrado trabar otra amistad que no fuera la de ella. Solía levantarse de la cama a la tarde, para encontrarse con la novia en un café de la esquina. Al verla, le repetía siempre la misma frase
—Voy a morirme pronto, y la gloria que no he conocido será tuya.
María Dolores tomaba a broma la solemnidad de la declaración procuraba distraerlo hablándole de todo lo que aún no habían leído juntos, de las novelas de Lagerkvist y de las cartas de Kafka a Milena, pero ya hacía tiempo que Felisberto se había desinteresado de lo que sucedía fuera de su cuerpo.
Cuando las efervescencias lo dejaban en paz, tomaba una novela de cowboys y se ponía a estudiar con paciencia las modulaciones verbales del autor. ¿Cómo organizan sus relatos estos autores?, solía preguntarle a la novia. ¿Cuál será el revés y cuál el derecho de las palabras que emplean? Pasaba de una historia de Corín Tellado a una versión en prosa de La Ilíada, admirándose de que el número de personajes fuera igualmente incontable en un texto y otro. Aun en las ficciones no sabía cómo comportarse ante las multitudes.
Escribir había acabado por desencantarlo, y durante aquellos meses finales de la desgracia sólo conseguía borronear unos pocos apuntes en la indescifrable taquigrafía que había inventado para sí. Empezó a vislumbrar; en cambio, que aún podía hacerse famoso como concertista de piano, y todos los días se ejercitaba en el comedor de María Dolores, dejándose llevar por el sueño de los aplausos. Sentía a veces una ligera protesta de los dedos (primero un murmullo como de agua, luego una tensión repentina en los músculos de los pulgares), y comprendía que, a través de esa señal, el cuerpo pedía que lo pasearan por calles arboladas. Felisberto acomodaba entonces el paño lenci sobre las teclas del piano, bajaba la tapa, y sin despedirse encaminaba el cuerpo hacia el parque Rodó o lo dejaba reposar en la platea de un cine. Sentado en la segunda o tercera fila —como lo habían acostumbrado en la adolescencia—, Felisberto se deleitaba con la visión de Los diez mandamientos o de Ben-Hur, aunque el film predilecto de aquellas últimas semanas sería Lawrence de Arabia, que había visto tres veces seguidas en una función continuada.
A fines de noviembre las efervescencias comenzaron a dolerle. Apenas oscurecía, Felisberto y la madre se asomaban al balcón, en el hotelito de la calle Durazno, y contemplaban la perezosa subida de los calores desde el asfalto hacia las azoteas. Abrigado con una camiseta de frisa, Felisberto perdía buena parte de los humores malsanos durante el momento de la observación, pero ni aún así lograba que el cuerpo se le deshinchara. Por el contrario, las esponjas de los músculos se inflamaban cada vez más, a despecho de las frazadas nocturnas, y los bullicios de la efervescencia le apretaban tanto el estómago que Felisberto deseó morir.
Poco antes de Navidad tuvo un desvanecimiento, y la madre lo llevó al consultorio del doctor Purriel, en el Hospital de Clínicas. Llegaron al mediodía, desolados porque la fuerza del calor no los dejaba respirar, pero a pesar de la insistencia del médico, Felisberto no quiso sacarse la camiseta de frisa. Lo único que aceptó fue arremangarla para que le extrajeran sangre de las venas, ese día y el siguiente.
El 17 de diciembre Purriel decidió internarlo, y Felisberto supuso que el mero oxígeno del hospital bastaría para aliviarlo. Lo dejaron una habitación donde ya había otro paciente, con la promesa de año nuevo iban a mudarlo a un cuarto espacioso, sin compañía, desde donde pudiera mirar las palmeras del jardín.
—Díganme por lo menos cómo se llaman estas efervescencias —rogó.
—Púrpura —le mintió el médico—. Es un desarreglo de los riñones.
Tenía leucemia, y se le había declarado de manera tan fulminante, que ya era tarde para detener la enfermedad: consideraban que en un mes, o tal vez en menos tiempo, Felisberto moriría. Sólo él se mostraba feliz, amparado por el silencio del hospital y por las transfusiones de sangre que iban apagando poco a poco el tumulto de las efervescencias. Le prometieron que alguna vez se levantaría, y antes del 3 de enero ya habían cumplido la palabra: cierta mañana, luego de una transfusión, Felisberto fue a visitar a Calita, la madre, que se había declarado en estado de dolencia y había buscado refugio en la casa de Deolinda, su hija mayor.
Al regresar tuvo un vómito de sangre, y fue preciso darle un calmante para que durmiera. Cuenta María Dolores que esperaba la muerte con curiosidad, temiendo sólo que el cuerpo se le volviera púrpura en el velorio y no fuera posible mostrarlo a las visitas.
Cuando lo dejaban solo, repasaba la historia de su familia, en la que habían abundado los casamientos de sangre. Primero el misterioso lazo semiconyugal que unía a Felisberto con la madre, puesto que había preferido la compañía de ella a la de sus múltiples esposas para dormir la siesta o espantar las pesadillas de la noche; más tarde, la rara fotografía que lo mostraba junto a su hermana Ronga vestida de novia, mientras él la contemplaba con ojos enamorados; luego el casamiento de la propia Ronga con un campesino bonaerense que contrajo ceguera a causa de una sífilis sin curar; y, en fin, el raro destino de su hija Ana María, que se había casado con un hijo de Ronga porque él se parecía a Felisberto, y cuyo primer niño era el retrato vivo del abuelo.
Pensó a cuántas mujeres había querido de verdad tras el odio enceguecido que sintió por la primera de su vida, la tía abuela Deolinda que lo despertaba a latigazos. A todas les había escrito largas cartas de amor y sumisión y las había mantenido con el corazón en la boca a fuerza de contarles historias maravillosas; a todas —menos a su madre— las había abandonado cuando sintió que exigían de él algo más que frivolidades y cortesías. En el fondo, al único ser que se había entregado por completo era a sí mismo, y quizá por eso era él la única persona a quien había tratado cruelmente.
