El concurso No Municipal de Literatura 2016 es declarado desierto

Habiéndose recibido ocho libros en la tercera versión del concurso No Municipal de Literatura, dirigida a autores nacionales y extranjeros residentes en Bolivia, y luego de revisado cada uno de ellos, se resuelve lo siguiente: declarar desierto el concurso No Municipal de Literatura 2016.

Tal resolución, subjetiva por supuesto, es emitida sin el ánimo de descalificar a ninguno de los libros participantes haciendo uso de adjetivos. Varios de los libros de cuentos, por ejemplo, los tenían válidos y también había novelas compuestas por páginas que resaltaban, sin embargo, lo que se premia en el concurso No Municipal de Literatura es un libro y es esta la intención que se quiere dejar en claro con la presente resolución.

La pasada versión, la segunda, lanzada el año 2015, Caja de zapatos de Isabel Suárez Maldonado fue declarado libro ganador.

El 12 de octubre de 2017 serán lanzadas las bases de la cuarta versión del concurso No Municipal de Literatura, cuyo premio comprende la publicación física, previa edición, además de la dotación de Bs, 2500 a su ganador(a).

Alexis Argüello Sandoval
CONCURSO NO MUNICIPAL DE LITERATURA



Libros que desesperan, luego de publicado y presentado Caja de zapatos de Isabel Suárez Maldonado, ganadora del concurso No Municipal de Literatura 2015, convoca al concurso No Municipal de Literatura 2016 bajo las siguientes bases:

1. Podrán participar autores nacionales, o extranjeros residentes en Bolivia, enviando un libro inédito, de temática libre, escrito en castellano (cuento, crónica, novela o híbrido) que no haya sido premiado en otro certamen hasta emitido el fallo del concurso No Municipal de Literatura 2016. Los textos participantes deben tener una extensión mínima de ochenta (80) páginas: tamaño carta, fuente Arial tamaño once (11) e interlineado de doble espacio.
2. El libro ganador será publicado, sujeto en su totalidad a criterios del editor, recibiendo su autor además dos mil quinientos bolivianos (Bs. 2500) en efectivo por la cesión de los derechos (en digital y en físico) de su libro.
 3. Los textos serán enviados por email (bajo el siguiente asunto: “Concurso No Municipal de Literatura 2016”) a alexis.arguello@gmail.com en formatos .pdf y .doc sin incluir el nombre de autor dentro de su contenido y título. En el mismo email el autor debe adjuntarse otro documento (.pdf o .doc) que incluya datos personales: Nombre, título de la obra, número de páginas, dirección de correo electrónico, dirección de domicilio y teléfonos de contacto.
4. La fecha límite de recepción de los textos es el 04 de enero de 2017 y el fallo se hará de conocer el 06 de marzo de 2017 vía prensa escrita y en http://librosquedesesperan.blogspot.com/ y http://facebook.com/librosquedesesperan.
5. El autor es responsable ante la ley si, con posterioridad al fallo del jurado, se demuestra que su obra tiene vicios de plagio.
6. Los participantes de este premio suponen la aceptación total de las bases de la presente convocatoria y de las decisiones del jurado en esta tercera versión (2016) del concurso.

Regístrese, comuníquese, archívese u olvídese.



CAJA DE ZAPATOS. Este libro es una caja de zapatos que sale a flote o del inconsciente o de una imaginación desbocada, o A o B o AB o BA: imágenes meciéndose en contrapunto con lo acontecido y por acontecer, lo ambiguo y lo no resuelto, lo percibido y lo que se insinúa pie tras traspié. Hay en esta caja, además de aire, además de tinta, papel y pegamento, personajes y narradores que lindan entre lo fantástico y lo humorístico: cebollas rebeldes; microbuses indimidantes que se convierten en serpientes, sí, todavía más intimidantes; víctimas o de capiguaras o de gringos o de estafadores o de malagradecidos; descuidos, ¿inocentes?, que resuelven herencias; apagones graduales en día de resaca; trenes usados por tres generaciones; pasiones a flor de fierro entre candelabros y martillos; notas pegadas por todas partes que, más que a recordar lo aquí dicho, invitan mas bien a no olvidar a Isabel Suárez Maldonado, escritora con un sentido del humor cruel, casi apocalíptico.



Libro ganador del concurso No Municipal de Literatura 2015, cuya autora se hizo acreedora de Bs. 2500 al ceder los derechos de su libro de cuentos (tanto en digital como en físico). Fue publicado por la editorial Sobras Selectas, El Alto, Bolivia, en agosto de 2016. Puede ser adquirida en las siguientes librerías de La Paz: Sobras Selectas, Libros que desesperan, Factotum, Baúl del Libro, El Pasillo, Yachaywasi. En Santa Cruz: Lewi Libros, El Ateneo. En Cochabamba: El Astillero, LaLibre, Centro cultural La Casa Abierta. O, finalmente, puedes ahorrarte la visita a librerías llenando nuestro formulario de contacto y, así, nosotros te hacemos el envío:






Cuando llamaban a la puerta, normalmente eran vendedores ambulantes o mendigos. Si eran vendedores ambulantes, mamá no descorría la cadena, sino que compraba alguna chuchería, lo bastante pequeña para que pasara por la rendija de la puerta, las más de las veces cordones de zapato o postales de Artis mutis; mamá decía que le partía el corazón que hubiera personas que tenían que pintar postales con los pies o con la boca, pero Wasa decía: las compra mitad por compasión, mitad por miedo a que si no compra algo, el vendedor vaya a regresar y nos hunda la puerta. Con los mendigos la cosa resultaba más difícil que con los vendedores ambulantes porque mamá no quería darles dinero por nada del mundo, aunque habría sido lo único que hubiera pasado por la rendija de la puerta, pero mamá nos explicaba que no quería dar dinero a ningún mendigo para que no lo gastara en alcohol. Lo que pasa es que eso no quitaba que quisiera darles algo, por compasión o para que no nos hundieran la puerta, tanto da, y a ésos mamá los engañaba con un truco. Primero echaba un vistazo con la puerta entreabierta y si veía que era un mendigo joven, entonces a través de la rendija le decía: bueno, joven, tiene usted un aspecto fuerte y sano, me parece que no me equivoco si lo que usted necesita es un empleo. Sí, decía entonces el mendigo, así era, pero por desgracia no tenía ningún empleo, por eso mismo era mendigo y venía a pedir una limosna por el amor de Dios; y ya está: ya había caído en la trampa, pues mamá no se chupaba el dedo y sabía muy bien que el que busca trabajo lo encuentra, al fin y al cabo las cosas ya no son como cuando la inflación, decía mamá; hoy en día cualquier persona joven y fuerte que disponga de dos brazos y dos piernas sanos puede encontrar trabajo, basta con que arrime usted el hombro; y entonces mamá, sin darse con rodeos, le proponía arrimar un poco el hombro y poner orden en la parte del sótano comunitario que nos correspondía y que estaba patas arriba porque a ninguno le apetecía poner orden allí. En nuestro compartimiento del sótano había un montón de trastos viejos traídos del Este, no había luz y estaba lleno de telarañas, ninguno de nosotros se atrevía a entrar allí. Y cuando haya usted terminado con el sótano, entonces tendrá lo que se merece, decía mamá, y había ganado la partida, porque el mendigo no sabía qué responder a eso y por lo general se largaba rezongando entre dientes; después de todo era un mendigo y no tenía por qué arrimar el hombro. Ahora bien, si resultaba que el que estaba en la puerta no era un mendigo joven y de aspecto sano, entonces solía ser uno que no tenía dos buenos brazos ni dos buenas piernas para ganarse el pan, porque había perdido por lo menos un brazo o una pierna en la guerra, y mamá ya veía que no era cuestión de hacerle arrimar el hombro y ponerlo a limpiar el sótano, sino que lo consideraba completamente inofensivo. Pero por si las moscas a éstos tampoco les daba dinero, y es que mamá ya había visto a más de uno sin las cuatro extremidades al completo, tomándose una cerveza o una copita de aguardiente en un puesto de bebidas, lo que pasa es que como los mendigos de este tipo eran inofensivos y no había que temer, mamá le decía: espere un momento; cerraba la puerta para descorrer la cadena y dejaba entrar al mendigo al interior del piso y una vez en la cocina le daba una rebanada de pan con mantequilla y un vaso de leche, o un plato de alubias que había sobrado a mediodía a causa de nuestro apetito y de los grumos de grasa, y porque de las judías verdes colgaban unos hilillos o gusanillos que siempre se nos quedaban atravesados la garganta y nos impedían tragar.
                A nosotras no nos entraba en la cabeza que esta clase de mendigos pudiera pasar a la cocina. Si alguien pierde un brazo o una pierna en la guerra, lo más probable es que haya sido soldado, nos decíamos, y entonces lo más probable es que haya matado a unas cuantas personas o quizá incluso a un montón de personas, y nos parecía un poco absurdo que mamá precisamente no dejara entrar en casa a los mendigos que probablemente aún no habían matado a mucha gente o que, bien mirado, aún no habían matado a nadie, mientras que los que probablemente ya habían matado a un montón de gente, a ésos los dejaba entrar después de descorrer la cadena, y encima podían pasar a la cocina, y eso que mamá tenía un miedo atroz a que pudieran violarnos y asesinarnos. Una vez le preguntamos a mamá: pero, ¿por qué lo haces?, y dijo que eran lisiados de guerra, pero nosotras nos quedamos igual durante mucho tiempo. Nos daba mala espina.