Pero ya no importaba nada, ni siquiera los pesados ramajes del calor que entraban en Montevideo como un ejército enemigo y que, al no poder molestar su cuerpo, venían a revolverle los parajes marchitos de su pasado. María Dolores y Ana María se alternaban para acompañarlo por las noches, aunque él ya no era capaz de distinguir quién era quién. El 12 de enero, Felisberto vio llegar a la hija vestida de blanco, entre el coro que formaban las cofias de las enfermeras y los barrotes refulgentes de la cama. Se incorporó apenas y dijo:
—Ana siempre parece una virgen.
Después de la frase, se durmió y su respiración se volvió turbulenta, como si las efervescencias despertaran de nuevo dentro del cuerpo. Le hicieron una transfusión de sangre y lo dejaron descansar. A las seis de la mañana, el 13, los secretos ciclones que tanto había temido Felisberto soplaron sobre su corazón y lo detuvieron. Los músculos se inflamaron más y más hasta que el muerto quedó en el interior de la hinchazón, como la crisálida de un gusano de seda.


Felisberto fue el primer hijo de Juana Hortensia Silva, una chiquilla de quince años que afrontó con susto el embarazo, sin explicarse muy bien qué oscuras vueltas de la vida la habían llevado a la maternidad, y es tal vez por eso que el niño nunca aprendió a crecer del todo ni a desentenderse de las ensoñaciones de la infancia. Prudencio Hernández, el padre, era un constructor que doblaba en edad a su mujer. El nacimiento de Felisberto lo había vuelto celoso e intolerante, y dos años más tarde, cuando a la familia se sumó Deolinda (o Ronga), comenzó a ponerse taciturno y a no mostrar interés más que por los cálculos de alabañilería.
La casa natal quedaba en el barrio de Atahualpa, cerca de una plaza inclinada que descendía desde el cerro de Montevideo. Cuenta Ronga que Felisberto, antes de ir a la escuela, solía crear “juegos de recuerdo”, que consistían en contemplar un objeto (de preferencia plantas o caballos) y, luego de un rato, verificar cuál de todos los jugadores había visto más detalles de ese objeto. Después, cuando aprendió a leer, inventó lo que Ronga llama ahora “el juego de las terminaciones”, cuya gracia estaba en disparar una palabra al aire y en descubrirle de inmediato la consonante. Así, por ejemplo, la vez que Ronga dijo “constancia”, el hermano respondió: “Esa no, porque le tengo repugnancia”.
Felisberto, cuya escritura se parece tanto a la de Proust por el encadenamiento de los objetos con los recuerdos que suscitan, dejó pocos espacios de la infancia sin narrar. De la casa natal retuvo la imagen de su feroz tía abuela, Deolinda Arocha de Martínez, “que es gorda, está agachada y saca vino de una pipa”. De la primera maestra, el infantil deseo de convertirse en pollo para vivir bajo la campana de sus faldas. De Clemente Colling, su profesor de piano, el azar que había hecho de él un tuerto, además de ciego, porque si se esforzaba podía ver los colores con un solo ojo; al otro “se lo habían sacado en una operación, para tratar de darle vista”.
Nada dijo, en cambio, de las semejanzas que comenzaron a aparecer entre su infancia y la de la madre, y de cómo esa repetición de la historia familiar lo marcó para siempre. Hacia 1907, Felisberto y Ronga fueron dejados durante más de un año en casa de la tía abuela, cuando la madre resolvió irse con don Prudencio a Maldonado, done estaban construyendo un cuartel militar. Al principio, la vieja fue severa, pero apacible; poco a poco empezó, sin embargo, a manifestar indiferencia por la niña y una mala voluntad por Felisberto que acabó transformándose en inquina. Lo mandaba al almacén, con órdenes confusas, y cuando volvía, preguntaba al niño qué clase de órdenes había cumplido. La respuesta estaba siempre equivocada. Antes de mandarlo a dormir le anuciaba:
—Te castigaré con el rebenque, Felisberto, pero no voy a decirte cuándo.
Los azotes llegaban siempre por la mañana, y no paraban hasta que la tía Deolinda sentía el batón empapado en sudor. Cuenta la hermana Ronga que el niño solía prometer grandes sacrificios a los santos para que lo salvaran del castigo, pero sólo una vez tuvo ocasión de cumplirlos. Fue un amanecer de calor, entre las cinco y las seis, cuando no habían cantado los gallos todavía. Ronga despertó y vio que Felisberto estaba con los ojos abiertos, observando las arrugas de la lona del techo. Lo oyó rezar. En medio del rezo, la tía Deolinda entró en el cuarto y le cruzó la boca, con la lonja del rebenque. “Jesús, María y José, ampárenme”, suplicó entonces el niño, y el segundo latigazo se detuvo en el aire.
Felisberto creyó que la invocación había surtido el efecto de un milagro, y en agradecimiento dio tres vueltas de rodillas por el cuarto. Pero a la mañana siguiente, cuando repitió el conjuro, el rebenque continuó golpeando con la fuerza de costumbre. Medio siglo después, al enterarse de que el argentino Roberto Arlt era despertado por su padre de la misma manera, Felisberto volvería a comentar el episodio con Ronga: “pero el recuerdo se le había ablandado —dice la hermana—, y tenía otro gusto, como si fuera un alimento en malas condiciones”.
Aquella vez, los hermanos hablaron también del parecido que había entre la niñez de Felisberto y la de Calita. La madre había sido criada por la tía Deolinda casi desde recién nacida, para sustituir a los tíos que habían muerto en una epidemia de viruela, y en el barrio se tenían sospechas bien fundadas de que a Calita la habían casado con Prudencio Hernández cuando era casi impúber para sacársela de encima.
Fue por el mismo motivo que la tía hizo estudiar el piano a Felisberto. Todas las tardes, desde los nueve hasta los once años, Calita o Deolinda lo acompañaban a casa de la maestra, Celina Moulier, y lo depositaban en una sala donde lo principal, aparte del piano, era una mujer de mármol que Felisberto acariciaba al llegar.
En El caballo perdido, un relato de 1943, se refiere que “Celina traía severamente ajustado de negro su cuerpo alto y delgado como si se hubiera pasado las manos muchas veces por encima de las curvas que hacía el corsé para que no quedara la menor arruga en el paño grueso del vestido. Y así había seguido hasta arriba ahogándose con un cuello que le llegaba hasta las orejas. Después venía la cara muy blanca, los ojos muy negros, la frente muy blanca y el pelo muy negro, formando un peinado redondo como el de una reina que había visto en unas monedas y que parecía un gran budín quemado”.
Tres vecinas longevas que chupaban la bombilla del mate a través de un agujero que había en el tul de sus tocados, la tía Petrona que había aprendido a reírse durante más tiempo que los demás mortales, Celina y el maestro ciego Clemente Colling son paisajes naturales de una fauna infantil a la que Felisberto consagró la mayor parte de su escritura.
No hay en sus cuentos casi huellas de las improvisaciones de piano a que debía someterse en un cine de Pocitos, para acompañar los films de Mack Sennett, Theda Bara o Mary Pickford, de quien Ronga y él vieron emocionados, al menos una docena de veces, Pobre niña rica.
Los conciertos de piano habían empezado a los doce años, en las sociedades de fomento o en las salitas de algún club, pero los acompañamientos en el cine llegaron mucho después, en 1917 y 1918, cuando la familia Hernández necesitó el dinero de Felisberto.
“La primera vez ocurrió en invierno —cuenta Ronga—. Vivíamos en la calle Minas, cerca de la avenida La Paz, y el cine quedaba a unas cuarenta cuadras, en el lado más lejano de Pocitos. Como no podíamos pagar el ómnibus, tuvimos que caminar. El frío era terrible, y al principio nos dolían las piernas, hasta que dejamos de sentirlas. Durante la función, Felisberto tocaba el piano y tosía, pero cuando no hacía falta la música, él también se quedaba callado. Al salir, le pregunté que por qué dejaba de toser cuando no tocaba el piano; me contestó que era por miedo a que mamá se enterara de su tos y quisiera ponerle ventosas. Siempre tuvo horror de las ventosas, y creía que las partes del cuerpo donde las habían aplicado ya no servían más que para eso, para recibir ventosas”.
Por culpa del piano, Felisberto no aprobó el ingreso a la escuela secundaria y decepcionó a sus maestros de la escuela Artigas, con quienes había aprendido a “escuchar el silencio”. A los veinte años alcanzó otros consuelos: pudo zafarse de la influencia de la tía Deolinda, que se mudó a las afueras de Maldonado, y tomó la costumbre de dormir la siesta con Calita, la madre, quien seguía teniendo modales de adolescente a pesar de que le habían nacido otros dos hijos, Ismael y Mirta. Durante aquellos años, Felisberto vivía sumido en el piano, sin otro interés que el aprendizaje de nuevas músicas españolas y la domesticación, a través del ejercicio, de unos dedos que no todos los días se mostraban dóciles.
Cierta vez, luego de una larga temporada en que el estudio del piano duraba más de diez horas, sintió un cansancio contra el que no supo defenderse. Enterada la tía Deolinda, lo invitó a unas vacaciones en Maldonado. Así empezaron las tristezas de Felisberto.
Instalado en un cuarto espacioso sobre la calle, ocupaba el tiempo en la contemplación de las plantas y en la lectura de folletines. Por las tardes, cuando el aburrimiento llegaba al colmo, jugaba a las bochas o tomaba apuntes en un diario. El 7 de septiembre de 1922 escribió estas líneas: “Entre los que jugaban a las bochas había uno altísimo. Había quien proponía que, como tenía piernas tan largas, debía dar solamente dos pasos antes de bochar. Yo me opuse diciendo que el hombre es la suma de lo que es. Otro dijo que una condición natural como eran las piernas largas podrá compensar la inteligencia, que era otra condición natural. Otro dijo que a muchos hombres altos había que unirles los pies a la cabeza, a manera de alas”.
Fue en Maldonado, entonces, donde el pianista se descubrió escritor, sin demasiada conciencia de que en el paso había un sutil cambio de calidad. Parece que Felisberto veía las palabras de su diario como otra forma de la música, y que nunca pudo zafarse por completo de aquella confusión. Era tan terco, tan ensimismado, que ya en las pocas líneas escritas el 7 de septiembre acumuló todas las cualidades que tendría su escritura, y no las cambió más. Allí asoma la idea del cuerpo como un doble del propio ser, y el sentimiento de que las partes del cuerpo pueden vivir vidas separadas; allí despunta también la noción de que los objetos son criaturas complementarias de los humanos, y que puede aludirse a ellos como si tuvieran una biografía. Sólo faltan (quizá porque el fragmento de diario es demasiado corto) unos pocos rasgos: la presencia de las cosas que fluyen —el agua, los recuerdos—, y la conciencia de que el tiempo es un lazarillo que trae regalos, comete tonterías y puede quedarse pegado a los hechos “como patas y alas de insectos en un pantano”.
Aquella primavera de 1922 Felisberto se afeitó la barba rala que lo había acompañado en las primeras improvisaciones para el cine, pero retuvo de ella un bigote ancho y desparejo, más oscuro que el pelo. Cuatro años después, cuando nació su primera hija, se quitó el bigote “en señal de madurez”, dejando al desnudo una cara idéntica a la de Dustin Hoffman, y con los mismos tics de indolencia y desamparo. Quedó así convertido en un adolescente, y ya nunca más pudo ser otra cosa.
Un domingo conoció en la confitería de Maldonado a María Isabel Guerra, que le llevaba más de cinco años y a quien los para un casamiento de importancia con algún doctor o hacendado de la región. Felisberto se enamoró en seguida y ella lo correspondió con devoción maternal. Cuando pidió permiso para la primera visita del novio, el padre de María Isabel le peguntó que con qué contaba. “Con los dedos”, respondió Felisberto, sin disimular la carcajada. El desplante cayó mal en la casa de los Guerra, donde desde entonces lo llamaron “el desequilibrado”. En 1925, hacia el fin del invierno, pudo por fin casarse en Montevideo. Calita y los padres de María Isabel emprendieron una guerra sin cuartel contra la pareja, inventando fábulas de otros amores o intrigas de dinero para separarlos. No se contuvieron siquiera cuando nació Mabel, el 28 de julio de 1926, y fue tal vez por ese malhumor del nacimiento que la relación de Felisberto con su primera hija no conoció más que desdichas.