Mi oficio es escribir, y yo lo conozco bien y desde hace mucho tiempo. Confío en que no se me entenderá mal: no sé nada sobre el valor de lo que puedo escribir. Sé que escribir es mi oficio. Cuando me pongo a escribir me siento extraordinariamente a gusto y me muevo en un elemento que me parece conocer extraordinariamente bien: utilizo instrumentos que me son conocidos y familiares y los siento bien firmes en mis manos. Si hago cualquier cosa, si estudio una lengua extranjera, si intento aprender historia, o geografía, o taquigrafía, o si pruebo a hablar en público, o a hacer punto, o a viajar, sufro y me pregunto continuamente cómo hacen los otros estas mismas cosas, me parece siempre que debe haber una forma buena de hacer estas mismas cosas que los demás conocen y es desconocida para mí. Y me parece que soy sorda y ciega, y siento como una náusea en el fondo de mí. Cuando escribo, por el contrario, no pienso nunca que quizá hay una forma mejor de la que se sirven los otros escritores. Entendámonos: yo sólo puedo escribir historias. Si intento escribir un ensayo de crítica o un artículo para un periódico, de encargo, me va bastante mal. Lo que entonces escribo lo tengo que buscar fatigosamente como fuera de mí. Puedo hacerlo un poco mejor que estudiar una lengua extranjera o hablar en público, pero sólo un poco mejor. Y tengo siempre la sensación de estafar al prójimo con palabras que tomo prestadas o que robo aquí y allá. Y sufro y me siento exiliada. Por el contrario, cuando escribo historias soy como alguien que está en su tierra, por caminos que conoce desde la infancia y entre los muros y los árboles que son suyos. Mi oficio es escribir historias, cosas inventadas o cosas que recuerdo de mi vida, pero, en cualquier caso, historias, cosas en las que no entra la cultura, sino sólo la memoria y la fantasía. Éste es mi oficio, y lo haré hasta que muera. Estoy muy contenta de este oficio y no lo cambiaría por nada del mundo. Comprendí que era mi oficio hace mucho tiempo. Entre los cinco y los diez años aún dudaba, y un poco imaginaba que podría pintar, otro poco que conquistaría países a caballo y otro poco aún que inventaría nuevas máquinas muy importantes. Pero desde los diez años lo he sabido ya siempre, y estaba atareada a todas horas haciendo novelas y poesías. Todavía tengo aquellas poesías. Las primeras son toscas y con versos equivocados, pero bastante divertidas; y, sin embargo, a medida que pasaba el tiempo iba haciendo poesías cada vez menos toscas, pero cada vez más aburridas y estúpidas. Yo no lo sabía, sin embargo, y me avergonzaba de las poesías torpes, pero las que no eran tan torpes e idiotas me parecían más bonitas, siempre pensaba que un día u otro algún famoso poeta las descubriría y haría que las publicaran, y que escribiría largos artículos sobre mí; imaginaba palabras y frases de estos artículos y, en mi interior, los escribía yo enteros. Pensaba que ganaría el Premio Fracchia. Había oído decir que era un premio para escritores. Como no podía publicar en volumen mis poesías, dado que no conocía entonces a ningún poeta famoso, las volvía a copiar cuidadosamente en un cuaderno y dibujaba una florecita en la portada, y hacía el índice y todo. Me resultaba ya muy fácil escribir poesías. Escribía casi una al día. Me había dado cuenta de que si no tenía ganas de escribir bastaba que leyera poesías de Pascoli, o de Gozzano, o de Corazzini, para que inmediatamente me entraran ganas. Me salían pascolianas, gozzanianas o corazzinianas, y luego, al final, muy dannunzianas, cuando descubrí que existía también este poeta. No obstante, no pensaba nunca que escribiría poesías toda la vida: quería escribir novelas más pronto o más tarde. En aquellos años escribí tres o cuatro. Una se titulaba Märion o La Gitanilla, otra Molly y Dolly (humorística y policíaca) y otra Una mujer (dannunziana, escrita en segunda persona: la historia de una mujer abandonada por el marido; me acuerdo de que había también una cocinera negra), y, más tarde, otra muy larga y complicada con historias terribles de muchachas raptadas y de carrozas, que me daba miedo hasta de escribirlo cuando estaba sola en casa: no recuerdo nada, sólo recuerdo que había una frase que me gustaba muchísimo y que hizo que se me saltaran las lágrimas al escribirla: «Él dijo: ¡Ah! ¡Isabel se va!». El capítulo terminaba con esta frase, que era muy importante, pues la pronunciaba el hombre que estaba enamorado de Isabel, pero que no lo sabía, pues todavía no se lo había confesado a sí mismo. No recuerdo nada de este hombre, me parece que tenía una barba rubia: Isabel tenía largos cabellos negros con reflejos azules, no sé nada más; sólo sé que durante mucho tiempo me daba un escalofrío de alegría cuando repetía para mí la frase: «¡Ah! ¡Isabel se va!» También repetía a menudo una frase que había encontrado en una novela del apéndice del diario «Stampa», frase que decía así: «Asesino de Gilonne, ¿dónde has metido a mi hijo?». Pero de mis novelas no me sentía tan segura como de mis poesías. Al releerlas descubría en ellas siempre un aspecto débil, algo equivocado que lo estropeaba todo y que me era imposible modificar. Entre tanto, mezclaba un poco lo moderno y lo antiguo, sin lograr situarlas bien en el tiempo: había conventos y carrozas, y un aire de Revolución francesa, y también un poco de policías con porras; y, de pronto, aparecía una pequeña burguesía gris con máquinas de coser y gatos, como se ve en los libros de Carola Prosperi, que no pegaba con las carrozas y los conventos. Vacilaba entre Carola Prosperi y Víctor Hugo y las historias de Nick Carter: no sabía muy bien lo que quería hacer. Me gustaba muchísimo también Annie Vivanti. Hay una frase en los Devoradores, cuando ella escribe al desconocido y le dice: «Mi vestido es marrón». También ésta es una frase que he repetido mucho tiempo para mí. Durante el día murmuraba para mí estas frases que me gustaban tanto: «Asesino de Gilonne», «Isabel se va», «mi vestido es marrón», y me sentía inmensamente feliz.

Escribir poesías era fácil. Mis poesías me gustaban mucho, me parecían casi perfectas. No comprendía qué diferencia había entre ellas y las poesías verdaderas, ya publicadas, de los verdaderos poetas. No comprendía por qué cuando se las daba a leer a mis hermanos, soltaban la carcajada y me decían que sería mejor que me pusiera a estudiar griego. Pensaba que quizá mis hermanos no entendían nada de poesía. Y, mientras, tenía que ir a la escuela, y estudiar griego, latín, matemáticas, historia, y sufría mucho y me sentía en exilio. Me pasaba los días escribiendo mis poesías y copiándolas en los cuadernos, y no estudiaba las lecciones, y entonces ponía el despertador a las cinco de la mañana. El despertador sonaba, pero yo no me despertaba. Me despertaba a las siete, cuando ya no tenía tiempo para estudiar y tenía que vestirme para ir a la escuela. No estaba contenta, tenía siempre un miedo tremendo y una sensación de desorden y de culpa. Estudiaba en la escuela: la historia, en la hora del latín; el griego, en la hora de historia, y así siempre, de modo que no aprendía nada. Durante bastante tiempo pensé que valía la pena, porque mis poesías eran muy bonitas, pero un buen día me entró la duda de que no fueran tan bonitas, y empecé a aburrirme al escribirlas, a buscar los temas con esfuerzo, y me parecía que había acabado ya todos los temas posibles, que había usado ya todas las palabras y las rimas: esperanza-lontananza, pensamiento-viento, misterio-cementerio, añoranza-esperanza. No encontraba ya nada que decir. Entonces comenzó un período muy malo para mí, y me pasaba las tardes manoseando palabras que no me daban ya ningún placer, con una sensación de culpa y de vergüenza respecto a la escuela; jamás me pasaba por la cabeza que me hubiera equivocado de oficio: escribir, quería escribir, sólo que no comprendía por qué de pronto los días se me habían hecho tan áridos y pobres de palabras.

La primera cosa seria que escribí fue un relato. Un relato breve, de cinco o seis páginas: me salió como por milagro, en una noche, y cuando me fui a dormir estaba cansada, aturdida, estupefacta. Tenía la impresión de que era algo serio, lo primero que había hecho hasta entonces: las poesías y las novelas con muchachas y carrozas me parecían de repente muy lejanas, de una época desaparecida para siempre, criaturas ingenuas y ridículas de otra edad. En este nuevo relato había personajes. Isabel y el hombre con la barba rubia no eran personajes: yo no sabía nada de ellos salvo las frases y palabras de que yo me había servido respecto a ellos, y estaban confiados al azar y al capricho de mi voluntad. Las palabras y las frases de que me había servido, con ellos las había cogido casualmente: era como si hubiese tenido un saco y hubiera sacado de él, ahora una barba, luego una cocinera negra o cualquier otra cosa que se pudiera usar. Esta vez, por el contrario, no había sido un juego. Esta vez había inventado personas con nombres que no me habría sido posible cambiar: nada de ellos habría podido cambiar, y sabía una cantidad de detalles suyos, sabía cómo había sido su vida hasta el día de mi relato, aunque en mi relato no había hablado de ella porque no había sido necesario. Y lo sabía todo sobre la casa, sobre el puente, sobre la luna, sobre el río. Tenía diecisiete años entonces, y me habían suspendido en latín, en griego y en matemáticas. Había llorado mucho al saberlo. Pero ahora que había escrito el cuento, sentía un poco menos de vergüenza. Era verano, una noche de verano. La ventana estaba abierta al jardín y volaban mariposas oscuras en torno a la lámpara. Había escrito mi cuento en papel cuadriculado, y me había sentido más feliz que nunca en toda mi vida y rica de pensamientos y de palabras. El hombre se llamaba Maurizio; la mujer, Anna; y el niño se llamaba Villi, y también estaban el puente, la luna y el río. Estas cosas existían en mí. Y el hombre y la mujer no eran ni buenos ni malos, sino cómicos y un poco miserables, y me parecía entonces descubrir que así debía ser siempre la gente en los libros, cómica y miserable a la vez. Aquel cuento me parecía bello lo mirara por donde lo mirara: no había ningún error, todo sucedía a su tiempo, en el momento oportuno. Me parecía ya que podría escribir millones de cuentos.