A los pocos años, la familia Guerra decidió que el escritor no tenía responsabilidad ni tino para ser padre de familia, y recluyó a María Isabel con la niña en la casa de Maldonado, entornando las puertas como si estuviera de duelo. Felisberto no tuvo más noticias de ninguno de ellos.
En 1949, al regresar de Europa, se encontró en una calle de Montevideo con un ex condiscípulo de apellido Di Conca. “¿Sabes, Hernández? —le dijo—. Vamos a ser parientes. Tu Mabel se casa con mi hijo.”
Felisberto quiso ver nuevamente a Mabel aunque fuera en la antesala del registro civil, y allí la aguardó la mañana del casamiento, atormentado porque la ceremonia incluía a otras cuatro parejas y él no podía reconocer cuál de las novias era su hija. Se abrazaron al encontrarse, y con las cabezas juntas se prometieron que no dejarían de verse ni un solo día cuando Mabel volviera de la luna de miel.
Fue así: la recién casada aprendió de memoria todo lo que había escrito el padre, y recuperó a través de los relatos la vida en común que había perdido. Pero la desgracia volvió a separarlos. Hacia 1955, la hija mayor de Mabel murió quemada al derramarse una olla de leche hirviendo; dos meses más tarde, una segunda niña que vestía un trajecito de nylon fue alcanzada por una explosión de alcohol: agonizó durante una semana, sin que Felisberto se moviera del hospital. Cuando también esta niña murió, quiso acompañar a Mabel hasta la Morgue. Juntos descendieron por la escalerita estrecha que llevaba al sótano de los menores, y fue él quien descubrió sobre una mesa de mármol el cuerpo vendado de la nieta. Mabel no quería separarse del cadáver y permaneció abrazada al mármol durante más de una hora, hasta que los médicos la apartaron. Felisberto no se movía de su lado, mudo, con los ojos fijos en el blanco de la pared.  Cuando salió, Reina Reyes —que era entonces su mujer— lo sacó del trance para preguntarle: “¿En qué pensaste todo ese tiempo? Y no pudo creer que fuera verdad la respuesta que recibió: “Estuve imaginando un cuento que se titulará Los dolores ajenos”.
Felisberto, que nunca fue dichoso del todo, tampoco llegó a conocer la plenitud del sufrimiento.


Entró en el amor al mismo tiempo que en la literatura. Al regresar de su primera cita d novio a Maldonado, andaba de café en café escribiendo relatos nuevos u oyendo los poemas que leían Alfredo y Esther de Cáceres, sus primeros amigos. En la tarde de los viernes se sumaba Ronga e iban con ella al paraninfo de la Universidad para oír las clases magistrales de Carlos Vaz Ferreira. A Felisberto le embelesaba más la cadencia del lenguaje que las ideas positivistas del filósofo, el perfecto concierto que había entre la voz y los ademanes. Por aquellos días empezó a leer con entusiasmo los libros de Alfred North Whitehead, y fatigó a los amigos con las teorías recién aprendidas. La realidad se le mostraba como una suma de partículas independientes que navegaban en el espacio-tiempo, y los sucesos del periódico le parecían organismos vivientes, con músculos y sensaciones.
Cáceres quiso presentarlo a Vaz Ferreira y durante muchos días Felisberto se negó, no por falta de admiración sino porque su única camisa era un reverbero de hilachas. La tarde en que estrechó la mano del maestro y cambió con él unas pocas palabras, volvió a su casa con una raza nueva de deslumbramiento, en la que se confundían el amor y el gozo de la escritura. Compuso el “Prólogo de un libro que nunca pude empezar”, y lo dedicó a Vaz Ferreira para que él tuviera una inmediata idea de cómo era su intimidad. Este es el texto: “Pienso decir algo de alguien. Sé desde ya que todo esto será como darme dos inyecciones de distinto dolor: el dolor de no haber podido decir algo de lo que me propuse. Pero el que se propone decir lo que sabe que no podrá decir, es noble, y el que se propone decir cómo es María Isabel hasta dar la medida de la inteligencia, sabe que no podrá decir sino un poco de cómo es ella. Yo emprendí esta tarea sin esperanza, por ser María Isabel lo que desproporcionadamente admiro sobre todas las casualidades maravillosas de la naturaleza”.
Incluyó la página en el primero de sus libros, Fulano de tal, un folletito del tamaño de la mano, que carecía de tapas y que Felisberto pagó al cabo de muchas idas y vueltas. Vaz Ferreira lo celebró con una palmada, y María Isabel no supo qué decirle.
Tras el casamiento, sobrevivió a fuerza de conciertos. Asistido por un empresario de talla gigantesca y barba de cardenal florentino, que respondía al nombre de don Venus, Felisberto honró los pianos de cuanto pueblo sin música quedaba en el Uruguay, de Bella Unión a Cuñapirú y de Tres Árboles a Velázquez, reposando sobre los jergones despellejados que conseguía don Venus o acalambrándose los huesos en las malas “camas de familia” que le prestaban por compadecimiento. Y a pesar de que cada función iba siendo más sórdida y triste que la otra, y de que a Felisberto se le borraba el rostro de María Isabel entre las polvaredas de los pueblos, aún podía darse tiempo para componer música e imaginar nuevas historias. En esas giras escribió los relatos de Libro sin tapas, que imprimiría en Rocha, a mediados d 1929; los de La cara de Ana, que editó en Mercedes al año siguiente, y los cuatro cuentos de La envenenada, aparecidos en Florida entre 1930 y 1931.
Cuando don Venus le dejaba un respiro, regresaba a Montevideo y entraba de nuevo en la ronda de los cafés, poniendo siempre cuidado en llegar a las citas media hora antes, para adaptarse a los objetos y al bullicio del lugar. En la primavera de 1927 dio su primer concierto en la capital. Cuenta el diario uruguayo La razón que “en ocasión del debut en el teatro Albéniz, estrenó el joven pianista dos composiciones de su cosecha tituladas Festín chino y Borrachos”. Añade, previsiblemente, que hubo aplausos y que el concertista debió satisfacer a la concurrencia con “páginas fuera de programa, entre las que se contaba una de su inspiración: Negros”.