Y, verdaderamente, he escrito un cierto número de cuentos, a intervalos de uno o dos meses, alguno bastante bello y otros no. Y he descubierto que uno se cansa cuando escribe algo en serio. Es mala señal si uno no se cansa. Uno no puede esperar escribir algo en serio así a la ligera, como con una mano solo, alegremente, sin molestarse apenas. No se puede salir del paso como si tal cosa. Uno, cuando escribe algo serio, se mete dentro de ello, se hunde en ello hasta los ojos; y si tiene sentimientos muy fuertes que inquietan su corazón, si es muy feliz o muy infeliz por alguna razón, digamos terrestre, que no tiene nada que ver con lo que está escribiendo, entonces, si lo que escribe vale y es digno de vivir, cualquier otro sentimiento se adormece en él. No puede esperar conservar intacta y fresca su cara felicidad, o su cara infelicidad; todo se aleja y se desvanece, y se queda sólo con su página, ninguna felicidad y ninguna infelicidad puede subsistir en él que no esté estrictamente ligada con esta página suya: no posee otra cosa y no pertenece a nada más, y si no le sucede así, entonces es señal de que su página no vale nada.

He escrito, pues, breves cuentos durante un cierto período, un período que ha durado aproximadamente seis años. Como había descubierto que existían los personajes, me parecía que tener un personaje bastaba para hacer un cuento. Así, siempre estaba a la caza de personajes, estudiaba a la gente en el tranvía y por la calle, y cuando encontraba una cara que me parecía apropiada para entrar en un cuento, tejía en torno a ella particularidades morales y una pequeña historia. Estaba a la caza también de detalles del vestir y del aspecto de las personas, o de los interiores de las casas, o de los lugares; si entraba en una habitación por primera vez, me esforzaba por describirla mentalmente y me esforzaba por encontrar algún menudo detalle que fuera bien en un cuento. Tenía un cuadernito en el que escribía ciertos detalles que había descubierto o leves comparaciones o episodios que me prometía poner en los cuentos. En el cuadernito, por ejemplo, escribía: «Él salía del baño arrastrando detrás, como una larga cola, el cordón del albornoz»; «¡Cómo apesta el retrete en esta casa! ―le dijo la niña―. Cuando vengo, nunca respiro ―añadió tristemente»; «Sus rizos como racimos de uvas»; «Mantas rojas y negras sobre la cama deshecha»; «Cara pálida como una patata pelada». Sin embargo, he descubierto que difícilmente estas frases me servían cuando escribía un cuento. El cuadernito se convertía en una especie de museo de frases, todas cristalizadas y embalsamadas, muy difícilmente utilizables. He tratado infinitas veces de meter en algún cuento las mantas rojas y negras o los rizos como racimos de uvas, pero no lo he logrado. El cuadernito, pues, no podía servir. Comprendí, entonces, que en este oficio no existe el ahorro. Si uno piensa: «Este detalle es bonito y no quiero estropearlo en el cuento que estoy escribiendo ahora: aquí ya hay muchas cosas buenas; me lo guardaré para otro cuento que voy a escribir», entonces, ese detalle, se cristaliza en su interior y ya lo puede utilizar. Cuando uno escribe un cuento, debe poner en él lo mejor de lo que posee y de lo que ha visto, lo mejor de todo lo que ha recogido en su vida. Y los detalles se gastan, se deterioran si se llevan con uno sin utilizarlos durante mucho tiempo. No sólo los detalles, sino todo, todos los hallazgos y las ideas. En la época en que escribía mis cuentos breves, con la afición a los personajes bien captados y a los detalles minuciosos, en aquella época vi pasar una vez por la calle un carro que llevaba un espejo, un gran espejo con marco dorado. Se reflejaba en él el cielo verde del atardecer, y yo me paré a mirarlo mientras pasaba, con una gran felicidad y la sensación de que ocurría algo importante. Me sentía muy feliz incluso antes de ver el espejo, y de pronto me pareció que pasaba la imagen de mi propia felicidad, el espejo verde y brillante en su marco dorado. Durante mucho tiempo pensé que lo metería en cualquier cuento, durante mucho tiempo recordar el carro con el espejo encima despertaba en mí ganas de escribir. Pero jamás he logrado meterlo en nada y, en cierto momento, me di cuenta de que había muerto dentro de mí. Y, sin embargo, ha sido muy importante. Porque en la época en que escribía mis cuentos breves me detenía siempre en personas y cosas grises y tristes, buscaba una realidad despreciable y sin gloria. En ese gusto que entonces tenía de rebuscar menudos detalles había una malignidad por parte mía, un interés ávido y mezquino por las cosas pequeñas, pequeñas como pulgas, había una obstinada y chismosa búsqueda de pulgas por parte mía. El espejo sobre el carro me pareció que me ofrecía nuevas posibilidades, quizá la facultad de mirar una realidad más gloriosa y brillante, una realidad más feliz, que no exigía minuciosas descripciones y hallazgos astutos, sino que podía realizarse en una imagen resplandeciente y feliz.

En esos breves cuentos que escribía entonces había personajes a los que, en el fondo, yo despreciaba. Como había descubierto que es bonito que un personaje sea miserable y cómico, a fuerza de comicidad y de conmiseración los convertía en seres tan despreciables y carentes de gloria que ni siquiera yo podía amarlos. Aquellos personajes míos tenían siempre tics o manías o una deformidad física o un vicio un poco grotesco, tenían un brazo roto y colgado del cuello en un vendaje negro, o tenían orzuelos, o eran balbucientes, o se rascaban el culo al hablar, o cojeaban un poco. Siempre necesitaba caracterizarlos de alguna forma. Era para mí un medio de salvarme del temor de que resultaran inciertos, un medio de captar su humanidad, de la que, inconscientemente, dudaba. Porque entonces no comprendía ―pero en la época del espejo sobre el carro empezaba a comprenderlo confusamente― que no se trataba de personajes, sino de marionetas, bastante bien pintadas y parecidas a los hombres de verdad, pero marionetas. Al inventarlos, los caracterizaba inmediatamente, los marcaba con un detalle grotesco, y en esto había algo un tanto malvado, había en mí entonces como un resentimiento maligno respecto a la realidad. No era un resentimiento basado en algo vivo, porque yo era entonces una muchacha feliz, sino que nacía como reacción a la ingenuidad, se trataba de ese particular resentimiento que es la defensa de la persona ingenua, siempre inclinada a creer que le toman el pelo, ese resentimiento del campesino que acaba de llegar a la ciudad y ve ladrones por todas partes. Al principio me sentía orgullosa de él, porque me parecía un gran triunfo de la ironía sobre la ingenuidad y sobre esos abandonos patéticos de la adolescencia que tanto se veían en mis poesías. La ironía y la perversidad me parecían armas muy importantes en mis manos; me parecía que me servían para escribir como un hombre, tenía horror de que se comprendiera que era una mujer por las cosas que escribía. Creaba siempre personajes masculinos, para que estuvieran lo más lejanos y separados de mí que fuera posible.

Había llegado a ser bastante hábil en plantear un cuento, en eliminar de él todas las cosas inútiles, en hacer que los detalles y las conversaciones surgieran en el momento más oportuno. Hacía cuentos secos y lúcidos, bien llevados hasta el final, sin hinchar nada, sin errores de tono. Pero ocurrió que, en un cierto momento, me sentí harta. Las caras de las personas por la calle no me decían ya nada interesante. Unos tenían orzuelos, otros llevaban el sombrero echado hacia atrás, otros llevaban una bufanda en lugar de camisa, pero ya no me importaba nada de todo esto. Estaba harta de mirar a las cosas y a la gente y de describirlas mentalmente. El mundo callaba para mí. No encontraba ya palabras para describirlo, no tenía ya palabras que me produjeran gran placer. No poseía ya nada. Probaba a recordar el espejo, pero hasta esto estaba muerto en mí. Llevaba dentro de mí una carga de cosas embalsamadas, de rostros mudos y palabras de ceniza, de países y voces y gestos que no vibraban, que pesaban, muertos, sobre mi corazón. Y, luego, me nacieron hijos, y, al principio, cuando eran muy pequeños, no lograba comprender cómo se podía hacer para escribir teniendo hijos. No comprendía cómo podría separarme de ellos para seguir a un personaje dentro de un cuento. Había empezado a despreciar mi oficio. De vez en cuando sentía una desesperada nostalgia de él, me sentía exiliada, pero me esforzaba por despreciarlo y ridiculizarlo para ocuparme sólo de los niños. Creía que era esto lo que debía hacer. Me preocupaba de la papilla de arroz, de la papilla de cebada, de si había o no había sol, de si hacía o no hacía viento para llevar a los niños de paseo. Los niños me parecían demasiado importantes para que una se pudiera perder detrás de estúpidas historias, de estúpidos personajes embalsamados. Pero sentía una feroz nostalgia y algunas veces, de noche, casi lloraba recordando lo bonito que era mi oficio. Pensaba que volvería a él algún día, pero no sabía cuándo; pensaba que tendría que esperar a que mis hijos llegaran a hombres y se separaran de mí. Porque el que tenía entonces por mis hijos era un sentimiento que aún no había aprendido a dominar. Pero luego lo aprendí poco a poco. Y no tardé tanto como creía. Todavía preparaba el zumo de tomate y la sémola, pero mientras pensaba en las cosas que iba a escribir. Vivíamos entonces en un pueblo muy bonito, en el sur. Recordaba las calles de mi ciudad, y las colinas, aquellas calles y aquellas colinas se unían a las calles y a las colinas y a los campos del pueblo donde estábamos, y de todo ello nacía una naturaleza nueva, algo que yo podía amar de nuevo. Tenía nostalgia de mi ciudad, y la amaba mucho en el recuerdo, la amaba y comprendía su sentido como quizá no me había ocurrido cuando vivía en ella, y amaba también el pueblo donde estábamos, un pueblo polvoriento y blanco bajo el sol del sur, vastos prados de hierba áspera y seca se extendían bajo mis ventanas, y en el corazón soplaba con fuerza el recuerdo de los paseos de mi ciudad, de los plátanos y de las casas altas, y todo esto empezaba a arder alegremente en mi interior y sentía muchas ganas de escribir. Escribí un relato largo, el más largo de todos los que había escrito. Empezaba a escribir de nuevo como quien no ha escrito nunca, porque ya hacía mucho tiempo que no escribía, y las palabras estaban como lavadas y frescas, todo era de nuevo como intacto y lleno de sabor y de olor. Escribía por la tarde, cuando mis hijos estaban de paseo con una muchacha del pueblo; escribía con avidez y con alegría, y era un otoño bellísimo y yo me sentía cada día igualmente feliz. En el relato metía algunas personas inventadas y otras reales, del pueblo; y me salían ciertas palabras que allí decían siempre y que yo no sabía antes, ciertas imprecaciones y ciertos modos de decir: y estas nuevas palabras crecían y fermentaban y daban vida también a todas las demás viejas palabras. El personaje principal era una mujer, pero muy, muy diferente de mí. No deseaba ya tanto escribir como un hombre, pues había tenido niños, y me parecía que sabía muchas cosas sobre el jugo de tomate, y también que aunque no las pusiera en el relato, era útil de todas formas para mi oficio el que yo las supiera: de un modo misterioso y remoto hasta esto era útil para mi oficio. Me parecía que las mujeres sabían sobre sus hijos cosas que un hombre no puede saber jamás. Escribía mi relato muy deprisa, como con miedo a que se me escapase. Yo lo llamaba novela, pero quizá no era una novela. Por lo demás, hasta ahora siempre he escrito deprisa y cosas más bien breves: y creo que he llegado a comprender por qué. Porque tengo hermanos mucho mayores que yo y cuando era pequeña, si hablaba en la mesa, siempre me decían que me callara. De esta forma me había acostumbrado a decir siempre las cosas a toda prisa, precipitadamente y con el menor número posible de palabras, siempre con el temor de que los otros empezaran de nuevo a hablar entre sí y dejaran de escucharme. Puede que parezca una explicación un poco estúpida, pero seguramente ha sido así.

He dicho que, entonces, cuando escribía lo que yo llamaba una novela, era una época muy feliz para mí. No había ocurrido nunca nada grave en mi vida, ignoraba la enfermedad, la traición, la soledad, la muerte. Nada se había derrumbado en mi vida, a no ser cosas fútiles, nada caro a mi corazón me había sido arrancado. Había sufrido sólo las ociosas melancolías de la adolescencia y la contrariedad de no saber cómo escribir. Era feliz entonces de un modo pleno y tranquilo, sin miedo y sin ansia, y con una total confianza en la estabilidad y en la consistencia de la felicidad en el mundo. Cuando somos felices, nos sentimos más fríos, más lúcidos y distanciados de nuestra realidad. Cuando somos felices, tendemos a crear personajes muy distintos de nosotros, a verlos a la helada luz de las cosas ajenas, apartamos los ojos de nuestra alma feliz y satisfecha y los fijamos sin caridad en los otros seres, sin caridad, con un juicio burlón y cruel, irónico y soberbio, mientras la fantasía y la energía inventiva actúan con fuerza en nosotros. Con facilidad logramos hacer personajes, muchos personajes, fundamentalmente diversos de nosotros, y logramos hacer historias sólidamente construidas y como secadas a una luz clara y fría. Lo que nos falta entonces, cuando somos felices con esa especial felicidad sin lágrimas, sin ansia y sin miedo, lo que nos falta entonces es una relación íntima y afectuosa con nuestros personajes, con los lugares y las cosas que contamos. Lo que nos falta es la caridad. Aparentemente, somos mucho más generosos, en el sentido de que encontramos siempre la fuerza para interesarnos por los demás, para prodigar a los demás nuestros cuidados, no nos ocupamos tanto de nosotros mismos porque no tenemos necesidad de nada. Pero ese interés nuestro por los otros tan carente de afectuosidad no capta sino unos pocos aspectos bastante exteriores de su persona. El mundo tiene una sola dimensión para nosotros, está privada de secretos y de sombras, el dolor que nos es desconocido logramos adivinarlo y crearlo en virtud de la fuerza fantástica de que estamos animados, pero lo vemos siempre bajo esa luz estéril y fría de las cosas que no nos pertenecen, que no tienen raíces dentro de nosotros.

Nuestra personal felicidad o infelicidad, nuestra condición terrestre, tiene una gran importancia en relación con lo que escribimos. He dicho antes que uno, en el momento en que escribe, es empujado milagrosamente a ignorar las circunstancias presentes de su propia vida. Es así, en efecto. Pero el ser felices o infelices nos lleva a escribir de una u otra forma. Cuando somos felices, nuestra fantasía tiene más fuerza; cuando somos infelices, actúa de modo más vivaz nuestra memoria. El sufrimiento hace a la fantasía débil y perezosa; funciona, pero desganadamente y con languidez, con los débiles movimientos de los enfermos, con el cansancio y la cautela de los miembros dolientes y febriles; nos es difícil apartar la mirada de nuestra vida y de nuestra alma, de la sed y de la inquietud que nos llenan. En las cosas que escribimos afloran entonces continuamente recuerdos de nuestro pasado, nuestra propia voz resuena de continuo y no logramos imponerle silencio. Entre nosotros y los personajes que entonces inventamos, que nuestra fantasía languideciente logra a pesar de todo inventar, nace una relación especial, afectuosa y casi maternal, una relación cálida y húmeda de lágrimas, de una intimidad carnal y sofocante. Tenemos raíces profundas y dolientes en todos los seres y en todas las cosas del mundo, del mundo, que se ha vuelto lleno de ecos y de sobresaltos y de sombras, y nos liga a ellas una devota y apasionada compasión. Nuestro riesgo, entonces, es naufragar en un oscuro lago de agua muerta y estancada y arrastrar con nosotros a las criaturas de nuestro pensamiento, dejarlas perecer con nosotros en el remolino tibio y oscuro, entre ratones muertos y flores putrefactas. Hay un peligro en el dolor, así como hay un peligro en la felicidad, respecto a las cosas que escribimos. Porque la belleza poética es un conjunto de crueldad, de soberbia, de ironía, de ternura carnal, de fantasía y de memoria, de claridad y de oscuridad, y si no logramos obtener todo este conjunto, nuestro resultado es pobre, precario y escasamente vital.

Pero, cuidado: no es que uno pueda esperar consuelo de su tristeza escribiendo. Uno puede hacerse ilusiones de que el propio oficio le acaricie y le acune. Ha habido en mi vida interminables domingos desolados y vacíos, en los que deseaba ardientemente escribir algo para consolarme de la soledad y del aburrimiento, para ser acariciada y acunada por frases y palabras. Pero no ha habido medio de que me saliera una sola línea. Mi oficio, entonces, siempre me ha rechazado, no ha querido saber nada de mí. Porque este oficio no es nunca un consuelo o una distracción. No es una compañía. Este oficio es un amo, un amo capaz de darnos de latigazos hasta que nos salga sangre, un amo que grita y nos condena. Nosotros tenemos que tragarnos saliva y lágrimas, y apretar los dientes, y limpiarnos la sangre de nuestras heridas, y servirle. Servirle cuando él nos lo pide. Entonces, nos ayuda también a mantenernos de pie, a mantener los pies bien firmes en la tierra, nos ayuda a vencer la locura y el delirio, la desesperación y la fiebre. Pero quiere ser él el que mande, y se niega siempre a oírnos cuando le necesitamos.

Me ha sucedido conocer bien el dolor después de aquella época en que estaba en el sur, un dolor auténtico, irremediable, incurable, que ha destrozado toda mi vida, y cuando he probado a recomponerla de algún modo, he visto que mi vida y yo nos habíamos convertido en algo irreconocible respecto al tiempo anterior. Lo único que no había cambiado era mi oficio, pero es profundamente falso decir que él no había cambiado: los instrumentos seguían siendo los mismos, pero el modo en que los usaba era otro. Al principio lo detestaba, me producía horror, pero sabía muy bien que acabaría por volver a servirle y que me salvaría. Así, he llegado a pensar a veces que, al fin y al cabo, no he sido tan desgraciada en mi vida, y soy injusta cuando acuso al destino y le niego toda benevolencia para conmigo, pues me ha dado tres hijos y mi oficio. Por lo demás, no podría ni siquiera imaginar mi vida sin este oficio. Ha estado siempre ahí, ni por un momento me ha dejado jamás, y cuando lo creía dormido, su mirada vigilante y brillante seguía puesta en mí.