Son años tan colmados por la música y la escritura que la felicidad mal cuidada por Felisberto acabará rompiéndose. Tras la separación de María Isabel, pasará mucho tiempo antes de que el consuelo le llegue bajo la apariencia de una pintora, Amalia Nieto, a quien conoce durante el homenaje que cientos de montevideanos rinden a su talento de músico, en las salas de Ateneo.
Felisberto se declara enamorado de inmediato. No quiere que, antes de casarse, los sentimientos se apaguen y cada cual sepa sin escondrijos cómo es el otro exactamente. Nada de eso: había logrado que “el mundo se detuviera en un instante preferido” y pensaba demorar aquella inmovilidad hasta que el mundo pudiera retroceder unos días y volviera a caer en el mismo instante.
Será un matrimonio turbulento y no durará más de tres años. Al principio, Amalia vive el amor con alborozo. Queda encinta y no resta demasiada atención al ocio en que está sumido Felisberto: ella y su familia se bastan para mantenerlo. Pero en 1938 nace Ana María, y la intimidad de la pareja es turbada por las continuas intrusiones de don Venus González Olaza, quien organiza conciertos en la Provincia de Buenos Aires y no quiere prescindir de Felisberto.
Un buen día, Amalia se planta: le exige al marido que cese los ensayos musicales y las escrituras interminables; quiere que lleve dinero a casa como un hombre corriente, o que se vaya. En pocos meses había fracasado la librería El burrito blanco que la pareja instaló cerca de la playa de Pocitos, en un local prestado. El responsable de la catástrofe es Felisberto, que se olvidaba de reponer los ejemplares vendidos o desaparecía con don Venus en las tertulias del centro. Ahora marido y mujer están llenos de deudas, y los Nieto no piensan seguir ayudándolos. Felisberto se desespera, sin saber cómo salir del mal trance, y entre súplicas de perdón y arranques de melancolía, concibe una solución que se parece al suicidio: vende el piano y deja el fajo de billetes sobre el rincón desierto del vestíbulo donde ensayaba por las tardes. Es el fin: aquel mismo día descubre que ya no siente amor por Amalia.
Poco a poco irán llegando los meses de sosiego. Otra vez junto a Calita, recluido en una pensión de mala muerte, Felisberto escribe incansablemente las maravillas de El caballo perdido, una larga historia cuya protagonista es Celina Moulier o quizá, para ser justos, un seductor que se llama Recuerdo. Los amigos acaban de publicar, por suscripción, el relato sobre su maestro Clemente Colling, y le aconsejan que le lleve el libro al poeta Jules Supervielle, que ha llegado a Carrasco huyendo de la guerra. Felisberto no se atreve y, simulándose mandadero, deja el volumen en manos de la mucama. Alertado por el pintor Torres García, Supervielle lo lee de un tirón y escribe al autor esta carta: “Querido señor. Qué placer he tenido al conocer a un escritor realmente nuevo, que alcanza la belleza y aun la grandeza a fuerza de “humildad ante el asunto”. Usted consigue la originalidad sin buscarla para nada, por una inclinación espontánea hacia lo profundo. Tiene usted un sentido innato de lo que un día será considerado clásico. Sus imágenes son siempre significativas y, como responden a una necesidad, están siempre dispuestas a grabarse en el espíritu. Su narración contiene páginas dignas de figurar en rigurosas antologías —las hay absolutamente admirables— y lo felicito de todo corazón por habernos proporcionado este libro”.
Felisberto no puede contener el arrebato en que lo sume la carta y se presenta ya entrada la noche en casa del escritor, para saciarse de conversaciones e imaginaciones. El entusiasmo es mutuo: Felisberto pasa de una cita de Whitehead a una reflexión sobre Buenos Aires, de un chiste sobre el cordón de la vereda a un fragmento de Petrushka ejecutado en el piano de cola de la sala: Supervielle le da a leer sus últimos poemas, lo hace cómplice de sus congojas por la Francia que ha perdido y jura que algún día entrarán juntos a París, donde todo objeto es pariente del recuerdo.
Fueron años apacibles. Sin un centavo en el bolsillo disfrutando de la hospitalidad de Supervielle y de los mimos de Paulina Medeiros —su última enamorada—, Felisberto no pensaba más que en escribir. Imaginaba que la creación era un movimiento solitario del alma, sobre el que no influían los procesos políticos ni las congojas sociales. Amaba el aislamiento, la pereza, el cuchicheo de las plantas y de los objetos: la respiración de todo lo que no fuera animal y no acudiera a perturbarle. Era un individualista en el sentido más extremo de la palabra: tenía la convicción de que lo bello no podía ser sino bueno, y de que las masas eran “un reptil sin sosiego, un rodar sin seguridad, un riesgo sin solvencia, un reo sin salvación”.
Hacia el final de la vida veía fantasmas comunistas en cualquier recodo del Uruguay. Para denunciarlos o combatirlos se afilió al Mondel o Movimiento Nacional por la Defensa de la Libertad —una institución patrocinada por los servicios norteamericanos de inteligencia—, y aceptó dar tres charlas semanales por Radio El Espectador sobres sus delirios ideológicos. Algunos viejos amigos de Felisberto tratan ahora de escamotear esos datos para no echar sombras políticas sobre su memoria.
No es verdad, como pretende Paulina Medeiros, que Felisberto fuera un analfabeto político y que se sometiera por candidez o inadvertencia a las intrigas del Mondel, porque para la delación hace falta algo más que un estómago a prueba de náuseas. Se precisa cierta sordera en el amor y un sibilino resentimiento contra la especie humana. Tal vez por eso en las historias de Felisberto hay más objetos que personas y más curiosidad por el pasado que por el porvenir.