Así es mi oficio. Dinero, ya veis que no produce mucho; más aún, siempre hace falta trabajar al mismo tiempo en otro oficio para vivir. A veces también produce un poco, y obtener dinero gracias a él es una cosa muy dulce, es como recibir dinero y regalos de manos del ser amado. Así es mi oficio. Ya he dicho que no sé mucho sobre el valor de los resultados que me ha dado y que podrá darme; o, mejor, de los resultados ya obtenidos conozco su valor relativo, no absoluto, desde luego. Cuando escribo algo, en general pienso que es muy importante y que yo soy un gran escritor. Creo que les pasa a todos. Pero hay un rincón de mi espíritu en el que sé muy bien y siempre lo que soy, es decir, un pequeño, pequeño escritor. Juro que lo sé. Pero no me importa mucho. Sólo que no quiero pensar en nombres: he comprobado que si me pregunto: «un pequeño escritor, ¿como quién?», me entristece pensar en nombres de otros pequeños escritores. Prefiero creer que ninguno ha sido jamás como yo, por muy pequeño escritor que yo sea, aunque sea una pulga o un mosquito entre los escritores. Lo que es importante, sin embargo, es tener la convicción de que es precisamente un oficio, una profesión, algo que se hará por toda la vida. Pero, como oficio, no es una broma. Hay en él innumerables peligros además de los que he dicho. Estamos continuamente amenazados por graves peligros hasta en el acto mismo de redactar nuestra página. Hay el peligro de ponerse de pronto a coquetear y a cantar. Yo tengo siempre unas ganas locas de ponerme a cantar, y debo mantenerme muy atenta para no hacerlo. Y hay el peligro de estafar con palabras que no existen verdaderamente en nosotros, que hemos encontrado aquí y allá, al azar, fuera de nosotros y que reunimos con habilidad porque hemos llegado a ser bastante vivos. Hay el peligro de ser demasiado vivos y estafar. Es un oficio bastante difícil, ya lo veis, pero es el más bonito que existe en el mundo. Los días y las cosas de nuestra vida, los días y las cosas de la vida de los demás a que nosotros asistimos, lecturas, imágenes, pensamientos y conversaciones: se alimenta de todo esto y crece en nuestro interior. Es un oficio que se nutre también de cosas horribles, come lo mejor y lo peor de nuestra vida, a su sangre afluyen lo mismo nuestros sentimientos buenos que los malos. Se nutre de nosotros y crece en nosotros.



Las tesis del biografismo nuevo pueden sintetizarse a través de las seis conferencias de André Maurois, publicadas en su libro "Aspects de la Biographie", en pocas recetas, que enumeraré en forma de otras tantas tesis:
                “1º Nadie nace héroe, sino que deviene héroe;
                “2º Sin embargo de devenir héroe, la vida de un héroe sigue un ritmo idéntico al que no lo es;
                “3º El ritmo de una vida — y de una biografía — es cronológico;
                “4º No hay momentos señeros, ni instantes cumbres, sino simples resultantes de procesos o explosiones de una personalidad reprimida, por lo cual el biógrafo debe ser un buen observador de la vida cotidiana, un buen historiógrafo y un no despreciable psicólogo;
                “5º No hay detalle perdido. Todo, lo más insignificante, lo más apreciable, lo antipoético, debe ser utilizado;
                “6º Cada vida tiene uno o varios leitmotivs. En “Disraeli”, Maurois destaca las flores, como Ludwig, en “Guillermo II”, la decoración fastuosa, como yo en mi “Don Manuel, las madreselvas, etc.;
                “7º El biógrafo debe agotar la documentación para olvidarla en el momento de producir, situándose, él, personalmente, en el papel del personaje, y haciéndole hablar como él mismo hubiera hablado en semejantes circunstancias, con idéntica ascendencia y en un medio igual”.
                Con estos sencillos preceptos — reductibles al primero— surge la biografía actual, que es más novela que historia, y por eso mismo es mucho más historia que la llamada historia.

(7 DE OCTUBRE DE 2015)
La figura de una Contraferia del Libro hoy es anacrónica. Los espacios de acceso fácil o barato ya existen: el mercado Lanza, la feria 16 de julio, las fotocopiadoras de cada carrera universitaria, las mesitas de saldo de las librerías, las bibliotecas y, obviamente, Internet. Una Contraferia, hoy, máximo termina siendo una Feria en Condiciones Menores. Los participantes de iniciativas como la FLIAAA o Libro Qhatu lo saben. No sé si lo sepan los organizadores que, llenos de buenas intenciones, actúan de forma ingenua. El lector que busca libros objeto acude a otros espacios o merodea la mayor parte de su tiempo en todos. El que quiere leer lo hace sin importar el formato, pero no por ello compra o lee precisamente libros. ¿A qué viene todo lo anterior? La persona con la que hoy compartí mesa, durante la celebración de Libro Qhatu 2015, me sugirió que rebajara los precios de mis libros. No lo hice, obviamente, y apenas vendí un libro (mientras miraba cómo se vendían libros al lado). Pasé mi número de teléfono, eso sí, a cuatro personas interesadas en mis libros. Me sentí como cuando empecé a ejercer el oficio; alguien introduciéndose en un mercado en el que no era conocido; alguien preguntándose: si ya tengo mis clientes, y por ahora no tengo la intención de apropiarme de todo el mercado, ¿qué hago aquí?. Aquéllo, mientras noté la presencia de tres personajes gracias a que, bajo la figura del mercader, me hice invisible para ellos. Leí muy poco porque el viento, en más de una ocasión, intentó llevarse la carpa plegable. Leí casi nada. Recordé mis inicios, pero con algo de dinero ahorrado esta vez, lejos ya de ser aquél que compró sus primeros libros. Llevé parte de mí, allí, a la Feria en Condiciones Menores, quizá para demostrarme lo poco o mucho avanzado, para encontrar los mismos libros expuestos de siempre, para reconocer que las Contraferias ya son anacrónicas o, finalmente, que ya no estoy dispuesto a volver a empezar.

(1 DE NOVIEMBRE DE 2015)
Uno acude al diccionario en fechas como la de hoy y ve tantas palabras muertas, palabras hermosas, pero muertas, que nos conducen al uso de otras más vivas; tanto que, casi sin notarlo, nos hacen usarlas como si fueran locales, no extranjeras. Y uno vuelve de atrás o de adelante, recorre el diccionario y pronuncia palabras como: ebúrneo, desrabotar, lardón, ricafembra, tuátem y colombófila. Y se marea, uno se marea con tantas idas y venidas, y habla como borracho después de haber tomado tantas palabras. Y, necesitado de algo más que repostería, envalentonado, uno acude a la mesa del frente, deleznando nambiras y jupas, cae sobre poyos, y creyéndose plácido comienza a julepear a las mozas que se niegan a aceptar un souper y quitarse luego el leotardo, hasta que, ya sesgado y hecho un estropicio, uno, con suerte, se queda orante frente al miguero, sufriendo no carencia de falerno, sino midriasis... y odia un poquito, a manera de homenaje, a Fernando del Paso y Alejo Carpentier.

(5 DE NOVIEMBRE DE 2015)
—¿Me entregas los libros con moños?
—¿Moños? Jamás.
—Papel regalo no va. Igual sabes que es un libro. Una cinta le va mejor.
—¡Jamás! En esta casa adoramos al libro no forrado y estamos en contra del uso y abuso del papel regalo, el papel higiénico de doble hoja, los moños y las corbatas de gatito.
—Ash. Bien este eres. Ok. Así nomás.
—Pero podría darte una bolsita negra, reutilizada, que diga Gracias por su compra.
—¡Bolsa nylon seguro!
—Unos adoptan gatos o perros. Otros rescatamos bolsas negras de nylon para reutilizarlas y darles un hogar.


(11 DE NOVIEMBRE DE 2015) 
Hoy vino don Heberto Arduz Ruiz, buscaba a un escritor alteño mas no al librero. Le dije que estaba en el lugar correcto si buscaba al librero del mismo nombre. Abrió los ojos, más todavía, para tenderme la mano y luego decirme que leyó Hora boliviana, que le gustó mi crónica, y que hasta le dedicó un comentario en el suplemento Cántaro de El país online. Agradecido, no supe hacer cosa otra que sonrojarme, y lo hice. No contento con eso, don Heberto Arduz Ruiz me pidió que buscara el link del texto, y lo hice, hice tal cosa mientras él me dedicaba un libro suyo, el libro que ahora tengo en manos y lleva por título "Rastrojo de lecturas". Al final se despidió, don Heberto se fue dejándome su tarjeta de presentación y pidiendo que le envíe el catálogo. Eso es lo que haré precisamente ahora.

(20 DE NOVIEMBRE DE 2015)
Quiero creer ya no que la palabra ausente y el espacio blanco entre caracteres nos ciega, porque sabiéndonos importantes en días como hoy es que no prestamos atención a la llegada del día que todavía no es. Mirando el reflejo de lo que queda, dándole la espalda a la ventana, es que presionamos el interruptor, y no miramos cómo las luces de las viviendas colindantes son encendidas por la mano que nunca recorrerá el cuerpo que dice lo hasta aquí expuesto, escribiendo como si hacerlo valiera de algo, mientras la lengua se seca, el estomago reclama, el torso gira, y mi mano toma un libro de la pila de libros que cae, y cae, lo mismo que los días que no son.

(28 DE NOVIEMBRE DE 2015)
Hoy de madrugada, un estudiante de derecho borracho, con el torso frente a mi rostro, me despertó y lo hizo en el minibús en que dormía lo no dormido. "¡Devuélveme mi billetera!", dijo. Eran las 00:40. No entendía lo que pasaba; él o yo; ambos (?). Preguntó, casi gritando, por el retén policial más cercano. La vecina de asiento, usando el tono de quien no quiere tal cosa, le pedía que se calme. Me negué, primero, acepté, después, y, cerca ya del barrio, a unos pasos de la plaza que colinda con el retén policial, le dije "Bajemos". Pagué mi pasaje y, molesto, lo invité a salir. Él quería que todos bajen, que la exvecina de asiento baje, mientras el chofer lo único que quería era que paguemos el pasaje. Me puse frente al retén policial, su acompañante golpeó la puerta. El minibús se fue y quedamos los tres, que luego fuimos cinco, puesto que, cuatro intentos después, dos policías salieron. Hizo su reclamo y yo, interrumpido a ratos por el estudiante de derecho borracho, aclaré mi situación. "Usted puede retirarse", oí. Lo hice, me fui, mientras el estudiante intentaba sonar lógico a la hora de reclamar mi partida. Me iba, molesto aún, y me dio por pensar en la billetera y en su contenido, en los paranoicos, en la exvecina de asiento, en el número de placa del minibús, en lo dado por perdido y, ya calmado y hasta empático, en las monedas que sobraban en mis bolsillos... pero luego recordé que su acompañante dijo, mientras me iba, "Ni siquiera sabe dónde está su chamarra" y, entonces, ya en casa, yo me dije: ¡Que se joda!
 
(7 DE DICIEMBRE DE 2015)
Recibo una llamada de madre, me pide un favor, quiere que le ayude en el armado de las tarimas que, tanto ella como padre, junto a la Federación Departamental de Libreros, montarán y desmontarán durante una semana de feria. De Facto, no ciudad, me golpea. Dos jóvenes ebrios, mientras sostengo una llave inglesa, son interrogados por dos guardias municipales y por dos policías que revisan sus mochilas; los jóvenes no llevan más que trajes de danzas folclóricas y algo que parece más una cuchara que un cuchillo. Ajusto más pernos con la llave. Cubro la tarima con tela impermeable. Miro que los demás expositores ya están instalados en sus tarimas. Estamos cerca de la plaza del Benemérito... Estábamos. Los jóvenes desaparecen, igual los guardias municipales y los recolectores de basura, también yo. Sólo quedan los policías que saludan al conocido que viste una gorra de béisbol, sólo ellos, armados, rodeados por parte de la población que no mira lo que yo tampoco. Yo, que ya no estoy, que voy más bien camino a comprar una lámina de venesta y espero sobre avenida, no sobre acera. Los minibuses y los buses, a bocinazos, gritan. Dos choferes impiden el paso cedido por el semáforo; el trabajo de cebra, pienso, es ideal para pedófilos en la no ciudad, que imita mal todo lo que la otra no ciudad hace. Los ciruelos ruedan por este piso empolvado que huele a orín, una niña corre, intenta recogerlos, no sabe por dónde empezar, mientras su madre, que sí sabe, grita y tira de la trenza de la niña que ahora llora y, de cuclillas, avanza, recoge los ciruelos que se salieron de la caja de manzanas... de la que también salieron los libros que se mojaron al caer... lo recuerdo... ahí está mi padre atendiendo a otro señor que también viste chamarra de cuero, el señor que no compró nada, quién sabe si porque padre comenzó a gritarme ni bien vio que yo recogía los libros mojados... entonces tenía ocho años, casi la edad de la niña, y ahora tengo veintinueve bajo este cielo nublado. Dejo la lámina de venesta partida en tres; hago tal cosa treinta minutos después de inaugurada la feria de la Federación Departamental de Libreros, sesenta minutos después de haberme ido para volver en un vehículo empolvado... ir y venir, lo mismo que padre, nacido en 1957, que vino del campo a esta no ciudad a los quince años... cincuenta y ocho... ¿Será ese el tiempo que me llevó escribir esto?

(10 DE DICIEMBRE DE 2015)
Me interrumpo de vez en vez porque al alcance de mi mano siempre hay libros o vasos o una portátil o un control remoto o un teléfono móvil o cualquier cosa que pueda coger con las manos. Si soy parte del público es peor. ¿Qué hago aquí?, me pregunto, mas no hago nada para evitar que la persona que sostiene un micrófono se detenga, me detenga. No contento con escribirla, envío la frase en silencio: "Periodistas... esos escritores frustrados que maquillan, la mayor de las veces a la rápida, a los perdedores." Llegan las repercusiones; aquello que motiva la risa de unos no funciona en otros. A, molesta, me invita a compartir lo dicho con mis compañeros de mesa que, no habiendo terminado de desayunar, van en busca de otra ronda de masitas. Intento robarle una sonrisa, pero sólo logro que A se moleste más. ¿Qué hago aquí? Bien podría pararme y abandonar el salón, pero no puedo. Me comprometí a estar y estoy aquí para, una vez terminada la charla, llevar al tipo del micrófono a mi qhatu librero. Tecleo en el teléfono móvil otra respuesta y se la envío. ¿Qué hago aquí? Sostengo en mi estómago lo que todavía queda del desayuno gratuito, también lo dicho sobre los periodistas pues no me refiero a una persona en específico. Hago el intento pobre y silencioso de hacerme valer como público. Hago el ridículo, lo sé, pero eso no quita la poca capacidad que todos tenemos de reírnos de nosotros mismos. No hubiese servido de nada compartir lo dicho con la gente que compartió mesa conmigo, tampoco con todo el auditorio, es más, ni siquiera hubiese servido de algo decirlo a la directiva de la Asociación de Periodistas de La Paz o, si existe tal, al ente que representa a los periodistas a nivel mundial. ¿Quién sería el interlocutor en este caso?, me pregunto, y no hallo respuesta y, trece horas después, una vez terminada la charla, me hallo inútil porque me hicieron esperar en vano al tipo del micrófono, porque voy camino hacia el lugar que no es mi casa.

(21 DE DICIEMBRE DE 2015)
Ella revisa los cubiertos y, mientras esperamos la llegada de algo más que una ensalada, me muestra un cuchillo mal lavado y hace un comentario al respecto. Sugiero: "Llamemos a la mesera para que nos cambie tu cuchillo." "¿Qué te hace creer que es mi cuchillo?" Sonrío, le hablo del carácter de apropiación manifiesto en todo aquello a lo que se nombra por primera vez. Ella, nuevamente a la defensiva, me hace notar que no hizo uso del posesivo "mi" cuando lanzó el primer comentario. Pido a la mesera que traiga otro cuchillo mientras pienso en cómo responder. Ella, la mesera, actúa de inmediato. Cojo el cuchillo recién llegado y hago el ademán de lamerlo mientras ella, no, la mesera no, me mira sonriendo también. Me apropio del cuchillo, lo uso para tomar parte de las guarniciones y llevarlas a mi plato; hago lo mismo con más de un corte de carne; ¿disonancia cognitiva? La sonrisa se desdibuja en ambos. Comemos. Bebemos. Comemos nuevamente y escuchamos escuchar la radio cada que no la interrumpimos. Salimos. Nos despedimos.
¿Sobre qué plato estará ahora mi cuchillo?


(29 DE DICIEMBRE DE 2015)
No hay mejor incentivo que ver a tu enemigo caminando por la calle, en dirección opuesta a la tuya, el suéter demasiado grande, los hombros caídos, lo mismo que la montura de plástico negro de sus lentes, vacilando al verte, paso derecho en lugar de izquierdo. Escucho un "Huevon" quedito, apenas audible. Sonríe el lado irónico de mi rostro. 

(8 DE MARZO DE 2016)
Sobre la esquina, exactamente hace una semana, la veo entrar y decirme Ya hemos tenido esta conversación. Me veo tentado a tocar el abrigo viejo y empolvado que hace lo que puede para cubrir al maniquí sin cabeza, relleno, forrado de tela guinda, sostenido por una palo y una base metálica. ¿Está en venta su abrigo, case?, escucho. No, es sólo de muestra, escucho que responden. ¿Ves?, me dicen. Sobre aquel mostrador de vidrio veo recipientes de plástico llenos de caramelos y bolsas de frituras y pipocas, y, apenas, apenas, parte del anuncio impreso sobre un pedazo rectangular de lona: "SASTRERÍA". Más a mi izquierda, un rollo de papel higiénico es recibido junto a algunas monedas que no sé por cuánto tiempo quedarán en aquel bolsillo. Todavía más a la izquierda, detrás de aquellas manos que hacen aquel intercambio, hay algo que parece un planchador olvidado, apenas iluminado, igual que la plancha eléctrica que ya no sé si estuvo encima suyo; ojalá, junto a la tiza y la cinta métrica. Aparentemente, lo que alguna vez pareció ser la sastrería del barrio, aparenta ser ahora una tienda de barrio, local hecho a la medida de quienes la visitan para comprar al menudeo; a la medida del sitio por el que ya no pasa la gente que necesita trajes o abrigos a medida que no están de moda; a la medida de aquello que, lentamente, se resigna a perecer; a la medida de una necesidad compartida hecha pregunta y respuesta tímida... por ahora

(28 DE MARZO DE 2016)
Vengo de haber entrevistado a mi padre, de recordar, entre otras cosas, a la biblioteca privada de acceso público que ya no está en el barrio al que llamo mío, la biblioteca a la que conocí con el nombre de "cuarto de libros". Son ya 30 años de la trayectoria de un comerciante ("informal") de libros venido del pueblo de Yaco, provincia Ramón Loayza; 30 años reducidos en 45 minutos de grabación y 4 hojas de apuntes tomados a mano. Padre, quien en diciembre del presente cumplirá 60 años, reconoce que no fue el primer comerciante de libros de la feria 16 de Julio, quizá sí el segundo de El Alto. Cómo no reconocer a mi padre si el reconoce, brumosamente al menos, a quienes estuvieron antes que nosotros. Queda pendiente una segunda entrevista con él y una primera con aquellos expositores de libros asociados en Tupac Katari, Rincón Cultural, Chasquis, Kollasuyo, Antonio Paredes Candia, Mariscal Santa Cruz y otros a los que ya conozco o debería(mos re)conocer.