Le costaba tanto escribir que, al verlo sentado en la mesa del comedor, sumido en la oscuridad y el silencio, Paulina Medeiros no dejaba de pensar en los dolores de una parturienta. Al menor ruido, Felisberto se distraía, y tardaba un largo rato en volver a concentrarse.
Cuando llegó a París, con una beca del gobierno francés, vivió como enquistado en el hotel Rollin, rue de la Sorbonne, sin salir más que rumbo a la embajada guaya o a la casa de Supervielle. A falta de otro entretenimiento, escribía. Durante los dos años que vivió en Francia, (1946-48) surgieron Las Hortensias, las primeras versiones de La casa inundada, El cocodrilo y algunos fragmentos de Tierras de la memoria. Una o dos veces al mes, la madre y Paulina le enviaban encomiendas de yerba, chocolate y carne enlatada, para que Felisberto no sufriera los rigores del racionamiento. Pero él, desinteresado de la comida, volvía poco a poco la atención hacia el amor.
Mientras escribía Las hortensias le presentaron a una modista española, María Luisa Las Heras, a quien empezó a visitar por las tardes, después de que ella cerraba su taller. Ya en vísperas del regreso a Montevideo, Felisberto supo que no podría vivir sin aquel amor nuevo y se desvivió en diligencias diplomáticas para llevar a María Luisa consigo. Tuvo que esperar seis meses en el Uruguay antes de organizar un casamiento por poder y de aportar algún dinero para el pasaje de la novia.
A María Luisa la conocieron pocos montevideanos, porque ella fue la única mujer de Felisberto que desdeñó los cafés y los cambió por el trajín de una casa de costura. Cerca del parque Rodó se instaló con otras modistas de buen rango, reservando un pequeño cuarto en la planta alta donde Felisberto podía escribir sin sobresaltos: para que no oyera el ruido de las Singer, María Luisa ordenó acolchar los muros y colocar burletes en las puertas. No duró mucho el encantamiento. En el otoño de 1953 la española enfermó del corazón y Felisberto no quiso asistirla. Poco a poco fue retirando de la costurería sus papeles y sus trajes, hasta que no le quedó nada por llevar, salvo a sí mismo.
Ahora, en este tramo final de la historia, es preciso observar con atención la atmósfera donde viven los personajes que van a contar su vida.
De la novelista Paulina Medeiros conviene retener los biombos chinos del comedor, los adornos dorados de los muebles, el reloj de péndulo que suena cada cuarto de hora y la muchedumbre de cartas polvorientas que conserva en el escritorio. Cuando llamo a su puerta, Paulina atiende compungida, porque el día anterior ha celebrado el cumpleaños de su madre con masitas, oporto y batatas en almíbar, y a consecuencia de la fiesta ella ha quedado sorda de un oído y la mucama que la asiste yace en cama, con el hígado dolorido. Sólo al cabo de un rato sabré que la madre de Paulina ha muerto hace dos años.
Del otro personaje, la pedagoga Reyna Reyes, hay que recordar los trémolos de una voz que se emociona cada vez que nombra a Felisberto, la biblioteca de ladrillos huecos donde él guardaba sus diccionarios cuando vivieron juntos, y el paisaje del cerro y la bahía que se dominan desde un balcón al que el escritor debió de asomarse muchas veces.
Paulina conoció a Felisberto en enero de 1943, durante un homenaje que le ofreció Radio Águila en el palacio Salvo. Sin dejar de mirarla, él tocó Festín chino y una farucca de Manuel de Falla. Luego, mientras ella lo aplaudía, Felisberto se le acercó y le estrechó las manos.
—Soy viscoso —fue lo primero que le dijo—. Me adhiero a las cosas.
Al día siguiente, intercambiaron libros, y al otro día cartas que repentinamente fueron de amor. Pocas veces hubo paz entre ambos. “Peleábamos tanto —refiere Paulina— que ni siquiera dormíamos. Siempre creí que Felisberto no me amaba, porque en verdad parecía no amar a nadie, pero ahora que he vuelto a leer sus cartas, ya no sé qué pensar. A veces le interrumpía una de sus ensoñaciones para preguntarle qué significaba yo en su vida; respondía que él era un explorador y yo la selva. Si le pedía otras explicaciones, se marchaba ofendido.”
A Reyna la conoció aquel mismo verano en la Torre de los Panoramas, que había pasado de las manos de Julio Herrera  y Reissig a las de Alfredo Cáceres, y donde en vez de soñar con clepsidras y parques abandonados, los poetas iban ahora a tomar clases de psicología. Cáceres advirtió que Reyna y Felisberto se habían entendido bien ya en las primeras conversaciones, y les vaticinó matrimonio. “Pero yo no creí en el presentimiento —cuenta Reyna— porque Felisberto había empezado sus amores con Paulina y no tenía ojos para otra persona. Sólo algunos años después nos vimos a solas, en vísperas de su partida para Francia. Acababa de comprarse unos maravillosos zapatos de anca de potro, y no cesaba de repetir esas palabras, anca de potro, fascinado por el vaivén de las aes y las oes. De todo hablamos aquel día, menos de nosotros mismos.”
Fue en vísperas del viaje cuando Felisberto se apartó de Paulina. Ella había logrado que los franceses le ofrecieran tarjetas de racionamiento y descuentos en el ferrocarril, e imaginó que esas ventajas eran un buen pretexto para acompañar a Felisberto. Pero ni bien Paulina anunció su intención, el novio le entregó una carta distante, cuyas primeras líneas decían: “Mi querida, hemos de movernos por separado en este mundo”. Ella sintió la afrenta y renunció al viaje.
La pasión por Reyna nació casi diez años más tarde, cuando la pedagoga vivía angustiada por la soledad —sus dos hijos acababan de casarse—, y Felisberto estaba sumido en la más descalabrada de las miserias, compartiendo con Calita un subsuelo de la calle Chaná al 2300, donde los cuartos de los pensionistas estaban separados por tabiques bajos de madera terciada. Reyna era una matrona diligente que se repartía entre cuatro empleos; Felisberto, un tinterillo de la Agadu (Asociación General de Autores del Uruguay), a quien confiaban los peores trabajos de copistería o mandaban a comprar cigarrillos para que se le aplacara el orgullo. Cierto domingo, a fines de 1954, Cáceres les dijo a los dos amigos que estaban hechos el uno para el otro, y ellos le creyeron porque ya no les quedaba ninguna esperanza por perder. Tuvieron el primer encuentro en un café de Colonia y Cuareim, y vivieron una despedida de amor en la  Estación Central del ferrocarril, cuando Felisberto debió viajar a la ciudad de Treinta y Tres llamado por Ismael, el hermano.