La señorita Willerton siempre quitaba las migas de la mesa. Era su hazaña doméstica especial y lo hacía con gran esmero. Lucía y Bertha fregaban los platos y Garner se iba a la sala a hacer el crucigrama delMorning Press. Así dejaban sola en el comedor a la señorita Willerton y a ella ya le iba bien. ¡Uf! En aquella casa el desayuno era siempre un suplicio. Lucía insistía en seguir siempre el mismo horario en el desayuno y las demás comidas. Lucía decía que desayunar a la misma hora contribuía a adquirir otras prácticas regulares, y, con lo propenso que era Garner a sufrir molestias, era fundamental que estableciesen algún método en las comidas. De esa manera, también se aseguraba de que él le pusiera agaragar a las gachas de harina de trigo. «Como si después de llevar cincuenta años haciéndolo —pensó la señorita Willerton—, fuese capaz de hacer otra cosa.» La polémica del desayuno empezaba siempre con las gachas de harina de trigo de Garner y terminaba con las tres cucharadas de piña triturada de la señorita Willerton. «Ya sabes lo de tu acidez, Willie —le decía siempre la señorita Lucía—, ya sabes lo de tu acidez», y entonces Garner ponía los ojos en blanco y soltaba algún comentario desagradable, y Bertha pegaba un salto y Lucía se mostraba afligida y la señorita Willerton saboreaba la piña triturada que acababa de tragarse.
Era un alivio quitar las migas de la mesa. Quitar las migas de la mesa le daba tiempo para pensar, y, si la señorita Willerton debía escribir un relato, antes tenía que pensarlo. Casi siempre pensaba mejor sentada delante de la máquina de escribir, pero por el momento tendría que conformarse con lo que había. En primer lugar, debía pensar un tema para el relato que iba a escribir. Eran tantos los temas sobre los que se podía escribir un cuento que a la señorita Willerton nunca se le ocurría ninguno. Era siempre la parte más difícil de escribir un cuento, ella siempre lo decía. Dedicaba más tiempo a pensar en algo sobre lo que escribir que a la escritura en sí. A veces descartaba un tema tras otro y, a menudo, tardaba una o dos semanas en decidirse por alguno. La señorita Willerton sacó el recogedor y la escobilla de plata y se puso a limpiar la mesa. «¿Y un panadero —se preguntó—, será un buen tema?» «Los panaderos extranjeros eran muy pintorescos», pensó. La tía Myrtile Filmer había dejado sus cuatricromías de panaderos franceses estampadas en sombreros con forma de hongo. Eran hombres magníficos, altos... rubios y...
—¡Willie! —gritó la señorita Lucía, entrando en el comedor con los saleros—. Por el amor de Dios, pon el recogedor debajo de la escobilla o echarás todas las migas sobre la alfombra. En lo que va de la semana le he pasado la aspiradora cuatro veces y no pienso volver a pasarla.
—Si le has pasado la aspiradora no sería por las migas que se me caen a mí —le contestó la señorita Willerton, lacónica—. Siempre recojo las migas que se me caen. —Y aclaró—: Y a mí se me caen bien pocas.
—A ver si esta vez lavas el recogedor antes de guardarlo —le soltó la señorita Lucía.
La señorita Willerton se echó las migas en la mano y las arrojó por la ventana. Llevó el recogedor y la escobilla a la cocina y los metió debajo de un chorro de agua fría. Los secó y los volvió a guardar en el cajón. Misión cumplida. Ahora podía ponerse delante de la máquina de escribir. Y estarse allí hasta la hora del almuerzo.
La señorita Willerton se sentó delante de la máquina de escribir y lanzó un suspiro. ¡A ver! ¿En qué había estado pensando? Ah, sí. En los panaderos. Ummm. Los panaderos. No, los panaderos, mejor no. Tenían poco de originales. Los panaderos no producían tensión social. La señorita Willerton clavó la vista en la máquina de escribir. A S D F G... sus ojos recorrieron las teclas. Ummm. «¿Y los maestros?», se preguntó la señorita Willerton. No. Por Dios, no. Los maestros siempre hacían que la señorita Willerton se sintiera rara. Sus maestras del Seminario Femenino Willowpool estaban bien, pero eran todas mujeres. El Seminario Femenino de Willowpool, recordó la señorita Willerton. La frase no le gustaba nada: Seminario Femenino de Willowpool... sonaba a biología. Ella se limitaba a decir que se había graduado de Willowpool. Los maestros hacían que la señorita Willerton se sintiera como si estuviera a punto de pronunciar algo mal. Además, los maestros no eran oportunos. Ni siquiera representaban un problema social.
Problema social. Problema social. Ummm. ¡Los aparceros!  La señorita Willerton nunca había intimado con ningún aparcero pero, reflexionó, como tema tendría tanto arte como cualquier otro, ¡y le permitirían conseguir ese aire de trascendencia social que tan útil resultaba en los círculos que esperaba conocer en sus viajes! «Siempre puedo sacarle partido—refunfuñó—, al tema de la lombriz intestinal.» ¡Ya le iba saliendo! ¡Sin duda! Movió los dedos con nerviosismo sobre las teclas sin tocarlas. Después, de repente, empezó a escribir a gran velocidad.
«Lot Motun —registró la máquina— llamó a su perro.» Una pausa abrupta siguió a la palabra «perro». La señorita Willerton siempre se esmeraba en la primera oración. «La primera oración —decía siempre—, le venía como... ¡como un chispazo! ¡Tal cual! —decía, y chasqueaba los dedos—, ¡como un chispazo!» Y sobre la primera oración construía su relato. «Lot Motun llamó a su perro», le había salido automáticamente a la señorita Willerton, y al releer la frase, decidió no solo que «Lot Motun» era un nombre adecuado para un aparcero, sino que hacer que llamara a su perro era lo mejor que se podía esperar de un aparcero. «El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a Lot.» La señorita Willerton había escrito la frase antes de que le diera tiempo a advertir su error: dos «Lot» en un mismo párrafo. Resultaba desagradable al oído. La máquina de escribir retrocedió chirriando y la señorita Willerton escribió tres X sobre «Lot». Entre líneas anotó a lápiz: «Su amo». Ahora ya estaba lista para continuar. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo.» «Y también tengo dos perros —pensó la señorita Willerton—. Ummm.» Pero decidió que eso no molestaría tanto al oído como los dos «Lot».
La señorita Willerton era muy partidaria de lo que denominaba «arte fonético». Según ella, el oído era tan lector como el ojo. Le gustaba expresarlo de ese modo. «El ojo forma un cuadro —le había dicho a un grupo en las Hijas Unidas de las Colonias— que puede pintarse en abstracto, y el éxito de la empresa literaria— a la señorita Willerton le gustaba la expresión empresa literaria- depende de esos elementos abstractos creados en la mente y de la naturaleza tonal —a la señorita Willerton también le gustaba eso de naturaleza tonal—, que registra el oído.» La oración «Lot Motun llamó a su perro» tenía un toque cáustico y seco que, seguido de «el perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo», le daba al párrafo la salida que precisaba.
«Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.» A lo mejor, reflexionó la señorita Willerton, eso era un poco exagerado. Pero, según le constaba, el que un aparcero se revolcara en el barro entraba dentro de lo razonablemente posible. En cierta ocasión había leído una novela que trataba de ese tipo de personas, en la que se había hecho algo tan feo como aquello y, a lo largo de tres cuartas partes de la narración, cosas mucho peores. Lucía la encontró mientras limpiaba uno de los cajones del escritorio de la señorita Willerton, y, después de hojear unas cuantas páginas al azar, sujetó el libro entre el pulgar y el índice, lo llevó hasta el horno y lo echó al fuego.
—Willie, esta mañana cuando limpiaba tu escritorio, me encontré un libro que Garner debió de dejar allí para hacerte una broma —le dijo la señorita Lucía más tarde—. Fue horrible, pero ya sabes cómo las gasta Garner. Lo he quemado. —Y luego, con una risita ahogada, añadió—: Estaba segura de que no podía ser tuyo.
La señorita Willerton estaba segura de que no podía ser de nadie más que de ella, pero no se atrevió a aclararlo. Lo había encargado directamente a la editorial porque no quería pedirlo en la biblioteca. Le había costado tres dólares con setenta y cinco centavos, envío postal incluido, y no había terminado los últimos cuatro capítulos. Eso sí, había leído lo suficiente para poder afirmar que era razonablemente posible que Lot Motun se revolcara en el barro con su perro. Al hacerle hacer tal cosa, lo de las lombrices intestinales tendría más sentido, decidió. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»
La señorita Willerton se apoyó en el respaldo. Era un buen comienzo. Ahora planificaría la acción. Había que incluir una mujer, claro. A lo mejor Lot podía matarla. Ese tipo de mujeres siempre sembraba cizaña. Incluso podía provocarlo para que acabara matándola por libertina y, después, quizá a él lo perseguiría la mala conciencia.
Si debía tomar ese rumbo, sería necesario dotarlo de principios, aunque no sería demasiado difícil dárselos. Se preguntó de qué manera introduciría ese aspecto, en vista de toda la atención que en el relato debía dedicarle al amor. Tendría que poner algunas escenas bastante violentas y naturalistas; el tipo de detalles sádicos que una leía en relación con esa clase de gente. Era un problema. Sin embargo, la señorita Willerton disfrutaba con esos problemas. Lo que más le gustaba era planificar las escenas pasionales, pero, cuando llegaba el momento de escribirlas, siempre empezaba a sentirse rara y a preguntarse qué diría su familia cuando las leyeran. Garner chasquearía los dedos y le haría un guiño a la menor oportunidad; Bertha la consideraría una persona horrible; y Lucía diría con esa vocecita tonta que la caracterizaba: «¿Qué nos has estado ocultando, Willie? ¿Qué nos has estado ocultando?», y lanzaría su risita ahogada, como hacía siempre. Pero la señorita Willerton no podía pensar en eso ahora; debía darle forma a sus personajes.
Lot sería alto, encorvado y desaliñado, pero sus ojos serían tristes y lo harían parecerse a un caballero pese a tener el cuello enrojecido y las manos enormes y torpes. Tendría los dientes rectos y, para indicar que era dueño de cierto espíritu, sería pelirrojo. Las prendas le colgarían sin gracia, pero las luciría con desenfado, como si fuesen una segunda piel; tal vez, reflexionó la señorita Willerton, sería mejor, después de todo, que no se revolcara con el perro. La mujer sería más o menos guapa, con el pelo rubio, los tobillos gruesos, los ojos turbios.
La mujer le serviría la cena en la cabaña y él comería la sémola llena de grumos a la que ella ni siquiera se habría molestado en ponerle sal y, allí sentado, pensaría en cosas grandiosas, lejos, muy lejos... en otra vaca, una casa pintada, un pozo limpio, incluso una granja propia. La mujer empezaría a dar alaridos porque él no había cortado suficiente leña para la cocina y se quejaría del dolor de espalda. Ella se sentaría a verlo comer la sémola rancia y le diría que no tenía suficientes agallas para robar comida.
—¡Eres un asqueroso pordiosero! —le diría con sorna. Y él la mandaría callar.
—¡Cierra la boca! —gritaría.
—Me tienes harta, más que harta. —Pondría los ojos en blanco y, burlándose y riéndose de él, le diría—: Los desgraciados como tú no me dan miedo.
Entonces él echaría la silla hacia atrás e iría hacia ella. Ella agarraría un cuchillo de la mesa —la señorita Willerton se preguntó cómo era posible que aquella mujer fuera tan corta—, y retrocedería manteniendo el cuchillo en alto. Él daría un salto hacia delante y ella se apartaría veloz, como un caballo salvaje. Luego volverían a estar cara a cara, los ojos rebosantes de odio, y avanzarían y retrocederían. La señorita Willerton alcanzó a oír cómo los segundos iban golpeando contra el tejado de lata. Él se abalanzaría otra vez sobre la mujer y ella, con el cuchillo dispuesto, se lo hincaría de un momento a otro... La señorita Willerton no pudo aguantar más. Golpeó a la mujer con fuerza en la cabeza, por detrás. La mujer soltó el cuchillo y una niebla la envolvió y se la llevó del cuarto. La señorita Willerton se volvió hacia Lot.
—Deja que te sirva un poco de sémola caliente —le dijo.
Se acercó a la cocina, en un plato limpio sirvió una ración de sémola blanca y tersa y un trozo de mantequilla.
—Caray, gracias —dijo Lot, y le sonrió con esos bonitos dientes-. Tú sí sabes cómo prepararla. Verás —le dijo—, estuve pensando... Podríamos marcharnos de esta granja arrendada y tener un lugar decente. Si este año conseguimos ganar algo, podríamos comprarnos una vaca y empezar a construirnos una casita. Imagínatelo, Willie, imagínate lo que sería.
Ella se sentó a su lado y le puso la mano en el hombro.
—Lo conseguiremos —aseguró—. Nos irá mejor que ningún otro año y en primavera tendremos esa vaca.
—Tú siempre sabes cómo me siento, Willie. Tú siempre lo has sabido.
Se quedaron sentados largo rato, pensando en lo bien que se entendían.
—Termina de comer— dijo ella al fin.
Cuando él hubo cenado, la ayudó a quitar la ceniza de la cocina y después, en el caluroso atardecer de julio, dieron un paseo por el prado, en dirección al arroyo, y hablaron de la casita de la que algún día serían dueños.
A finales de marzo, cuando la época de lluvias estaba cerca, habían conseguido más de lo esperado. A lo largo del mes anterior, Lot se había levantado a las cinco de la mañana, y Willie, una hora antes, para tratar de adelantar todo el trabajo posible aprovechando el buen tiempo. A la semana siguiente, comentó Lot, empezaría a llover y, si antes no levantaban la cosecha, la perderían... y con ella, cuanto habían ganado en los últimos meses. Sabían lo que aquello supondría, otro año de ir tirando sin mucho más de lo que habían tenido el anterior. Además, al año siguiente, en lugar de la vaca, llegaría un crío. Lot se había empeñado en comprar la vaca pese a todo.
—Alimentar a un crío tampoco cuesta tanto -había razonado-, y la vaca nos ayudaría a darle de comer...
Pero Willie se había mostrado firme, comprarían la vaca más adelante, el crío debía empezar con buen pie.
—A lo mejor —había concluido Lot—, vamos a tener suficiente para las dos cosas. —Y se había marchado a ver el campo recién arado como si pudiera calcular la cosecha por los surcos.
Pese a las estrecheces, había sido un buen año. Willie había limpiado la casucha y Lot había arreglado la chimenea. En la puerta había profusión de petunias, y en la ventana, una colonia de dragoncillos. Había sido un año pacífico. Pero ahora comenzaban a inquietarse por la cosecha. Debían recogerla antes de que llegaran las lluvias.
—Nos falta una semana más —rezongó Lot al regresar esa noche—. Una semana más y lo vamos a conseguir. ¿Tienes ganas de cosechar? No está bien que debas salir —suspiró—, pero no podemos pagar a nadie para que nos ayude.
—Me encuentro bien —dijo ella, y ocultó las manos temblorosas a su espalda—. Cosecharé.
—Esta noche está nublado —dijo Lot, sombrío.
Al día siguiente trabajaron hasta el anochecer, trabajaron hasta reventar, y después regresaron a trompicones a la cabaña y cayeron en la cama.
Willie se despertó por la noche, notando un dolor. Era un dolor suave y verde, recorrido de luces moradas. Se preguntó si estaría despierta. Movió la cabeza de lado a lado y dentro de ella notó unas siluetas que zumbaban y picaban piedras.
Lot se incorporó.
—¿Te sientes mal? —le preguntó temblando.
Ella se apoyó sobre el codo y luego se dejó caer otra vez.
—Ve al arroyo y trae a Anna —jadeó. El zumbido se hizo más intenso y las siluetas más grises. Al principio, el dolor se entremezcló con aquellas siluetas durante unos segundos; luego, de forma ininterrumpida. Llegaba a ella una y otra vez. El zumbido se hizo más nítido y, a eso del alba, se dio cuenta de que estaba lloviendo. Más tarde preguntó con voz ronca:
—¿Cuánto hace que llueve?
—Dos días enteros —contestó Lot.
—Entonces hemos perdido. —Willie miró con desgana los árboles empapados—. Se acabó.
—No, no se acabó —dijo él en voz baja—. Tenemos una niña.
—Tú querías un niño.