De la separación fluyó una carta tras otra. Reyna suele llorar cada vez que vuelve a la primera, en la que Felisberto la imagina como una diosa y sueña con mensajes de amor escritos sobre el pañuelo que ella agitaba en el andén. El epistolario se pobló de anotaciones mágicas a propósito de todo lo que Felisberto encontraba a su paso: carretillas, botellas vacías, programas de cine, chaparrones, cortinas rotas. El 14 de agosto, luego de ver los films Luz en el horizonte y Rebeca, una mujer inolvidable, le envió a Reyna la platea que había comprado, número 053, con estos comentarios: “A esa luz del horizonte no la conoceré hasta que me digas que me quieres” y “¿Cómo puede haber otra mujer inolvidable que no seas tú?”
Reyna cedió por fin al deslumbramiento de las cartas y se casó con él en un juzgado cerca de la playa Solís, “entre tanta pobreza que el juez debió poner unos ladrillos para que no nos enlodáramos al entrar”
Conviene que Reyna tome la palabra para narrar los días que vendrán, porque ya nada de lo que respire Felisberto Hernández dejará de ser patético y ninguna felicidad podrá aliviar su lento noviazgo con la muerte.
“Qué triste historia la mía —ha dicho Reyna—. Quise actuar con él como mecenas y pagué caro esa tonta vanidad. Alquilamos una casa en Punta Carretas, cerca de donde yo había vivido con mis hijos. Nos reíamos todo el tiempo. Felisberto entresacaba el lado cómico de cualquier objeto, pero sólo sabía hacerlo en la intimidad. Cuando no conocía bien a una persona o sentía inseguridad ante ella, recurría a los cuentos. Tenía el maravilloso don de las representaciones. Se vestía con la ropa de los cuentos para que no se le viera la personalidad ni pudiera comprometerle nadie el afecto.
“Al poco tiempo de vivir conmigo, Felisberto me dijo: ‘No puedo dormir más en esta casa, porque pienso que mamá está sola en una pieza oscura’. Le dije que la trajera con nosotros, si eso alcanzaba para tranquilizarlo, y así fue. Debí trabajar extra para comprar los muebles de la señora Calita, pero el esfuerzo tuvo sus compensaciones: durante un par de meses seguimos siendo felices. Cierto día, Felisberto me abrazó y dijo: ‘¡Qué remordimiento voy a tener cuando mamá se muera! Quiero estar solo contigo, y ella no nos deja’. Yo trataba de entender esas frases oscuras, pero cuando creía haberlo conseguido, Felisberto las enmarañaba de una nueva manera.
“El 6 de enero de 1957, día en que cumplí 53 años, mis hijos celebraron la fecha con un asado en la casa donde habíamos vivido antes del casamiento. Hay allí, en el fondo, un sótano iluminado apenas por dos ventanas a ras del suelo. Detrás de ese sótano, más hacia abajo todavía, teníamos una cueva para el depósito, sin forma alguna de ventilación, con el piso de tierra y los ladrillos a la vista. Hacia la medianoche, cuando llegó la hora de marcharnos, Felisberto me dijo: ‘Vete tú con mamá, Reyna. Yo he decidido quedarme en el sótano’. Y no me permitió replicar.
“Durante algunas semanas lo vi poco. Hasta que por fin comprendí qué absurda era la situación, y me fui a vivir al sótano con él. Tapicé las paredes con esteras de junco barnizadas, improvisé un dormitorio y una pequeña biblioteca de ladrillos. Al poco tiempo, Felisberto me anunció que no toleraba más el trabajo de la Agadu y que se operaría de una fístula en el coxis para que le dieran licencia. Cuando volvió del hospital empezó a soñar todas las noches que mataría al jefe de la oficina, y se dejó llevar tanto por el sueño que estuvo a punto de convertirlo en realidad. ‘A lo único que temo —me dijo— es a la promiscuidad de la cárcel, y a que los otros presos hagan de mí un homosexual’. Le respondí que no se afligiera, que todas sus preocupaciones quedarían borradas si renunciaba al empleo, y ni siquiera me dio tiempo a repetirlo. Aquel mismo día se fue de la Agadu.
“A duras penas estiré mi sueldo para que también pudiéramos mantener a la madre, pero ambos sabíamos que los sobresaltos del bolsillo no se aguantan demasiado tiempo. Intenté conseguirle algún trabajo y moví influencias políticas para que le dieran un puesto público, pero una noche él se escabulló al otro sótano, al que llamábamos la cueva, y con la luz de una lámpara de kerosén escribió en aquella humedad sórdida Diario de un sinvergüenza, que sería la última de sus obras.
“Durante semanas permaneció en la cueva, sin salir más que para buscar comida. En una de esas ocasiones, le anuncié que le habían dado un empleo en la Imprenta Nacional y que debía tomar el cargo cuanto antes. Dócilmente, se lavó y partió, pero al volver trajo la exigencia de que debíamos mudarnos a la vecindad d la oficina, para que no se viera obligado a viajar en ómnibus. Así cambié la casa de Punta Carretas por la de la calle Joaquín Suárez, donde vivo ahora.
“Un día de agosto, en 1958, me fracturé el brazo derecho al caer en una de esas trampas que tienen los almacenes para guardar provisiones. Fui llevad de urgencia al hospital y desde allí envié un mensaje a Felisberto, suplicándole que fuera a verme. Él se desentendió por completo de mí y llevó tan lejos su apartamiento que acudía a la casa de Joaquín Suárez, cuando confiaba en no encontrarme, para ir retirando de a poco sus ropas y sus libros. A fines de aquel año ya no vacilaba en pasear por las calles del brazo con una nueva novia, María Dolores Roselló.”


Lo velaron en la casa de Ronga, entre flores que el calor descomponía demasiado rápido y viudas enemigas que no sabían cómo desencontrarse. Calita, la doliente principal, guardaba cama en el cuarto del altillo, asistida por María Dolores y Ana María. Reyna, quien no se había enterado aún de que el juez ya había firmado el divorcio de Felisberto, apareció temprano en la tarde para anunciar que la única viuda era ella, pero no cosechó pésames ni consuelos. Sólo Paulina la abrazó, llorando.
El marido ciego de Ronga ordenó que sirvieran café y anís; María Dolores contó en voz alta que, poco antes de morir, Felisberto le había enviado una carta llamándola “mi cocodrila”, y que ahora no podía llorar sin tener presente esa palabra.
Tanto se había ocupado Felisberto del cuerpo, tanto había contemplado las nervaduras de sus músculos y las agitaciones de la digestión, que acabó por vivir con él una historia de amor cuyo final —como el de todas sus aventuras— resultaría patético. El primer paso del cuerpo fue hincharse de tal modo que no pudieron sacarlo por la puerta de la casa de Ronga sino por la ventana. El último fue no acomodarse a ninguna de las fosas que habían cavado los sepultureros del cementerio del Norte, de modo que debió aguardar dos horas, a la sombra de un árbol, hasta que hubo una tumba a su medida y un punto final para sus estremecimientos.
(1974)
 
            Hay, entre otras cosas, un tema abordado por Jaime que está presente desde Escrito en los muros (1976) hasta Recodo en el aire (2003). El que más sobresale: El de las ventanas como símbolo, como pasadizos, como puentes, como escape, como sonidos, como ausencia. Ventanas abiertas, cerradas, ventanas de la memoria (nunca del olvido y la indiferencia), ventanas a las que hay lanzar piedras (y que son y no la de los amantes).
La poesía de Jaime, conceptualmente es eso, una ventana, el juego de ventanas de un Jaime que se ha establecido en el último piso del edificio más alto de la ciudad. Desde allí nos mira, se alegra, se asquea, y nos vuelve a mirar. No se sorprende, casi nunca, pero aún así nos vuelve a mirar.
            En la poesía de Jaime hay símbolos y sinécdoques más que metáforas. El murmullo de las ropas (1980). Palabras con agujeros (1983). La humedad es una sombra y otros poemas (1992).
Y es que él toma la parte como el todo, y es así como deber hacerse en la poesía. Sin demasiadas hipérboles, exponiendo lo vivido más que lo leído. Recibiendo lo que sobra de este mundo. Orinando clavos. Enfrentando a la muerte con epitafios. Como un punto. En busca de ese poema. Amando y experimentando.
           
            habría que hablar al revés y escribir oblicuamente
            para que las palabras terminen donde no acaban.
           
            «No hay tonto sin suerte», me dijo una vez Don Jaime y yo le estoy realmente agradecido. Tantas buenas lecturas son las que hemos compartido.
Gracias Jaime Nisttahuz.
El significado de las ventanas ha de sobrevivirnos.
           

Publicado en FondoNegro, de La Prensa, “Homenaje a Jaime Nisttahuz”, el 17 de febrero de 2013.




El Alto, de pie, 1 de diciembre de 2012

Agar, hermana:
           
            Hoy es un día más en la eterna búsqueda, la búsqueda del YO. Un día más, con sus dudas; la duda de saber si es correcto lo que haces o no. Hoy, todo este tiempo, no has sido más que el producto de tus influencias; si es que podemos llamarlas tuyas, claro. No tenemos la necesidad de llamarlas, entonces, no las llamemos.
¿Sabes? No hay nada de malo en la alienación, cuando elegimos con qué/quién alienarnos, cuando elegimos elegir. Elegir es renunciar. Gustavo Cerati lo dice, no lo digo yo, lo dice en una de sus canciones: “decir adiós es crecer”. ¿Crecerás? No lo sé. Pero si tu respuesta es “¡¡¡No!!!”, dilo, por favor, dilo. ¡Grítalo!, y ten siempre una justificación para tus respuestas a la mano (ya sea que te la pidan o no).
Llegará el momento, con la llegada del momento; ya verás. Entonces, ¿qué hacer? Sinceramente, no lo sé. Nunca pudimos estar seguros de nada. Yo, como tú, tengo más dudas que certezas. Aún así, he llagado a creer en lo siguiente: “No necesitas ser complaciente con todos”, porque tú eres tu público, tú y ese pequeño entorno que en adelante te acompañará, no sólo por meses, no sólo por un año o dos, sino por más de una década o dos.
Con el tiempo entenderás, si es que no lo entiendes ya, que el tiempo es el recurso más valioso que tienen. Por favor, malgástalo bien. “Sé vos nomás” como diría Lorio, el vocalista de Almafuerte: “Cumple sus sueños quien resiste”.
Es tarde, muy tarde para todo, pero aún así, estás a tiempo. “Again and again” como dirían los The Bird and the Bee. Estás a tiempo para ponerte frente al espejo y decirte a ti misma, y no al reflejo del espejo, lo dicho por Jorge Drexler: “Hay tantas cosas, yo sólo preciso dos, mi guitarra y vos, mi guitarra y vos”. Es tarde, muy tarde, pero aún estás a tiempo para gritar: “¡Paren el mundo, me quiero subir!”.
¿Cómo comenzar si no hay recetas? Sí, no hay recetas. Máximo, tal vez, llegado el momento, (tratar de) ser consecuentes.
¿Cómo comenzar? Olvidando, tal vez, todo esto, lo aquí dicho. Escuchando, tal vez, “No quiere ser como vos” del Cuarteto de Nos. ¿Cómo comenzar? Escribiendo, tal vez, algo para una de tus hermanas sabiendo que, en realidad, lo escribes para ti mismo. ¿Cómo comenzar? Haciendo las cosas “de callado”, tal vez, haciendo más que diciendo, “dice”.
Tal vez, y sólo tal vez, llegue el día en que puedas cantar “La histórica” del Papirri.
            Atentamente,


Alexis Argüello Sandoval, tu hermano.