Isabel Suárez Maldonado ganó el concurso No Municipal de Literatura 2015

Habiéndose recibido trece textos en la segunda versión del concurso No Municipal de Literatura, dirigida a autores nacionales y extranjeros residentes en Bolivia, en fecha 20 de octubre de 2015, y luego de revisado cada uno de ellos, se resuelve lo siguiente: Otorgar el premio (Bs. 2500) a Caja de zapatos, libro de cuentos de Isabel Suárez Maldonado, premio que además comprende la publicación física y digital, previa edición, por la editorial Sobras Selectas. El monto será entregado antes del 12 de octubre de 2016, fecha en que se lanzará, a nivel nacional, la convocatoria del concurso No Municipal de Literatura 2016.

SOBRE ISABEL SUÁREZ MALDONADO
Isabel Suárez Maldonado, nacida en Santa Cruz de la Sierra el 3 de marzo de 1994, estudia Comunicación Audiovisual y trabaja como fotógrafa en Piojo Fotografía. Comenzó leyendo en principio para poder dormir. Tiene más de un libro inédito y, de momento, sus textos aún no han sido recogidos en antologías, revistas ni suplementos literarios.

SOBRE CAJA DE ZAPATOS
Algo pasa en los cuentos y microcuentos de Caja de zapatos cuando aparentemente no pasa nada; imágenes en contrapunto con lo acontecido y por acontecer, hechos en los que se hace presente lo ambiguo, lo no resuelto, lo que se insinúa más que lo que podría simplemente describirse; microbuses intimidantes que se convierten en serpientes todavía más intimidantes; descuidos involuntarios que nos acercan a recibir herencias; cebollas vivas y rebeldes, notas pegadas por todas partes que, más que a recordar, invitan a olvidar.


Alexis Argüello Sandoval
CONCURSO NO MUNICIPAL DE LITERATURA


A Octavio Paz

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.